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Misiones franciscanas en llamas


La incivilidad y la barbarie han llegado a extremos inauditos en Estados Unidos. Han prendido fuego a la Misión de San Gabriel, la cuarta que fundó san Junípero Serra en 1771, y que fue cuna de la ciudad de Los Ángeles California. La misión que fue piedra angular de aquella gran ciudad y su corazón espiritual ha sido reducida a ruinas por la voracidad de las llamas, justamente cuando había sido restaurada para la celebración de sus 250 años. Con esta atrocidad el movimiento antirracista comienza a quemar iglesias para destruir el maravilloso legado que san Junípero Serra y los franciscanos hicieron a su nación. Serra es considerado por el papa Francisco uno de los padres fundadores del vecino país.

Quienes incendiaron la Misión de San Gabriel y derribaron las estatuas del santo misionero californiano, han comparado a san Junípero con Adolfo Hitler. Según ellos las misiones franciscanas fueron campos de concentración con un sistema de esclavitud. Nada más lejos de la verdad histórica. Para los ignorantes anarquistas las misiones católicas eran semejantes a las plantaciones en los estados del sur de Estados Unidos y en el Caribe donde, efectivamente, existía un sistema esclavista cuya finalidad era el lucro de los blancos con los productos que se exportaban gracias al trabajo de los esclavos negros.

Las misiones eran un sistema de aprendizaje de oficios; los indígenas eran formados por los frailes franciscanos en hábitos, religiosidad, disciplina y un oficio, como a cualquier muchacho joven de la sociedad novohispana. Las misiones franciscanas –en palabras de monseñor José Gómez, arzobispo de Los Ángeles y estudioso del tema–, "eran comunidades multiculturales de culto y de trabajo con sus propios gobiernos y con una economía autosuficientes basada en la agricultura y en las artesanías. Al vivir y trabajar juntos, los nativos y los españoles crearon una nueva cultura mestiza que tuvo su reflejo en un arte distintivo, en la arquitectura, la música, la poesía y las oraciones que brotaron de las misiones".

No todo fue miel sobre hojuelas. Es cierto que durante la Colonia hubo abusos sexuales a las mujeres indígenas por parte de algunos soldados colonizadores. También hubo azotes, lo cual era una práctica frecuente y aceptada en el siglo XVIII en la que, para empezar, los mismos padres indígenas azotaban a sus hijos por mala conducta, y los maestros de oficios a sus aprendices. Sin embargo san Junípero "vivió y trabajó junto con los pueblos nativos y pasó toda su carrera defendiendo la humanidad de ellos y protestando por los crímenes e indignidades cometidos en su contra", dice monseñor Gómez. San Junípero nunca llegó a conquistar sino a hacerse hermano de todos.

Los verdaderos crímenes y abusos contra los indios no ocurrieron durante la vida de san Junípero, sino mucho tiempo después de su muerte, ocurrida en 1774. Fue hasta 1848, con la fiebre del oro anglosajona, cuando el gobernador de California llevó a cabo una guerra de exterminio. En doce años las poblaciones indígenas de California pasaron de 150 mil a sólo 30 mil. Historiadores como Brendan Lindsay afirman que en California se pagaban cinco dólares por cabellera de indio, y se destinó un millón de dólares en recompensas por matar a los nativos. Nada semejante ocurrió en las misiones hispanas.

Como católicos no debemos de avergonzarnos de nuestra historia. Desde hace cinco siglos existe todo un aparato de propaganda anticristiana y, sobre todo, anticatólica, para infundir en nosotros la vergüenza por nuestro pasado. Se nos quiere convencer de que somos culpables de todos los males del mundo. Nosotros, casi siempre ignorantes de nuestras raíces, terminamos por creer en esas leyendas negras de la Iglesia. Aprendamos más de lo que fueron las misiones en el norte de México, sumerjámonos mejor en nuestra historia cristiana, y veremos cómo abunda la presencia de lo sobrenatural y de la civilidad por encima de las sombras.

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