El gobierno de Estados Unidos va muy en en serio contra los cárteles del narco –clasificados algunos como organizaciones terroristas– y contra los políticos que se beneficien de ellos. Todos ellos son considerados enemigos de Estados Unidos. Dos grupos criminales han entrado recientemente en la lista de organizaciones terroristas internacionales, entre ellos el cártel de Juárez o La Línea que opera en Chihuahua. Esto debe de preocupar a los políticos que tengan nexos con el narco: las piezas del tablero electoral para 2027 podrían cambiar en cualquier momento y ellos podrían terminar en la cárcel.
El narco es un mal grave que corrompe la política y destruye la sociedad. Combatirlo con instrumentos legales internacionales es moralmente defendible si se hace con proporcionalidad, respeto a los derechos humanos y la búsqueda del bien común. Sin embargo la verdadera solución no es por presiones externas de Washington o cuestiones geopolíticas, sino por la construcción del tejido moral de la sociedad: educación, trabajo digno y oportunidades, fortalecimiento de las familias y libertad religiosa que se traduzca en una presencia más viva de la Iglesia, sobre todo en las zonas de violencia.
La delicada situación que vive hoy en la política mexicana y el temor a las consecuencias electorales debe invitar a todo político a rechazar cualquier pacto con el mal y servir al pueblo con honestidad. Nuestra esperanza más profunda no está en Washington ni en los gobiernos, sino en el reinado de Jesucristo y en una sociedad libre de drogas, construida sobre la verdad y el bien.

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