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Eduardo y Francisco...

Me alegra dirigirme a ustedes, quienes son los dos seminaristas que serán ordenados diáconos el próximo 30 de agosto, día de la unidad diocesana. Son ustedes dos regalos que nuestro obispo Renato entregará a la diócesis –muy probablemente sus últimos– por lo que muchos nos sentimos llenos de gratitud y emoción hacia Dios por los dones que ha dado a nuestra iglesia particular a través de 21 años de ministerio de nuestro pastor.

Les escribo estas palabras el día 20 de agosto, día en que la Iglesia celebra a san Bernardo de Claraval. Hoy en la Eucaristía de la Catedral hemos encomendado al Señor, tanto a nuestro obispo como a ustedes, candidatos al diaconado, y creo que la vida de san Bernardo es de gran inspiración para quienes quieren entrar al servicio del Señor.

Llena de admiración la manera en que san Bernardo, abad y doctor de la Iglesia del siglo XI, amalgamó la vida mística con un intenso ritmo de trabajo para el crecimiento de la vida eclesial. La piedad fue el motor de su actividad. Pasaba del recogimiento del monje más observante al ajetreo más desenfrenado, en una fusión de agitación pastoral y los arrobamientos de la más alta espiritualidad.

Ustedes habrán percibido que el trabajo en nuestras parroquias tiene un ritmo acelerado. El riesgo de nosotros, los sacerdotes y diáconos diocesanos, es volcarnos a tantas actividades que demanda el ministerio, para olvidarnos de lo más importante, que es meditar y profundizar en la humanidad santísima de Jesús, en sus enseñanzas y ejemplos. Bernardo fue llamado por Pío XII “el doctor Melifluo” –boca de miel– porque enseñaba que “Jesús es miel en los labios, melodía en los oídos y júbilo en el corazón”. ¡Qué regalo tan bello darán ustedes, como predicadores, al pueblo de Dios, si hacen de la piedad su primera virtud. Así de sus labios brotará la miel cuando hablen de Jesús.

Bernardo fue siempre conciliador. Se ganó la confianza de papas y obispos, e intervino en muchos asuntos de la Iglesia, a veces enojosos, como fue el del antipapa Anacleto II. El santo logró que este impostor que se proclamó sumo pontífice, le pidiera perdón de rodillas a Inocencio II, legítimo sucesor de san Pedro. En otro momento Bernardo censurará al papa Honorio por dejarse engañar por políticos y, sin humillarlo, corregirá a Abelardo, teólogo de moda de la época, sobre sus errores teológicos.

Los sacerdotes y diáconos hemos de ser siempre hombres de unidad y reconciliación. No es fácil. Las pasiones bullen dentro de nosotros por defender nuestros puntos de vista y fácilmente podemos lastimar a otras personas. Solemos catalogar a quienes piensan diferente y nos cuesta ser humildes para crear comunión, y más para pedir perdón. Ustedes descubrirán, Francisco y Eduardo, que a veces las relaciones dentro de nuestro presbiterio son tensas entre unos y otros, pero también percibirán la gran disposición que tiene el clero juarense para disculpar y vivir la fraternidad. Sigamos cultivando la virtud de la humildad, la pasión por la verdad, el amor a la diócesis y un trato amable con todos. Eso les abrirá las puertas del corazón de sus hermanos sacerdotes.

Dicen que el viejo abad de Claraval casi se desmayó cuando llegó Bernardo por primera vez al monasterio. En los últimos 14 años había sólo 21 monjes y no había aumentado el ingreso. Bernardo había convencido a otros 30 jóvenes como él para que abrazaran la vida religiosa, y juntos tocaron la puerta de la abadía aquel día. Yo me pregunto, Eduardo y Francisco, si con nuestra palabra y estilo de vida podremos convencer a otros jóvenes sobre las excelencias de servir al Señor en el sacramento del Orden. Pido al buen Dios que la pasión con que vivan su ministerio en la Iglesia suscite el entusiasmo de otros jóvenes y nuestro Seminario tenga que pedir más presupuesto.

San Bernardo era un contemplativo del misterio de la Virgen Madre de Dios y de los hombres. Ante la belleza sublime de ese misterio, quien llegó a ser Doctor de la Iglesia, balbuceaba embelesado. En sus escritos puso bases importantes para el desarrollo de la mariología posterior. “Nada quiso darnos el Señor que no viniera por manos de María”, decía. Y compuso oraciones bellísimas como el ‘Acordaos’ o una parte de la Salve.

Francisco y Eduardo, sin la Virgen María no irán a ningún lado, ni podrán vivir su celibato en alegría y entrega generosa. Es muy difícil ser un buen sacerdote sin amor y devoción a la Virgen. Ella es el camino más rápido, corto y fácil para llegar a la santidad, y sólo en unión con ella su ministerio será fecundo. En la espera de darles un abrazo el próximo sábado para recibirlos como parte del clero diocesano, rogamos a Dios que nos bendiga a través de ustedes.

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