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Mi columneja


Resurrección y mar de la muerte
¡Qué gracia enorme tenemos los cristianos en esta Pascua al haber subido al navío de la misericordia de Dios! En Cuaresma nos arrojamos a los brazos de Jesús para ser perdonados y ahora sentimos que navegamos resucitados con Cristo hacia la Casa del Padre. Pensaba yo en estas cosas, en medio de mi alegría pascual, cuando recibo una llamada telefónica de un conocido que, desesperado, me pide ayuda. Desde hace años no deja de meterse cocaína por la nariz y alcohol por la boca. Sale exhausto de trabajar y no hace otra cosa más que alimentar a las empresas cerveceras y al monstruo del narcotráfico con sus sesenta dólares diarios de consumo. De esa manera, como un zombi, vive su vida, destruyéndose lentamente. Abandonado por su esposa y su propia familia, este hermano ha tocado fondo y me suplica que le tienda la mano. De pronto en la conversación me pregunta: "¿Qué estamos celebrando hoy, padre?". "La Resurrección de Jesús", le digo. "¿Qué es eso?", me responde. Tomo conciencia de mi riqueza y de la pobreza de mi hermano. Mi gran tesoro -lo digo con humildad- es la fe y la libertad en Cristo resucitado. La miseria de mi hermano, en cambio, es su ignorancia de Jesús resucitado y vivir prisionero del mal.

Muchas personas viven marcadas por los golpes, los fracasos y los recuerdos tristes del alma. Dice el papa Francisco que "muchas veces son las heridas de las derrotas de la propia historia, de los deseos frustrados, de las discriminaciones e injusticias sufridas, del no haberse sentido amados y reconocidos. Además están las heridas morales, el peso de los propios errores, los sentimientos de culpa por haberse equivocado". Creo que si Jesús se nos ha manifestado resucitado, es para que nosotros hagamos transparente la resurrección a nuestros hermanos ofreciéndoles amistad, llevándoles un poco de alivio, de compañía sanadora. Los resucitados con Cristo hemos de ser instrumentos para que muchos hermanos no se ahoguen en el mar de la muerte, sino que puedan restaurarse interiormente y encontrar la paz del corazón. La resurrección es un don de Dios y una tarea misionera.

La Iglesia "desde Abel"
Mientras preparábamos las fiestas de Pascua a Catedral llegaron migrantes centroamericanos en los últimos días pidiendo un lugar dónde pasar la noche. No querían dormir en la calle y buscaban cualquier refugio más seguro. Escuché sus historias sobre las situaciones que los han hecho emigrar, y la mayoría culpaban a la violencia de la Mara Salvatrucha, coludida esta organización mafiosa con los gobiernos locales. Escuchar sus historias de dolor nos hace entender lo que está detrás del rostro de la migración. El obispo, por su parte, lavó los pies en la Catedral a un grupo de migrantes durante la Misa de la Cena del Señor, el Jueves Santo. A muchos nos conmovió hasta las lágrimas. Es el gesto de la caridad fraterna que nos mandó el Señor, gesto que algunos no entendieron y se atrevieron a criticar, y lo más doloroso es que las críticas eran de cristianos católicos de corte trumpista.

Es muy bello unirnos a Cristo en nuestras ceremonias litúrgicas de Pascua. Tenemos el privilegio de confesarnos, escuchar la Palabra y comulgar. ¿Y ellos, los migrantes, qué? No se confiesan, no escuchan la Palabra, no suelen comulgar ni han preparado las fiestas de Pascua. Ellos sólo van huyendo del hogar y, entre tantos peligros y zozobras, buscan una vida más digna. Estoy convencido de que, de una manera misteriosa, ellos están unidos a Jesús. Junto con las víctimas de la trata de personas, los niños abortados y tantas personas que viven en el dolor, los migrantes forman lo que algunos Santos Padres de la Iglesia llamaron alguna vez "la Iglesia desde Abel". Esta es aquella misteriosa incorporación a Cristo formada por los justos inocentes que, en la historia, son víctimas de la maldad humana como lo fue Abel asesinado por su hermano Caín. El dolor los une a Dios. Sin saberlo sirven al Cordero, confiesan a Cristo padeciendo. Forman con el Inocente Hijo de Dios un solo bloque. Su dolor no es inútil, y hemos de creer que si viven en la justicia, Cristo resucitado les dará la recompensa eterna de los justos.

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