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El 8M contra la Iglesia


El domingo pasado muchas mujeres conmemoraron el Día Internacional de la Mujer con las marchas feministas en cientos de ciudades del mundo. Al anochecer de aquel día rastros de amargura quedaron en calles, plazas, edificios públicos e iglesias: pintas y grafitis, roturas de vidrios en bancos y negocios, daños en la infraestructura urbana, intentos de quemas en algunas iglesias y presidencias municipales.

En redes sociales se hizo viral la imagen de algunas feministas radicales que intentaban prender fuego a la puerta del templo de San Francisco en Querétaro. Aunque no todas las mujeres de las marchas están de acuerdo con estos actos destructivos contra los templos ––muchas de ellas son católicas––, la comunidad se pregunta la razón de la agresión feminista contra los lugares de culto particularmente contra los que son católicos. Hay varios motivos.

El primero tiene que ver con el respeto al derecho a la vida. La Iglesia Católica es de las pocas instituciones que enseña que el aborto es un homicidio. Esta doctrina choca frontalmente con una de las demandas centrales del feminismo: los derechos reproductivos y la autonomía corporal. Para muchas feministas la postura de la Iglesia es priorizar injustamente al niño por nacer y no la libertad de las mujeres. Por eso no nos extraña ver pintas feministas que dicen "Iglesia pedófila", "violadores" y otras consignas.

Lo que las feministas no ven es que la Iglesia, al defender las vidas de los niños por nacer defiende el derecho humano fundamental a la vida; además protege también a las madres del trauma del aborto, de las depresiones y daños psicológicos que siguen a esta práctica.

El segundo motivo de la agresión feminista es que la Iglesia es vista como símbolo supremo de lo que llaman el "patriarcado", esto quiere decir el dominio masculino institucionalizado, opresor para las mujeres. El patriarcado, en realidad, no existe. No hay institución masculina que oprima a las mujeres. La mujer tiene hoy todas las libertades y derechos como los varones en todas los campos de la vida. Se acusa que en la Iglesia sólo los varones pueden ser sacerdotes, obispos o papa mientras que las mujeres quedan excluidas de participar en la autoridad formal. Tampoco agrada a las feministas escuchar que el hombre fue creado para la mujer y viceversa, ni que ambos ejercen roles complementarios.

Lo que el feminismo no considera es que, en la Iglesia, el sacerdote representa a Cristo Esposo ––algo que no puede hacer una mujer–– y que está llamado a amar a su esposa, la Iglesia, hasta dar la vida por ella. Tampoco toma en cuenta que la autoridad eclesial no es un privilegio opresor sino un servicio como el que hizo Jesús al lavar los pies a sus apóstoles.

Las feministas odian a la Iglesia por un tercer motivo: el encubrimiento de abusos sexuales y pedofilia dentro del clero. Los escándalos globales y locales han sido mayúsculos, sin duda, lo que genera rabia en las víctimas y en el laicado. Lo que a las feministas les parece insoportable es que la Iglesia predique una moral de la sexualidad mientras que protege a los agresores varones y castigue a las mujeres al prohibir los anticonceptivos, el divorcio y el aborto. No es raro ver consignas como "hipócritas", "Iglesia protege pedófilos" y otras más.

Las feministas tienen razón en estar fúricas por los abusos sexuales del clero. Los abusos son inconcebibles en todo ámbito, pero mucho más dentro de la Iglesia. Sin embargo el feminismo no toma en cuenta que la moral sexual que enseña la Iglesia es profundamente liberadora y forma personas equilibradas, así como familias fuertes y felices. Si un católico no acepta esta enseñanza ––y puede ser un sacerdote quien no la acepte–– la persona se expone a desarrollar conductas desequilibradas que ponen en peligro a los demás y a él mismo.

Si algunos obispos fueron protectores de clérigos abusadores, eso era en el pasado. Hoy es prácticamente imposible que ocurra. Cualquier obispo encubridor es inmediatamente cesado de su cargo. Los protocolos de seguridad son cada vez más exigentes para crear ambientes seguros para todos en las comunidades parroquiales. Las feministas tampoco comprenden que al prohibir los anticonceptivos, el divorcio y el aborto, la Iglesia protege a las mujeres de los abusos masculinos.

El cuarto motivo del aborrecimiento feminista a la Iglesia es porque ésta ha ejercido presión contra leyes de igualdad de género, contra la educación sexual escolar, el matrimonio igualitario y los derechos trans. Se acusa a la Iglesia de estar aliada a la derecha conservadora y ser contraria al progresismo social.

Más allá de identificarse con las izquierdas o las derechas políticas, la Iglesia ha defendido y defenderá siempre la visión que tiene del hombre, de la sociedad y de Dios según la enseñanza que viene desde Jesucristo y los Apóstoles a través de la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio de los papas durante 21 siglos de historia. La Iglesia es y será la institución que custodie y transmita, hasta el fin del mundo, este depósito de enseñanzas.

No nos asombra, pues, que el feminismo tenga motivos para querer incendiar nuestros templos católicos. A pesar de ello la Iglesia siempre invitará a las mujeres al diálogo sereno y razonable y, sobre todo, al encuentro con Cristo. El Señor, mejor que nadie, nos enseña que la violencia contra la mujer es violencia contra Cristo mismo, y que el respeto a su dignidad es condición para vivir en paz.

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