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Misterios del reino del espíritu: Santa Teresa levitaba, las monjas no podían detenerla

Mayores cosas has de ver (Jn 1,50)

El Papa Benedicto XIV explica que la auténtica levitación no puede ser explicada por fuerzas naturales, y que cuando ésta ocurre en la vida de los santos, se trata de una anticipación de aquella característica que tienen los cuerpos glorificados. ¿Quién mejor que alguien que ha tenido esta experiencia puede hablar de este fenómeno por el que el cuerpo humano se eleva en el aire por causas sobrenaturales? Dejemos que santa Teresa de Ávila (+1582) hable de su experiencia. Muchos otros santos experimentaron en su vida la levitación, pero ella es una de las pocas que describe la experiencia con detalles. La santa nos dice como ocurre el éxtasis: “…sin prevenir el pensamiento ni ayuda ninguna, viene un ímpetu tan acelerado y fuerte, que ves y sientes levantarse esta nube o esta águila caudalosa y que te coge con sus alas”.

Monjas no podían detenerla
Fray Diego de Yepes, biógrafo contemporáneo de la santa, escribió que, en una ocasión, cuando el Obispo Álvaro de Mendoza repartía la Comunión a las monjas en el “comulgatorio”, Teresa tuvo un éxtasis y fue levantada del suelo, sin poder comunicarse. Sobre estos incidentes ella misma escribió: “Una vez estábamos juntas en el coro y yendo a comulgar, estando de rodillas, me dio una pena grandísima, porque me parecía cosa muy extraordinaria y muy notoria; y así mandé a las monjas que no lo dijeran. Mas otras veces, como comenzaba a ver que iba a hacer el Señor lo mismo (y estando personas principales de señoras, que era la fiesta de la vocación, en un sermón), me tendí en el suelo; luego las monjas vinieron y me rodearon para detenerme; y aún así ocurrió el éxtasis”.

Sentimientos en ese estado
Santa Teresa escribe que le produce una gran humildad, pero también… “Confieso que me hizo gran temor; al principio, grandísimo; porque verse así levantar un cuerpo de la tierra, que aunque el espíritu le lleva tras sí y es con suavidad grande si no se resiste, no se pierde el sentido; al menos yo estaba de manera en mí, que podía entender era llevada. La majestad de quien puede hacer aquello se manifiesta de tal manera que espeluza los cabellos, y queda un gran temor de ofender a tan gran Dios”.

En el monasterio de Segovia, sor Ana de la Encarnación hizo una declaración bajo juramento: “Entre la una y las dos de la tarde estaba yo en el coro esperando que sonara la campana, cuando nuestra santa Madre Teresa entró y se arrodilló durante, quizás, la mitad de un cuarto de hora. Mientras yo la miraba, fue levantada media yarda del piso sin que sus pies tocaran el suelo. Yo sentí terror y ella, por su parte, temblaba. Me acerqué a donde estaba ella y puse mis manos bajo sus pies. Ahí permanecí llorando alrededor de media hora, mientras duró el éxtasis. De pronto, ella bajó y descansó sobre sus pies, y mirándome me preguntó quién era yo, y si yo había estado ahí durante todo ese tiempo. Dije que sí, y ella me ordenó que, por obediencia, no dijera a nadie de lo que había visto”.

Apuntes para la vida espiritual
En su libro “El combate espiritual”, Lorenzo Scúpoli enseña que la santidad no consiste en oír muchas misas o hacer devociones. Todos esos son medios que ayudan a crecer si se emplean con prudencia, y ayudan mucho a adquirir fortaleza contra los enemigos de la salvación. Tampoco consiste en hacer muchas obras exteriores, en ser un gran activista. La señal para saber a qué grado de perfección ha llegado la vida espiritual es averiguar qué cambio y qué transformación ha tenido la propia vida, la propia conducta y costumbres. Hay muchas personas que van a Misa o que se dedican a hacer grandes obras sociales o de caridad, pero son caprichosas y rebeldes, no aceptan el parecer de otras personas, no se preocupan de observar sus propias miserias y viven observando y criticando las de los demás. Cuando los hieren en su propia estima con alguna crítica, explotan en ira e indignación. O cuando llega la enfermedad y la prueba, se quejan y protestan continuamente porque no aceptan la voluntad de Dios. Con ello demuestran que su santidad es muy pequeña todavía. ¿Quieres “levitar” espiritualmente? Deja que el Espíritu de Dios reforme tu manera de pensar, de hablar, de reaccionar, de tratar a los demás…



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