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La muerte del padre Celso

Cuando en 2009 me enteré de que habían cambiado de parroquia al padre Celso y que yo era el designado por el obispo Renato para ocupar su lugar en la Divina Providencia, supe que esos cambios no serían fáciles para nadie. Llegué a la comunidad parroquial de Gregorio M. Solís y Carlos Villarreal donde el padre Celso había servido por 26 años. La parroquia era una comunidad muy hecha al estilo del sacerdote que se iba, con grupos muy consolidados y con gran amor a su párroco.

Cinco lustros de servicio y entrega pastoral, aderezados por un gran sentido del humor, habían hecho del padre Celso un verdadero padre espiritual y amigo de un sinnúmero de personas de todas las clases sociales. Muchos de los que fueron bautizados por él, también recibieron de sus manos la Primera Comunión y la celebración de su matrimonio. Por eso quienes lo conocieron se sintieron conmocionados cuando supieron la noticia de que, el 5 de diciembre, había muerto.

Al cementerio Jardines Eternos llegaron los mariachis de Pepe Coronel. Trasladamos el ataúd con los restos del padre Celso con "El son de la negra" como fondo. Después de las oraciones póstumas del obispo se escuchó la voz de Walterio Magdaleno que interpretaba "Dios nunca muere" y "Cruz de olvido". Luego los mariachis cantaron "El Quelite", canción que el padre Celso cantó muchas veces en fiestas y tertulias. Mientras el féretro desaparecía en su descenso a la tierra, recordé que al padre le gustó, durante mucho tiempo, acompañar a sus feligreses en los momentos de diversión y esparcimiento que siguieron a la celebración de bodas y bautizos.

En el cementerio fue abierto el ataúd para que los familiares lo vieran por última vez. Su cuerpo se fue impecable, vestido con sus mejores hábitos sacerdotales. Tenía que ser así. Las comunidades parroquiales donde el padre Celso sirvió conocieron su amor por la belleza de la liturgia. A los templos de la Divina Providencia y del Sagrado Corazón –sus dos últimas parroquias– les imprimió su gusto sobrio, elegante y exquisito con objetos sagrados de la máxima calidad. La delicadeza, la limpieza de los templos y el cuidado que tuvo hacia los ornamentos, imágenes y vasos santos, hablaron de su gran amor y respeto a lo sagrado.

Los primeros meses de mi sacerdocio, en el año 2001, fui su vicario parroquial, aunque por muy breve tiempo. Recuerdo que el padre Celso me reprendía un poco al ver que, mientras él escuchaba a diez penitentes que confesaban sus pecados, yo atendía a uno. Desde luego que yo era novato en eso de escuchar confesiones y las confundía con una prolongada dirección espiritual. Por eso el padre se molestaba un poco conmigo. Durante todo ese tiempo pude ver la gran capacidad de escucha que tenía, así como la enorme cantidad de personas que lo buscaban para ser atendidos, dentro y fuera del confesionario. Su buen humor y sus bromas, que no escondía en el sacramento, relajaba a los penitentes y les daba confianza.

Quienes conocimos al padre Celso en ambientes de convivencia –especialmente los padres Alfredo Abdo y José Ríos, quienes fueron sus grandes amigos sacerdotes– nos dimos cuenta también de su carácter fuerte y de su franqueza para decir las cosas. No siempre las conversaciones con él eran dulces y serenas. A veces tomaban la impetuosidad del rápido de un río, sobre todo cuando se tocaban ciertos temas de Iglesia a los que el padre era especialmente sensible; pero siempre en el fondo se podía percibir su gran amor por la diócesis y por los sacerdotes. A muchos de ellos ayudó discretamente en horas de necesidad.

Murió el padre Celso Flores, un sacerdote que fue verdadero padre y pastor de comunidades. Muchos vamos a extrañar al que fue un icono de la Iglesia diocesana. Me impresionó el llanto incontrolable de uno de sus monaguillos, en el cementerio; y es que el padre lograba hacer comunión con todos: niños, jóvenes, adultos y personas mayores. Su memoria quedará viva por muchos años y su generosa entrega como párroco será testimonio de Jesús, el buen pastor, para quienes nos quedamos, peregrinos todavía, en el servicio a la Iglesia de Dios.

Comentarios

  1. El llanto incontrolable del monaguillo, fue porque también eran familia.

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  2. De vez en cuando, regreso a leer este artículo, Padre.
    Él vive hoy mismo en nuestros recuerdos y no dejamos de extrañarlo un sólo día.
    Gracias, Padre Hayen

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