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Orgullo juarense

A propósito de este 8 de diciembre en que Ciudad Juárez celebra su aniversario de fundación, en los últimos meses los juarenses hemos sentido que Dios derrama sus bendiciones desde el cielo sobre nuestra ciudad. Los años duros de la violencia callejera quedaron atrás y hemos podido retomar las calles y lugares públicos. Apareció en la cancha del estadio Benito Juárez el equipo de futbol ‘Bravos’, quienes en su primera temporada se subieron a los cuernos de la luna de la liga de ascenso, despertando y alegrando la afición futbolera en la frontera.

Diversas campañas se realizan para hacernos sentir que ser de Ciudad Juárez es un orgullo y que nuestra ciudad, tan humillada en el pasado, ahora se está poniendo de pie con récords de pleno empleo y de franca recuperación económica. Las remodelaciones al centro histórico son un indicador de que se quiere dignificar la ciudad embelleciéndola, para consolidar nuestra identidad de juarenses. La Fiesta Juárez este año superó el medio millón de visitantes y, para rematar, se ve muy probable que el avión de Alitalia aterrice en el aeropuerto Abraham González trayendo al papa Francisco a nuestra desértica tierra. ¿Qué más bendición podemos pedir?

No me cabe la menor duda de que los ojos de Dios están mirando amorosamente a nuestra ciudad y que su mano se levanta para bendecirnos. Sin embargo la euforia y la embriaguez nunca han sido las actitudes del hombre sabio y prudente. San Ignacio de Loyola –tan experto en discernir los espíritus– aconsejaba buscar la moderación, el justo medio, y enseñaba que la vida atraviesa por momentos de consolación y otros de desolación. Decía que en esas etapas de desolación es conveniente recordar los consuelos recibidos de Dios en el pasado para alegrarnos por ellos y no dejarnos abatir. Y que en los períodos de consolación hemos de hacer memoria de nuestras penas para no caer en arrebatos y delirios que nos hagan perder el piso.

Recuerdo a un viejo conocido que triunfó en los negocios a punta de picar piedra y sudar copiosamente. Conoció la pobreza al grado de no tener zapatos para ir a la escuela. De ser un don nadie llegó, con sus habilidades, a escalar por la hiedra social hasta ser un hombre envidiado por sus compañeros y familiares. Se procuró una casa grande y bonita en uno de los mejores fraccionamientos de la ciudad, pero la fortuna y el poder lo marearon. Olvidó sus raíces, aquellas penurias por las que pasó su familia y se llenó se orgullo. Poco a poco el desenfreno empezó a apoderarse de su alma, cambió a su esposa por otras amantes que terminaron por sacarle los ojos, cuales pérfidas Dalilas al incauto Sansón. Y después de perder a su familia se precipitó nuevamente en aquella pobreza de la que salió y de la que se había avergonzado.

Celebremos los éxitos y las bendiciones que se han derramado hoy sobre nuestra ciudad, con un corazón agradecido a Dios y con sapiente moderación. Recordemos que mientras haya matrimonios que se rompen, familias desunidas, pobreza extrema, abuso infantil, desapariciones, migrantes, violencia dentro de los muros domésticos, drogadicción, narcotráfico, alcoholismo y corrupción –y mira que todo eso sigue presente en Ciudad Juárez– no podemos sentirnos tranquilos. Al contrario, los dones que vienen del Señor son siempre nuevas responsabilidades para seguir trabajando en vistas a crear una ciudad digna para todos. Felicidades a todos los juarenses –nativos y adoptivos– en el 356 aniversario de nuestra ciudad. La Virgen de Guadalupe, patrona de estas tierras, interceda por nuestra casa común, sus familias, su gobierno y la Iglesia.

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