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Este año 2026 se conmemora el centésimo aniversario del inicio de la resistencia católica en México, conocida también como la Cristiada o la guerra cristera. El tema ha quedado prácticamente oculto en la enseñanza escolar mexicana y también, durante muchos años, hubo silencio de parte de la Iglesia. La situación fue tan dolorosa y políticamente tan peliaguda que los archivos del Vaticano estuvieron cerrados durante décadas.
Los católicos sabemos que fue la "Ley Calles", promulgada en julio de 1926, la que detonó el conflicto armado después de que los obispos mexicanos ordenaron la suspensión del culto en todas las iglesias del país. Esto desencadenó una reacción de profunda frustración en el laicado contra el gobierno y la creación de la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa que buscó justicia a través del movimiento armado.
La suspensión del culto fue uno de los principales detonantes del levantamiento armado. Célebre fue el grito "¡Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe!" que salió del pecho de los cristeros, y que muchos de ellos, perseguidos por el gobierno mexicano, murieron mártires, entre ellos, en Chihuahua, san Pedro de Jesús Maldonado. Se calcula que la resistencia católica dejó alrededor de 200 mil muertos entre 1926 y 1929.
Pero, ¿qué pensaba Roma de lo que estaba ocurriendo en México y cómo reaccionó el papa Pío XI? ¿Sería que todos los obispos mexicanos fueron unánimes en su decisión de suspender la celebración de los sacramentos? No fue así. En un principio la Santa Sede dio apoyó al episcopado mexicano de suspender el culto como protesta contra las leyes anticlericales. Sin embargo el Vaticano no dio nunca un respaldo oficial a la rebelión armada ni la consideró recomendable.
El episcopado estaba dividido. Los hermanos Antonio y Rafael Guízar y Valencia, entre otros, se opusieron a la suspensión general del culto público. Antonio era arzobispo de Chihuahua. Rafael era obispo de Veracruz y fue canonizado en 2006; hoy es santo patrono de los obispos de México. El 15 de julio de 1926 el obispo Rafael envió un telegrama a la Santa Sede que decía: "Humildemente opino suspensión cultos en toda república es sumamente perjudicial".
La oposición de los hermanos Guízar y Valencia a la suspensión de la celebración de los sacramentos era válida por algunas razones. Primero porque eso privaría a millones de católicos de recibirlos. No habría misas, ni confesiones, ni comuniones, bautizos, matrimonios ni unción de los enfermos. Era una medida extremadamente grave para la fe católica, lo que podía desmoralizar, confundir y escandalizar el pueblo sencillo por sentirse abandonado por sus sacerdotes.
El ala conciliadora del episcopado temía también que cerrar masivamente las iglesias generaría el descontento de toda grey católica y encendería los ánimos de grupos más radicales como la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa y de algunos jesuitas influyentes. Estos, en efecto, aprovecharon para promover la resistencia armada. Don Antonio Guízar, particularmente pensaba que provocar un movimiento armado sería contraproducente. Los dos hermanos obispos apostaron por la formación espiritual y social de los laicos orientándolos a la acción cívica pacífica, a la doctrina social de la Iglesia y a un espíritu de negociación.
Los Guízar no fueron cobardes. Eran realistas. Creían que suspender el culto traería un enorme daño espiritual al pueblo católico, además de que abriría la puerta a una guerra desproporcionada y con escasas probabilidades de victoria. Esta fue la postura que prevaleció años después, en los Arreglos que hicieron Iglesia y Gobierno en 1929.
En el otro extremo, hubo obispos que estaban a favor del levantamiento en armas, a pesar de reconocer las bajas probabilidades de éxito militar contra el gobierno de Calles. Influenciados por algunos jesuitas y por la Liga, y desafiando al Vaticano y a la mayoría de los obispos que eran contrarios a la lucha armada, obispos como Manríquez y Zárate de Huejutla, González y Valencia de Durango, Lara y Torres de Tacámbaro, Orozco y Jiménez de Guadalajara y otros más, respaldaron la rebelión con apoyo moral, asistencia espiritual mediante capellanes y proporcionándoles fondos.
Para estos obispos, que bien sabían la desventaja militar de los cristeros, la victoria no era militar sino teológica. El éxito se medía no por las victorias en los campos de batalla, sino en el testimonio martirial. Junto con los cristeros, estaban convencidos de que luchar y la vida por Cristo era un acto heroico que Dios premia con el Cielo. Luchar con las armas valía la pena no por ganar la guerra sino por proclamar la realeza de Cristo sobre los poderes humanos. Así se fortalecería la identidad católica de México.
Personalmente aplaudo el heroísmo de muchos católicos mexicanos que fueron perseguidos y que dieron su vida por Jesucristo con el testimonio de su fe, aunque me inclino por la solución de la resistencia pacífica que tuvo Roma, y que fue siempre alentada por don Antonio Guízar y Valencia y su hermano Rafael.
El recurso a la lucha armada, aunque puede ser moralmente legítimo en algunas ocasiones –así lo enseña la Iglesia– me hace recordar las palabras de Jesús a Pedro cuando éste, en el intento de defender a su Maestro contra los soldados que venían a aprehenderlo, cortó la oreja de Malco. "Mete la espada en la vaina –le dijo el Señor–. ¿Acaso no beberé el cáliz que me ha dado el Padre?" (Jn 18,11). "Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen... (Mt 5, 44). Es el amor el que vence el mal, no la violencia.
Este año 2026 se conmemora el centésimo aniversario del inicio de la resistencia católica en México, conocida también como la Cristiada o la guerra cristera. El tema ha quedado prácticamente oculto en la enseñanza escolar mexicana y también, durante muchos años, hubo silencio de parte de la Iglesia. La situación fue tan dolorosa y políticamente tan peliaguda que los archivos del Vaticano estuvieron cerrados durante décadas.
Los católicos sabemos que fue la "Ley Calles", promulgada en julio de 1926, la que detonó el conflicto armado después de que los obispos mexicanos ordenaron la suspensión del culto en todas las iglesias del país. Esto desencadenó una reacción de profunda frustración en el laicado contra el gobierno y la creación de la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa que buscó justicia a través del movimiento armado.
La suspensión del culto fue uno de los principales detonantes del levantamiento armado. Célebre fue el grito "¡Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe!" que salió del pecho de los cristeros, y que muchos de ellos, perseguidos por el gobierno mexicano, murieron mártires, entre ellos, en Chihuahua, san Pedro de Jesús Maldonado. Se calcula que la resistencia católica dejó alrededor de 200 mil muertos entre 1926 y 1929.
Pero, ¿qué pensaba Roma de lo que estaba ocurriendo en México y cómo reaccionó el papa Pío XI? ¿Sería que todos los obispos mexicanos fueron unánimes en su decisión de suspender la celebración de los sacramentos? No fue así. En un principio la Santa Sede dio apoyó al episcopado mexicano de suspender el culto como protesta contra las leyes anticlericales. Sin embargo el Vaticano no dio nunca un respaldo oficial a la rebelión armada ni la consideró recomendable.
Siguiendo la Doctrina Social de la Iglesia, Pío XI consideró que la resistencia armada carecía de probabilidades reales de éxito y podia causar más daño que beneficio. Así Roma se distanció de la postura a favor de las armas. De hecho reprendió a algunos obispos que simpatizaban abiertamente con los cristeros o que difundían interpretaciones favorables a la rebelión como si tuvieran la aprobación de Roma.
El episcopado estaba dividido. Los hermanos Antonio y Rafael Guízar y Valencia, entre otros, se opusieron a la suspensión general del culto público. Antonio era arzobispo de Chihuahua. Rafael era obispo de Veracruz y fue canonizado en 2006; hoy es santo patrono de los obispos de México. El 15 de julio de 1926 el obispo Rafael envió un telegrama a la Santa Sede que decía: "Humildemente opino suspensión cultos en toda república es sumamente perjudicial".
La oposición de los hermanos Guízar y Valencia a la suspensión de la celebración de los sacramentos era válida por algunas razones. Primero porque eso privaría a millones de católicos de recibirlos. No habría misas, ni confesiones, ni comuniones, bautizos, matrimonios ni unción de los enfermos. Era una medida extremadamente grave para la fe católica, lo que podía desmoralizar, confundir y escandalizar el pueblo sencillo por sentirse abandonado por sus sacerdotes.
El ala conciliadora del episcopado temía también que cerrar masivamente las iglesias generaría el descontento de toda grey católica y encendería los ánimos de grupos más radicales como la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa y de algunos jesuitas influyentes. Estos, en efecto, aprovecharon para promover la resistencia armada. Don Antonio Guízar, particularmente pensaba que provocar un movimiento armado sería contraproducente. Los dos hermanos obispos apostaron por la formación espiritual y social de los laicos orientándolos a la acción cívica pacífica, a la doctrina social de la Iglesia y a un espíritu de negociación.
Los Guízar no fueron cobardes. Eran realistas. Creían que suspender el culto traería un enorme daño espiritual al pueblo católico, además de que abriría la puerta a una guerra desproporcionada y con escasas probabilidades de victoria. Esta fue la postura que prevaleció años después, en los Arreglos que hicieron Iglesia y Gobierno en 1929.
En el otro extremo, hubo obispos que estaban a favor del levantamiento en armas, a pesar de reconocer las bajas probabilidades de éxito militar contra el gobierno de Calles. Influenciados por algunos jesuitas y por la Liga, y desafiando al Vaticano y a la mayoría de los obispos que eran contrarios a la lucha armada, obispos como Manríquez y Zárate de Huejutla, González y Valencia de Durango, Lara y Torres de Tacámbaro, Orozco y Jiménez de Guadalajara y otros más, respaldaron la rebelión con apoyo moral, asistencia espiritual mediante capellanes y proporcionándoles fondos.
Para estos obispos, que bien sabían la desventaja militar de los cristeros, la victoria no era militar sino teológica. El éxito se medía no por las victorias en los campos de batalla, sino en el testimonio martirial. Junto con los cristeros, estaban convencidos de que luchar y la vida por Cristo era un acto heroico que Dios premia con el Cielo. Luchar con las armas valía la pena no por ganar la guerra sino por proclamar la realeza de Cristo sobre los poderes humanos. Así se fortalecería la identidad católica de México.
Personalmente aplaudo el heroísmo de muchos católicos mexicanos que fueron perseguidos y que dieron su vida por Jesucristo con el testimonio de su fe, aunque me inclino por la solución de la resistencia pacífica que tuvo Roma, y que fue siempre alentada por don Antonio Guízar y Valencia y su hermano Rafael.
El recurso a la lucha armada, aunque puede ser moralmente legítimo en algunas ocasiones –así lo enseña la Iglesia– me hace recordar las palabras de Jesús a Pedro cuando éste, en el intento de defender a su Maestro contra los soldados que venían a aprehenderlo, cortó la oreja de Malco. "Mete la espada en la vaina –le dijo el Señor–. ¿Acaso no beberé el cáliz que me ha dado el Padre?" (Jn 18,11). "Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen... (Mt 5, 44). Es el amor el que vence el mal, no la violencia.

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