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Sacerdotes sin miedos, anclados en Jesús

El domingo pasado escribí un comentario al Evangelio titulado "El `No Juzgues´ de Dios en tiempos de juicio civil" en el que reflexionaba cómo nuestros juicios deben limitarse a los hechos y no a las personas. Algunas agrupaciones derecho humanistas y feministas respondieron con una carta pública, absurda y sin lógica, en la que me acusan de iniciar una agresiva campaña para defender a un sacerdote acusado y de servir a los intereses de partidos políticos. Además esta semana he recibido comentarios de personas que me dejan sentir la compasión que tienen hacia los sacerdotes por la situación de abusos sexuales en la Iglesia. También supe de algún sacerdote que sentía pena y vergüenza con la gente por el lodo del escándalo con que se ha manchado el ministerio sacerdotal.

Ante este panorama debo decir que nunca nos avergoncemos de ser sacerdotes ni tampoco nos dejemos intimidar por quienes nos critican por el hecho de servir a la Iglesia. Hoy san Pablo en su primera Carta a los Corintios nos invita a dar gracias a Dios porque nos ha dado la victoria por Jesucristo, y a permanecer firmes e inconmovibles progresando constantemente en la obra del Señor (1Cor 15,57-58). Cuando el corazón del sacerdote está firme en Jesucristo, se vuelve indestructible. El sacerdote que cuida el don que recibió el día de su ordenación permanece anclado en la roca de Dios, y ni las amenazas, las críticas o las adulaciones lo afectan. Sabe el sacerdote que todo, lo bueno y lo malo, ha sido absorbido por la victoria de Jesús. Por eso la paz y la victoria son los sellos de su alma; cuando Jesús se apodera de su corazón, el amor echa fuera temores y miedos de su vida.

"De la abundancia del corazón habla la boca", dice Jesús. Los sacerdotes no podemos cansarnos de hablar de Él, sobre todo en los tiempos difíciles que vivimos. Hoy muchas personas de la ciudad tienen miedos y desconfían de todo. Con el bombardeo mediático de malas noticias del mundo, de la Iglesia y del sacerdocio, hay quienes se dejan envolver por una visión oscura de las cosas. Los envuelve el pesimismo y el desánimo. Esas personas, que suelen ser ovejas sin pastor por no estar cercanas a la Iglesia, necesitan luz y esperanza. ¿Quién, si no sus líderes espirituales –los sacerdotes– pueden darles ánimos y anunciarles la buena noticia de la salvación? ¡Tenemos tantas cosas que decir! Por la buena noticia que ha sido confiada en nuestras manos, hemos de vivir y proclamar el Reino con la cabeza en alto, sin dejarnos doblegar por aquellos que nos quieren agachar.

En el Seminario aprendimos que el sacerdote es hombre de grandes batallas, y los tiempos en que vivimos nos apremian a sacar, con valor y confianza en Dios, lo mejor de nosotros mismos. "Cada árbol se reconoce por su fruto", enseña el Maestro. El fruto más precioso que brotó del árbol de la cruz fue el mismo Jesús. Los sacerdotes encontramos en la cruz del Señor el centro de nuestra vida. Quizá al iniciar el ministerio sacerdotal hubiésemos querido encontrar a un Cristo sin cruz o a una cruz sin Cristo, pero no puede ser así. La cruz es con Cristo, y su fruto más precioso es la alegría de la Resurrección. Hoy le pedimos al Señor que nuestro árbol de la cruz se mantenga bien regado con el amor de Dios –el Espíritu Santo– en nuestros corazones. Así nuestra vida no sólo será buena, sino santa.

Comentarios

  1. —"El 6% de los sacerdotes de Boston cometieron abusos sexuales contra niños". En Ciudad Juárez hay 140 sacerdotes (sacerdotes diocesanos, sacerdotes religiosos y religiosos profesos): 140 x 6% = 8 sacerdotes. ¿Quiénes son y dónde están los 7 compinches de Aristeo Baca?

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