En diversos momentos de la vida se nos han entregado llaves: un día nos confiaron las llaves de la casa, más adelante fueron las del coche. ¿Qué sucedería si un joven que apenas comienza a conducir el coche, su padre lo descubre que maneja tomando cerveza? Seguramente lo escarmienta y le retira las llaves del coche debido a la extrema imprudencia del muchacho. Las llaves se confían cuando la persona va conquistando mayores grados de responsabilidad.
El profeta Isaías narra la destitución de Sebná, que era el mayordomo del palacio del rey Ezequías. A Sebná se le habían confiado las llaves del palacio, pero las utilizó para su propio prestigio y vanidad, y no para servir al reino de Israel. Las llaves le fueron retiradas por su irresponsabilidad en el servicio. Dios puso en su lugar a Eliacín, a quien le entregó la túnica, la banda y, sobre todo, la llave del palacio del rey. Dijo el Señor: "Será como un padre para los habitantes de Jerusalén y para la casa de Judá".
¿Por qué se le dice "padre" al mayordomo Eliacín? El título de padre, en lenguaje bíblico, aplicado a un alto funcionario, indica que tiene una función de cuidar y proteger con solicitud al pueblo; que tiene autoridad para ejercerla con benevolencia y no con opresión; y que tiene la responsabilidad de velar por el bienestar de las personas, como un buen padre de familia. El que tiene las llaves no es el dueño de la casa, sino el administrador que cuida a todos los que viven en ella.
La autoridad, servicio paternal
Dios a los sacerdotes nos entregó, un día, las llaves de nuestro ministerio, de una parroquia, de un confesionario. A los obispos les entregó una diócesis y a san Pedro, y a sus sucesores, los papas, les entregó la Iglesia universal, no para que fueran dueños sino mayordomos administradores. Después de la confesión de fe: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo", Jesús, el Rey, entrega a Pedro las llaves del Reino de los Cielos y le concede el poder de atar y desatar.
Vivimos una crisis de la autoridad como servicio paternal en la Iglesia, en las familias, en la vida social. Cuando los sacerdotes y obispos nos comportamos más como funcionarios que como padres espirituales; cuando nos dedicamos más al control administrativo y a la burocracia que al acompañamiento personal de los fieles; cuando dejamos de proteger a las personas vulnerables y escandalizamos con nuestra conducta, por acción o por omisión, pervertimos el uso de las llaves que recibimos.
Es también un dato cierto que en muchas familias los padres varones no ejercen su liderazgo como padres de sus hijos. Han recibido la llave de la paternidad para ser líderes de sus familias y llevarlas a Dios transmitiéndoles la fe. Hay estudios que muestran que la fe del padre biológico tiene un peso decisivo para que los hijos permanezcan católicos. Cuando los padres no son guías espirituales en su hogar, por falta de oración en familia, falta de enseñanza de la fe y falta de ejemplo de vida sacramental, la Iglesia sufre las consecuencias de esta crisis de paternidad doméstica.
Quienes tienen las llaves de la vida política y social han de recordar que toda autoridad viene de Dios, según enseña la Biblia, cuando se ejerce para el servicio de una comunidad. Pero si los servidores públicos entregan las llaves del país a los cárteles y grupos criminales, y permiten que éstos cobren "piso", impongan reglas, recluten a jóvenes y eliminen a sus rivales, es síntoma de que quienes han recibido las llaves del país ya no las utilizan con la misión de proteger a sus ciudadanos.
Muchos hemos de preguntarnos qué hemos hecho con las llaves del sacerdocio, de la parroquia, del matrimonio y la familia, de la ciudad, el Estado o el país. ¿Las utilizamos para abrir caminos de comunión o para cerrar puertas? ¿Somos agradecidos con Dios por haberlas recibido? ¿Las utilizamos para servir con humildad o para mandar con prepotencia? ¿Somos honestos o nos hemos enriquecido ilícitamente a través de ellas? Las llaves son poderosas. Pueden abrir puertas para glorificar a Dios o para abusar de los dones del Señor.
Confesar a Cristo
Cuando señalamos a Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios vivo, nos colocamos dentro de la realidad: somos hijos y servidores. Cuando adoramos a Jesús no usamos nuestros cargos para glorificarnos ni para ser el centro. El centro es Jesucristo y nuestra vida tiene sentido cuando apunta hacia Él.
Los padres de familia no son dueños de sus hijos, sino sus custodios: han de corregir, educar y enseñarles a servir y a perdonar señalando a Cristo, para que ellos conozcan al Padre Celestial en la Iglesia. Que el ministerio del papa, los obispos y los sacerdotes nazca de la confesión de Pedro. Unidos a Cristo nuestra autoridad se vuelve servicio que engendra vida y no burocracia. Y que quienes tienen la autoridad civil y confiesan a Jesucristo entiendan que su poder está al servicio del bien común y no al servicio de otros poderes opresores. Que actúen como padres y protejan a todos los ciudadanos, especialmente a los más débiles.
Que la Eucaristía de este domingo nos transforme en mayordomos fieles, en padres y madres según el corazón de Dios.

Comentarios
Publicar un comentario
¿Quieres comentar? Antes debo revisar tus palabras y sólo podrá ser comentado públicamente lo que sirva para edificación.