Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos ha incurrido en una situación tan escandalosa por su creciente apoyo público al aborto, que su pastor, monseñor Salvatore Cordileone, arzobispo de San Francisco, jurisdicción a la que ella pertenece, tuvo que tomar la grave decisión de prohibirle la recepción de la Eucaristía el pasado 19 de mayo. La pena canónica que el arzobispo ha impuesto sobre la señora Pelosi ha sido una decisión ejemplar y valiente que pocos prelados se atreven a hacer. No se trata de una excomunión formal –la pena más severa de la Iglesia–, sino de una censura pública que le prohibe el acceso a la Comunión eucarística. Imponer una pena canónica públicamente a una de las líderes del mundo político con más influencia y poder en Estados Unidos es una acción que tuvo que ser largamente meditada y con disposición a asumir el sufrimiento por los efectos que pueda tener sobre el arzobispo, su arquidiócesis y sobre la Iglesia norteamericana. Pero...
Vida católica: frontera México-Estados Unidos