H ace unos días un taxista que me llevaba por la Ciudad de México se lamentaba –con un lenguaje abundante de groserías– de que el gobierno de Miguel Ángel Mancera promoviera la unión de parejas del mismo sexo. “Para mí no hay como la mujer, mi jefe –decía con su marcado acento capitalino–: bonita, fea, flaca, gorda, alta, chaparra, arreglada, desarreglada, rica, pobre, joven o vieja. Como me la pongan, para mí la mujer es la mujer”. El taxista, ignorante de la investidura sacerdotal de su cliente, me sugería visitar la calle Sullivan, muy cerca de Reforma, para obtener las caricias de alguna muchacha por la noche. Es penoso que muchos sigan viendo a la mujer como una mercancía de compraventa. A propósito de prácticas sociales que degradan a la mujer, el papa señala: “No se terminan de erradicar costumbres inaceptables. Destaco la vergonzosa violencia que a veces se ejerce sobre las mujeres, el maltrato familiar y distintas formas de esclavitud que no constituyen una muestra de fuer...