En el año 390 ocurrió una masacre del emperador romano Teodosio contra los habitantes de la ciudad griega de Tesalónica. Murieron siete mil personas. San Ambrosio, que era obispo de Milán, excomulgó al emperador y le exigió hacer penitencia pública. Le dijo que no podía acercarse a los sagrados misterios con las manos manchadas de aquella sangre. Teodosio acabó haciendo penitencia. San Ambrosio pretendía, con esa excomunión, la conversión del alma del emperador. Hubiera sido más cómodo quedarse callado y no exponerse a la furia imperial, pero prefirió hablar y ser centinela de Dios.
Cuidar al otro
Dice el profeta Ezequiel: "A ti, hijo de hombre, te he constituido centinela para la casa de Israel. Cuando escuches una palabra de mi boca, tú se la comunicarás de mi parte" (Ez 33,7). El centinela no es un juez que condena, sino una persona que vigila y cuida a los demás mientras estos duermen. Tiene la responsabilidad de avisar.
"Si tú no lo amonestas para que se aparte del mal camino –dice Dios al profeta–, el malvado morirá por su culpa, pero yo te pediré a ti cuentas de su vida". Cuando Caín mató a su hermano Abel, Dios le dijo: "La sangre de tu hermano clama a mí desde el suelo". Caín respondió: "¿Acaso soy el guardián de mi hermano?" (Gen 4,9). San Juan Pablo II enseña que Caín no quiso pensar en su hermano y rehusó su responsabilidad hacia él. Y afirma el papa: "Cada hombre es guarda de su hermano porque Dios confía el hombre al hombre" (EV 19). La responsabilidad por el otro no desaparece.
Dios nos pide valor para hablar. El rey David cometió adulterio con Betsabé e hizo matar a Urías. Continuó viviendo como si nada hubiera ocurrido, pero el profeta Natán entró y le contó la historia de un hombre rico que le quitó la única ovejita a un pobre. David, enfurecido, se indignó. Entonces Natán le dejó caer como un balde de agua fría al rey cuando le dijo: "Tú eres ese hombre" (2Sam 12,7). Y David se convirtió e hizo penitencia. El aviso del profeta salvó al pecador.
En su mensaje de Cuaresma (2012), Benedicto XVI puso el dedo en la llaga: "Hoy somos generalmente muy sensibles al aspecto del cuidado y la caridad en relación al bien físico y material de los demás, pero callamos casi por completo respecto a la responsabilidad espiritual para con los hermanos. No era así en la Iglesia de los primeros tiempos y en las comunidades verdaderamente maduras en la fe, en las que las personas no sólo se interesaban por la salud corporal del hermano, sino también por la de su alma, por su destino último".
Ser centinela
El centinela del pueblo de Dios es, por excelencia, el obispo. La palabra "obispo", en griego, es "epískopos" y significa el que vigila, el que mira desde arriba, el centinela puesto sobre el pueblo de Dios. Los sacerdotes colaboramos con los obispos en esta labor y, por lo tanto, es una vocación que exige colocarse en una cierta altura espiritual y moral para mirar, según la enseñanza de san Gregorio Magno.
No sólo los obispos y sacerdotes son centinelas. Por el Bautismo todos somos profetas de Cristo y, por tanto, centinelas responsables unos de otros. Lo somos en el matrimonio y la familia, en el trabajo, en el grupo de amigos, en la parroquia, en la vida civil. En varias ocasiones, durante mi vida sacerdotal, he recibido correcciones en mi familia, especialmente por mi madre, por alguna situación que ven que no va de acuerdo con mi ministerio. Me ha tocado también corregir a algún hermano sacerdote cuando lo he visto en alguna conducta de riesgo para él. Muchos papás y mamás no se cansan de corregir a sus hijos por su cercanía con malas compañías.
Guardar silencio no es siempre prudencia. A veces nos callamos por miedo al conflicto, temor a quedar mal, a que nos llamen “intolerantes” o “metiches”. Otras veces es por comodidad: “no es asunto mío”. Ezequiel nos dice que sí es asunto nuestro. Quien ama de verdad no puede mirar para otro lado cuando un hermano camina hacia la muerte.
En estos días millones de estudiantes regresan a clase después de vacaciones. La escuela es uno de los lugares donde más se aprende o se desaprende a ser centinela del otro. Desde la primaria hasta la universidad se convive muchas horas, se peca de omisión, se murmura, se calla por miedo al grupo y, a veces, se corrige mal. El regreso a clases es un buen momento para recuperar la corrección fraterna como cuidado del otro, no como castigo. La escuela es también un taller de convivencia donde hay que decir la verdad sin humillar a los demás.
Estos consejos pueden ayudarnos, como cristianos, a practicar la corrección fraterna que nos enseña el Señor.
-El fin de la corrección es buscar el bien del otro. Eso es amor. No puede ser "ponerlo en su lugar" o desahogar una frustración.
-Empezar por uno mismo antes de hablar. Examinar la propia viga y preguntarnos si no caemos en lo mismo. Acercarnos con humildad.
-Nunca discutir. San Francisco de Sales enseñaba: si estás enojado, mejor espera; si el otro se altera, déjalo para después. La caridad debe ser como cuando se pone la anestesia antes de la cirugía. Sin ella la operación mata. "Atrae más moscas una gota de miel –decía el santo obispo– que un barril de vinagre".
-Primero a solas, como enseña Jesús. No poner en evidencia a la persona delante de los demás, mucho menos al cónyuge delante de los hijos ni al superior delante de los súbditos. Estaríamos humillándola.
-Empezar reconociendo lo bueno del otro. Señalar únicamente los errores, hace que la persona se cierre.
-Hablar del hecho, no de la persona. Nunca decir "eres un sinvergüenza" o "no tienes remedio". Es mejor decir "perjudicaste a los demás" o "esto que hiciste, daña". Se corrige el acto pero nunca el corazón, que sólo Dios conoce.
-No corregir todo. Meternos a pormenores y detalles no ayuda. El centinela avisa que hay fuego, pero no describe cada luz o sombra.
-Aceptar que el otro puede no querer escuchar. Nuestra responsabilidad es avisar con caridad, y no lograr la conversión. Eso pertenece a la libertad de la persona y a la gracia divina. Si no nos escuchan, Jesús indica un camino gradual: a solas, con testigos, en comunidad.
-Estar dispuestos a que otros sean nuestros centinelas. Sólo tiene autoridad moral para corregir quien también se deja corregir. La corrección es un servicio recíproco.
-Orar, antes y después. Hay que pedir luz a Dios para saber decir las cosas, y no echar leña al fuego comentándolo con otras personas. El círculo debe cerrarse en la oración.
Que Cristo Jesús, pan de vida y centinela de nuestras almas se quede con nosotros y nos enseñe a custodiar a nuestros hermanos como Él nos custodia a nosotros.
Estos consejos pueden ayudarnos, como cristianos, a practicar la corrección fraterna que nos enseña el Señor.
-El fin de la corrección es buscar el bien del otro. Eso es amor. No puede ser "ponerlo en su lugar" o desahogar una frustración.
-Empezar por uno mismo antes de hablar. Examinar la propia viga y preguntarnos si no caemos en lo mismo. Acercarnos con humildad.
-Nunca discutir. San Francisco de Sales enseñaba: si estás enojado, mejor espera; si el otro se altera, déjalo para después. La caridad debe ser como cuando se pone la anestesia antes de la cirugía. Sin ella la operación mata. "Atrae más moscas una gota de miel –decía el santo obispo– que un barril de vinagre".
-Primero a solas, como enseña Jesús. No poner en evidencia a la persona delante de los demás, mucho menos al cónyuge delante de los hijos ni al superior delante de los súbditos. Estaríamos humillándola.
-Empezar reconociendo lo bueno del otro. Señalar únicamente los errores, hace que la persona se cierre.
-Hablar del hecho, no de la persona. Nunca decir "eres un sinvergüenza" o "no tienes remedio". Es mejor decir "perjudicaste a los demás" o "esto que hiciste, daña". Se corrige el acto pero nunca el corazón, que sólo Dios conoce.
-No corregir todo. Meternos a pormenores y detalles no ayuda. El centinela avisa que hay fuego, pero no describe cada luz o sombra.
-Aceptar que el otro puede no querer escuchar. Nuestra responsabilidad es avisar con caridad, y no lograr la conversión. Eso pertenece a la libertad de la persona y a la gracia divina. Si no nos escuchan, Jesús indica un camino gradual: a solas, con testigos, en comunidad.
-Estar dispuestos a que otros sean nuestros centinelas. Sólo tiene autoridad moral para corregir quien también se deja corregir. La corrección es un servicio recíproco.
-Orar, antes y después. Hay que pedir luz a Dios para saber decir las cosas, y no echar leña al fuego comentándolo con otras personas. El círculo debe cerrarse en la oración.
Que Cristo Jesús, pan de vida y centinela de nuestras almas se quede con nosotros y nos enseñe a custodiar a nuestros hermanos como Él nos custodia a nosotros.

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