El alma en el Juicio Particular
Cada uno de nosotros tiene una cita puntual con Dios al final del tiempo, cuando el alma se separe del cuerpo. Es Jesús quien vendrá a juzgar. En ese momento del jucio desaparecen títulos, cuentas bancarias, propiedades y seres queridos. Sola se queda el alma con sus obras, frente al rostro de Cristo.
Dice el profeta Daniel: "El tribunal se sentó y se abrieron los libros" (Dn 7,10). San Alfonso María de Ligorio enseña que esos libros son el Evangelio y la conciencia de cada uno. En los Evangelios se lee lo que el alma debía haber hecho; en la conciencia se lee lo que realmente hizo. Quedarán manifiestos los pensamientos, las omisiones, las gracias no correspondidas, y los rencores guardados. Recordar nuestro final es imaginar a Cristo mirándonos y darnos cuenta de que no hay tiempo para reescribir nuestra historia.
¿Cómo, frente al juicio particular, se verán nuestros rencores, odios y resentimientos? Se verán como una deuda que nos negamos a condonar, habiendo recibido una deuda inmensa que nos fue perdonada por Cristo. Para ser juzgados dignos del cielo nuestros corazones deben parecerse en algo al de Jesús. El odio y el rencor aparecen entonces como una locura. Es llegar al juicio con el corazón cerrado cuando se va a comparecer ante Aquel que nos perdonó en la cruz.
El texto del Eclesiástico no se anda con sentimentalismos. Va directo al grano: "piensa en tu fin y deja de odiar; piensa en la corrupción del sepulcro y guarda los mandamientos". Una persona sabia sabe que las ofensas duelen y que las injusticias existen. Pero sabe que el odio no puede tener lugar en una vida que sabe que va a morir y que tendrá qué comparecer.
Santa María Goretti a los once años, herida de muerte por Alejandro Serenelli, que le dio varias puñaladas destrozándole la vida, ella, dijo en el hospital, viendo cercana su muerte: "Por amor a Jesús perdono a Alejandro y quiero que esté conmigo en el paraíso". Años después, Alejandro se convirtió. Pidió perdón a la madre de María Goretti, Asunta, quien le respondió: "Si mi hija te perdona, ¿quién soy yo para no perdonarte?". Alejandro terminó como hermano lego capuchino y asistió a la canonización de María, su víctima. El perdón abrió caminos de luz que el odio habría cerrado.
El rencor es un tormento
La parábola de Mateo 18, el siervo actúa como si tuviera todo el tiempo del mundo para cobrar, humillar y encerrar. Su deuda pequeña se ha convertido en el centro del universo. Olvida que él mismo acaba de ser sacado de una ruina impagable. El que no recuerda su propio fin —ni el perdón recibido— se convierte en un hombre pequeño, duro y ciego. Y vivir así es un tormento para el corazón.
Cuando guardamos rencor alimentamos la ilusión de que la ofensa que recibimos debe quedar grabada para siempre. El que guarda rencor quiere que su herida no pase, que el otro no escape de la mente, que la historia quede fijada en el momento del daño. El rencor es una prisión más estrecha que la ofensa original.
El que guarda rencor dispone su alma para vivir en la tristeza. Vive dándole vueltas al mal sufrido, se alimenta de conjeturas, de lamentos y proyecciones. Así se vive en un caldo de cultivo de frustración y sinsabores. La tristeza y el rencor son primos hermanos. El rencoroso imagina constantemente lo que debió ser, lo que el otro debería de pagar. Y así los demonios de la tristeza y de la ira encadenan el alma.
Derrotar al rencor
El 13 de mayo de 1981 Mehmet Ali Agca le disparó al papa Juan Pablo II en la plaza de San Pedro. Desde el hospital, el papa dijo que lo ha perdonado. En 1983 Juan Pablo fue a la cárcel, se sentó con él, le habló como a un hermano. No fue un gesto mediático sino que mantuvo una relación con él y con su familia. El perdón no anuló la pena judicial, pero negó que el atentado tuviera la última palabra sobre los dos.
Seguramente san Juan Pablo II oró mucho por su agresor, y este es el primer paso que hemos de dar para perdonar. Una persona que todos los días hace oración por quien lo ofendió, al poco tiempo cambiará su perspectiva de las cosas y terminará por olvidar la ofensa del otro.
Segundo, aprendamos a perdonar por adelantado. ¿Qué significa? El hermano Christian de Chergé, prior del monasterio trapense de Nuestra Señora del Atlas en Argelia, redactó un testamento espiritual donde perdonó explícitamente y por adelantado a su futuro asesino. Este documento fue abierto por su familia poco después de que él y seis de sus hermanos monjes fueran secuestrados y asesinados por el Grupo Islámico Armado (GIA) en mayo de 1996. Decía su escrito: "Y a ti también, amigo del último instante, que no sabrás lo que estés haciendo, sí, porque también por ti quiero decir este “gracias” y este a-Dios en cuyo rostro te contemplo. Y que nos sea dado volvernos a encontrar, ladrones colmados de gozo, en el paraíso, si así le place a Dios, Padre nuestro, Padre de ambos".
Estos ejemplos heroicos pueden ser una inspiración para aquellos que aún no podemos perdonar. Dios no nos pide heroísmo en este momento, pero sí nos pide, al menos, tener el deseo de perdonar. En nuestras vidas hay heridas, abusos, violencia, traiciones. Todo esto pide tiempo, acompañamiento, el sacramento de la confesión y a veces tomar distancia. Pidamos la gracia al Señor de perdonar de corazón. Puede ser difícil, pero no es imposible.
Durante la Santa Misa de este domingo, cuando el sacerdote levante la Hostia, pensemos cada uno en nuestro último fin, en el Juicio Particular. No para que nos asustemos sino para que soltemos todo sentimiento malo contra los demás. Y cuando digamos "Amén" no sólo sea para decir "creo que es Cristo" sino también para decir: "Recibo la misericordia que no merezco, que no se retenga en mí y que fluya de mí a mis hermanos".
Seguramente san Juan Pablo II oró mucho por su agresor, y este es el primer paso que hemos de dar para perdonar. Una persona que todos los días hace oración por quien lo ofendió, al poco tiempo cambiará su perspectiva de las cosas y terminará por olvidar la ofensa del otro.
Segundo, aprendamos a perdonar por adelantado. ¿Qué significa? El hermano Christian de Chergé, prior del monasterio trapense de Nuestra Señora del Atlas en Argelia, redactó un testamento espiritual donde perdonó explícitamente y por adelantado a su futuro asesino. Este documento fue abierto por su familia poco después de que él y seis de sus hermanos monjes fueran secuestrados y asesinados por el Grupo Islámico Armado (GIA) en mayo de 1996. Decía su escrito: "Y a ti también, amigo del último instante, que no sabrás lo que estés haciendo, sí, porque también por ti quiero decir este “gracias” y este a-Dios en cuyo rostro te contemplo. Y que nos sea dado volvernos a encontrar, ladrones colmados de gozo, en el paraíso, si así le place a Dios, Padre nuestro, Padre de ambos".
Estos ejemplos heroicos pueden ser una inspiración para aquellos que aún no podemos perdonar. Dios no nos pide heroísmo en este momento, pero sí nos pide, al menos, tener el deseo de perdonar. En nuestras vidas hay heridas, abusos, violencia, traiciones. Todo esto pide tiempo, acompañamiento, el sacramento de la confesión y a veces tomar distancia. Pidamos la gracia al Señor de perdonar de corazón. Puede ser difícil, pero no es imposible.
Durante la Santa Misa de este domingo, cuando el sacerdote levante la Hostia, pensemos cada uno en nuestro último fin, en el Juicio Particular. No para que nos asustemos sino para que soltemos todo sentimiento malo contra los demás. Y cuando digamos "Amén" no sólo sea para decir "creo que es Cristo" sino también para decir: "Recibo la misericordia que no merezco, que no se retenga en mí y que fluya de mí a mis hermanos".

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