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Diáconos y sacerdote a imagen de san José

De izq. a der. Gustavo, J. Figueroa, J. Martínez, Felipe y Ricardo
El lunes 19 de marzo recibieron las órdenes sagradas del diaconado Felipe Ramos, Gustavo Balderas, Jesús Figueroa y Jesús Martínez. Además Ricardo González fue elevado al orden de los presbíteros. Un alfiler ya no cabía en la Catedral. En una bella y emotiva ceremonia de dos horas veinte minutos,  en la que asistió la mayor parte del presbiterio y donde el coro del padre Héctor Aguilar lució las mejores galas del repertorio de David Moreno, los nuevos ministros se vieron alegres y emocionados. Tan viva fue la sensibilidad del nuevo padre Ricardo, que se le vio derramar copiosas lágrimas mientras el colegio de los presbíteros desfilaba ante él para el besamanos.

Durante la misa de ordenación estaba discreta, junto al ambón y al lado de la imagen de la Virgen de Guadalupe, una bella y tierna imagen de san José, a quien abrazaba su niño Jesús. Quienes se van integrando al clero diocesano, y quienes ya somos parte de él, hemos de contemplar con frecuencia al patriarca de la Iglesia para imitar sus virtudes, pues Jesús lo tuvo como modelo de padre, y de él aprendió a ser verdadero hombre. Imitándolo haremos nuestra vida sacerdotal más humana y más de Dios.

Entre las devociones a san José, están los siete domingos previos a la fiesta, en la que la Iglesia medita sus dolores y gozos. La vida de san José enseña a los sacerdotes que el ministerio está entretejido de alegrías y penas, y que la vida sacerdotal no es miel sobre hojuelas. Encontramos muchos momentos de luz, sobre todo cuando celebramos los sacramentos y en el contacto con la Palabra de Dios; pero también hallamos el sufrimiento todos los días tocando las heridas del pueblo cristiano y en la constatación de nuestras propias miserias, contra las que hemos de combatir. El padre adoptivo de Jesús nos enseña a mantener el equilibrio y la serenidad espiritual, fuera de la exaltación descontrolada y de las tristezas depresivas.

La mirada de san José hacia la Virgen María fue de profundo amor y delicadeza. El santo enseñó a Jesús a relacionarse con todos, hombres y mujeres, en el respeto absoluto a la dignidad de cada persona, y a querer a todos con un amor limpio. Cuando José pasó por la crisis de saber que su esposa estaba encinta, pensó repudiarla en secreto, en un respeto delicado hacia ella. San José nos enseña a dominar la ira y la lujuria como dos pasiones que pueden empañar la vida sacerdotal y que impiden que los demás puedan ver en nosotros la presencia de Dios.

A los sacerdotes nos cuesta, a veces, escrutar y obedecer a la voluntad de Dios que se manifiesta a través del cumplimiento de los deberes propios de nuestro ministerio y de la autoridad del obispo. José fue un hombre justo en sus relaciones con Dios, hombre de oración que recibió la misión de custodiar a su familia. Poco a poco comprendió que su esposa y su hijo debían de sufrir mucho, dentro de un misterioso plan divino. Sin embargo supo que en todo Dios actúa y él debía descubrir la voluntad del Señor en su vida. José era piadoso israelita que cuidaba su relación con Dios. No podemos los sacerdotes dejar de orar con la Liturgia de las Horas y de gastar tiempo en oración personal delante de Dios; de lo contrario cuando lleguen momentos de tentación o de crisis, los cambios parroquiales y las nuevas encomiendas, no podremos superar los nuevos desafíos.

Custodiar a la familia de Dios, a la comunidad parroquial, defendiéndola de todos los peligros. ¡Qué grande es la misión del sacerdote! Mirar a san José que prudentemente toma al niño y lo lleva a Egipto para protegerlo de Herodes, es lo que debe hacer todo esposo y padre, ante las amenazas de los poderes herodianos y de las ideologías del mundo. La formación, la catequesis, la denuncia del pecado y la promoción de las virtudes es lo que el sacerdote debe fomentar en su comunidad para evitar que los fieles cristianos sean presa fácil de los lobos de nuestros tiempos.

De sacerdotes perezosos líbrenos Dios. San José se nos presenta como modelo de laboriosidad, de entrega apasionada en el cumplimento del deber, de hacer bien las cosas en su taller de Nazaret, de ser responsable y puntual, de entregar los trabajos bien hechos. En este esfuerzo hemos de vivir los sacerdotes, porque al cura que no tiene qué hacer, el diablo se encarga de decirle qué hacer.

Cada vez le tomo más cariño a san José. Él nos enseña a que los sacerdotes seamos verdaderos hombres, esposos y padres de nuestras comunidades. Es un gran modelo para renovar lo mejor de nuestra alegría sacerdotal, y para ayudar a recuperar la importancia que tiene nuestra paternidad espiritual en la vida social. Oremos para que Gustavo Balderas, Jesús Martínez y Jesús Figueroa, Felipe Ramos y Ricardo González, que han sido ordenados ministros sagrados de nuestra Iglesia diocesana, sean alegría para las comunidades a las que han sido asignados para servir, y brillen como sus custodios y verdaderos padres.

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