Ir al contenido principal

El verbo morir

Con el correr de los años nuestra relación con la muerte se va transformando. Recuerdo cuando era niño, la idea de morir me aterraba. Imaginar la muerte de alguno de mis padres llenaba mi alma de angustia. Viene a mi mente la primera vez que miré un cadáver. Había muerto un tío con el que tuve cierta convivencia. Verlo de pronto encerrado en un frío ataúd, con el rostro rígido y un poco desfigurado, me produjo asombro y horror. ¿Por qué tenemos qué morir?, me pregunté muchas veces.

Luego fueron partiendo los abuelos de mis amigos. Hoy quienes se marchan son los padres de mis amigos, y no pasarán muchos años para seamos mis amigos y yo los que tengamos que dejar este mundo y atender, puntuales, nuestra cita con el Señor. Como sacerdote he acompañado a muchas personas en el momento supremo de entregar el alma a Aquel que la creó. He visto, de cerca, el verbo morir. No me impresiona tanto la muerte como la manera en que se muere, porque he visto a algunos partir en dulce paz con una oración en los labios, y a otros cruzar por la misteriosa puerta con huellas de desesperación.

¿Cómo será mi muerte? ¿Cuándo llegará la caída del telón? Quizá llegará de manera natural, como a los ancianos. Esto es mucha gracia porque se puede preparar el viaje. Los órganos se van cansando, los sentidos van perdiendo agudeza. La vista se va enturbiando y se oscurece, el oído se cierra a los sonidos. Tacto y olfato van perdiendo finura. La memoria y la inteligencia se ofuscan poco a poco. Los músculos se atrofian mientras la piel se apergamina y el rostro va perdiendo su expresión. Las relaciones con los demás se limitan y así todo anuncia la tercera llamada, tercera.

Gracia bendita es haber visto la luz y asomarse a tanta maravilla que hay por todas partes. Muchos nunca llegan a contemplarlas. Recuerdo aquella mañana en que acompañé en el hospital a una mujer cuyo bebé murió antes de nacer. Llevaron el ataúd con el feto de nueve meses y aquella madre lo abrazaba llamándolo ‘mi pequeñito’, ‘mi chiquito’, y se despedía de él en medio del llanto. Como él, millones de seres humanos mueren sin haber visto jamás la luz. ¡Misterio insondable de los secretos de Dios que nunca entenderemos y que no nos corresponde escrutar!

Nada me estremece tanto como una muerte violenta. Un hecho inesperado que bruscamente arrebata la vida. Rayos que carbonizan, bañistas engullidos por las aguas, choques en coches, avionazos y trenes descarrilados, explosiones que matan a decenas o ejecuciones a balazos. O también la muerte repentina que, a diferencia de la violenta que es causada por un agente externo, ocurre inesperadamente por un factor interno de la persona que produce la muerte instantánea cuando menos se le espera. Un infarto, un derrame cerebral, un coma diabético, nos pueden arrancar de este mundo en el momento menos esperado.

Pasan los años y reconozco que la muerte ha perdido su aspecto siniestro; ahora es amiga y compañera. Más que aguafiestas es maestra de la vida. De ella emana la luz más grande de verdad sobre el significado de la existencia. Tener que morir nos hace humildes, nos marca un tiempo, una misión. Sólo a la luz de la muerte comprendemos que amar es el único verbo que debemos conjugar. Los demás verbos no tienen importancia. Y amar, sobre todo, a Aquel que viene después. Martín Descalzo lo expresó poéticamente:

“Y entonces vio la luz. La luz que entraba
por todas las ventanas de su vida.
Vio que el dolor precipitó la huida
y entendió que la muerte ya no estaba.

Morir sólo es morir. Morir se acaba.
Morir es una hoguera fugitiva.
Es cruzar una puerta a la deriva
y encontrar lo que tanto se buscaba.

Acabar de llorar y hacer preguntas;
ver al Amor sin enigmas ni espejos;
descansar de vivir en la ternura;
tener la paz, la luz, la casa juntas
y hallar, dejando los dolores lejos,
la Noche-luz tras tanta noche oscura”.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Confesionario sin absolución: a mi san Judas se le rompió la cabeza y estoy asustado

Pregunta: Vivo en El Paso Texas y soy devoto de san Judas Tadeo, del cual tengo dos imágenes de yeso que compré. Mi suegra fue a la Ciudad de México y me compró otra imagen más de san Judas. Acomodó la imagen en su coche y cuando llegó a su hotel vio que la estatua tenía la cabeza quebrada. Cuando lo supe quedé muy impactado porque dicen que, cuando eso ocurre, es porque se ha cumplido algo que se le ha pedido al santo. Mi desconcierto fue mayor cuando compré, acá en El Paso Texas, otro san Judas, de color oro, muy bonito, pero al llegar a mi casa uno de los san Judas que ya tenía, estaba con su cabeza rota. Estoy muy impresionado. No sé a qué se deba, padre. A veces creo que el santo está celoso porque tengo varias imágenes de él. Agradezco su tiempo y le pido que me ayude. Padre Hayen: ¿Cómo? ¿Dos imágenes con cabeza rota? ¡Seguramente tú y tu suegra se van a sacar la lotería! Por favor, muchacho, no peques de ingenuidad. Pero además dices que san Judas está celoso porque tien...

380 cadáveres

El hallazgo de más de 380 cadáveres apilados en un crematorio de Ciudad Juárez, esperando durante varios años el servicio de cremación de algunas funerarias que subcontrataron dicho servicio, suscita algunas preguntas. El macabro descubrimiento hace que muchas personas pongan en tela de juicio si las urnas con cenizas que entregan las funerarias a sus clientes contienen las cenizas reales de su ser querido difunto, o si son cenizas de alguien o de algo más. Al despedir después de una ceremonia religiosa o de la velación en la capilla ardiente a un ser querido que ha muerto, los deudos confían en que la funeraria cremará el cadáver y les entregará las cenizas verdaderas. Pero todo puede resultar ser una farsa. Es importante reclamar el cuerpo de un ser querido difunto. Cuando Sara, esposa de Abraham, murió, éste reclamó el cadáver a los descendientes de Het y les dijo:"Aunque yo no soy más que un extranjero residente entre ustedes, cédanme en propiedad alguno de sus sepulcros, para...

Trigo y cizaña

Papa pacificador en la Iglesia Desde que el pasado 8 de mayo se anunció que el cardenal Robert Francis Prevost era el papa y que León XIV era su nombre, un gran júbilo ha recorrido el mundo católico. Hay una gran esperanza de que este papa pueda traer la paz a la Iglesia. En los últimos años las fracturas al interno del Cuerpo Místico de Cristo se han hecho más profundas. Por una parte están los que reclaman la ortodoxia en la doctrina y la moral católica; al otro extremo y liderados por el Sínodo de Alemania están quienes exigen apertura al fin del celibato, ordenación sacerdotal de mujeres, tolerancia al aborto y una moral sexual abierta a una gama de experiencias. En sus primeras intervenciones públicas, León XIV ha dejado clara su inclinación a la ortodoxia doctrinal y moral, así como la verticalidad de su pontificado, es decir, tener siempre a Cristo como centro. Sin embargo el pontífice ha subrayado el legado del papa Francisco y la necesidad de continuar con él, aunque aún no sa...