Rubio y el combate al terrorismo rojo
El Secretario de Estado norteamericano ha convocado a una reunión a 60 países para combatir al terrorismo de izquierda en países occidentales. El gobierno de Washington ha designado a ciertos grupos violentos o anárquicos como organizaciones criminales terroristas, por ejemplo las FARC de Colombia, el Frente Revolucionario Internacional de Italia y otros más, entre los que se encuentran los principales cárteles del narco mexicano.
Se trata de utilizar herramientas legítimas de los gobiernos –inteligencia compartida, sanciones, acciones legales– contra quienes recurren a la violencia organizada por motivos ideológicos de izquierda radical.
Para hacer un juicio desde el Evangelio sobre las acciones de Rubio hemos de considerar que, si bien Jesús enseña el amor al enemigo, el volver la otra mejilla, actuar con misericordia y la no violencia, también es cierto que el Señor reconoce la autoridad legítima –el César– y afirma, ante Pilato, que toda autoridad viene de lo alto. No abolió el poder civil ni condenó a los soldados.
Las autoridades civiles son servidoras del bien común que deben castigar al malechor y premiar a quien obra bien. El Estado tiene el deber moral de cuidar la seguridad de sus ciudadanos y el orden justo. La iniciativa de Rubio, así como la creación del Escudo de las Américas por parte de Trump son una esperanza para tantas personas que en nuestras ciudades de América Latina, no pueden vivir una vida normal debido a las amenazas del crimen organizado.
El terrorismo, que es el uso deliberado de la violencia contra la población civil para fines políticos o ideológicos, es radicalmente contrario al Evangelio ya que desprecia la dignidad de la persona humana, además de sembrar terror y muerte. Los grupos criminales violan sistemáticamente el mandamiento de "No matarás".
Si los regímenes de gobierno y grupos de inspiración marxista han perseguido constantemente a la Iglesia Católica, combatir su capacidad de actuar reduce esta persecución y permite a los cristianos vivir su fe con mayor libertad. Si bien la Iglesia siempre preferirá la solución a la violencia por la vía del diálogo, no prohíbe la legítima defensa de los ciudadanos.
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