Hace muchos años, cuando estudiaba en Roma, escuché la historia en torno a una dura decisión que tomó un obispo italiano de negar la ordenación sacerdotal a un candidato al sacerdocio. La razón fue que durante más de ocho años en que el muchacho estuvo en el Seminario, nunca acudió al sacramento de la Confesión. El obispo tenía una razón de peso para negar las Órdenes sagradas: un sacerdote que no tenía aprecio por tener la experiencia de recibir la misericordia de Dios, no estaría en condiciones de ofrecerla a sus feligreses. El obispo sabía que ese candidato al sacerdocio, por nunca haberse confesado, tendría una vocación muy quebradiza e inconsistente. Sin la experiencia de haber sido perdonado durante sus años de formación en el Seminario, ya siendo sacerdote, fácilmente podría acostumbrarse a una doble vida moral, lo que también derivaría en un eventual escándalo para los fieles de su parroquia. El aprecio del sacerdote por confesar él mismo sus pecados, con frecuencia, fortalece ...
Vida católica: frontera México-Estados Unidos