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Mostrando las entradas con la etiqueta Edad Media

La luz en las catedrales

Los hombres de la Edad Media no construyeron las catedrales para que fueran pequeñas, oscuras y macabras estructuras que reflejaran su miedo o ignorancia. Al contrario, los maestros constructores medievales querían luz, porque su fe les enseñó a desearla. Estaban convencidos de que “la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron” (Jn 1,5). A Cristo se le llama la Luz que viene al mundo, y sus discípulos deben permitir que la luz brille para los hombres. Albañiles, carpinteros, herreros y vidrieros construyeron las catedrales, las obras de arquitectura más espléndidas que adornan la Tierra. 

Vida en la Edad Media

El arte medieval refleja cómo era la vida en aquella época. Nadie podía sentirse solo. La gente siempre estaba ocupada. Se trabajaba con los vecinos de al lado, se dormía en una cama con otras tres o cuatro personas, se pertenecía a algún gremio. Y cuando se iba a la iglesia, durante las celebraciones, se estaba rodeado de gente. La vida no era monótona: se disfrutaba de ropa colorida, especias de Oriente, vino dulce del Mediterráneo. Se gozaba con la música, la danza y la poesía popular. Quizá los estudiosos de hoy hablan poco de la Edad Media, no porque la vida fuera monótona en aquella época, sino porque rebosaba de vitalidad y de luz. Y tendrían que frotarse los ojos para acostumbrarse a tanta luz. (Guía políticamente incorrecta de la Civilización Occidental, José Javier Esparza).

Edad Media: la Edad de la Luz

Muchos libros de texto enseñan que la Edad Media fue una época oscura de la historia. Dicen que la gente vivía deprimida y en la miseria, en la superstición y que la Iglesia destruyó el conocimiento. Todo eso es absolutamente falso y se debe al odio ilustrado contra la cristiandad. La realidad es que, en la Edad Media, Europa disfrutó de una de las culturas más florecientes jamás vistas en el mundo. Y fue porque las campanas de la Iglesia daban el ritmo a la vida de los hombres. La gente amaba a su tierra, a sus pueblos, sus colinas, sus coloridos festivales, su comida y bebida. Disfrutaban de la libertad de la esperanza. No estaban bajo la presión mortal de tener que crear un cielo en la tierra, una esperanza que acababa en la desesperanza. Cualquier estudio serio de la Edad Media puede desengañarnos de esa visión fanática que los enemigos de la Iglesia nos han hecho creer.