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Mostrando las entradas con la etiqueta Imperio Romano

El viento sopla donde quiere

Catacumbas de Domitila, Roma A sombrosa fue la difusión del cristianismo. Apenas iniciado el siglo II, en el año 112, el historiador Plinio el Joven fue enviado por el emperador Trajano a explorar la región del sur del mar Negro, y en una población llamada Bitinia, encontró numerosos cristianos. Ese lugar, localizado a mil kilómetros de Jerusalén y 2,400 kilómetros de roma, el Evangelio ya había sido predicado. Esa comunidad cristiana era tan vigorosa que provocaba envidias y denuncias entre los paganos. Escribió Plinio al emperador que aquellos cristianos eran una multitud considerable, y que su masa, incluso, ponía en peligro las instituciones religiosas y sociales oficiales. Ante la realidad de las persecuciones al cristianismo hoy en el mundo, constatada en la descristianización de Europa, en el secularismo de Occidente y en la persecución salvaje de los islamistas radicales, nos preguntamos ¿hacia dónde va el cristianismo? ¿cuál es su futuro? Y Jesús nos contesta, como a Ni...

Romam vado iterum crucifigi

Es curioso. Nunca imaginé que el comentario sobre la película 'Maléfica' fuera a despertar tan encontradas reacciones. Simpatías y comunión, por una parte; odio e insultos a mi persona, por otra (estos comentarios tuve que borrarlos). Los más suaves no me bajaron de fanático. Pienso en aquellos primeros mártires cristianos del Imperio romano. Eran personas aborrecidas por la mayoría. Los consideraban seguidores de una perniciosa superstición cuyo origen era el nombre de Cristo, según relata el historiador Tácito en sus Anales. A aquellos odiados primeros cristianos les fue muy mal en el año 64, cuando Nerón incendió la ciudad de Roma para hacer su proyecto urbanístico. Los apresaron y los hicieron pasar por los más atroces tormentos que la imaginación de la época podía diseñar: "A unos vestían de pellejos de fieras, para que de esta manera los despedazasen los perros; a otros los ponían en cruces; a otros echaban sobre grandes rimeros de leña a los que pegaban fuego p...

Dios y el César

Decía san Justino que los cristianos vivían como ciudadanos correctos. No se emborrachaban, no eran ladrones, tenían prohibido mentir, no eran vengativos ni se divorciaban de su esposa para irse con la del vecino. Y no dejaban abandonados a los niños para que murieran. ¿Por qué entonces eran perseguidos por el Imperio Romano? Por la razón de que ellos no veían al Estado como dios, a diferencia de los romanos que adoraban al emperador. Los cristianos amaban la patria y estaban dispuestos a defenderla, pero el Dios al que obedecían estaba por encima del Estado, era superior a éste. Muchas persecuciones a la Iglesia se han desatado porque los cristianos han preferido obedecer a Dios antes que a los hombres.

La caída del Imperio Romano

La caída del Imperio Romano no se debió ni a los cristianos, ni a la desenfrenada inmoralidad de sus últimos  tiempos. El gran error de los romanos fue subir los impuestos. Las consecuencias fueron fatales. Fueron los soldados quienes empezaron a ser recaudadores, y se vino a tierra uno de los soportes de un gobierno de ciudadanos. Mientras tanto los altos impuestos rebajaron el índice de la natalidad, ya de por sí bajo debido a las pobres condiciones de vida y a la escasez de tierras para heredar a los hijos. De esa manera el pueblo dejó de renovarse. En realidad Roma cayó por la falta de natalidad. Y mientras la Iglesia Católica exhorta a sus fieles a ser generosos en la procreación de los hijos, nuestra cultura occidental parece no aprender las lecciones de la historia.

La piedad romana

Durante la historia los pueblos católicos fueron herederos de la antigua piedad romana. Roma tuvo siempre recelo de la tiranía como de la democracia descontrolada, y se defendió de ambas cosas por la paternal virtud de la piedad. Esta virtud es la que ennoblece al hombre y lo vincula estrechamente con los antepasados, con la Ciudad y con los dioses. Piadoso era el hombre que respetaba su pasado como seña de identidad y que intentaba ser leal a esos principios y a esas personas. Era el hombre ‘arraigado’ que tenía raíces y se nutría de ellas. La Piedad cristiana tiene algunos puntos en común con esta noble idea, pero tiene algunos rasgos que la diferencian. Por lo pronto está dirigida a todos los hombres, que se sitúan en un plano de radical igualdad. El horizonte de la Ciudad, de la familia, de los lazos familiares se ensancha con el cristianismo a toda la humanidad.