Quienes pertenecen al ejército, a la marina o a la fuerza aérea han tenido la experiencia de ser enviados, por sus gobiernos, a diversas partes del planeta. Algunos de ellos cuentan que han vivido momentos verdaderamente escalofriantes, no por las operaciones militares en sí, sino por el encuentro con el inframundo.
Narra un soldado norteamericano que, durante la guerra de Estados Unidos-Viet Nam, caminaba él junto con sus extenuados compañeros junto a un río, en medio de la jungla, en territorio enemigo. Ruidos bastante extraños de animales, venidos de la selva se escuchaban por doquier. Los soldados decidieron tomar un atajo más seguro para no ser interceptados por sus enemigos vietnamitas. Sin embargo ellos ignoraban que los mismos vietnamitas evitaban introducirse en ese peligroso camino de la selva.
Los militares norteamericanos se detuvieron durante el día porque sabían que el ejército enemigo pasaba cerca y uno de ellos, en actitud vigilante, se aproximó al río. Al poco rato regresó pálido como un papel para decirles a su jefe que había visto una criatura muy grande y extraña dentro del río. Como debían cruzar el afluente, decidieron que era necesario hacerlo rápido y calladamente.
Mientras caminaban dentro del río, empezaron a escuchar sonidos extraños, parecidos a los de un cuerno, provenientes del mismo río. Un soldado pudo ver algo como la sombra de un bulto dentro del agua, muy cerca de él. Al llegar a la otra orilla decidieron dormir un poco. Una vez dormidos escucharon gritos inusitados provenientes del río. Al despertar se percataron que faltaban algunos de los compañeros y corrieron con sus fusiles hacia las aguas.
Al llegar se quedaron atónitos. Con ojos desorbitados vieron que enormes lagartos humanoides de dos metros y medio que emergían del río. Eran criaturas de piel escamosa, verde oscura, con cabeza de lagarto, como salidos de una leyenda, una especie de cocodrilos de forma humana que, caminando en dos patas, apresaban a los soldados con sus fauces y los sumergían en la corriente o los devoraban.
Los soldados empezaron a disparar a los engendros pero las balas no les hacían nada. Llegaron a un punto en que los militares, despavoridos, echaron a correr para escapar. A la mañana siguiente pudieron ser rescatados por otros compañeros en helicóptero. La mitad del pelotón fueron víctimas mortales. Algunos fueron devorados por los reptilianos mientras que los demás cuerpos quedaron reducidos a pedazos dispersados por las orillas del río.
Historias como estas circulan entre aquellos soldados de Estados Unidos que participaron en la guerra de Viet Nam. Se dice que estos eventos ocurrían el delta del río Mekong donde, supuestamente, estas criaturas salían del agua o de la maleza. En 1964 una patrulla de Fuerzas Especiales en el río afirmó ver estos seres. Otros relatos describen que en 1970 también fueron vistos en el sur de Vietnam. Otras narraciones cuentan que estos monstruos se veían moviéndose tranquilamente por la jungla, saliendo de túneles y cuevas, ignorando la guerra.
No hay pruebas ni documentos militares que confirmen estas historias. La mayoría de los investigadores serios las clasifican como leyendas de guerra, alucinaciones por estrés postraumático, confusiones con animales o narraciones folklóricas del Vietnam que se desarrollaron en el tiempo.
Desde una perspectiva católica estas leyendas se pueden interpretar a la luz de la doctrina de los ángeles caídos, la guerra espiritual y el discernimiento de espíritus. La Iglesia afirma la existencia real de Satanás y los demonios como ángeles caídos que actúan en la historia. Los demonios pueden asumir formas visibles, causar ilusiones o apariciones preternaturales para sembrar terror, desesperación o engaño. Santo Tomás de Aquino explica que los ángeles caídos pueden manipular la materia y los sentidos para producir visiones. ¿Y por qué no con las figuras reptilianas que aparecen en la Biblia: la serpiente que tienta a Eva, el gran dragón del Apocalipsis o el Leviatán que es un monstruo acuático demoníaco.
Hay que aclarar que aunque los demonios pueden manifestarse bajo estas formas animalescas, no pueden acabar con las vidas humanas como aparece en la leyenda narrada más arriba.
La guerra de Vietnam fue un escenario de violencia extrema, muertes masivas, miedo constante. En algunas zonas se tenían prácticas animistas o espiritistas. Estos ambientes pueden abrir fácilmente puertas al diablo. Zonas como ríos, cuevas o selvas pudieron quedar infestadas con ruidos, apariciones y olores pestilentes. Los soldados, bajo el estrés extremo y posible consumo de drogas o alcohol, serían más vulnerables a la obsesión demoníaca.
Nuestra fe católica nos invita a no obsesionarnos con estas leyendas, y sí a protegernos contra la acción del demonio que, ante todo, es en la lucha contra el pecado. Los espíritus malignos se combaten a través de una vida de fe, en gracia de Dios, vida de oración, invocando el nombre de Jesús, de María y con la devoción a san Miguel Arcángel.

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