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Se abrirán los ojos de los ciegos

Cuando llegaron los franciscanos a fundar la Misión de Guadalupe en 1659, ocurrió un segundo milagro guadalupano. Los pueblos indígenas de la Gran Chichimeca que habitaban la región Paso del Norte -hoy la región de Ciudad Juárez- habían sido tribus que, como los aztecas en el centro del país, eran adoradores del sol. Fue la presencia de la Virgen morena presentada por los frailes, toda ella revestida del sol de Dios, la que hizo posible la cristianización de los indios. El resplandor de la Señora del Tepeyac abrió los ojos de aquellos pueblos paganos quienes empezaron a conocer los secretos divinos y las promesas reveladas por Dios: "Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no caminará en las tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida".

Muchos viven hoy marginados de la revelación cristiana porque la conocen poco o la rechazan. Están simbolizados por el ciego del evangelio, que viviendo bajo el resplandor del sol, permanecía, sin embargo, en tinieblas interiores. Hace unos días, Lorena Villavicencio, diputada federal de Morena, lanzó una propuesta para despenalizar el aborto en México y otorgar amnistía a las personas que se encuentren en la cárcel por ese delito. Envuelta en la más densa oscuridad moral y espiritual -ella y quienes apoyan la iniciativa- han perdido la esencia del socialismo que profesan, que es la defensa de los inocentes y los pobres, en este caso, la defensa del ser humano no nacido. Cuando al mal se le llama bien, y al bien se le llama mal, la sociedad se sumerge en un abismo oscuro donde no llega ni el más tenue rayo de sol.

Sin embargo, quienes vivimos desde hace mucho tiempo bajo el sol del cristianismo, podemos sufrir de fuertes cegueras morales y espirituales. No vemos nuestras deficiencias, límites ni errores, los pecados y vicios. Somos miopes frente a los beneficios recibidos de Dios y de los hombres. No tenemos ojos para los necesitados y sufrientes. Tampoco tenemos una idea clara de nuestros deberes como la tenemos de los derechos. Los juicios para las personas los hacemos por simpatía o antipatía, mientras nos jactamos de nuestros méritos. La ira y las pasiones nos ciegan.

Así las cosas, mientras los mexicanos pedimos clemencia a las autoridades de inmigración de Estados Unidos por nuestros paisanos indocumentados, y nos volcamos en maledicencias e improperios contra Donald Trump por sus duras políticas migratorias, paradójicamente endurecemos nuestro corazón contra los inmigrantes centroamericanos y los tratamos como sujetos indeseables en el país. Es en México donde los migrantes la pasan muy mal, peor que con los vecinos del norte. Las caravanas de hondureños que amenazan con atravesar el país y llegar a la frontera, nos asusta. Algunos les aterra.

Este domingo hemos de pedir a Jesús con humildad, como el ciego del Evangelio, que podamos curar nuestros ojos para poder ver la realidad como Dios la mira. Don José Guadalupe Torres Campos, nuestro obispo, nos invita a abrir los ojos del alma para descubrir en cada guatemalteco, hondureño o salvadoreño a un hijo de Dios y un hermano que pasa necesidad. Nos anima a abrir las parroquias y comunidades para dar ayuda, consuelo, orientación e incluso hospedaje, a los migrantes que toquen a la puerta. Sin duda la llegada masiva de inmigrantes es un problema que debe resolver, principalmente, el gobierno; sin embargo la Iglesia no puede quedarse de brazos cruzados ante una necesidad tan apremiante. Nos corresponde desplegar la virtud suprema de la caridad.

Pidamos al médico divino que nos aclare la visión, cure nuestra ceguera y nos conceda contemplar el mundo de Dios, de los hombres, de nuestra propia persona y del universo creado con la mirada de la sabiduría humana y de la fe divina.

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