miércoles, 12 de enero de 2022

Confesionario sin absolución: "Soy virgen, mi novia no"


La pregunta: soy españoltengo un noviazgo con una chica desde hace nueve meses. Yo soy virgen y hay algo que me duele en el alma, y es que ella no lo es. Me atormenta pensar que, mientras yo mantenía mi virginidad para entregarla a una chica que también se guardara para mí, ella estaba teniendo relaciones con su exnovio. Mientras yo renunciaba a tener relaciones sexuales con mi exnovia por un bien mayor, por un futuro mejor; mientras yo rezaba en la capilla para que Dios cuidara a mi futura novia, ella estaba teniendo relaciones sexuales con otro. Quizá son sentimientos de celos el saber que otro ya se llevó su inocencia. Me consume muchísimo, me duele en el alma que yo haya tenido que esperar y ella no. ¿Que si la quiero? Si ella fuese virgen le pediría que nos casáramos mañana mismo. Ahora ella se ha enfocado en vivir lo que es el amor y la castidad, y siento que es muy buena chica. Me consume pensar ¿por qué me tengo que entregar completamente a ella, cuando ella ya no se entregará completamente a mí porque ya se entregó a otro? Esto me genera muchas dudas, sentimientos encontrados, ansiedad. Si en mi corazón hay un anhelo de casarme con alguien que haya vivido la castidad, ¿por qué tendría que casarme con ella? ¿Será la indicada o no? ¿Dejamos morir el amor que nos tenemos sólo por el pasado de ella?


Padre Hayen: te agradezco mucho la confianza de escribir y abrir tu corazón para mostrar tus sentimientos encontrados y tus dudas. Antes que nada te felicito por mantener tu virginidad considerándola como un valor para tu juventud y como regalo para la que vaya a ser tu esposa. Eso quiere decir que estás logrando tener autocontrol sobre tus impulsos para encauzarlos hacia la vida matrimonial. Es lo que se llama la virtud de la castidad, y es fruto del Espíritu Santo. Un hombre que se sabe dominar será digno de confianza en el matrimonio.

Tu novia, lamentablemente, no es virgen. Ella tiene una historia diversa a la tuya, y quizá no fue educada con los valores cristianos que tú tienes. Seguramente el ambiente juvenil permisivo que hoy se vive influyó, de alguna manera, sobre la que hoy es tu novia, para que tuviera relaciones con su exnovio. Tal vez aquel ex novio la presionó. Lo cierto es que ella se ha dado cuenta de que aquello estuvo mal y hoy está arrepentida. Te aseguro que son muchísimos los jóvenes –y sobre todo las chicas– que se arrepienten de haber tenido sexo en su noviazgo. El sexo anterior al matrimonio suele ser una experiencia traumática que nunca mejora un noviazgo sino que lo complica y lo empeora porque las personas terminan sintiéndose utilizadas y solas.

Dentro de lo malo que ocurrió a tu novia en su pasado, hay algo grande que Dios ha hecho: ha suscitado en ella el arrepentimiento y el deseo de cultivar la virtud de la castidad hasta el matrimonio. Eso es algo magnífico porque solamente Dios puede hacer nuevas todas las cosas, así que allá donde antes hubo pecado hoy puede sobreabundar la gracia. Trata de descubrir cómo el Espíritu de Dios está actuando en ella y agradece por ese motivo. Al querer tu novia vivir la castidad hasta el día en que se casen, en realidad ella se está guardando para ti, y eso es ya un regalo.

Un chico o una chica que perdió su virginidad y que se da cuenta de su error, ¿significa que ya no podrá encontrar el amor verdadero y vivir su vida feliz? No lo creo. Esa persona puede sanar sus heridas y encontrar a alguien que la ame realmente y que no la rechace por los errores que cometió en su pasado. Lo importante es que la persona que se equivocó –en este caso tu novia– encuentre a alguien capaz de asumir su historia y aceptarla. Hay personas a las que no les importan los errores o pecados pasados de su pareja, pero hay otras que sí les dan mucha importancia y no viven tranquilos. Si tú eres de estas personas, y para ti es un tormento saber que tu novia no es virgen, es mejor evitar el matrimonio, al menos por ahora. Si no logras superar el pasado de tu novia podrías vivir en un tormento psicológico durante toda la vida conyugal.

Mi consejo es que sigas conservando tu virginidad y que pongas en oración tu situación. Lo importante no es si tu futura esposa será virgen o no. Si Dios perdona nuestros pecados del pasado, también nosotros podemos hacerlo. Si Dios asume nuestra historia de pecado para transformarla en historia de salvación, también podemos asumir la historia de otras personas. Lo importante es ¿cuál es la actitud de tu novia ahora? ¿Vive la castidad? ¿Tiene la motivación, la fuerza y al autocontrol para vivirla durante el noviazgo? Si la respuesta es sí, entonces estamos hablando de una buena chica. También te aconsejo que, si decides casarte con ella, le pidas, antes de la boda, que se haga una prueba de enfermedades de transmisión sexual. Dios perdona nuestras faltas pero la naturaleza no.

Te invito a considerar el nivel de amor que le tienes a tu novia. Hay un nivel que se basa en los afectos y sentimientos. Cuando uno dice "amo a esta persona porque la paso muy bien con ella, porque me gusta, porque me hace reír, porque me hace sentir bien, porque me consuela y me da paz", cuidado. No es un nivel de amor para contraer matrimonio. En el fondo es un amor egoísta basado en "me siento bien". Lamentablemente la mayoría de las parejas se quedan en este nivel de amor. Para casarse con una persona hay que dar un salto de nivel y estar dispuesto a amarla por ella misma, amarla totalmente, con sus virtudes y defectos, con su pasado, presente y futuro, con capacidad de sacrificio, y estar dispuesto a tener hijos con ella y confiarlos a su cuidado. Sólo así un matrimonio puede durar para toda la vida. Te pongo en mi oración y, hasta España, te envío mi abrazo y bendición.

miércoles, 5 de enero de 2022

Madres solteras por capricho

Hace muchos años conocí a una compañera de trabajo cuya manera de pensar sobre la maternidad me dejó perplejo. Ella era soltera y nunca había podido tener una relación estable con un hombre que de verdad la quisiera. Entre amoríos fugitivos ella veía que los años pasaban y que ningún compromiso serio tocaba a su puerta. Convencida de que el matrimonio no era para ella, decidió embarazarse de un fulano y así tener un hijo en sus brazos con quien mitigar su soledad.

El mundo está lleno de mujeres que son madres solteras. A muchas, por ignorar la conexión que debe haber entre tener sexo y procreación, las embarazaron sus novios y éstos, una vez que se enteraron de que su niño iba a nacer, huyeron de toda responsabilidad y las abandonaron. Otras se divorciaron por una relación tóxica con sus maridos y tuvieron que criar solas a sus hijos. A otras más la muerte les arrebató a sus esposos y también se vieron forzadas a llevar el hogar y la crianza sin la ayuda de su pareja. Hay mujeres solas que decidieron adoptar a un niño para darle una vida mejor de la que un orfelinato pudo haberles dado. No las juzgamos sino al contrario, reconocemos y elogiamos su enorme labor. Muchas de ellas hicieron su papel lo mejor que pudieron e hicieron esfuerzos muy loables para darle lo mejor a sus hijos.

Lo que sí hemos de juzgar es el acto de buscar un embarazo deliberadamente para convertirse en madre soltera por capricho, sin darle padre a su hijo. La muchacha quiere un embarazo. Cuando sabe que está en sus días fértiles se arregla para estar guapa y por las noches se va en búsqueda de un hombre que le guste. Se imagina cómo será su hijo o su hija con la carga genética de su amante fugaz, y así lo utiliza para convertirlo en padre anónimo de su criatura. Sabe que no lo volverá a ver; sólo quería su esperma. Él, por su parte, nunca se enterará de que en el mundo habrá nacido un descendiente suyo. Después de utilizar para un rato a ella o a varias mujeres, quizá le quede la duda de si por ahí andará algún hijo suyo vagando por el mundo. No querrá nunca enterarse.

Hoy muchos niños no conocen a su papá. Ven que sus amigos y compañeros juegan béisbol o futbol con sus padres varones, ven que los llevan al cine y que conviven o viajan juntos, en familia. Esta carencia del padre les duele y se convierte en un tipo de discapacidad, en la minusvalía de no haber tenido un papá. Y todo porque la madre solamente pensó únicamente en ella, pero nunca en el derecho fundamental de su niño de aprender a amar y a crecer con un padre a su lado.

Los hijos necesitan no a una madre sola ni a un padre solo que los críe. Mucho menos necesitan a una pareja de mujeres o de hombres que los confundan. Necesitan a sus progenitores, padre y madre. No se trata de un capricho de los niños. Es parte del diseño original en el que Dios programó a la humanidad para que creciéramos con dos figuras parentales, un hombre y una mujer. Hay muchas madres solas que hacen una labor extraordinaria para sacar adelante a sus hijos, pero ellas son las primeras en admitir que están haciendo el trabajo de dos personas. Algunas dicen "hice el papel de madre y de padre", lo que es falso. Más bien hicieron un trabajo doble, pero jamás el papel de padre porque éste, con sus características varoniles propias, es insustituible.

Tener un hijo es muy diferente a tener una mascota en casa. Los perros y los gatos no tienen alma espiritual, y se les puede comprar en un criadero o en una tienda de animales. Los niños, en cambio, vienen al mundo como fruto de la entrega física y emocional de un hombre y una mujer que hablan el lenguaje del amor comprometido para siempre. Una vida humana no es una mercancía ni un juguete que se adquiere; tampoco existe el derecho a tener hijos. Un hijo es alguien que se recibe como un don de Dios y que tiene carácter sagrado porque está llamado a un destino eterno.

Dios no ama más a los hijos paridos en matrimonio que a los nacidos por el capricho de una mujer sola. Dios ama igualmente a todos. Pero si Él quiso que las personas entráramos en la vida a través del sistema que sabiamente diseñó, y que se llama "familia", es para salvaguardar el mayor bienestar para sus hijos. Respetar sus leyes es de sabios.

lunes, 27 de diciembre de 2021

Natalidad y economía


Uno de los problemas más agudos hoy en el mundo del trabajo es la escasez de trabajadores. En Ciudad Juárez, ciudad fronteriza y comunidad binacional junto con El Paso Texas, ciudad en la que vivo y donde existen más de 360 maquiladoras, las empresas lamentan el déficit de personal. Se calcula que faltan alrededor de 50 mil empleados. 

La situación ha afectado las cadenas de suministro de materias primas y retrasos en la logística de la industria. No se necesita tener mucha ciencia para deducir que, de continuar la escasez de mano de obra en los centros de trabajo, los problemas económicos serán muy graves. Personalmente he conocido la angustia de algunos empresarios que no encuentran suficiente personal para sacar adelante a sus empresas.

A principios de diciembre, en un evento organizado por The Wall Street Journal, el empresario magnate Elon Musk, fundador de los autos eléctricos Tesla y los cohetes espaciales SpaceX, dijo lo siguiente: "Si las personas no tienen más hijos, la civilización colapsará". "La base de la economía es el trabajo: el capital es sólo mano de obra destilada, y las mayores limitaciones son de trabajo: no hay suficiente gente". 

Musk, padre de seis hijos, señaló que uno de los mayores riesgos de la civilización son las bajas tasas de natalidad y la rapidez con las que siguen bajando". Continuó diciendo: "Y sin embargo tanta gente, incluyendo gente muy inteligente, cree que hay demasiadas personas en el mundo y que la población global está creciendo fuera de control. Miren, es justamente lo contrario. Por favor miren los números: si las personas no tienen más hijos, la civilización colapsará; recuerden mis palabras".

Después de que san Pablo VI publicó Humanae vitae en 1968, muchos medios de comunicación criticaron al papa por denunciar en su encíclica el control natal que los gobiernos pretendían imponer, "mientras que millones de personas morían de hambre", decían. Hablaban del papa y de la Iglesia Católica como enemigos del progreso, ya que según ellos, una gran marea de seres humanos estaba sobrepoblando la tierra, y si las tasas de fertilidad no se detenían, ocurriría en el planeta algo peor que un desastre nuclear. Humanae vitae fue considerado, por muchos, como uno de los peores errores de los tiempos modernos. 53 años después de la publicación del documento está demostrado que la razón estaba del lado del papa.

Poco a poco se está descubriendo que el control natal es un error de trágicas consecuencias. China, que durante muchos años mantuvo la política del hijo único, la cual sólo permitía un hijo por mujer y las obligaba a abortar en caso de un segundo embarazo, ha echado números para darse cuenta de que, si quiere ser un gran imperio en la tierra, debe dejar que sus hijos se multipliquen. La política del hijo único ha sido revocada en China y ahora se incentiva a las mujeres a ser más fértiles.

Europa, por su parte, es una tragedia. Allá las tasas de natalidad son suicidas. Las nuevas generaciones no reemplazan a las anteriores y, dentro de algunos años, serán los inmigrantes musulmanes quienes probablemente hayan islamizado el continente.

Está demostrado que los recursos para mantener a la humanidad son sobreabundantes gracias a la ciencia y la técnica. La producción agrícola mundial ha tenido un crecimiento mucho mayor que la población. Se calcula, según estudios de Colin Clark de la Universidad de Oxford, que con la tecnología agrícola actual se puede proveer una dieta tipo americano, al menos para 35 mil millones de personas, cuando actualmente somos alrededor de 7 mil millones.

Hoy la vida para la mayor parte de las personas es económicamente menos precaria que hace algunas décadas. La mortalidad infantil ha disminuido y la edad promedio de vida ha aumentado a 70 años para los hombres y 75 para las mujeres. Si bien hay millones que viven en pobreza, no se debe a la escasez de recursos sino a su mala distribución debido a políticas egoístas. Este crecimiento de los recursos mundiales es gracias al nacimiento de los niños. Cada niño que nace es un cerebro que piensa y que contribuye con sus ideas al caudal de conocimientos acumulados en la humanidad.

La postura de la Iglesia Católica sobre la regulación de la fertilidad señala algunas cosas importantes. Lo vemos en Gaudium et spes del Concilio Vaticano II. Primero, que el derecho a casarse y tener hijos es un derecho inalienable de todo ser humano. Segundo, que a cada pareja de esposos le corresponde decidir el número de hijos que quiere procrear según los principios de la procreación responsable y con una conciencia formada. La Iglesia alaba a los esposos que son generosos en la transmisión de la vida.

Enseña también que a ningún gobierno le compete influenciar o coartar la capacidad de decisión de los cónyuges sobre el número de hijos que quieran tener. Y cuarto, se opone a la necesidad de reducir el crecimiento de la población en el mundo con intervenciones gubernamentales que violen la ley moral, por ejemplo con la contracepción y el aborto.

Para quienes afirman hoy que los seres humanos son la plaga del planeta que debería desaparecer, los católicos respondemos que para la humanidad, a lo largo de su historia, tener hijos ha sido y sigue siendo la verdadera riqueza afectiva, espiritual y económica de las familias y las naciones.

lunes, 20 de diciembre de 2021

Castidad, esperanza para el mundo


Hace unos días celebré la Eucaristía para un grupo de jóvenes de mi diócesis que terminó su Certificación Humanae Vitae, la cual es una formación juvenil de nueve meses en temas de defensa de la vida, la sexualidad y la familia. Los chicos han sido educados para debatir sobre estos temas y están dispuestos a colaborar en sus parroquias formando grupos pro vida. Ellos saben que para ser pro vida hay que remar contracorriente y no dejarse lavar el cerebro por la ideología de género que trata de imponerse en nuestra cultura como pensamiento único. Sin embargo no se trata sólo de defender la vida sino de adquirir una virtud que, sin ella, no se puede ser persona pro vida. Hablo de la preciosa virtud de la castidad.

La palabra "castidad" suena extraña en un mundo que exalta el sexo con todo tipo de experiencias y que ridiculiza y se burla de quienes no piensan así. Sin embargo al ver las profundas heridas que el desenfreno y la promiscuidad están haciendo en las nuevas generaciones –incapacitándolas para formar familias sólidas– hemos de traer nuevamente esta palabra a nuestro vocabulario, aunque nos parezca que ya es demasiado tarde. La castidad es la única esperanza sólida que tenemos en un mundo que ha hecho pedazos la unidad entre la sexualidad y el amor.

La castidad no es una especie de camisa de fuerza que deben ponerse los jóvenes para vivir en abstinencia sexual hasta que lleguen al matrimonio. Vista como simple abstención se convierte en algo negativo que los reprime. En cambio en una visión positiva la castidad es, en términos de san Juan Pablo II, el desarrollo de una fuerza interior en la persona, la cual no permite que su capacidad de amar se corrompa. No se trata de renunciar a la sexualidad sino en aprender a regularla, renunciando a utilizar a los demás como objetos de placer, y encauzándola hacia el amor verdadero en el matrimonio.

Ser casto es aprender a respetar el lenguaje intrínseco que tiene la sexualidad tal como Dios la creó, es decir, como expresión del amor permanente y comprometido dentro de la vida conyugal. La castidad reconoce que respetar ese lenguaje es la mejor manera de vivir el amor. Es una virtud que, para los solteros, significa encauzar las propias fuerzas sexuales hacia la vida matrimonial.

Pero para los católicos la castidad encierra todavía algo más bello. Se trata de una virtud cristiana que, como tal, nos hace semejantes a Cristo. Un joven pro vida debe saber, entonces, que no solamente se debe respetar la sexualidad y defender la vida humana desde su concepción, sino que debe tener vivo el amor de Jesús en su corazón. En el arte del amor, Jesucristo es nuestra referencia suprema. "En realidad, el misterio del hombre no se aclara de verdad sino en el misterio del Verbo encarnado... quien pone de manifiesto plenamente al hombre ante sí mismo y le descubre la sublimidad de su vocación", dice el Concilio Vaticano II. Si queremos formar a nuestros jóvenes en la virtud de la castidad, hemos de predicarles mucho a Cristo para que conociéndolo, lo amen y se dejen transformar por él. Sólo así amarán con el amor de Dios en sus corazones.

La castidad es también una virtud de las personas casadas y de los célibes por amor al Reino de los cielos. Todos debemos respeto al lenguaje de la sexualidad. El hecho de contraer matrimonio no autoriza a la persona casada a abusar de su cónyuge. Los casados deben de respetar y vivir el acto conyugal como un acto de amor y donación hacia la otra persona. Si una persona casada cree que su pareja está ahí para satisfacer sus deseos sin importar cuál es el sentir del otro, esa persona corrompe su capacidad de amar, deja de vivir en castidad y la relación marital se deteriora rápidamente.

Un verbo hermoso que está relacionado con la castidad es el verbo "cuidar". Si en la vida entendemos que las personas estamos para cuidarnos unas a otras, y que Dios nos creó para protegernos mutuamente en el sistema llamado "familia", será más fácil educar a los jóvenes en la castidad. Ellos desarrollan más fácilmente la virtud si observan que sus padres se quieren y se cuidan recíprocamente; si en su familia se cuida a los enfermos y ancianos, entonces los hijos aprenderán a amar, a cuidar, a ser personas sensibles y consideradas con los demás y a no abusar de nadie. Si los hijos crecen rodeados de amor y con una sana autoestima, tendrán una visión optimista para el futuro. En cambio cuando les falta el amor de sus padres, los hijos lo buscarán en la primera persona que les ponga atención.

Haber celebrado la Misa para un puñado de jóvenes católicos que buscan vivir la castidad y defender la vida ha sido un motivo de inmensa alegría espiritual para mí. Ellos son ese "resto fiel" de la juventud, los que el Señor se está preparando para construir familias nuevas para su reino.

miércoles, 15 de diciembre de 2021

Sexo matrimonial, el mejor

Un artículo de la revista Psychology Today de Michael Castleman llamado "Satisfacción sexual: el matrimonio ¿la ayuda o la perjudica?" cita varias investigaciones de diversas universidades norteamericanas que concluyen, a través de diversos estudios, que en promedio, las parejas casadas tienen una vida sexual más satisfactoria que las personas solteras o las que viven en unión libre. Estos estudios de las Universidades de Arizona, Nueva York, Western Ontario y Chicago, afirman que los casados se sienten más felices y satisfechos sexualmente.

La cultura popular en los medios de comunicación raramente muestra a los matrimonios que son religiosos practicantes llevando una vida sexual satisfactoria. En cambio enseñan que las personas solteras y que son rebeldes hacia la religión llevan una vida sexual activa y satisfactoria. El buen sexo estaría en la soltería porque es el estado donde están las emociones, las aventuras y las pasiones. El cine y la televisión suelen transmitir la idea de que la soltería es excitante mientras que el matrimonio y la religión son opresivas.

Norteamérica es la tierra de las estadísticas. Sus investigaciones son siempre reveladoras. La revista "Psychology of religion and Spirituality" publicó estudios sobre sexualidad en Estados Unidos: ¿quiénes tienen sexo? ¿Con qué frecuencia? ¿Quiénes tienen una vida sexual más satisfactoria? Todas las investigaciones en este rubro llegan a la misma conclusión: las personas con más felicidad sexual son las parejas casadas; y no sólo eso, sino que los matrimonios que llevan una vida de práctica religiosa comprometida son los más satisfechos sexualmente.

A los participantes de dicho estudio se les pidió que calificaran cuánto pensaban que Dios estaba en el centro de su matrimonio. También se les preguntó con qué frecuencia asistían a los servicios de adoración religiosa con su cónyuge y con qué frecuencia participaban en actividades religiosas en el hogar como pareja. Finalmente, preguntó a las parejas qué tan satisfechas estaban con el aspecto sexual de su matrimonio. ¿El resultado? fue sorprendente: sentir que Dios era parte de su vida matrimonial se asociaba positivamente con la satisfacción sexual.

Estos estudios nos indican que no es que las personas religiosas conozcan mejores "técnicas" sexuales que los solteros, sino que viven su sexualidad en un contexto muy diverso al de la soltería. El sexo tiene un significado intrínseco que es: "hasta que la muerte nos separe", y esta entrega recíproca los casados la viven en la vida ordinaria y en aquellos momentos en que la expresan en la intimidad. Esto les da la certeza de que la relación es sincera y recíproca.

Los cónyuges que practican la fe tienden más a invertir en su matrimonio y trabajar para fortalecer áreas que no son sexuales, como mejorar los compromisos y disminuir los conflictos. Cuando dos personas casadas creen que su matrimonio tiene importancia espiritual y religiosa, ellos son más propensos a invertir para que la convivencia sea positiva.

Además el sexo en el matrimonio es un sexo sin miedos. Los cónyuges no tienen por qué temer a un embarazo o a convertirse en padres o madres solteros porque saben que hay un compromiso formal para permanecer unidos. Tampoco tienen por qué temer a las enfermedades de transmisión sexual. Si son fieles estarán libres de infecciones y del miedo de contagiar a su cónyuge. No existe el miedo de verse abandonados como en el caso de la unión libre, ni miedo de sentirse utilizados por el otro porque creen en su alianza conyugal.

Una muchacha, cuyo novio la quiere bien y ve que él está dispuesto a respetar el lenguaje intrínseco del sexo –entrega total en el matrimonio–, puede tener mayor seguridad en su relación de noviazgo porque sabe que su pareja ha desarrollado un alto nivel de control sobre sí mismo. Sabe que ese hombre es alguien en quien puede confiar porque vivirá más fácilmente la fidelidad durante la vida matrimonial. Y también podrán aprender juntos el lenguaje de la intimidad sexual, sin tener a otra persona del pasado en sus recuerdos con la que puedan comparar a su cónyuge.

Cuando el cine o la televisión presenten al sexo en la soltería como el mejor y el más emocionante, no lo creamos. Es en ese tipo de sexo donde están los daños emocionales y las heridas más fuertes. En cambio el sexo matrimonial es como el buen vino que ha sabido esperar un tiempo de añejamiento para ser el de mejor calidad.

miércoles, 8 de diciembre de 2021

"Yo no te pido" (engañifas de la unión libre)


Con frecuencia se acercan parejas jóvenes para pedirme que bendiga a sus niños pequeños. Siempre les pregunto si están casados por la Iglesia y la mayoría de ellas no lo están. Por supuesto que a los pequeños les doy la bendición. Es un hecho que la Iglesia Católica está experimentando una caída de las celebraciones del sacramento del matrimonio y un aumento de parejas bautizadas que deciden vivir en unión libre. A medida en que no se cultiva la fe y aumentan el materialismo y el ateísmo, menos parejas se interesan por celebrar su unión en una boda religiosa.

La cultura popular promueve el amor libre. Dice una canción de Pablo Milanés: "Yo no te pido que me firmes diez papeles grises para amar, sólo te pido que tu quieras las palomas que suelo mirar". El cantautor de trova protestaba contra la institución del matrimonio. Su amor era inseguro; no hablaba de una clase de amor total y comprometido para toda la vida. ¿Por qué se necesitan firmar papeles y una ceremonia donde los nuevos esposos tengan la bendición de Dios? Si un hombre y una mujer están planeando entregarse el uno al otro y pasar el resto de su vida juntos, ¿por qué no celebrarlo públicamente, y por qué no firmar un certificado de matrimonio?

La unión libre no es digna para el ser humano. El hombre nació para construir proyectos que trasciendan, y uno de ellos –quizá el más importante– es el formar una comunidad de vida y de amor llamada familia. Cuando dos personas deciden vivir juntas y sin compromisos con la sociedad y con Dios, generalmente lo hacen porque uno de los dos no está realmente seguro de establecer una entrega comprometida para toda la vida. Si no hay papeles que firmar ni altar ante el cual hacer una alianza, la puerta se queda abierta para poder escapar de la relación en cualquier momento de crisis.

La Iglesia Católica en México no celebra el sacramento del matrimonio sin que los novios hayan contraído matrimonio civil. Lo exige porque quiere proteger a los esposos. El gobierno mexicano es de los pocos en el mundo que no reconocen válido el matrimonio eclesiástico. En cualquier otro país una pareja que se casa por la Iglesia automáticamente queda casada ante la ley civil. No es así en nuestro país. Si se casan únicamente por la Iglesia y hay después una separación, la mujer quedaría como concubina y no como la esposa legítima del marido, es decir, quedaría desprotegida. Por eso la Iglesia exige el matrimonio civil antes de celebrar el matrimonio eclesiástico.

El contrato del matrimonio se establece para proteger a los cónyuges. Vivir juntos para toda la vida incluye riesgo para ambos, sobre todo para la mujer. Ella muchas veces deja de trabajar para dedicarse a la crianza de los hijos, y el contrato matrimonial le garantiza que ella y los niños serán mantenidos. Ante un eventual abandono del marido, la mujer tiene derecho a recibir una cantidad económica de su esposo como mantenimiento para ella y los hijos, pero si no existe el matrimonio, tampoco existe la protección. Cada uno será libre para escapar de la relación y sin que el otro pueda cuestionarlo.

Los partidarios de la unión libre sostienen que las parejas que viven en concubinato muestran mayor grado de felicidad, y esto se debe a que la relación es más relajada y conviven con más humor, ya que no existe un compromiso que las ate. Esto es falso. En la unión libre la relación de pareja no es más relajada, sino más estresante. Simplemente saber que en cualquier momento el otro puede irse de la casa y sin obligaciones 
hace que se nazca en la pareja el miedo de verse abandonado, lo que se reflejará en más pleitos y discusiones.

Además a nivel sexual las relaciones íntimas se vuelven engañosas, ya que la entrega que se expresan mediante sus cuerpos no corresponde al nivel de compromiso en el que viven sus vidas ordinariamente. Con sus cuerpos se dicen "me entrego totalmente a ti para siempre" pero la realidad es otra: carece del sello de garantía de un alto nivel de compromiso, ante Dios y ante los hombres. Por eso también las relaciones íntimas de pareja no son tan satisfactorias como las de los esposos que están comprometidos realmente con el Señor y con sus hermanos.

La unión libre, en el fondo, es egoísta. Se deslinda de Dios y de la comunidad. Es un amor aislado, incompleto, sin conexión con el bien de la sociedad que todos formamos y sin articulación con el amor divino que el matrimonio representa. Por eso cuando los novios se casan por la Iglesia se piden testigos y la ceremonia es pública. La asamblea de invitados, grande o pequeña, ratifica que el matrimonio es un bien para la Iglesia y la sociedad, pero además, por ser un bien no exento de dificultades y pruebas, necesita una comunidad que ayude a los novios con un soporte espiritual.

"Yo no te pido que me bajes una estrella azul, sólo te pido que mi espacio llenes con tu luz", canta Milanés, el trovador cubano. Más allá de la poesía hecha música, el amor verdadero y real es el que firma los papeles, el que se compromete con Dios y con la sociedad en una entrega para toda la vida. Es el matrimonio el que recibe la bendición divina. Lo otro es inseguridad.

martes, 30 de noviembre de 2021

Sexo prematrimonial y divorcios


Hace muchos años, "en un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme", conocí a una chica que estaba muy enamorada de su novio. Después de una relación de dos años en los que tuvieron actividad sexual con regularidad, decidieron casarse. Ella llegó de blanco y puntual a la Iglesia para la celebración de su boda, pero pasaron los minutos y el novio no aparecía. El sacerdote tuvo que iniciar la misa sin el muchacho mientras ella, angustiada, esperaba en el coche. La misa terminó y el novio nunca llegó. La había dejado plantada. Durante las horas siguientes ella no tuvo noticias de él, y fue hasta dos días después cuando apareció para decirle que lo habían secuestrado. Ella ingenuamente le creyó.

Tener relaciones sexuales durante el noviazgo ofusca, sin duda, la mente de los novios. Cada vez que ellos tienen intimidad hablan en un lenguaje corporal que no está en sintonía con la realidad de su noviazgo. Si tomamos en cuenta de que por medio del acto sexual vienen nuevas vidas humanas a la tierra; si vemos que el acto sexual crea un vínculo emocional muy fuerte entre la pareja que los hace querer estar juntos; si consideramos que el sexo es expresión de una entrega total de cuerpo y alma a la otra persona, entonces nos damos cuenta de que Dios creó el sexo con una lógica interna, y esa lógica se resume en dos palabras: "para siempre".

Cuando una pareja hace el amor como Dios ha querido, entonces su lenguaje es el siguiente: "me quiero para ti, te doy mi cuerpo, mi alma, todo mi ser, y para toda la vida, hasta que la muerte nos separe; quiero tener hijos contigo y educarlos". Este significado que Dios ha querido para el sexo no se vive durante el noviazgo. La pareja de novios, al fornicar, está hablando un lenguaje mentiroso: "te doy mi cuerpo pero no mi alma porque no tengo compromiso total contigo; y no quiero tener hijos contigo, al menos por ahora".

Pero vayamos a la historia de aquella chica plantada en el atrio parroquial el día de su boda. La historia terminó más triste todavía. Después de unos meses en que ella creyó la mentira del secuestro, volvieron a establecer su relación y nuevamente decidieron casarse. El sacerdote al que le solicitaron la boda, sabiendo lo que había ocurrido en aquel día de sus nupcias fallidas y sospechando que el novio había estado mintiendo, se rehusó a casarlos. Finalmente fueron a contraer matrimonio a un pueblo lejano de su diócesis donde esta vez la boda sí se realizó. Pero llegada la la luna de miel aquel hombre sacó toda su furia y la golpeó hasta que se cansó. Fue cuando ella abrió ojos para darse cuenta de que había tenido un novio realmente trastornado y era muy peligroso. Y fueron muy felices... cada uno en su casa.

Es un hecho de que las personas que llegan vírgenes al matrimonio se divorcian menos. La razón es muy sencilla: las relaciones sexuales crean un vínculo emocional muy poderoso en la pareja, vínculo que no permite descubrir los defectos de la otra persona o a no darles la debida importancia. Ese enlace psicológico fue creado por Dios para mantenerlos unidos en el matrimonio. Pero al salirse del plan divino y caer en el hábito de la fornicación, los novios rompen el proyecto de Dios y, la mayor parte de las veces, pagan las consecuencias con rupturas dolorosas.

La novia plantada en su boda y aporreada en su luna de miel había tomado la malísima decisión de casarse con una persona absolutamente desaconsejable para el matrimonio. Su decisión la tomó con el corazón y no con el cerebro. Si no hubiera tenido vida sexual con su novio, lo más probable es que la relación hubiera terminado pronto, apenas el hombre hubiera empezado a hacer sus escenas de ira. Aquellos novios que saben esperar hasta el matrimonio, pasan sus noviazgos conociendo realmente a la otra persona en sus virtudes y sus defectos para decidir si valdrá la pena pasar el resto de su vida casados; son novios que saben tomar sus decisiones con el corazón utilizando también la inteligencia.

La dramática experiencia que tuvieron esos novios –la chica plantada primero y abofeteada después– es extrema, y por ello es elocuente para ilustrar los peligros del sexo prematrimonial. Este tipo de historias y otras muchas de fracasos conyugales pueden hacer que muchos jóvenes solteros quieran pensar en todo menos en el matrimonio. Sin embargo no deben de tener miedo. Hay que decirles la verdad: se puede formar un matrimonio muy feliz y para toda la vida. Solamente deben de vivir bien sus noviazgos, con altos estándares. Deben reservar la actividad sexual sólo para el matrimonio y aprender a conocerse desde el fondo del alma. Esto les dará la libertad para tomar una decisión tan trascendental como es la de fundar con otra persona un hogar para toda la vida.

martes, 23 de noviembre de 2021

La trampa del sexo prematrimonial


Muchas parejas de novios suelen "comerse la torta antes del recreo". Ellos se justifican diciendo que es lo normal y que todos lo hacen; o bien quieren probar su hombría o su feminidad; otros lo hacen por curiosidad o por no querer que les digan anticuados o cuadriculados. Muchos creen que tener relaciones sexuales con su pareja o con personas ocasionales es algo inofensivo, pero no es así. El sexo tiene profundas consecuencias emocionales que afectan hondamente sus vidas y de las cuales ellos muchas veces no se percatan. El sexo prematrimonial es una trampa de la que hay que prevenir a las nuevas generaciones. Veamos por qué.

Hemos dicho que Dios creó un sistema llamado "matrimonio y familia" para traernos al mundo. Nacemos y convivimos en familia, aunque sabemos que la convivencia no siempre es fácil. A veces hay roces y conflictos que causan daño, y se necesita amor y voluntad para resolverlos. Imaginemos una pareja que ha decidido casarse. Ellos llegan a la boda con la voluntad de entregarse uno al otro todos los días de su vida. Esto no es cualquier cosa. El amor que se profesan debe tener tal grado de madurez que les permita soportar los conflictos a los que se enfrentarán en su vida conyugal.

En 2017 celebré el aniversario matrimonial número 76 de mis abuelos, que hoy ya han entrado en la vida eterna. 76 años es una edad a la que no llegan muchas personas. Ellos los vivieron ¡de casados! ¿Qué hace Dios para ayudar a mantener unidos a los esposos? Algo asombroso. En su sabia providencia, dispuso que entre el marido y la mujer se creara una hormona cuando se unen en intimidad sexual. La hormona se llama oxitocina y funciona como una especie de super pegamento emocional que los une psicológicamente, que hace que quieran permanecer unidos y que no vean sus mutuos defectos. 

El sexo, entonces, no es algo que se realiza con el cuerpo mientras que el corazón y el alma se quedan afuera. El sexo crea ese vínculo emocional que los hace sentirse en comunión de personas. Algunos le llaman "conexión". Hemos experimentado esa conexión, comunión o vínculo emocional tal vez con un grupo de amigos que la pasan muy bien cuando hacen deporte juntos, o cuando estamos en armonía familiar. Hasta los perros experimentan fuertemente ese vínculo emocional con sus amos. Pero en el matrimonio es algo increíble porque se produce a través de la oxitocina cuando los esposos tienen relaciones íntimas. La misma oxitocina se produce cuando una madre está en su período de lactancia y amamanta a su bebé. Hay un vínculo emocional muy fuerte causado por la hormona que enlaza a la madre y al hijo.

El mismo acto que engendra una familia –el acto sexual de los esposos– es el acto que les ayuda a vivir su compromiso matrimonial. Dios creó la oxitocina como una ayuda para que los esposos permanezcan unidos. La comunión o vínculo que crea dicha hormona hace que marido y mujer oscurezcan su visión sobre la otra persona y pasen por alto los defectos o las irritaciones que encuentran en su vida marital. Por eso el vínculo es el super pegamento que se crea entre sus almas para ayudarles a superar los problemas menores y mayores que encontrarán en su vida común. "Y serán los dos una sola carne", dijo Jesús.

Hoy muchas parejas de novios, al fornicar sin estar casados, producen oxitocina durante su excitación sexual, y así crean entre ellos ese vínculo emocional fortísimo que los hace querer permanecer unidos, pero sus mentes se ofuscan para conocerse profunda y realmente el uno al otro. Han entrado en una zona de peligro. En realidad han caído en la trampa que los puede llevar a cometer el gravísimo error de casarse con la persona equivocada. El divorcio es la consecuencia más dolorosa. Por eso el sexo no es cualquier cosa. Tiene consecuencias emocionales.

miércoles, 17 de noviembre de 2021

Fecundidad o fertilidad


Una de las condiciones para que un matrimonio tenga validez es que la pareja sea capaz de realizar el acto conyugal completo: erección, penetración y eyaculación en la vagina de la mujer. Si los esposos no tienen la capacidad física para realizar el acto conyugal la Iglesia no puede casarlos. La fórmula sagrada del consentimiento matrimonial que ellos expresan verbalmente frente al altar es completada en la alcoba conyugal mediante la entrega total de sus cuerpos y almas. Es lo que se llama "matrimonio rato (celebrado) y consumado", y no hay poder humano que lo pueda disolver, a menos de que existan ciertas causales.

Ninguna pareja puede saber si después de cada acto conyugal ocurrirá un embarazo. Las mujeres son fértiles solamente durante algunos días del mes y durante algunos años de su vida. La fertilidad es variable según cada mujer. Hay quienes tienen ocho o más hijos, y hay quienes no tienen ninguno, pero esto no es lo importante para lo que estamos tratando. Lo más relevante es que la pareja realice el acto conyugal para que pueda existir una familia, pero eso habrá que ponerse en manos de Dios, para que Él decida si traerá o no nuevas vidas a la tierra. Los hijos son una bendición divina para el matrimonio, pero si la pareja no puede tener hijos, Dios puede dar la fecundidad de otras maneras. El acto conyugal en las manos de Dios nunca será estéril porque es un reflejo de su amor fecundo.

Durante la celebración de las misas pro-vida que tenemos en la diócesis una vez al mes, siempre invito a las parejas que no pueden tener hijos para orar juntos y pedir para ellas el don de la fertilidad. En muchos de sus rostros veo el sufrimiento, la ansiedad y la frustración que la falta de hijos les provoca. Sueñan con una descendencia, lo que es normal, pues los hijos son el fruto más excelente del matrimonio. Siempre les recuerdo que los hijos hay que pedirlos a Dios, ya que nadie tiene derecho a tenerlos. Eso sí, los esposos tienen el derecho y el deber de realizar el acto conyugal, pero no a tener hijos. Los hijos vienen como regalo de Dios, quien se vale de la unión de los gametos de los esposos para insuflar, en el óvulo fecundado, un alma inmortal creada a su imagen.

Un error que se comete con frecuencia es identificar la fecundidad con la fertilidad. No es lo mismo. La fecundidad es un valor al que todos los matrimonios están llamados, y una de sus muchas expresiones puede ser la fertilidad. Puede ocurrir que un matrimonio muy fértil no sea un matrimonio fecundo. Una pareja, por ejemplo, que ha tenido diez hijos porque el marido llegaba borracho a la casa no es una pareja fecunda, sino sólo una pareja que se ha reproducido muchas veces. Al contrario, un matrimonio que quiere tener un hijo y no logra el embarazo por diversas causas, puede ser una pareja muy fecunda a través de la adopción o por dedicarse a alguna obra de caridad social.

Los matrimonios que, por diversas circunstancias, no pueden tener hijos hay, al menos, dos opciones moralmente correctas, según la moral católica, que pueden seguir para remediar la esterilidad y ser fecundos. La primera opción es la adopción. La Iglesia aconseja para las parejas estériles pueden abrir su casa para regalar una familia y un hogar a un niño abandonado. No es una opción fácil para todos, pero cada vez son más parejas las que se están abriendo a esta posibilidad. San Juan Pablo II señalaba en Evangelium Vitae que "El verdadero amor paterno y materno va más allá de los vínculos de carne y sangre, acogiendo incluso a niños de otras familias, ofreciéndoles todo lo necesario para su vida y pleno desarrollo" (n. 93).

Recordemos que el amor de Dios no hace selección de personas. Dios no ama más a quien fue engendrado en una relación de amor de personas casadas por la Iglesia, que una persona que nació como consecuencia de una violación. Dios ama con locura a todos los seres humanos, sin importar las circunstancias en que fueron concebidos. Todos somos imagen y semejanza de Él, y por eso Dios está enamorado de nosotros. Confiamos siempre en que el Señor sabe escribir en renglones torcidos y sacar de los males bienes mayores.

La segunda posibilidad es la paternidad espiritual. Conozco matrimonios que, por amar a Dios sobre todas las cosas y por no poder tener hijos, han sabido hacer de su vida un apostolado llevando la buena nueva a los pobres, la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos. Trabajan en misiones y se ponen el delantal en las colonias y centros comunitarios donde hay graves carencias materiales y morales. Saben que su amor no puede quedarse encerrado en sus dos corazones, sino que tiene que derramarse en el servicio, más allá de la relación de pareja. Hace años conocí a una pareja de casados extremadamente generosa, que no buscaba a niños sanos para adoptar, sino a niños con discapacidad. Habían adoptado a un niño con parálisis cerebral y a otro con VIH. Matrimonios como estos, aunque estériles, son de una abundantísima fecundidad.

Apéndice: Un medio moralmente lícito que Dios, en su providencia, ha puesto para sanar la esterilidad es el recurso a la naprotecnología. Se trata de una tecnología que desde la década de 1980 está en desarrollo. No es una técnica para que la mujer quede automáticamente embarazada, sino que busca detectar las causas de la esterilidad para darles el tratamiento eficaz y lograr finalmente el embarazo. Muchas mujeres han logrado quedar encinta gracias a la esta ciencia.

miércoles, 10 de noviembre de 2021

Un guardián llamado pudor


Serena Fleites era una estudiante sobresaliente de 14 años que se enamoró de un muchacho algo mayor que ella. Nunca había tenido novio y el chico le pidió que se tomara un video desnuda y se lo enviara. Ella se sintió halagada, se tomó el video y se lo envió. Su vida cambió dramáticamente. En su clase sus compañeros comenzaron a verla con rareza; y es que el muchacho había compartido el video con otros de sus amigos. Uno de ellos subió las imágenes a uno de los sitios web de pornografía más grandes del mundo, del cual fue imposible retirarlo. Serena cayó en drogas y en una fuerte depresión, y pensó: "Ya no valgo nada porque ahora todos han visto mi cuerpo".

¿Por qué Serena se sintió tan afectada, hasta el punto de sentirse sin valor como persona? Por la sencilla razón de que el cuerpo humano no fue creado para que los demás lo vieran con ojos perversos. Todos tenemos un instinto que se llama "pudor". Se trata de una vergüenza natural por exhibir las partes íntimas del cuerpo a otras personas, o por escuchar a otros hablar con detalles sobre sexualidad. También el pudor tiene que ver con los secretos de nuestra alma que no queremos revelar a cualquiera. De esa manera el pudor es un don que Dios nos ha dado para custodiar nuestra dignidad de personas. Al saber Serena que su cuerpo lo habían visto miles de personas vio caer hasta el suelo su dignidad de mujer.

Años antes de entrar en el Seminario tuve un compañero de trabajo, soltero, que se jactaba de ser sexualmente muy activo. Sus aventuras que tenía con diversas mujeres las narraba con soltura y proporcionaba detalles que, personalmente, me hacían sentir incómodo. En otros ambientes laborales también conocí personas que solían hablar de cuestiones sexuales con desvergüenza. Me preguntaba si yo estaría equivocado al experimentar malestar mientras escuchaba cosas que sentía que pertenecían a la esfera íntima de la personas y que, a mi juicio, no se debían compartir.

Nadie debe sentirse mal por sentir incomodidad al hablar de temas sexuales. Es natural que venga el pudor como defensa de algo íntimo porque, en realidad, el sexo es una realidad sagrada y digna de respeto. Lo que es sagrado siempre se coloca en un lugar aparte y debe ser custodiado como algo muy especial. En la antigua ciudad de Jerusalén estaba el templo, y dentro del templo había una cámara sagrada llamada "El Santo de los Santos" donde estaba la presencia de Dios simbolizada en al Arca de la Alianza y las Tablas de la Ley. No cualquiera entraba en ella sino solamente el sumo sacerdote, una vez al año. Así también las hostias consagradas se reservan en el tabernáculo después de la Misa y ahí se coloca una lámpara ardiente para indicar que ahí está la sagrada presencia real de Jesús.

Así también el sexo es algo sagrado. Dios lo creó para unir al hombre y a la mujer en intimidad. Es sagrado porque a través de él, Dios llama a las personas a la existencia. Dios quiere que lo tengamos como algo especial y muy importante en nuestras vidas, y no que se hable de sexo como se habla de futbol o de cocina. Para proteger ese instinto que Dios nos ha dado, es mejor evitar ver imágenes sexuales explícitas o discutir sobre ello. Cuando cultivamos el pudor en la manera de vestir, tapamos esas partes de nuestro cuerpo que no queremos descubrir, para que la mirada de los demás se dirija hacia nuestro rostro y ojos. De esta manera estamos indicando a qué nivel queremos relacionarnos en nuestra comunicación interpersonal, no a nivel de deseos carnales sino a nivel de personas espirituales.

San Juan Pablo II, en sus catequesis sobre el amor humano, explica que cuando la otra persona se reduce a puro "objeto para mí", –cuando la miro con ojos únicamente de deseo– ahí se marca el inicio de la vergüenza o pudor, que viene a la defensa de la intimidad de la persona. El otro nunca debe ser una cosa u objeto, sino que merece el respeto como persona que tiene una altísima dignidad. Cubrimos nuestro cuerpo, no porque nos avergoncemos de él, sino porque no queremos que nuestra parte sexual se vea como algo independiente de los demás valores que poseemos.

Es importante entonces que los niños vayan desarrollando el sentido del pudor. Cuando son pequeños no lo tienen, pero en la medida en que van creciendo deben ser educados en cubrir su cuerpo y en no permitir que nadie extraño toque sus partes íntimas. De esta manera los adolescentes y jóvenes podrán ser capaces de juzgar los eventuales atentados a su propia intimidad. Educarlos en la custodia de su propia intimidad no es transmitirles la idea de que el sexo o el cuerpo es algo negativo, sino enseñarles a integrarlos en su personalidad. De esta manera se podrán evitar muchas experiencias dolorosas como la de Serena Fleites que, por falta de pudor con un chico que le atraía, acabó siendo pasto de miradas lascivas.

martes, 2 de noviembre de 2021

La revolución sexual


A los jóvenes y los adultos menores de 60 años nos ha tocado vivir en un mundo extremadamente sexualizado. Estamos en una época marcada por una permisividad que ha ido creciendo, hasta llegar al extremo de negar nuestra propia naturaleza de varones y mujeres. En las escuelas a los niños se les educa para que ellos elijan su propio género, con la excusa de que se trata de sus derechos sexuales y reproductivos que deben ser respetados, incluso por sus padres. Ante tanta anarquía muchos se preguntan cómo hemos podido llegar a esto. Es importante echar una mirada a la historia para conocer las razones de la confusión.

Las generaciones jóvenes son víctimas de un fenómeno que se conoce como la "revolución sexual". Lo que sucedió en la década de 1960 revolucionó la manera de concebir y vivir la sexualidad. Fue como un tsunami que convulsionó a Occidente y que separó el ejercicio de la sexualidad de la institución del matrimonio, así como también de la paternidad y la maternidad. En aquellos años aparecieron en el mercado las primeras píldoras anticonceptivas, y la revista Playboy de Hugh Hefner se convirtió en el ícono de esta nueva mentalidad; las parejas podían tener sexo libremente sin temor a quedar embarazadas. Así se produjo una primera ruptura entre la sexualidad y el matrimonio. Era posible ejercer una sexualidad libre de lazos institucionales, y ni siquiera lazos estables.

Luego vinieron las técnicas de reproducción asistida, lo que trajo una nueva ruptura entre el ejercicio de la sexualidad y la procreación. La inseminación artificial y la fecundación "in vitro" hizo que la sexualidad pudiera vivirse desligada de la responsabilidad de un embarazo. Si con los anticonceptivos se reivindicó el derecho a una sexualidad sin procreación, la reproducción artificial reivindicó el derecho a la fecundidad sin sexualidad. Del "sexo sin hijos", el mundo dio un salto al "hijos sin sexo". 

Años después, el feminismo radical unido al marxismo cultural trajo la llegada de la ideología de género, por la que los colectivos de homosexuales y lesbianas reivindicaron sus derechos al amor entre personas del mismo sexo. La vieja lucha de clases marxista fue sustituida por la lucha de sexos y por la lucha contra el sistema familiar tradicional entre hombre y mujer. Lo que inició con la revolución sexual trajo una nueva ruptura, pero esta vez entre la sexualidad y la naturaleza sexuada. Los colectivos LGBT reclamaron los derechos a ejercer la sexualidad contra natura.

Hoy la revolución sexual ha dado un paso más abajo en la escala, y es la fractura entre la sexualidad y la identidad de la persona. La ideología de género ha avanzado hacia nuevos niveles de locura reivindicando el derecho a ser lo que cada uno crea que es en su interior. Cualquier mujer puede decir que es un hombre dentro de un cuerpo femenino; cualquier hombre puede reclamar su derecho a ser tratado como una dama porque se siente tal. 

Como vemos, los vínculos tradicionales y naturales, en cuyo contexto se vivía la sexualidad y encontraba su sentido, han desaparecido desde la revolución sexual. Si la atracción sexual entre varón y mujer tenía sentido para formar un matrimonio y una familia, hoy esa idea se considera opresora para la libertad de las personas. El único punto válido para ejercer la sexualidad es la búsqueda de placer personal y la satisfacción del instinto. Las personas no tienen la posibilidad de distinguir entre los instintos auténticos y los que son desviados; se tiene derecho a todo tipo de experiencias y se exige que sean legitimadas a nivel social.

Después de seis décadas de revolución sexual los resultados no son felices ni halagadores. El ejercicio de la sexualidad sin responsabilidad y sin vinculación a la naturaleza ha provocado un gravísimo descenso de las tasas de fertilidad de Occidente con el consecuente envejecimiento de la población y la posibilidad de que desaparezcan sociedades enteras. Además ha traído una gran cantidad de enfermedades sexuales –incluso mortales como el VIH– reflejo de que el sexo ha dejado de ser transmisor de vida para transmitir esterilidad y muerte. No sólo eso. La misma sexualidad vivida como diversión ha conducido al desprecio por la vida y a la mentalidad abortista, provocando terribles heridas emocionales y familiares. La revolución sexual nos ha hecho ver el horror de una libertad carente de sentido y que desemboca en la angustia.

Es necesario que los católicos reflexionemos sobre el callejón sin salida al que nos ha llevado la revolución sexual, y tomemos el camino de regreso hacia los valores fundamentales que hemos perdido. Ciertamente no podremos hacerlo desde una moral basada en prohibiciones, sospechas y tabúes, sino con un enfoque positivo sobre la sexualidad y el amor, según la teología del cuerpo de san Juan Pablo II. Si en otros tiempos el instinto y el placer se miraron con resignación y tolerancia, habrá que integrarlos de manera adecuada a la vida cristiana y al amor real que todos buscamos. Este es el camino para descubrir, con nuevos ojos, el plan de Dios sobre la sexualidad y la familia.

miércoles, 27 de octubre de 2021

Sexo: algo increíblemente bueno


C
asi todas las voces que escuchan los jóvenes en la cultura secular los invitan a experimentar con el sexo. La misma educación sexual escolar les proporciona la información para que, desde la adolescencia, los chicos se enrolen en actividad sexual. Les hablan de derechos sexuales y reproductivos, incluso les han dado una cartilla nacional que los promueve; de esa manera los van incitando hacia la promiscuidad. En este ambiente cultural la Iglesia con su enseñanza sobre la castidad hasta el matrimonio parece retrógrada. La ética sexual católica se ve como el aguafiestas en medio del desenfreno del mundo. Parece que se cumple aquellas palabras de san Pablo: "llegará el tiempo en que los hombres no soportarán más la sana doctrina" (2Tim 4,3).

Sin embargo cuando echamos una mirada a nuestro alrededor y vemos las consecuencias de la Revolución sexual de los años 60 en la manera en que los jóvenes viven su vida sexual –con todas las heridas físicas, psicológicas, familiares y espirituales–, nos convencemos, más que nunca, de que la Iglesia debe seguir proclamando el plan de Dios sobre el amor y la sexualidad con valentía, arguyendo, reprendiendo, exhortando, con paciencia incansable y con afán de enseñar (2Tim 4,2).

Enseñar a los adolescentes y jóvenes que antes de casarse vivan una vida sexual activa es un grave error. Pero hay que explicarles por qué. Para entenderlo, primero hay que saber que el sexo es una creación de Dios y, como tal, es bueno. Cuando creó el mundo vio que todo era muy bueno (Gen 1,31), incluido el sexo. Sin embargo el sexo no solamente es bueno sino increíblemente bueno. 

Tan bueno es, que Dios hizo el mundo para que fuera poblado con seres humanos, hechos a su imagen y semejanza, llamados por vocación a compartir con ellos la vida eterna en el Cielo. "Sean fecundos y multiplíquense, llenen la tierra y sométanla" (Gen 1,28). Si tú y yo somos seres hermosos salidos de las manos de Dios, a quienes Él ama apasionadamente, eso significa que el acto sexual que nos dio origen –el sexo– es querido por Dios y es algo extraordinariamente positivo. Podemos decir que no hay en la tierra una forma de contacto físico con una dignidad tan alta como es el acto conyugal.

Dios pudo hacer que los niños llegaran al mundo por otros medios. Algún pájaro como la cigüeña podía traerlos del cielo, o pudieron haber sido plantados en la tierra y cosechados, pero no fue así. Dios quiso crear otro sistema para que viniéramos al mundo. Él ama a cada vida humana que existe y, para traer esas vidas, se vale de un sistema llamado "familia", donde el hombre y la mujer se aman y donde comparten sus vidas. ¿Podemos imaginar lo que significa pasar todo el resto de la vida juntos, viviendo bajo el mismo techo, comiendo con la misma vajilla, durmiendo en la misma cama, compartiendo el baño, incluso el tiempo de descanso? Para ser los dos una sola carne se requiere de mucho amor y de una cantidad muy generosa de sacrificio (Mc 10,6-9).

Cuando una pareja se casa por la Iglesia, hacen la promesa de aceptarse mutua y totalmente, de ser fieles uno al otro, en las alegrías y las penas, en la salud y la enfermedad y amarse y respetarse todos los días de su vida. Prometen que nunca se utilizarán como si fueran objetos o cosas, sino que se tratarán como personas que buscan lo mejor uno para el otro; y para toda la vida. El sacramento del matrimonio los convierte en una sola persona conyugal (Mt 19,5). Después de la boda, la pareja suele salir a un viaje llamado "luna de miel", donde se entregan sus cuerpos para manifestar la alianza que sellaron con Dios ante el altar de la iglesia. Este intercambio sexual es una entrega absoluta de la totalidad de sus personas.

Este es el idioma del amor que los jóvenes deben descubrir como algo grandioso. De esa entrega total Dios puede crear una nueva vida humana a su imagen y semejanza (Gen 1,26). Crear seres humanos es uno de los actos predilectos de Dios.  El resultado de este idioma del amor es una familia. La vida familiar existe para que todos sus miembros puedan aprender a amar, a buscar lo mejor para el bien de los demás, y para aprender a entregarse por los otros, aún con sacrificio. En las familias amamos y somos amados. Las familias se edifican por el amor y se originan en el sexo. Así que no enseñemos a los jóvenes que el sexo es malo sino algo bueno. Y por ser tan increíblemente bueno, debe realizarse sólo en el matrimonio y para formar una familia.

lunes, 18 de octubre de 2021

Jóvenes buscando amor


En mis tiempos de juventud las parejas para el noviazgo se buscaban en bailes, fiestas o en alguna famosa avenida de la ciudad donde chicas y chicos paseaban para conocerse. Hoy muchos jóvenes encuentran sus parejas utilizando su teléfono móvil con aplicaciones como Meetic, Lovoo, Tinder o Happn. Y aunque los avances en la tecnología son sorprendentes para conocer personas, parece que muchos jóvenes no tienen la suerte de encontrar fácilmente una pareja estable.

¿Dónde encontrar el amor?, es la gran pregunta que muchos se hacen. La cultura progresista con sus clases de educación sexual escolar, con la publicidad erótica y con la pornografía en redes sociales y medios de comunicación los ha empujado por el camino del sexo durante el noviazgo. El resultado es que los jóvenes no han encontrado la verdadera alegría. En cambio el sexo los está dejando con muchas heridas emocionales, miedos y depresiones; pero lo más grave es que los está incapacitando para formar la familia sólida que anhelan.

Es importante que un joven, antes de aventurarse en una relación de noviazgo, descubra dos cosas que son clave para encontrar el amor y la felicidad. Dice la Iglesia que "el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás" (Gaudium et spes, 24). La frase es importantísima. Nos dice que Dios nos ha amado no porque seamos buenos o porque tengamos muchas cualidades, sino por el simple hecho de existir. Desde antes de la creación Dios nos amó y nos puso en la existencia y, por lo tanto, Él quiere lo mejor para nosotros.

La segunda parte de la frase es clave para encontrar el amor: encontramos nuestra plenitud cuando aprendemos a donarnos a los demás. Hace años conocí a una chica mexicana que sola viajaba por Europa con el propósito de encontrarse a ella misma. También tengo un amigo que pagó costosos viajes a la India para vivir extrañas experiencias espirituales con el objetivo de encontrarse a él mismo. La manera en que las personas tienen estas experiencias de introspección egocéntrica y “se encuentran a ellas mismas” es algo que no acabo de entender.

En su enseñanza la Iglesia Católica nos muestra el camino más simple y profundo: nos encontramos a nosotros mismos cuando aprendemos a donarnos, a cuidar y a procurar lo que es mejor para los demás. Así de sencillo. La experiencia que tuvieron mi abuela, mi madre y algunas tías que fueron Voluntarias Vicentinas, y que sirvieron en dispensarios médicos, hospitales y en llevar la Palabra de Dios a los necesitados, me mostraron que el camino hacia la felicidad plena está en el servicio a los demás. Paradójicamente encontrarse a uno mismo es olvidarse de uno mismo y entregarse al bien de los demás. Ahí nos espera Dios.

El Señor nos hizo para vivir en familias y comunidades. Los seres humanos funcionamos de esta manera. No encontramos la felicidad sólo preocupándonos por nosotros mismos y sirviendo únicamente a nuestros intereses. Encontramos plenitud cuando unimos nuestras vidas e intereses con las vidas y las necesidades de otras personas; cuando buscamos el bien de los demás y ellos se preocupan por el bien de nosotros. He visto más alegría y felicidad en padres y madres de familia que se sacrifican para darles familia unida y pan a sus hijos, que en muchas otras personas que, por ocupar altos puestos de trabajo y ganar mucho dinero, se olvidan de sus familias, viven vacíos y sólo se ocupan de sus intereses.

¿Qué debemos hacer entonces para encontrar el amor? Aprendamos a no utilizar a los demás y busquemos únicamente su bien. Es cierto que todos somos más o menos egoístas, y es necesaria una educación en el amor y la sexualidad para transformar el egoísmo y así no servirnos de otras personas sólo para satisfacer nuestros deseos. Un joven queda lastimado cuando descubre que su novia sólo mantiene una relación con él por su dinero y su coche último modelo. Una chica queda decepcionada y herida cuando descubre que su novio la busca más por la belleza de su cuerpo que por sus valores internos que tiene como mujer.

No está mal que los jóvenes utilicen alguna app para iniciar un romance. Pero si quieren hallar una relación que los haga felices deben siempre conservar tres preguntas en su mente: ¿Esta persona está realmente interesada en lo que es mejor para mí? Esta persona, ¿me ve como imagen de Dios y me trata con dignidad y respeto? Y yo, ¿quiero su verdadero bien y estoy dispuesto a respetarla y amarla con sacrificio? Si las respuestas son afirmativas, el amor verdadero estará llamando a la puerta.

martes, 12 de octubre de 2021

Amor real o amor de pizza


Muchos jóvenes confunden el amor con el sexo. Creen que para mantener un noviazgo sólido y duradero deben mantener una vida sexual activa y piensan que es absolutamente normal y necesario conocerse íntimamente. "Al fin que todos los hacen", dicen para justificarse. Muchas parejas de novios, a un mes de haber comenzado a salir, comienzan a tener sus primeras experiencias sexuales, y muchas de ellas, al poco tiempo, rompen su noviazgo. Pasado un tiempo entran en relación de novios con otras personas y dolorosamente se repite la misma experiencia.

San Juan Pablo II decía que "El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente" (Redemptor hominis 10). El problema de muchos jóvenes es que no saben bien qué es el amor, y llegan a confundirlo con el sexo. Creen que porque sienten amor a su pareja, pueden expresarlo con la entrega física en la intimidad. Es ahí donde se confunden. Pero veamos un contraste que hace Mary Beth Bonacci para conocer lo que es el amor real del amor de concupiscencia.

No es lo mismo decir "amo a mis padres" que "amo comer pizza". Son amores en niveles muy distintos. Cuando digo que amo a mis padres quiero decir que me preocupo por ellos, que hago lo que sea necesario para que no les suceda algo malo; quiero el bien para ellos, estoy agradecido por todo lo que han hecho por mí, estoy dispuesto a hacer sacrificios por ellos y deseo que estemos juntos muchos años. En cambio cuando digo "amo comer pizza" quiero decir que cuando tengo hambre se me antoja una de pepperoni o una hawaiana. Si el hambre es mucha, la como con avidez, la saboreo, termino chupándome los dedos y una vez satisfecho, dejo las orillas sobrantes en el plato.

Esta comparación vale para ilustrar lo que es el amor real de una pasión instintiva que, finalmente, no es amor. La pregunta es, ¿cómo queremos amar y ser amados, con amor real o con amor de pizza? Cuando una persona te demuestra su amor preocupándose por ti, escuchando lo que llevas por dentro; cuando esa persona es capaz de sacrificarse por tu verdadero bien, puedes estar seguro de que se trata de amor real. Pero cuando alguien sólo quiere pasar el rato contigo y disfrutarte sexualmente sin importar las consecuencias, aunque te diga que te ama, lo más probable es que te sientas utilizado y la relación se deteriore rápidamente.

Aunque la confusión entre el amor real y el amor de pizza sucede sobre todo en el mundo de los jóvenes, también puede ocurrir dentro de la vida matrimonial. El papa san Pablo VI fue muy explícito en su encíclica Humana Vitae cuando dijo que "Podría también temerse que el hombre, habituándose al uso de las prácticas anticonceptivas, acabase por perder el respeto a la mujer y, sin preocuparse más de su equilibrio físico y psicológico, llegase a considerarla como simple instrumento de goce egoísta y no como a compañera, respetada y amada".

Los seres humanos fuimos creados para el amor auténtico y real porque somos imagen de la Trinidad. "Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión" (Familiaris Consortio 11). Queremos interactuar sanamente con los demás y compartir nuestras vidas con otros; necesitamos sentir que estamos rodeados de personas que verdaderamente se preocupan por nosotros y que quieren nuestro bien, personas que estarán junto a nosotros en las buenas y malas. Somos felices cuando aprendemos a dar y recibir amor en esta comunión de personas.

La sexualidad es un regalo maravilloso de Dios para vivir en comunión entre las personas, pero sin una educación para el amor real, puede fácilmente convertirse en instrumento de mero disfrute para utilizar a otros en ratos placenteros, como cuando vamos con hambre a alguna pizzería.

Confesionario sin absolución: "Soy virgen, mi novia no"

La pregunta:   soy español y  tengo un noviazgo con una chica desde hace nueve meses. Yo soy virgen y hay algo que me duele en el alma, y e...