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Trabajadores de la viña


En la plaza de la vida

Los seres humanos somos los trabajadores que Dios ha venido a contratar en la gran plaza del mundo. Imaginamos esa plaza cuando empieza a amanecer. Dejada la oscuridad de la noche, ahora la luz del sol, poco a poco, va iluminando la tierra. La gente comienza a circular por la plaza. Es la vida humana que empieza a existir. Los trabajadores somos la humanidad que ha recibido, gratuitamente el don de la vida que cuyo origen está en Dios. Nadie nos preguntó si queríamos vivir, y esta ha sido la primera gracia: el regalo de existir, que nos dice que la vida es bella. Todos estamos llamados a querer vivir y ¡qué maravilla es que existamos! Esta belleza del mundo la perciben los niños cuando no los asustamos o los maltratamos.

Sin embargo no todos logran mantener esta visión positiva de la vida. Los trabajadores también se dan cuenta de que existen sombras. Dice Jesús: "La lámpara de tu cuerpo es tu ojo. Cuando tu ojo está sano, también todo tu cuerpo está luminoso; pero cuando está malo, también tu cuerpo está a oscuras. Mira pues, que la luz que hay en ti no sea oscuridad" (Lc 11,34-35). Hemos de cuidar entonces que la luz que hay en nosotros no sea oscuridad, porque de esta oscuridad se desatan todos los espíritus malignos.

En mi vida sacerdotal he conocido a muchas personas que quieren quitarse la vida; perciben el amor, la belleza y la felicidad como algo traicionado. Hay quienes afirman que nacieron para fracasar, para naufragar, y que vinieron al mundo –como Job lo dijo– por equivocación. Esas personas perdieron el camino de la verdad; nada les mueve a seguir adelante. Han sido sugestionadas por los hombres y por los demonios para llegar a pensar así. 

Como cristianos estamos convencidos de que, no importa lo que hayamos hecho, lo que hayamos destruido o el daño que nos hicieron, hemos nacido para vivir en la luz, el amor, la paz, la libertad, la justicia, la felicidad, la santidad y la alegría. "¡Quiero ser feliz!," me decía una persona a quien le habían amputado una pierna y estaba en ruina económica.

Dios contrata trabajadores

El mal y el pecado están presentes en la gran plaza del mundo y Dios lo sabe. Sin embargo el amor que Él nos tiene no nos deja en ese estado. A la gracia del don de la vida Dios ha añadido una nueva gracia. Dice san Juan Apóstol: "De su plenitud hemos recibido todos gracia sobre gracia" (Jn 1,16). Esa gracia añadida es la renovación de nuestras vidas por el regalo del perdón que Jesús nos ha traído con su Muerte y Resurrección. Por ese motivo llama a los hombres a trabajar a su viña, que es su Iglesia.

La gracia de las gracias es renacer de la misericordia de Cristo crucificado y resucitado. Así ocurrió con Pedro que antes negó a su Maestro; o también con la mujer adúltera, con Zaqueo o con Mateo, el publicano. Todos ellos fueron perdonados por Cristo y contratados por él para servirlo. Cuando nosotros, como la mujer que padecía flujo de sangre, tocamos el manto del Señor y nos encontramos con su paciencia y su misericordia, podemos sentir que Él nos ama verdaderamente y nos llama para hacer una alianza eterna.

Una persona que se siente "contratada" por Jesús no es alguien que simplemente sirve en la Iglesia porque no tiene otra cosa qué hacer, o que sirve sólo por hacer un tipo de servicio social. Quien recibe un llamado a hacer una alianza es porque se siente inmensamente amado por alguien maravilloso. La auténtico servidor sabe que la vida que le dieron sus padres es bella, pero más hermosa es la nueva vida en Cristo. Haber sido creado por Dios es un regalo, pero más grande es el regalo de su paciencia, de su perdón y de la vida eterna.

Compasión por nosotros y los demás

Quien quiera trabajar en la Iglesia –lo cual no se limita a una parroquia sino que se extiende al bien de la familia, al trabajo, a los amigos y a la vida pública– debe tener infinita compasión por él mismo y por sus hermanos. En la Iglesia no hay lugar para las envidias porque el denario que Dios paga es la vida eterna a todos.

¿Por qué hay que tener esa compasión? Porque todos somos frágiles, porque tenemos miedos y oscuridades. Un niño que nace ha dejado el vientre materno y es lanzado a la vida, a lo desconocido. Desde ahí comienzan sus miedos, dolores e inseguridades. Nos preguntamos con frecuencia: ¿Alguien me recibirá? ¿A dónde iré a parar? Son preguntas que nos acompañan toda la vida. No queremos ir solos al encuentro con lo desconocido.

Muchas veces nuestra fragilidad nos hace tomar caminos equivocados. Nuestro amor propio y el deseo de posesión facilita que broten nuestras pasiones desordenadas, codicias y vanidades. A veces buscamos inútilmente colmar nuestros deseos de felicidad con pecados y vicios. Buscamos aferrarnos a algo, tantas veces equivocado. A todos nos sucede y por eso hemos de mirarnos unos a otros con ternura y no con horror, con inmensa compasión y nunca con desprecio. Así podemos ser mejores trabajadores en los campos de Dios.

Jesucristo no nos ha despreciado sino que ha tenido amor y piedad por nosotros llamándonos a trabajar en su viña, haciendo el bien y anunciando el Evangelio "pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc 19,10). Que en la gran plaza del mundo encontremos a Cristo para que sane nuestro corazón y nos ilumine con su luz. Él es la verdad que nos hace libres y nos ofrece la paga de la vida eterna.

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