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La maldad de Judas desde la exorcística


El amor es lo que suele desarmar a las personas de corazón duro; el amor, se dice, es lo más eficaz contra la maldad. A Judas no le remordió la conciencia de que Jesús fuera su maestro. En la Última Cena impresiona el endurecimiento del corazón del Iscariote. Cristo Jesús le lavó los pies, pero esto no sensibilizó al traidor. Jesús le mostró toda su hospitalidad, se sentó a la mesa con él, le compartió el bocado, pero ni siquiera este hecho puso freno a la maldad del apóstol detractor. ¡Cuán empedernida estaba su alma!

En la práctica exorcística de la Iglesia se llama "sujeción diabólica" al dominio moral que ejerce el demonio sobre el alma, manteniéndola sujeta al pecado. Esto ocurre por actos pecaminosos del hombre que se repiten una y otra vez, y de esa manera la persona aumenta sus inclinaciones al mal. Esto nos ha ocurrido a la mayoría. Pero el demonio, por su parte, también puede ir dominando a la persona cuando ésta vive en pecado mortal. La va sujetando y esto es lo que se conoce como "sujeción ordinaria".

Sin embargo la sujeción puede ocurrir de manera extraordinaria y se da cuando el diablo tiene un dominio moral totalitario sobre toda la actividad de las facultades superiores de la persona –inteligencia y voluntad– porque ésta se le ha ofrecido. Ese dominio lo ejerce desde las facultades sensitivas del individuo: memoria, imaginación, apetito concupiscible y apetito irascible.

Es realmente terrible. Mientras que en la sujeción ordinaria el demonio "sugiere", en la sujeción extraordinaria el demonio "ordena". En en la sujeción ordinaria la persona padece una tentación; en la sujeción extraordinaria la persona recibe órdenes.

La culpabilidad de que esto llegue a ocurrir no es del demonio sino de la persona que, poco a poco y de manera libre, le abre espacio en su vida hasta llegar al ofrecimiento de sí mismo al que Jesús llamo "homicida desde el principio" (Jn 8,44). Sólo un milagro de la gracia divina puede liberar a quienes han llegado a este nivel de entrega a la maldad.

Cuando el evangelista dice "Entró Satanás en Judas" (Lc 22,3), la mayoría de los teólogos se inclinan por creer que no se trataba de una posesión diabólica, sino de una sujeción diabólica. Lo que inició tiempo atrás como un dominio del diablo sobre Judas a través del pecado de la codicia, terminó por endurecer su alma como una piedra. ¿Llegó Judas a estar sujeto a Satanás de manera extraordinaria? La Escritura no es clara al respecto y no lo sabemos con certeza. Lo cierto es que la sujeción diabólica –ordinaria y extraordinaria– la podemos evitar con una sólida vida espiritual.

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