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El Espíritu Santo y la cura del cuerpo


En este día de Pentecostés el Espíritu Santo se hace presente en la Iglesia no solamente para impulsarla en su misión evangelizadora, sino también para fortalecernos contra la pandemia de Covid-19. "Y con tu poderoso auxilio fortalece la debilidad de nuestro cuerpo", pide la Iglesia al Espíritu en el tradicional himno "Veni Creator Spiritus". Es muy legítimo y necesario, especialmente cuando tenemos tantos infectados y defunciones por coronavirus, pedir al Espíritu que nos cure.

Todos estamos expuestos, unos más y otros menos, a enfermar por Covid. Hay quienes tienen limitaciones físicas congénitas, alteración de órganos o enfermedades hereditarias, lo que los hace más vulnerables al contagio. Otros pueden infectarse por su propia culpa, porque han debilitado su organismo con abuso de alcohol, droga, tabaco, desórdenes en la alimentación o abusos en el campo de la sexualidad.

Hay quienes están propensos al contagio por tener enfermedades que se originan en el alma y que repercuten en el cuerpo. Los miedos, los trastornos derivados de malas relaciones con el padre o la madre, los complejos e inseguridades pueden debilitar nuestros cuerpos. Puede ser que también influya la falta de aceptación de uno mismo, la baja autoestima, la depresión o los odios y rencores viscerales. Y, por extraño que parezca, existen también personas que les gusta estar enfermas, que viven auto compadeciéndose; parece que se fascinan al hablar de dolencias, médicos y medicinas.

Para curarnos y protegernos del Covid es necesario, entonces, colaborar con la acción del Espíritu Santo, sobre todo a través del arrepentimiento de nuestros pactos con el mal y del perdón de nuestros pecados. Muchas personas que llevan una vida de oración y de escucha de la Palabra, que acuden con frecuencia al sacramento de la Eucaristía y la Reconciliación, parecen ser más fuertes ante las enfermedades. Al tener más defensas espirituales, suelen tener mejores defensas físicas. Son como aquella mujer que, al tocar la orla del manto de Jesús con inmensa fe, quedó curada. Así, del contacto frecuente con Jesucristo sigue saliendo esa fuerza que nos cura (Lc 6,19).

Invocar al Espíritu Santo y llevar una vida de oración y de escucha de la Palabra divina no es garantía de inmunidad a las enfermedades. Dios derrota al mal, no eliminándolo con su poder, sino tomándolo sobre sí mismo en Jesucristo. El poder del Espíritu Santo se manifiesta más plenamente cuando nos concede la fuerza de llevar nuestras enfermedades con Cristo, más que al concedernos una curación milagrosa.

Al Señor damos gracias por todas las personas que han enfermado de Covid y se han recuperado. Sin embargo ellas no son más amadas por Dios que aquellas otras que contrajeron la enfermedad y murieron. Todos vamos a morir un día, pero el haber soportado con amor y paciencia este tiempo histórico tan difícil de pandemia que nos tocó vivir, es fruto también del Espíritu Santo, y nos obtendrá méritos ante Dios que perdurarán eternamente.

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