viernes, 24 de julio de 2015

Y entró lo demoníaco

En la confusión moral que vive el mundo, muchas personas se preguntan por qué hoy al bien se le llama mal, y al mal, bien. ¿Por qué lo que antes era abominable, hoy se ve como saludable y como un derecho? Algunos se preguntan dónde quedó el respeto a las leyes divinas, y la mayoría ya ni siquiera se pregunta si existen esas leyes. El concepto de pecado quedó atrás y hoy se propaga la idea de que el bien y el mal dependen de cada persona. Se trata de nueva visión del mundo que se extiende rápidamente. Es un Nuevo Orden Mundial (NOM) que busca imponerse en el mundo.

El NOM se trata de un plan de dimensión universal que pretende desmantelar la percepción cristiana del mundo para reemplazarla por una nueva visión del hombre, de la sociedad y de la vida. El proyecto está en marcha desde hace años por las élites políticas y económicas del mundo, que a la sombra de la ONU tienen como primer blanco desbaratar el concepto del hombre y de la familia; luego será el concepto de patria.

Para entender mejor el desorden moral que vivimos en el siglo XXI, retrocedamos un poco hasta la mitad del siglo XVIII en Europa. Ahí se encuentra el inicio del declive. En aquella época Mozart y Bach eran los gigantes de la música; Velázquez y Rembrandt en la pintura; Leibnitz y Newton en la ciencia; Neumann y Lorenzo Bernini en la arquitectura. Eran años gloriosos. Algunos observadores de la historia afirman que aquella época fue la culminación de la cultura cristiana. El mundo giraba en torno a Dios.

Después el mundo occidental comenzó a declinar. Hacia finales de aquel siglo XVIII, la cultura cristiana cuyo eje era Dios empezó a convulsionar. ¿Qué sucedió? En el año 1789 se desencadenó la Revolución francesa con el grito de “libertad, igualdad, fraternidad”. Fue un viraje histórico de proporciones incalculables. Aquella revolución fue producto de un desastre que ocurrió antes en el corazón del hombre. El Dios personal de los cristianos dejaba de ser el eje del mundo para ser reemplazado por el mismo hombre que quería ocupar el trono de Dios.

En 1725 se fundó la primera logia masónica de Francia, obediente a la Gran Logia de Inglaterra, en la que entraron a formar parte los principales ideólogos anticlericales de la Revolución Francesa como Diderot y Voltaire. Años después de que la revolución estalló, habían muerto en ese genocidio alrededor de 120 mil personas, la mayoría católica. Desde aquellos años se inició una rigurosa negación de Dios y una lucha contra Él. Lo demoníaco entró en la civilización occidental y hoy estamos viviendo las nefastas consecuencias de lo que inició hace un poco más de 250 años.

Si echamos una mirada al mundo del arte entenderemos mejor el oscurecimiento del hombre y de nuestro mundo. ¿Qué es el arte si no la expresión del espíritu del hombre? Hace años visité una exposición de pintura moderna en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey. Observé pinturas hechas con trazos al garete, pinceladas sin ton ni son, formas anárquicas que, lejos de provocar una sensación de orden y armonía, eran testimonio de caos. Salí con una sensación de malestar. El arte incoherente de hoy no es sino la expresión de la confusión que hay en el corazón del hombre y de la sociedad.

El hombre se ha vuelto autónomo de Dios y ese es el meollo del problema. Dirá Hans Graf Huyn: “Se echa a perder la relación del hombre con Dios. Más que en parte alguna, esto se puede ver en los nuevos temas a los que en el campo del arte se dedica la fuerza creativa, una fuerza que antes iba destinada a los templos, la Iglesia o a las imágenes sagradas. Los nuevos dioses del hombre son la naturaleza, el arte o la Máquina; o bien el Todo, el Caos y aun la Nada”. Cuando Dios desaparece de la vida de los hombres, éstos buscarán reemplazarlo con los ídolos.

Dos amores construyeron dos ciudades –enseña san Agustín–; el amor del hombre a sí mismo hasta despreciar a Dios edificó Babilonia, la ciudad del demonio. El amor a Dios hasta el desprecio de uno mismo construyó la Jerusalén, la ciudad de Dios. Conocer las raíces de la crisis actual del mundo nos ayuda a comprenderlo un poco mejor, pero también a tomar la decisión de trabajar incansablemente para que en nuestras familias y ambientes se levante la ciudad de Dios.