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Centros de escucha en la Iglesia


A través del ministerio del papa Francisco, preocupado por crear en la Iglesia una cultura del encuentro, surgieron los centros de escucha que hoy se han extendido por muchos lugares. Estos centros son espacios abiertos en las parroquias donde cualquier persona puede acudir a hablar libremente de sus preocupaciones, problemas, dudas o de lo que quieran, y no precisamente ante un sacerdote sino ante laicos que prestan sus oídos para este servicio. No se trata de brindar una atención psicológica sino simplemente escuchar y dar una orientación a las personas.

Cuando en mi diócesis ofrecieron ese servicio y conocí las directrices de los centros de escucha, que hablaban de crear un diálogo únicamente horizontal entre las personas que van a desahogarse con alguien que los escuche, tuve la impresión de que la Iglesia se estaba convirtiendo en una ONG. Me parecía sólo un proyecto social como el que encontré hace unos meses cuando visité la ciudad de Medellín donde el gobierno ha establecido centros de escucha en diversos puntos de la ciudad, lo que me pareció fantástico.

Sin embargo los centros de escucha de carácter horizontal –de tú a tú– en la Iglesia me parecen incompletos si les falta la dimensión vertical, es decir, el dirigir a la persona hacia el encuentro con Cristo como solución definitiva para su vida. De su Fundador la Iglesia ha recibido la misión primordial de evangelizar. Existimos para salvar almas. Aunque es verdad que se debe tener un acercamiento con el interlocutor para conocer la situación existencial y sus necesidades urgentes, no es menos cierto que el Evangelio de Jesús es lo que colma los anhelos más profundos del alma humana.

Hablar de Jesucristo no es una opción sino una obligación y una necesidad: ¡Ay de mi si no predico el Evangelio! (1Cor 9,16), exclamaba san Pablo. Los centros de escucha son, de esta manera, una ocasión estupenda para predicar al Señor de corazón a corazón.

En la Basílica de San Pedro, en el Vaticano, recientemente han instalado un centro de escucha en forma de una caseta o biombo que, por su diseño minimalista, rompe con la armonía y la belleza del recinto sagrado. A mi juicio la basílica vaticana es inadecuada para prestar el servicio de escucha. Los templos son lugares que deben tener una atmósfera de silencio para orar y recibir los sacramentos pero no para conversar de lo que uno quiera. El atrio de la basílica o los alrededores de la plaza son lugares más apropiados para hablar y escuchar.

Quienes prestan el servicio de escucha a otros hermanos deben de ser personas capacitadas para eso. Han de contar con la total confianza de los párrocos y ser acompañados por ellos; deberán tener madurez humana, así como una formación teológica y espiritual sólida y una vida sacramental activa. De otra manera un ciego fácilmente terminará guiando a otro ciego.

Los centros de escucha católicos son una gran oportunidad para crear espacios de acompañamiento y evangelización en la Iglesia, ya que fomentan el encuentro con Cristo en las personas en soledad o en crisis. La escucha empática toca el corazón y abre caminos para la fe y la esperanza. Esto hace que la Iglesia muestre su rostro compasivo, se enriquezca la vida parroquial y más personas se enriquezcan con esta pastoral de la misericordia divina.

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