Algo que preocupa o entristece a muchos católicos practicantes es que haya miembros de la propia familia que abandonan la fe. Quizá algún hijo, un hermano o el mismo cónyuge dejaron de creer en Dios, en la Iglesia y son indiferentes a toda creencia religiosa. Otros han cambiado de religión a grupos evangélicos, se volvieron budistas o son Testigos de Jehová. ¿Cómo se van a salvar esas personas que dejaron de ser católicas para pasar a ser "extranjeras"? Para responder, hemos de tener tres ideas claras.
Jesucristo, único Salvador
Si hay una verdad de la que los católicos estamos convencidos es que Jesús es el único Salvador del mundo. Llegamos a esa conclusión a través de la Revelación bíblica. El profeta Isaías hizo una declaración revolucionaria para su tiempo: el Templo de Jerusalén, lugar de la identidad del pueblo de Israel y de la presencia de Dios, se abre a los extranjeros. Nadie está excluido. Si las personas de otras culturas y religiones se acercan con fe, encuentran en el Templo el lugar de culto a Dios, y Dios se compromete a conducirlos con sabiduría (Is 56, 1. 6-7). La experiencia de la salvación de Israel no es un privilegio cerrado sino un regalo que debe irradiar a todas las naciones.
En el Evangelio de San Mateo, Jesús se dirige al territorio pagano de Tiro y Sidón. Una mujer cananea —extranjera y considerada impura— se acerca gritando: “¡Señor, Hijo de David, ten compasión de mí!”. Aunque Jesús recuerda primero su misión a “las ovejas perdidas de la casa de Israel”, la fe perseverante y humilde de aquella mujer rompe la barrera. Él reconoce: “¡Mujer, qué grande es tu fe!”. Y cura a su hija. En este encuentro con la mujer foránea, Jesús anticipa lo que ocurrirá con su muerte y resurrección: la salvación quedará abierta a todos los pueblos. La casa de oración ya no será el Templo de Jerusalén, sino Cristo mismo y, después, su Cuerpo Místico que es la Iglesia Católica.
El Magisterio de la Iglesia afirma rotundamente que Jesucristo es el Hijo de Dios, el Señor y único Salvador; y que a través de su encarnación, muerte y resurrección ha llevado a cumplimiento la historia de la salvación, que tiene en él su plenitud y su centro". (Dominus Iesus n. 13).
Fuera de la Iglesia no hay salvación
Si la salvación viene por Jesucristo, y si Cristo es la cabeza del cuerpo místico que es su Iglesia, ¿pueden salvarse aquellos que no forman parte de la Iglesia Católica? La misma Iglesia afirmó en el Concilio IV de Letrán la célebre frase: "Fuera de la Iglesia no hay salvación". ¿Cómo entender esta expresión, tantas veces repetida por los Santos Padres de la Iglesia?
Las personas no podemos salvarnos eligiendo cualquier medio de salvación que se nos ocurra. Algunos dicen que todas las religiones son como ríos que van a dar a la mar, que es Dios. No es así ya que muchas religiones son contradictorias frente a otras. La Iglesia Católica no es un río más de salvación. Es el cauce establecido por Dios para la salvación. Es el medio objetivo, el camino que Dios eligió para salvar al hombre del mal y darle la vida eterna en el Cielo.
Por ignorancia o por escándalos, muchas personas no se adhieren a la Iglesia o se han salido de ella. ¿Se salvarán estos "extranjeros"? La Iglesia enseña que "no podrían salvarse los que, sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica como necesaria para la salvación, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella". (Lumen Gentium 14). No es cuestión de gustos o preferencias. La Iglesia es el camino objetivo que Dios Padre estableció para dar la salvación. Por eso no es posible la salvación cuando hay un rechazo consciente del medio de salvación dado por Dios. En ese sentido sigue siendo válida la expresión: "fuera de la Iglesia no hay salvación".
La conciencia
Si bien la Iglesia Católica es la vía ordinaria y segura para la salvación, existen medios extraordinarios y misteriosos que sólo Dios conoce para dar la salvación a que están fuera inculpablemente, pero esa salvación llega únicamente por Cristo y a través de su Cuerpo Místico, la Iglesia. Muchos se preguntan ¿cómo se salvarán quienes nunca conocieron a Cristo y a su Iglesia? El Magisterio enseña que estas personas, "si buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna". (Lumen Gentium 16).
Hay que prestar, entonces, mucha atención a la conciencia. El hombre tiene obligación de obedecer a eso que ve en su conciencia. Cada uno de nosotros será juzgado por aquello que conoce sinceramente en su corazón, en su conciencia como verdad. Si la persona intenta en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que le dice su conciencia, puede conseguir la salvación eterna.
Solamente Dios conoce lo que hay en el interior de cada uno de nosotros; sólo Dios sabe qué grado de "conocimiento sincero tiene el hombre de la verdad "; sólo Dios sabe, hasta qué punto el hombre está equivocado, o se engaña voluntariamente, o le "conviene engañarse"… Lo que ocurre dentro de nuestra conciencia es un grado máximo de intimidad, donde nosotros quedamos solos ante Dios. Por eso en ese interior de la conciencia tenemos que pedir la gracia de la sinceridad en la búsqueda y la obediencia a Dios.
Lo que hemos de hacer
Si hemos conocido a Jesucristo agradezcamos nuestra fe en Él y pidamos al Señor que nos la aumente. Es el único Salvador del mundo. Reforcemos nuestra pertenencia a la Iglesia Católica, convencidos de que no todas las religiones son iguales. La Iglesia no sólo es una institución, sino el arca segura y privilegiada por la que Cristo salva. Participemos con alegría fielmente en la Misa los domingos; vayamos al confesionario; permanezcamos unidos al papa y a los obispos.
Mejoremos nuestra vida moral empeñándonos en vivir en gracia y evitemos el pecado mortal. Despertemos el sentido misionero de nuestra fe y la oración por los demás. Si algunos familiares y amigos se han alejado de la fe, recemos siempre por ellos. Compartamos siempre nuestra fe con humildad y alegría ya que la evangelización no es opcional: es el mayor acto de caridad que podemos hacer a los hermanos.

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