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Misterios del reino del espíritu: Santos muy perfumados


Mayores cosas has de ver (Jn 1,50)

Cuando tomó el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero; cada uno tenía un arpa y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos (Ap 5,8)

En el principio de la era cristiana, los perfumes fueron introducidos como elementos para el culto a Dios. Los Magos ofrecieron al niño Jesús mirra e incienso. También recordamos en el evangelio de san Juan que María Magdalena tomó una libra de perfume de nardo muy caro, y lo derramó sobre los pies de Jesús; luego los enjugó con sus cabellos; y la casa se llenó con la fragancia de aquel perfume (Jn 12,3).

El aroma dulce de los perfumes está asociado, a nivel espiritual, con las virtudes, la bondad y la santidad. No es motivo de sorpresa que, uno de los fenómenos que se mencionan con más frecuencia en las vidas de los santos, es el que éstos despidieron de sus cuerpos una fragancia suave durante sus vidas, y aún después de la muerte.

San Policarpo (+155)

En tiempos de los primeros siglos de la Iglesia, el olor de santidad fue verificado por aquellos que lo percibieron. Fue grabado en una carta famosa de los cristianos de Esmirna, quienes describen el martirio de su Obispo, san Policarpo. En ella se Cuenta que cuando ofreció el “Amén” y terminó su oración, aquellos hombres encendieron el fuego. Pero las llamas formaron una pared alrededor del cuerpo del mártir. Parecía que su carne no se quemaba, sino que era como oro o plata que se refinaba en el horno. Ellos percibieron el olor de una fragancia, como si hubieran quemado incienso o alguna otra especie preciosa. Y viendo los verdugos que el cuerpo de Policarpo no se quemaba, lo mataron con una daga. Ningún crítico hoy duda de la autenticidad de esta carta. Fue, sin duda, escrita por testigos oculares.

San Benito (+543)

Algunos siglos después, el olor de santidad era tan fuerte en el cuerpo de san Benito, que penetraba la ropa a tal grado de que en ella sola continuaba la fragancia. Uno de sus biógrafos escribe que la túnica del santo despedía un perfume más dulce que todas las fragancias de la India, probando así que el cuerpo humano puede tener su propio buen olor. Puede verse fácilmente que la Omnipotencia divina se digna visitar a tal hombre, cuando nosotros mismos nos deleitamos en su presencia.

Santa María de Oignies (+1213)

Ella nació en Bélgica y fue contemporánea de san Francisco y santo Domingo. Cuando tenía 14 años se casó en contra de su voluntad. Con el consentimiento de su marido vivieron los dos en perfecta continencia. Los dos esposos se dedicaron a cuidar leprosos en su hogar. Atraído por sus virtudes y dones espirituales, Jacques de Vitry se acercó a ella, y más tarde se hizo sacerdote. Luego fue electo Cardenal. En su biografía sobre la santa, de Vitry dice: “cuando el frío eran tan intenso que convertía el agua en hielo, ella estaba tan cálida que hasta a veces sudaba, y sus ropas despedían la fragancia dulce de un perfume. A veces su ropa olía a incienso, mientras que sus oraciones ascendían del turiferario de su corazón”.

Apuntes para la vida espiritual

Muchas personas piensan que lo más importante de la vida cristiana es hacer muchas obras exteriores. Lorenzo Scúpoli, en su obra “El combate espiritual” afirma que dedicarse totalmente a obras exteriores puede hacer más daño que bien para el espíritu. No porque esas obras no sean buenas, sino porque lo más esencial e importante es reformar los propios pensamientos, sentimientos y actitudes. Y advierte que los enemigos de la salvación tratan de persuadirnos de que, dedicándonos a muchas acciones exteriores, con eso nos estamos ganando el cielo. Pero es una trampa. Lo más importante –insiste- es dedicar tiempo precioso para amar a Dios, para adorarlo, para pensar en sus perfecciones, darle gracias y pedirle perdón por nuestros pecados.

El grado de avance en la vida espiritual se mide por los cambios que ha tenido nuestra conducta y nuestras costumbres. Porque, si a pesar de tantas obras y proyectos, seguimos deseando que siempre nos prefieran a los demás; si nos seguimos mostrando rebeldes y caprichosos; si no aceptamos el parecer de los demás; si cuando alguien nos hiere estallamos en ira e indignación; si en vez de observar nuestras miserias nos dedicamos a observar las de los demás; si cuando llega la enfermedad explotamos en protestas… eso quiere decir que el grado de santidad es muy bajo todavía. La perfección no consiste, pues, en dedicarnos a muchas obras exteriores. San Pablo lo dice: “Aunque yo haga las obras más maravillosas del mundo, si no tengo amor a Dios y al prójimo, nada soy” (1Cor 13).

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