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"Permanecer" es la clave para orar y dar frutos


En este último tramo del tiempo de Pascua, la Iglesia nos presenta en los evangelios el discurso, o la conversación de Jesús con sus apóstoles durante la Última Cena. Es la gran homilía del Señor, o su testamento espiritual, lleno de riquísimas enseñanzas.

Hoy, por ejemplo, dice: "permanezcan en mi amor". Si la antigua alianza podía resumirse en aquella frase "Ustedes serán mi pueblo y yo seré vuestro Dios", la Nueva Alianza queda sintetizada en la palabra "permanecer" en la comunión de amor del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Otra enseñanza preciosa es sobre la oración. Dice el Señor "Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará". Orar no es sugestionarme para que Dios me cumpla lo que deseo. Orar no es un ejercicio de programación neurolingüística o cerebral para que se haga lo que yo quiero. Orar es, sobre todo, "permanecer" en la comunión con Dios. Mientras más perfectamente vivo en comunión con Él, su voluntad será la mía y no querré otra cosa que Dios no permita que suceda.

Recuerdo hace años me llamó un amigo angustiado porque su niña había nacido con síndrome down. Estaba disgustado con Dios porque había pedido por la salud de la niña en el nombre de Cristo, y Cristo no le cumplió su deseo. Podemos también disgustarnos con el Señor porque a veces no hace lo que le pedimos. Preguntémonos, más bien, si vivimos en comunión con Él permaneciendo en su amor y en sus mandamientos.

Una última enseñanza que también es bellísima. "Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos." Las vidas que no dan fruto son vidas estériles y eso es lo que hace la vida difícil e insoportable. Cuando nos entregamos a los ídolos del mundo nuestras vidas se vuelven estériles. Una vida que da fruto abundante es la vida transformada por Cristo y que ayuda a los demás a transformar sus vidas. Son vidas plenas, fecundas y felices porque proclaman la hermosura del amor divino.

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