Ir al contenido principal

Elogio del silencio


Hace unos días estuve en Saltillo con las Oblatas de Santa Marta, religiosas de vida activa, acompañándolas en sus ejercicios espirituales anuales. En la introducción a los ejercicios les dije que durante esa semana, el mayor esfuerzo que habríamos de realizar era envolvernos en absoluto silencio durante los cinco días. De esa manera facilitaríamos al Espíritu Santo hacer resonar la voz de Dios en nuestro interior.

Personalmente no tuve que hacer gran esfuerzo por callar. Necesitaba, yo más que las hermanas, el silencio. La atmósfera llena de ruido en la que habitualmente vivo, como inquilino del centro histórico de Ciudad Juárez, ha despertado en mí la nostalgia del silencio. Muchas veces he tenido que hacer mi oración de la Liturgia de las Horas al ritmo de cumbia, o soportando las peroratas de los predicadores protestantes que colocan sus bocinas a unos metros, no muy lejos de mi habitación.

Por eso cuando tengo un poco de tiempo de silencio mi alma respira su oxígeno. Muchas veces aprovecho ir en el coche, sin encender la música, para ir en silencio buscando el diálogo con Aquel que vive en el silencio. Por las mañanas temprano y por las noches, cuando no se escucha ruido alguno en los alrededores de la Catedral, me siento en un paraíso silencioso donde es posible la meditación y el coloquio con Dios. Así lo hacía san Agustín quien, como obispo, llevaba una vida muy pesada, llena de responsabilidades pastorales; sin embargo procuraba tiempos de silencio y soledad para leer, estudiar y meditar las Sagradas Escrituras, orar mucho y redactar sus obras.

En este mes de julio, en el que la Iglesia mexicana ora especialmente por la paz y el cese de violencia en el país, creo que los disparos de tantas armas de fuego en las calles son, hasta cierto punto, fruto amargo de la dictadura de ruido permanente en que vivimos y triste síntoma de falta de silencio interior de la mayoría. Una persona que nunca tuvo silencio en su hogar, y que creció entre el estruendo de la violencia física y verbal; alguien que se habituó a vivir acompañado del permanente sonido de la radio, la música, la televisión, los videojuegos y las redes sociales, termina por hacerse sorda a la voz de Dios que sólo puede escucharse en el silencio del corazón.

Tantas rupturas matrimoniales y familiares son también por la ausencia de silencio en los hogares. Muchas familias conviven sin saber dialogar. Sus encuentros son dimes y diretes que terminan en ofensas recíprocas. Se les olvida que para dialogar hay que saber escuchar, y para escuchar hay que aprender a callar. No solamente callar con un silencio físico que no interrumpe a la otra persona, sino –como dice el cardenal Sarah– con un silencio interior, lleno de amor humilde y con gran capacidad de atención para acoger amistosamente al otro. "¿Cómo puede el corazón acoger completamente al otro si no es en el silencio?", se pregunta.

La violencia doméstica y la violencia social, podemos decir, son monstruos creados en la sociedad del ruido ensordecedor en que vivimos. Ruido que no sólo es palabrería y música, sino publicidad invasora, luces artificiales, falsos paraísos, tumultos y codicias; los sentidos que reclaman nuevas experiencias placenteras y que hacen que el hombre se haya olvidado de mirar al cielo para buscar a Dios.

Me pregunto ¿qué sucedería a un mafioso o a un sicario, o a una de esas mujeres activistas del aborto que rompen escaparates, si se encerraran durante un mes en uno de esos lugares donde el silencio de la naturaleza es denso y profundo, por ejemplo en un monasterio en el desierto donde sólo se escucha el rumor del viento alternado con las notas del canto gregoriano de los monjes? Lo más probable es que empezarían a salirles todos sus demonios internos. Verían con espanto sus vidas precipitándose en la nada y recibirían la maravillosa gracia de escuchar esa voz interior que dice: "Vengan a mí, ustedes los cansados y agobiados, que yo les daré descanso". Sus vidas quizá se transformarían.

Todos llevamos un monje por dentro, pero la actual atmósfera ensordecedora de las grandes ciudades y nuestros estresantes estilos de vida lo sofoca y lo reprime. Dichosas las familias que abren espacios para la oración silenciosa, que se reúnen para desgranar las cuentas del Rosario y que saben moderar su exposición al ruido de los medios, que hoy alardean tantos pecados abominables. Dichoso aquel que encuentra espacios de soledad silenciosa dentro de su habitación para entablar un diálogo íntimo con Dios. Haciendo de nuestra interioridad y de nuestras casas templos del Espíritu podríamos preservarnos de tantos males, y alcanzaríamos a vivir más reconciliados con Dios y con los hermanos.

Comentarios

Publicar un comentario

¿Quieres comentar? Antes debo revisar tus palabras y sólo podrá ser comentado públicamente lo que sirva para edificación.

Entradas más populares de este blog

Confesionario sin absolución: a mi san Judas se le rompió la cabeza y estoy asustado

Pregunta: Vivo en El Paso Texas y soy devoto de san Judas Tadeo, del cual tengo dos imágenes de yeso que compré. Mi suegra fue a la Ciudad de México y me compró otra imagen más de san Judas. Acomodó la imagen en su coche y cuando llegó a su hotel vio que la estatua tenía la cabeza quebrada. Cuando lo supe quedé muy impactado porque dicen que, cuando eso ocurre, es porque se ha cumplido algo que se le ha pedido al santo. Mi desconcierto fue mayor cuando compré, acá en El Paso Texas, otro san Judas, de color oro, muy bonito, pero al llegar a mi casa uno de los san Judas que ya tenía, estaba con su cabeza rota. Estoy muy impresionado. No sé a qué se deba, padre. A veces creo que el santo está celoso porque tengo varias imágenes de él. Agradezco su tiempo y le pido que me ayude. Padre Hayen: ¿Cómo? ¿Dos imágenes con cabeza rota? ¡Seguramente tú y tu suegra se van a sacar la lotería! Por favor, muchacho, no peques de ingenuidad. Pero además dices que san Judas está celoso porque tien...

380 cadáveres

El hallazgo de más de 380 cadáveres apilados en un crematorio de Ciudad Juárez, esperando durante varios años el servicio de cremación de algunas funerarias que subcontrataron dicho servicio, suscita algunas preguntas. El macabro descubrimiento hace que muchas personas pongan en tela de juicio si las urnas con cenizas que entregan las funerarias a sus clientes contienen las cenizas reales de su ser querido difunto, o si son cenizas de alguien o de algo más. Al despedir después de una ceremonia religiosa o de la velación en la capilla ardiente a un ser querido que ha muerto, los deudos confían en que la funeraria cremará el cadáver y les entregará las cenizas verdaderas. Pero todo puede resultar ser una farsa. Es importante reclamar el cuerpo de un ser querido difunto. Cuando Sara, esposa de Abraham, murió, éste reclamó el cadáver a los descendientes de Het y les dijo:"Aunque yo no soy más que un extranjero residente entre ustedes, cédanme en propiedad alguno de sus sepulcros, para...

Izaguirre y el príncipe del mundo

Los acontecimientos del rancho Izaguirre, en el municipio de Teuchitlán Jalisco, ponen la pregunta sobre el enigma del mal. Tales campos de entrenamiento para el sicariato, narcopanteones y hasta hornos crematorios –reminiscencia de aquellos hornos en que los nazis calcinaban a sus prisioneros durante la Segunda Guerra Mundial– nos habla de los niveles tan extremos de podredumbre que puede alcanzar el corazón del hombre. México se ha convertido en un gran cementerio donde deambulan –como fantasmas a los que nadie hace caso– las madres y padres de las personas desaparecidas."Que mi súplica llegue hasta ti, inclina tu oído a mi clamor", es la aflicción del salmista que bien podemos poner en los labios de tantos familiares angustiados que buscan a su pariente cuyo paradero permanece ignoto. La Sagrada Escritura nos habla de los niveles de maldad que alcanzan niveles sociales: opresión de los pobres, injusticia en los tribunales y adoración de ídolos acompañada de sacrificios hum...