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Mostrando las entradas con la etiqueta Fin del mundo

Segunda venida de Cristo

Iniciamos el tiempo de Adviento, tiempo muy rico en espiritualidad. El color morado en la liturgia invita a la austeridad, al recogimiento, a la vida interior. Algunos profetas de desventuras han pronosticado que el fin del mundo es inminente. Me escribió una persona angustiada por haber recibido un mensaje de no sé qué vidente, diciendo que este mes de diciembre de 2023 el mundo llegaría a su fin. Hay personas que así lo creen. Ellos, observando la confusión y el caos moral que vive el mundo actual, sacan la misma conclusión: la historia está llegando a su desenlace y la entera humanidad va a desaparecer. Es cierto que el mundo no está del todo bien. Sin embargo pensemos en épocas anteriores a la nuestra que tuvieron signos que hicieron temblar a quienes fueron testigos de los hechos. Pienso en el siglo V cuando cayó el Imperio Romano por las invasiones de los visigodos y los bárbaros, acompañadas por una escalada estrepitosa de los vicios de la época. O en el siglo XVI, cuando la pes...

500 años de autodestrucción

No quiero ser catastrofista ni pájaro de mal agüero. Como sacerdote estoy llamado a comunicar la alegría del Evangelio y la esperanza cristiana. Sin embargo los sacerdotes estamos llamados también a leer los signos de los tiempos para descubrir a Dios que nos habla en los acontecimientos, denunciar el pecado y anunciar la salvación. He leído un inquietante artículo del padre jesuita Robert McTeigue que ha escrito para la revista Crisis llamado "Una breve historia de nuestra aniquilación" (A brief history of our annihilation), en el que describe algunos hechos clave que han conducido a nuestra sociedad por un camino de declive espiritual y moral con efectos estremecedores. Él lo describe como una tendencia de la historia hacia la aniquilación del ser humano. La fractura inició en 1517 con Martín Lutero y el protestantismo que rechazó a la Iglesia. En el año 1789 comenzó el rechazo a Jesucristo con la Revolución Francesa. En el siglo XIX Charles Darwin y Karl Marx rechazaron a ...

Tiempos de Covid: en las manos de Dios

D espués de casi cinco meses de presencia del Covid-19, imaginar el futuro puede ser motivo de ansiedad para muchas almas. ¿Saldremos bien librados de la peste? ¿Quiénes más irán a morir, víctimas de coronavirus? Nos preguntamos, como Judas en la Última Cena; "¿acaso seré yo, Maestro?" No lo sabemos. Hay incertidumbre. Si el futuro puede causar ansiedad, recordar el pasado es también fuente infecta de preocupaciones y tormentos. Recordar las injurias que hemos sufrido o los pecados que están en las páginas negras de nuestra historia suele ser tormento para el corazón. Dios es el Señor del tiempo pasado, presente y futuro. El libro de Isaías describe la ocasión en que Ezequías, al ver que se terminaban los días de su vida, imploró a Dios por vivir un tiempo más sobre la tierra y Dios, en su generosidad, le concedió 15 años extras. Luego Ezequías pidió una señal de que podría subir a la Casa del Señor y Dios, como signo, hizo retroceder diez grados la sombra en el reloj de Ajaz...

Misterios de la vida futura

E l mundo está en crisis, desde el ambiente político hasta la atmósfera eclesial. La manifestación del poder del narcotráfico en Culiacán y la imposición de su régimen de terror con la masacre de miembros de la Colonia LeBarón; la caída de Evo Morales en Bolivia y su exilio en México; las protestas masivas en Chile y el éxodo de migrantes que huyen de la violencia; todo habla de agitación permanente y, en muchos ambientes, de gran desolación.  En la Iglesia los escándalos de abuso sexual por miembros del clero han sido una herida grave al Cuerpo de Cristo y, ¿qué decir del mal manejo de los ídolos paganos durante el Sínodo de Amazonía en Roma por parte de la autoridad de la Iglesia? Decía Daniel, el profeta: "Han perdido la cabeza y han desviado sus ojos para no ver el cielo y acordarse de los justos juicios de Dios". Estamos por terminar el Año Litúrgico y es bueno recordar que si el mundo no tuviera un fin, viviríamos en esta agitación constante, sin esperanza de qu...

Ocho signos de los predestinados al Cielo

Todos estamos llamados a llegar a la cima, aunque no todos hacen el esfuerzo Este domingo se abre un escenario maravilloso y terrible. La Palabra divina nos transporta hacia el fin del mundo con la segunda venida de Jesucristo. Antes de subir al Padre, el Señor dijo que regresaría como Redentor y Señor del mundo. Ello llena de sentido nuestra historia porque la humanidad no es un tren que viaja sin dirección, sino que tiene una última estación. El final de la aventura humana no será el regreso al caos, sino el encuentro con aquel que es el principio y el cumplimiento de todas las cosas. La Iglesia nos invita a no tener miedo, sino una gran confianza porque nuestras vidas están en las manos del Señor. ¿Qué podemos hacer para salvarnos? Hemos de tener un regalo hermoso que para podernos salvar: el don de la perseverancia final. Esto quiere decir que es necesario persistir en el ejercicio del bien a pesar de la molestia que su prolongación ocasione. No es que no podamos pecar en...

Oh ven, Emmanuel

J osé Antonio, un niño mexicano de 11 años, se recupera en Albuquerque después de una operación para extraerle un gigantesco tumor del tamaño de una sandía. Como él, millones de seres humanos sufren por los traumas que afligen sus cuerpos, con repercusiones en toda su existencia. Los científicos se esfuerzan por hallar la cura del cáncer, la diabetes o mitigar los dolores que agreden nuestros cuerpos, pero jamás podrán crear para todos una vida que sea inmune. Nuestro paso por la tierra está también atormentado por dolores sociales. ¿Qué familia, ambiente de trabajo, escuela o parroquia están completamente libres de litigios, frialdades, celos, egoísmos, individualismos, traiciones, sospechas, ingratitudes, groserías y otros males por el estilo? Amores traicionados y divorcios son causa de profundas angustias. O bien, de pronto llega la muerte llevándose aquel amor que se había convertido en un sol para nuestros días. El abajamiento moral de la sociedad es fuente de preocupaciones y...

¿Hacia el fin del mundo?

Los astrónomos afirman que un enorme asteroide se dirige hacia la Tierra, y que la impactará el 16 de marzo de 2880. De producirse la colisión, el impacto sería comparable a la explosión de 44 mil 800 megatones de dinamita. La vida en el planeta desaparecería. Con los conocimientos que existen hoy en día resulta imposible desviarlo, aunque, entienden los investigadores, que con los cientos de años que separan a este fenómeno, se encontrará la solución a tiempo. Si a alguien le angustia el fin del planeta, si a alguien le inquieta que el universo se quede sin el hombre en un inmenso vacío, eso significa que esa persona mira su existencia encerrada en el horizonte restringido del tiempo. Es más sabio y bello levantar los ojos y mirar hacia el golfo de luz de la eternidad, donde nos podremos sumergir en el océano infinito del amor trinitario.

El mundo tiene un fin

Las culturas orientales ven la historia como algo cíclico sin dirección ni meta, y por ello les va bien el creer en la reencarnación o transmigración de las almas. El cristianismo, en cambio, mira la historia como un camino lineal que marcha hacia la consumación del mundo. Las Sagradas Escrituras indican que al final “el lobo habitará con el cordero y el leopardo se recostará con el cabrito” (Is 11,6). Nuestra mentalidad occidental está marcada por la idea de que vamos todos en un viaje hacia un lugar más dulce y feliz que esta tierra. Son los cielos nuevos y la tierra nueva que esperamos los cristianos (Apoc 21). Tenemos la esperanza de “habitar en la Casa del Señor, por años sin término” (Sal 22). Creemos, por eso, en la resurrección del último día.