En días pasados ha vuelto a estallar el caso Epstein con la publicación de millones de documentos que revelan la red de complicidades en delitos de tráfico sexual de menores de edad que el magnate logró tejer en varios países del mundo. El FBI y el Departamento de Justicia de Estados Unidos recopilaron una enorme colección de documentos, imágenes, videos y otros materiales relacionados con las investigaciones sobre esta noticia que ha sacudido a la mitad del planeta.
Aunque la atención mediática está puesta en las élites políticas y empresariales de Estados Unidos y otros países, sin embargo poco se dice sobre los tres millones de documentos que todavía no se han publicado porque, según el fiscal general adjunto Todd Blanche, contienen "imágenes de abuso sexual, pornografía infantil, muerte, lesiones y abuso físico". El mundo mira con horror e indignación lo que gira en torno a estos archivos y se pregunta por la calidad moral de sus dirigentes.
Jeffrey Epstein es un misterio. ¿Cómo fue posible que el hijo de un jardinero de Brooklyn y una ama de casa, que fuera maestro en una escuela secundaria se haya convertido en un multimillonario capaz de manipular a los banqueros, políticos, empresarios y personajes de la realeza europea más poderosos de la tierra? Más allá de las siniestras intenciones y oscuros intereses que se ocultan tras este escándalo mundial, los católicos estamos llamados a reflexionar, a estremecernos por la maldad del pecado, a buscar la medicina para un mundo enfermo y a cultivar una mirada de esperanza para adentarnos hacia el futuro.
Los católicos no debemos apuntar hacia las élites de poder para acusarles de escándalo, cuando sabemos que hemos sufrido en nuestra propia casa –la Iglesia– el horror y la vergüenza de los escándalos de abuso sexual a menores por una pequeña parte que el clero ha cometido en las últimas décadas. Empecemos por señalarnos a nosotros mismos. Sabemos del daño que se ha causado a las víctimas y también de la mala actuación de quienes debieron haber decidido de manera diferente para acabar con el problema. Clérigos que predicaban un estilo de vida –el que el Evangelio nos enseña– terminaron dejándose arrastrar por sus vergonzosas pasiones y dañaron enormemente a sus víctimas y a la Iglesia. Así se creó gran desconfianza del mundo hacia la Esposa de Cristo, desconfianza que hoy se busca reparar con justicia y atención a las víctimas, además de protocolos de prevención que se están implementando en todas las diócesis y ambientes eclesiales.
El tráfico y comercio sexual de personas, sobre todo menores de edad, es un pecado que, por su gravedad, clama al cielo. Cuando la lujuria, entendida como un deseo sexual descontrolado o excesivo, está aliada con el poder –según datos de la psicología– éste actúa como un amplificador de los impulsos. Personas que tienen una posición de autoridad, a menudo experimentan una sensación de invulnerabilidad que reduce las inhibiciones morales, lo que facilita la expresión de deseos reprimidos o patológicos.
Hay estudios que muestran que las élites poderosas, como los políticos y magnates empresarios, tienen a normalizar comportamientos abusivos, utilizando su influencia para evadir consecuencias, lo que crea un ciclo de impunidad donde la lujuria se manifiesta como explotación sexual. El poder facilita el acceso a las víctimas vulnerables y el encubrimiento. Esto se ve en la historia, desde los emperadores romanos hasta los escándalos como el del caso Epstein. En grado menor también lo hemos visto en la Iglesia cuando un sacerdote abusador se aprovecha de su poder y de su fama, en una relación asimétrica con su víctima, creyendo que sus actos serán impunes.
El poder combinado con el ocio y el deseo sexual puede traer funestas consecuencias que no logramos imaginar. David, el rey de Israel, mientras holgaba en su terraza, cuando debía haber estado en la guerra cumpliendo con su deber, vio a una mujer bañándose. Se encendió en deseos sexuales y mandó traerla para hacerla suya. No le importó que Betsabé estuviera casada con Urías, uno de los hombres más valientes y de su confianza. A él lo mandó colocar al frente en la batalla para que muriera; murió y así David se convirtió en homicida.
Continuó el rey viviendo su vida tranquilamente. Parecía que su conciencia se había quedado dormida hasta que vino el profeta Natán, como mensajero de Dios, a sacudirlo interiormente. Fue cuando David despertó su conciencia y tuvo verdadero arrepentimiento. Por esa mezcla pecaminosa de poder y lujuria vino la muerte de su hijo pequeño; luego de desencadenó una guerra civil donde murió Absalón, otro de sus hijos. (2Sam 11 y 12).
En el caso de Epstein llama la atención el sofocamiento casi absoluto de la conciencia moral de los victimarios. La explotación a las personas con fines sexuales no les importa, ni sus historias, sus familias, ni sus sueños ni su futuro. Las víctimas sólo son para ellos objetos desechables de consumo. Tendrá que venir a ellos un profeta Natán –como en la historia del rey David– a ser la voz de Dios para hacerles ver que son personas humanas creadas a imagen de Dios, hermanos de su misma raza, personas frágiles que ellos estaban llamados, de alguna manera, a cuidar con responsabilidad. El dinero y el poder entendido como servicio, si no sirven para velar y cuidar la vida de los pequeños y promover el bien común, además de buscar la gloria de Dios, son armas del diablo para perdernos.
Los católicos, ante los escándalos sexuales que sacuden el mundo, y que también han salpicado a nuestra Iglesia, no podemos desmoralizarnos. Reconozcamos que Jesucristo es el único Salvador del mundo, la medicina que necesita el corazón del hombre para curar sus enfermedades del alma. Él es quien nos da su Espíritu para vivir con plena dignidad humana, y para llevar esperanza y luz a los ambientes que viven en las sombras de la muerte.

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