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Fidel Castro y la Iglesia en Cuba

Fidel y Raúl Castro fueron bautizados en la Iglesia Católica. Hijos del español Ángel Castro y la cubana Lina Ruz, los dos hermanos estuvieron internos en escuelas católicas de clase media alta. Fueron alumnos de un colegio lasallista en Santiago de Cuba. También estudiaron en un colegio jesuita en la misma ciudad. Después se trasladaron al colegio Belén en La Habana, el mejor de los jesuitas en la isla.

En una entrevista con Ignacio Ramonet, Fidel Castro reconoció que su temperamento se forjó con los jesuitas, a quienes describía como gente de carácter y preparación, austeros, rigurosos, sacrificados y trabajadores. Fidel era practicante católico, se confesaba y comulgaba, aunque durante la universidad fue disminuyendo su vida cristiana. Así lo explica Marcos Ramos del Instituto de Estudios Cubanos de la Universidad de Miami.

Cuenta la historiadora cubana Silvia Pedraza, de la Universidad de Michigan, que fue el Arzobispo de Santiago de Cuba Enrique Pérez Serrantes, quién salvó al joven Fidel Castro, entonces de 26 años, de la ejecución por el gobierno de Fulgencio Baptista. Pero cuando Fidel Castro llegó al poder en 1959, olvidó sus raíces católicas, expulsó alrededor de 300 sacerdotes y monjas de la isla –especialmente a los extranjeros– e intervino en los colegios religiosos. En la escuela primaria se explicaba a los niños que Jesucristo era un mito creado por las clases explotadas, un invento que ya no se utilizaba.

El padre Álvarez, sacerdote cubano amigo mío, me contaba que en las escuelas se enseñaba el ateísmo y se hacía burla de quienes eran creyentes. De hecho, a quienes se confesaban católicos se les quitaban las becas universitarias, y a esos hogares no llegaban aparatos electrodomésticos necesarios o se les quitaba la oportunidad de tener un buen trabajo. Los miembros del Partido Comunista pagaban un precio muy caro si eran vistos en una iglesia.

Cuando los obispos cubanos vieron los abusos de la revolución –como la abolición de la propiedad privada, la confiscación de medios de comunicación, la incautación de escuelas y hospitales católicos– empezaron a escribir cartas pastorales para comunicar su frustración. Reconocían cosas positivas del gobierno, tales como el compromiso con los pobres y la no discriminación, pero denunciaron los medios y las formas arbitrarias en que el gobierno de Fidel Castro lo estaba haciendo.

Un hecho importante afectó positivamente la vida espiritual de los cubanos. En el año 1989, con la caída del Muro de Berlín, se desplomaba el bloque soviético; ese hecho comenzó a resquebrajar la visión materialista y atea del mundo y de la vida que tenían los cubanos. ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo y a dónde voy? ¿Hay algo más allá de la muerte? ¿Qué sentido tiene vivir? Muchos cubanos empezaron una búsqueda de una verdad más grande que la materia. Tres años más tarde el régimen cambió la Constitución y permitió a los miembros del Partido Comunista participar en las iglesias. Cuba dejaba de ser atea y se convertía en un país secular. La misma historiadora Pedraza cuenta que más jóvenes se reunían con guitarras y cantaban canciones religiosas. La Iglesia así iba abriéndose espacio en la sociedad.

El otro acontecimiento que detonó la vida espiritual de los cubanos y la influencia de la Iglesia en Cuba fue la visita del papa Juan Pablo II a la isla en 1998. Los cubanos habían escuchado toda la vida que el Partido Comunista era la institución más importante y a la que debían absoluta lealtad; el papa les dijo, en cambio, que ninguna institución era más importante que la familia. El pontífice coronó a la Virgen de la Caridad del Cobre –patrona de Cuba y signo de identidad cubana– lo que emocionó incluso a los no católicos.

Fueron dos mensajes clave que dejó Juan Pablo II en los isleños: Cuba debía abrirse al mundo, y el mundo debía abrirse a Cuba. Y el segundo mensaje, que la gente en Cuba debía tomar su futuro con sus propias manos y no tener miedo. Gracias a la labor diplomática de los papas Juan Pablo II, luego Benedicto XVI y, por último, Francisco, quien jugó un papel muy importante para el restablecimiento de las relaciones Cuba-Estados Unidos, hoy los cubanos son una sociedad que se va abriendo al mundo, y hoy el mundo también se va abriendo a Cuba.

Al mismo tiempo en la isla se va perdiendo el miedo. En los años comunistas duros de Fidel Castro, cualquier cosa que alguien dijera podía ser usada en su contra. Había espías por todos lados y un miedo evidente a pronunciar ‘el nombre del innombrable, del casi adonai que comenzaba con F’.

Hoy el innombrable ya no existe. Fidel Castro está muerto. Pedimos a Dios para que su desaparición de la faz de este mundo, haga soplar vientos de mayor apertura y libertad para un pueblo que sufrió tanto bajo su dictadura. Y que los cubanos recuperen, poco a poco, con la gracia de Dios, sus raíces católicas que les dieron vida y patria.

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