Hace muchos años, cuando estudiaba en Roma, escuché la historia en torno a una dura decisión que tomó un obispo italiano de negar la ordenación sacerdotal a un candidato al sacerdocio. La razón fue que durante más de ocho años en que el muchacho estuvo en el Seminario, nunca acudió al sacramento de la Confesión. El obispo tenía una razón de peso para negar las Órdenes sagradas: un sacerdote que no tenía aprecio por tener la experiencia de recibir la misericordia de Dios, no estaría en condiciones de ofrecerla a sus feligreses. El obispo sabía que ese candidato al sacerdocio, por nunca haberse confesado, tendría una vocación muy quebradiza e inconsistente. Sin la experiencia de haber sido perdonado durante sus años de formación en el Seminario, ya siendo sacerdote, fácilmente podría acostumbrarse a una doble vida moral, lo que también derivaría en un eventual escándalo para los fieles de su parroquia. El aprecio del sacerdote por confesar él mismo sus pecados, con frecuencia, fortalece ...
Dicen que Nemesio Oceguera Cervantes, el capo del narcotráfico más peligroso del mundo era un devoto católico. En la cabaña de lujo, donde el Ejército Mexicano lo cazó, no se encontraron figuras de la muerte ni nada que tuviera que ver con rituales de brujería. El Mencho tenía un pequeño altar dedicado a la Virgen de Guadalupe, a san Judas Tadeo –santo de las causas imposibles–, a san Charbel –santo libanés muy venerado por los enfermos como el mismo Oceguera, que andaba mal de sus riñones. Además había veladoras encendidas, flores y otros objetos de devoción. Oceguera Cervantes había escrito una carta a Dios que dejó junto al altar donde había escrito con su puño y letra el salmo 90, que es uno de los salmos más rezados por muchos católicos para pedir protección contra los peligros y toda clase de males: "No se te acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda... caminarás sobre áspides y víboras, pisotearás leones y dragones" (Sal 90, 10.13). Un mes después de l...