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Sacerdotes con carácter


Cuando pensamos en el Imperio Romano viene a la mente su decadencia y caída, pero poco recordamos que la grandeza de aquel imperio se debió a la grandeza del carácter de sus hombres. Los fieles católicos no deben esperar que sus sacerdotes sean guapos, grandiosos predicadores, famosos o simpáticos, pero sí deben esperar que todos tengan un carácter irreprochable. Si los sacerdotes queremos edificar la Iglesia hemos de ser hombres de carácter.
 
Para entender lo que es el carácter nos ilustra un episodio de la vida de Marco Atilio Régulo (+250 AC). Fue un general Romano que capturaron los cartaginenses, enemigos de Roma. Sus aprehensores lo enviaron a Roma bajo juramento con la consigna de que si no conseguía la paz, debía regresar a Cartago para continuar en prisión. En Roma, Régulo no sólo no promovió la paz, sino que exhortó a los romanos a continuar la guerra contra Cartago.
 
Debido a su juramento regresó a la prisión en Cartago donde lo atormentaron para después asesinarlo. Para él, primero era la lealtad a Roma y a sí mismo –a la palabra dada–, antes que salvar su pellejo. Por el carácter de héroes como Marco Atilio Régulo, Roma se consolidó como un grandioso imperio. Y los sacerdotes católicos, ¿qué clase de carácter tenemos para construir nuestra Iglesia?

¿Hay empresa más sublime y excelsa que edificar el Reino de Dios en las almas, en las familias y en la vida de la comunidad? Sin hombres que estén dispuestos a gastar, con pasión, la propia vida por ese ideal, difícilmente se levantará el reino de Jesucristo. A los confesionarios llegan hombres y mujeres que buscan la absolución y el consejo para desterrar el mal en sus vidas. Los sacerdotes podemos darles una palabra oportuna sólo cuando somos nosotros los primeros combatientes, cuando estamos hechos de contienda y milicia, de vivir en el esfuerzo y de tender a la conducta heroica.

San Juan María Vianney –el santo Cura de Ars–, antes de ser sacerdote atravesó la dura prueba de aprender latín. Su cabeza no le daba para memorizar las conjugaciones y declinaciones del idioma. Entonces, para obtener el auxilio del Cielo, emprendió un acto heroico: hizo el voto de peregrinar a pie –mendigando de ida y vuelta– durante más de cien kilómetros hasta el santuario del sepulcro de San Francisco de Regis.
 
Fue tratado como vagabundo, haragán y rechazado de todas las casas. Durante el camino se alimentó solamente de hierbas, bebió en los arroyos y durmió a la intemperie. Finalmente alcanzó la meta de postrarse en el sepulcro del santo y rogarle que le alcanzara la gracia de saber el latín suficiente para cursar la teología. Por actos como este y muchos otros, Vianney era un alma que demostró su carácter de acero y así Dios lo preparó para combates más fuertes que habrían de venir.
 
Uno de los problemas mayores en los jóvenes que quieren ser sacerdotes es la falta de formación del carácter que tiene origen en sus hogares. Habituados a que sus padres les brinden todos sus gustos y antojos, y hasta les ayuden a hacer sus tareas escolares, muchos jóvenes aspirantes a las órdenes sagradas creen que la vida sacerdotal debe transcurrir entre goces y algodones, en el culto a la propia imagen y sin la cultura del esfuerzo arduo. Sin una adecuada formación del temple y la voluntad –primero en la familia, luego en el Seminario– es muy difícil que los nuevos sacerdotes asuman en serio la enorme responsabilidad que pesa sobre sus vidas con la ordenación.

Tihamér Tóth define el carácter como "la adaptación de la voluntad del hombre a una justa dirección; y (hombre) de carácter es aquél que tiene principios nobles, y se mantiene firme en ellos aun cuando esta fiel perseverancia imponga sacrificios. En cambio, el de inestable carácter es quien, contra la voz de su propia conciencia, varía sus principios según las circunstancias, según la sociedad, según los amigos, y se vuelve perjuro a sus ideales desde el instante que por ellos tenga que sufrir lo más mínimo".

La Iglesia Católica se construyó con la fuerza y el temple de sus pastores y misioneros. Donde abundan sacerdotes de carácter las vocaciones florecen, se convierten las personas, se santifican las familias, crecen las comunidades. Donde predominan hombres débiles, cómodos o mundanos, la fe se apaga y el rebaño se dispersa. Que en nuestro seminario y presbiterio crezca la cultura del esfuerzo, del sacrificio y la virilidad espiritual. Y que en las familias católicas se deje de sobreproteger a los hijos, y se les eduque en la responsabilidad, la sobriedad y la grandeza de alma.

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