Magia
Hay una forma extraña de orar que, poco a poco, se ha introducido en ambientes católicos: "Yo corto, destruyo, amordazo y envío a los pies de Jesús a todo poder diabólico que se esté manifestando en mi ser, en mi casa, en mi familia, mis pertenencias; yo decreto que el bienestar y la paz vengan a mi hogar, decreto que mi alma esté libre de todo temor y en paz..". Por influjo de ciertos grupos evangélicos, algunos católicos oran de esta manera tomando algunas fórmulas publicadas en internet o en libros que tratan de liberaciones y exorcismos.
Esta forma de orar, más que poner la confianza en Dios haciendo un acto de fe y humildad, parece querer manipular ciertas fuerzas extrañas y controlarlas con poderes propios –aunque se diga que se hace en el nombre de Jesús–, creyendo que la seguridad es automática y los resultados garantizados. Esta forma de oración es extraña a la tradición de oración católica y, por lo tanto, no recomendable.
La vida cristiana no es magia; es aprender a caminar sobre las aguas de las dificultades, las crisis, el miedo y la incertidumbre. Cuando miramos sólo las olas del mar y sentimos los vientos que arrecian –tantos problemas, malas noticias, crisis, inseguridad y violencia en el país, enfermedades, debilidades y pecados que hemos cometido–, podemos hundirnos fácilmente en la desesperanza y la angustia.
La tentación es recurrir erróneamente a esas fórmulas mágicas de cortes y decretos o, peor aún, a solicitar servicios de curanderos y brujos que, en el fondo, quieren controlar a Dios. Simón Pedro nunca dijo "corto el poder de las olas y decreto que el viento cese". Solamente Jesús es el Señor del mar. En una ocasión, ordenó a la tempestad: "¡enmudece!", y vino una gran calma (Mt 8, 23-27). Así mostró su divinidad.
Brisa suave
Dios no se deja manipular por las oraciones con estruendo ni por la magia. Él habla en el silencio y en la brisa suave. La experiencia del profeta Elías en el monte Horeb nos enseña la manera auténtica de orar. Los Santos Padres de la Iglesia nos muestran que hemos de pasar del ruido exterior e interior a la escucha humilde y receptiva de la voz de Dios. San Gregorio Magno señalaba que Dios retira el ruido –viento, terremoto y fuego– para que el alma aprenda a escuchar. Así el silencio guarda el corazón, apaga las pasiones y permite que la oración se vuelva continua. Sin silencio el alma permanece agitada y no escucha la voz del Señor.
Hoy el mundo está necesitados urgentemente de silencio. Habituados a vivir entre huracanes, terremotos y el fuego del ruido que se cuela por todas las redes sociales, muchas personas han perdido la paz interior y viven en el enojo, el miedo y la frustración. Lo vemos desde la agresividad para conducir el coche y la manera en que tratamos a los demás.
Los Padres del Desierto –monjes, ermitaños y anacoretas de los siglos III y IV– señalaron el silencio como el fundamento de la vida espiritual. Arsenio el Grande recibió de Dios esta palabra: "Arsenio, huye, calla y permanece en la quietud; de estas raíces nace la posibilidad de no pecar". Evagrio Póntico y san Isaac de Nínive describen la oración pura como el estado en que los pensamientos se callan y el alma permanece en la presencia de Dios. "Orar es dejar de lado los pensamientos", dirá Evagrio. No se trata de hacer un vacío como el que propone la yoga o la meditación budista, sino plenitud de atención amorosa en Cristo.
San Juan de la Cruz, en sus Dichos de luz y amor dice: "Una palabra hablo el Padre, que fue su Hijo, y ésta Palabra estaba siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma".
Salir de la cueva
Si queremos entrar en verdadera intimidad con Dios hemos de abrir espacios de silencio en nuestra vida cotidiana. Como Elías, hay que dejar la cueva de nuestras seguridades y ruidos para adentrarnos en la presencia de Dios. Creemos equivocadamente que orar es sólo pedir favores a Dios –lo que no está mal– pero, sobre todo, es decir "Habla, Señor, que tu siervo escucha" (1Sam 3, 9).
Comencemos con oraciones vocales o meditación de la Sagrada Escritura para luego permanecer en silencio delante de Dios con una mirada de amor. Al principio puede ser difícil o incómodo por nuestra cotidianidad con el ruido, pero seamos pacientes y Dios hará su obra. Los Padres insisten en que la clave es la perseverancia. Dios se revela a quien espera con fe.
Un cristiano que se abre a la brisa suave del silencio irradiará la presencia de Dios en su vida ordinaria: palabras mesuradas en su manera de hablar, mayor atención prestará a los demás, paz interior.
Recuerdo a un feligrés que me preguntaba por qué los hermanos de otras religiones, con sus oraciones de muchas palabras y fuertes emociones, lograban hacerle sentir a él la presencia de Dios y, en cambio, en la Iglesia Católica no llegaba a sentir nada. Me hizo reflexionar. Con el tiempo he concluido que Dios no suele revelarse a través de las emociones –las cuales no son malas en sí mismas– pero no se deja manipular para que nosotros "sintamos" algo, sino para que nos dejemos encontrar por Él.
Los que seguimos a Jesús hemos de abandonar todo tipo de supersticiones y oraciones mágicas que quieren manipular a Dios, así como dejar de buscarlo en las emociones fuertes. Como Elías, tengamos el valor de salir de la cueva, cubrirnos el rostro con el manto de la humildad y envolvernos más en silencio de una brisa suave para dejarnos encontrar por Cristo y hacer su voluntad. Es la oración que transforma.
Hay una forma extraña de orar que, poco a poco, se ha introducido en ambientes católicos: "Yo corto, destruyo, amordazo y envío a los pies de Jesús a todo poder diabólico que se esté manifestando en mi ser, en mi casa, en mi familia, mis pertenencias; yo decreto que el bienestar y la paz vengan a mi hogar, decreto que mi alma esté libre de todo temor y en paz..". Por influjo de ciertos grupos evangélicos, algunos católicos oran de esta manera tomando algunas fórmulas publicadas en internet o en libros que tratan de liberaciones y exorcismos.
Esta forma de orar, más que poner la confianza en Dios haciendo un acto de fe y humildad, parece querer manipular ciertas fuerzas extrañas y controlarlas con poderes propios –aunque se diga que se hace en el nombre de Jesús–, creyendo que la seguridad es automática y los resultados garantizados. Esta forma de oración es extraña a la tradición de oración católica y, por lo tanto, no recomendable.
La vida cristiana no es magia; es aprender a caminar sobre las aguas de las dificultades, las crisis, el miedo y la incertidumbre. Cuando miramos sólo las olas del mar y sentimos los vientos que arrecian –tantos problemas, malas noticias, crisis, inseguridad y violencia en el país, enfermedades, debilidades y pecados que hemos cometido–, podemos hundirnos fácilmente en la desesperanza y la angustia.
La tentación es recurrir erróneamente a esas fórmulas mágicas de cortes y decretos o, peor aún, a solicitar servicios de curanderos y brujos que, en el fondo, quieren controlar a Dios. Simón Pedro nunca dijo "corto el poder de las olas y decreto que el viento cese". Solamente Jesús es el Señor del mar. En una ocasión, ordenó a la tempestad: "¡enmudece!", y vino una gran calma (Mt 8, 23-27). Así mostró su divinidad.
Brisa suave
Dios no se deja manipular por las oraciones con estruendo ni por la magia. Él habla en el silencio y en la brisa suave. La experiencia del profeta Elías en el monte Horeb nos enseña la manera auténtica de orar. Los Santos Padres de la Iglesia nos muestran que hemos de pasar del ruido exterior e interior a la escucha humilde y receptiva de la voz de Dios. San Gregorio Magno señalaba que Dios retira el ruido –viento, terremoto y fuego– para que el alma aprenda a escuchar. Así el silencio guarda el corazón, apaga las pasiones y permite que la oración se vuelva continua. Sin silencio el alma permanece agitada y no escucha la voz del Señor.
Hoy el mundo está necesitados urgentemente de silencio. Habituados a vivir entre huracanes, terremotos y el fuego del ruido que se cuela por todas las redes sociales, muchas personas han perdido la paz interior y viven en el enojo, el miedo y la frustración. Lo vemos desde la agresividad para conducir el coche y la manera en que tratamos a los demás.
Los Padres del Desierto –monjes, ermitaños y anacoretas de los siglos III y IV– señalaron el silencio como el fundamento de la vida espiritual. Arsenio el Grande recibió de Dios esta palabra: "Arsenio, huye, calla y permanece en la quietud; de estas raíces nace la posibilidad de no pecar". Evagrio Póntico y san Isaac de Nínive describen la oración pura como el estado en que los pensamientos se callan y el alma permanece en la presencia de Dios. "Orar es dejar de lado los pensamientos", dirá Evagrio. No se trata de hacer un vacío como el que propone la yoga o la meditación budista, sino plenitud de atención amorosa en Cristo.
San Juan de la Cruz, en sus Dichos de luz y amor dice: "Una palabra hablo el Padre, que fue su Hijo, y ésta Palabra estaba siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma".
Salir de la cueva
Si queremos entrar en verdadera intimidad con Dios hemos de abrir espacios de silencio en nuestra vida cotidiana. Como Elías, hay que dejar la cueva de nuestras seguridades y ruidos para adentrarnos en la presencia de Dios. Creemos equivocadamente que orar es sólo pedir favores a Dios –lo que no está mal– pero, sobre todo, es decir "Habla, Señor, que tu siervo escucha" (1Sam 3, 9).
Comencemos con oraciones vocales o meditación de la Sagrada Escritura para luego permanecer en silencio delante de Dios con una mirada de amor. Al principio puede ser difícil o incómodo por nuestra cotidianidad con el ruido, pero seamos pacientes y Dios hará su obra. Los Padres insisten en que la clave es la perseverancia. Dios se revela a quien espera con fe.
Un cristiano que se abre a la brisa suave del silencio irradiará la presencia de Dios en su vida ordinaria: palabras mesuradas en su manera de hablar, mayor atención prestará a los demás, paz interior.
Recuerdo a un feligrés que me preguntaba por qué los hermanos de otras religiones, con sus oraciones de muchas palabras y fuertes emociones, lograban hacerle sentir a él la presencia de Dios y, en cambio, en la Iglesia Católica no llegaba a sentir nada. Me hizo reflexionar. Con el tiempo he concluido que Dios no suele revelarse a través de las emociones –las cuales no son malas en sí mismas– pero no se deja manipular para que nosotros "sintamos" algo, sino para que nos dejemos encontrar por Él.
Los que seguimos a Jesús hemos de abandonar todo tipo de supersticiones y oraciones mágicas que quieren manipular a Dios, así como dejar de buscarlo en las emociones fuertes. Como Elías, tengamos el valor de salir de la cueva, cubrirnos el rostro con el manto de la humildad y envolvernos más en silencio de una brisa suave para dejarnos encontrar por Cristo y hacer su voluntad. Es la oración que transforma.
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