sábado, 31 de enero de 2015

Domingo, día del Señor

Como creyentes cristianos hemos de tomar en serio el mal que nos rodea reconociendo la presencia de Satanás en la vida, pero sobre todo el verdadero creyente toma en serio el bien confiando en Jesucristo, el vencedor del demonio. Satanás, en el cristianismo, no tiene una importancia igual y contraria a la de Jesucristo. Dios y el demonio no son dos principios paralelos, eternos e independientes entre sí, como en ciertas religiones dualistas. Para la Biblia el demonio es sólo una criatura: una criatura que libremente se cerró en el orgullo y en la rebelión. Vivir en Cristo, entonces, es vivir en un camino de liberación. Creer en Cristo significa acogerlo como Señor de la vida y liberador de la esclavitud de Satanás, cuya presencia aún podemos ver operante en el mundo. ¡Buen domingo!

Muy querido don Renato...

Es para mí un motivo de gran nostalgia dirigirme a usted en este momento histórico de su partida del gobierno de la diócesis y de la llegada de un nuevo pastor que, a partir del 20 de febrero, vendrá a presidir nuestra iglesia particular.

Mi memoria se remonta hasta aquel 10 de noviembre del año 1994 cuando usted llegó a Ciudad Juárez. Era yo seminarista estudiando en el Seminario de Monterrey e hicimos el viaje en autobús hasta nuestra ciudad, mis compañeros y yo, para conocer al nuevo obispo y estar presente en su toma de posesión.

Desde aquel día en que lo conocí quedé impresionado por su figura. Era un sucesor del colegio de los Doce Apóstoles quien llegaba, y mi vida y vocación quedaban estrechamente ligadas a mi relación con usted. Desde aquel día quise ser un colaborador suyo y no quería hacer nada fuera de la comunión con mi obispo. He sentido siempre por usted un gran respeto porque sé que en la obediencia y en la honra, es a Jesús –sumo obispo de la Iglesia– a quien se reverencia.

Le confieso que he tenido fallas y que no siempre he sabido mostrar esa fidelidad hacia todo lo que usted me ha indicado. Me ha faltado también sensibilidad para tratarle de una manera más fina y estrecha, y por esos pecados y errores le pido, sinceramente, su perdón.

Desde los primeros encuentros que tuvimos pude percibir que usted me tenía una buena dosis de confianza. Lo comprobé a menos de un año de su llegada, cuando me hizo saber que me enviaba a estudiar a Roma. Después de alentarme recuerdo esas palabras: “No te quiero ver durante los próximos cinco años”. Aunque en un principio fue difícil aceptar esa disposición suya, pude cumplirla y hoy le agradezco muchísimo su sabia orden. Para mí los años de formación en Roma, cerca de Juan Pablo II, fueron decisivos para querer entregarme de lleno al ministerio sacerdotal y aspirar a la santidad.

¡Cómo no darle las gracias por aquellas visitas a sus seminaristas en Roma! Eran para nosotros la visita de nuestro padre y pastor que tenía puesta su confianza en aquellos hijos que estaban lejos de la diócesis y que a veces navegaban en aguas agitadas. Su presencia en Roma siempre me trajo alegría, seguridad y paz, era un faro que nos indicaba la dirección al puerto. Gracias, de corazón, don Renato, por su cariño y su apoyo. Llevaré en mi memoria siempre aquel opíparo banquete que, de una a siete de la tarde, nos hizo disfrutar su amigo el abogado. No me quedó la menor duda del cariño de ese hombre hacia usted expresado –como buen italiano– con vinos exquisitos y manjares sustanciosos… y un par de alkasélsers después del postre.

El día 8 de diciembre de 2000 quedó como el hito que marcó toda mi vida. Aquel viernes en la tarde, en la Catedral, usted me impuso sus manos para conferirme el sacerdocio en el orden de los presbíteros. Una vez más me otorgó un voto de confianza, diría que fue el mayor de todos. Fue un don inmenso haberme convertido, por gracia divina y disposición suya, en sacerdote del Señor. Gracias a usted soy lo que ahora soy. Renato Ascencio quedará grabado en mi alma como un nombre clave de mi felicidad sacerdotal por haberme conferido el sacerdocio de Cristo. Creo que parte de nuestro gozo en el cielo será encontrar allá a las almas radiantes sobre las que tuvimos alguna influencia para que fueran santas. Buena parte de la felicidad que a usted le espera, en la casa eterna del Padre, será la convivencia con los 77 sacerdotes y dos obispos a los que usted les impuso las manos, esperemos que ninguno se quede fuera.

Decía George Chapman que “Quien no tiene confianza en el hombre, no tiene ninguna en Dios”. Seguramente usted tiene una gran confianza en nuestro Señor por haber sido tan generoso en depositar su esperanza en mí. Desde que me confió la dirección Presencia, nuestro periódico diocesano, me he esforzado para que sea un medio al servicio de nuestra diócesis en comunión con el obispo. Gracias de corazón por haberme confiado la pluma durante 14 años. Tenga la seguridad de que todos en Presencia sentimos un gran respeto y amor por su persona y ha sido una gran alegría servirle con nuestro trabajo periodístico.

De manera especial estoy agradecido con usted por haberme nombrado párroco de Nuestra Señora de Guadalupe, Catedral. Ello por dos motivos. Primero por el gran amor que le tengo a la Virgen María. Siempre sentí que llegué a la Catedral gracias a Ella, con la encomienda de difundir más en la diócesis el amor y la devoción a nuestra Señora. Usted me brindó esa oportunidad y las palabras no son suficientes para expresarle mi gratitud. Y en segundo lugar, por estar al frente de la sede del obispo. Jamás vi el nombramiento como un privilegio sino como un servicio, una delicada responsabilidad que usted me confiaba. Desde mi llegada a Catedral hasta hoy trato de servir con temor y con temblor, y pido al señor hacerlo con toda humildad, para que si el nuevo obispo dispone de mí para otra misión, otorgue inmediatamente mi consentimiento.

Don Renato, es conmovedor observar la manera en que Dios ha hecho su obra en usted, y a través de usted en Ciudad Juárez. Durante los últimos veinte años pude observar el paso de un obispo que hacía sentir su autoridad a un obispo que se fue revistiendo, cada vez más, con los ropajes de la misericordia divina. Mis hermanos sacerdotes y yo lo hemos acompañado en sus alegrías y en sus tristezas, en momentos de duro trabajo y de convivencia fraterna. Usted no es el mismo que hace diez años. El Espíritu divino lo ha ido transformando en una persona más cariñosa, paciente, benigna y compasiva. Recuerdo, hace mucho tiempo, en alguna ocasión escuché una dura reprimenda de usted hacia mí, merecida ciertamente por mis torpezas, pero hoy sólo le escucho palabras dulces y gestos de amabilidad hacia todos.

Nuestra diócesis no es perfecta ni está terminada. Es perfectible y hay mucho todavía por sembrar y cosechar. Pero tenga la seguridad de que su legado es enorme para los católicos juarenses. Su salud debilitada es la prueba más contundente de su entrega y desgaste para que el Reino de Dios resplandezca en la diócesis. En la esperanza de que siga usted viviendo entre nosotros por mucho tiempo, le envío un abrazo filial con profunda gratitud por tantos dones recibidos a través de su persona. Y pido al Señor que le conceda la corona incorruptible y gloriosa en la eternidad como premio a sus esfuerzos.

sábado, 24 de enero de 2015

Choque de religiones

Son tres visiones de la vida las que hoy chocan en Occidente, tres religiones las que conviven, no sin dificultades, a veces muy violentas. El islam, el cristianismo y… el laicismo. Sí, el laicismo es, ni más ni menos que una religión. Alá, la Santísima Trinidad y el hombre que se adora a sí mismo son los nombres de la divinidad que tienen cada una de ellas.

En un extremo está el Dios del islam, el totalmente otro, el trascendente, creador y todopoderoso que no tiene rostro humano. En las antípodas se encuentra el hombre que se adora a sí mismo seducido por el “seréis como dioses” de la serpiente. Y entre esos dos extremos, el Dios hecho hombre de los cristianos, que ha venido a la tierra para que los hombres participen de la naturaleza divina.

Hoy el fanatismo religioso movido por el odio es un fenómeno que vemos, evidentemente, tanto en el islam como en el laicismo. El Estado Islámico es un proyecto que grupos extremistas quieren implementar a sangre y fuego, empezando por Siria e Irak. A partir de esos lugares pretenden erigir un gran califato –con un gobierno como el implementado por Mahoma basado en la ley religiosa– desde la península Ibérica hasta el norte de África y el Medio Oriente. Los ‘infieles’ –los no musulmanes– deberán de ser exterminados; y sus ‘mártires’ podrán ofrendar su vida para destruir a los laicistas o cristianos.
El otro grupo igualmente fanático es el laicismo. Aunque niegue ser una religión, el laicismo tiene todos los tintes de una religión fanática y agresiva. Afirma Santiago Martín que sus dioses son el hombre, el dinero y el poder; a ellos se ofrecen sacrificios humanos por medio del aborto. Además tiene sus sacerdotes como los políticos, filósofos y periodistas laicistas. Posee sus templos que son los medios de comunicación, así como su departamento de policía siempre dispuesto a denunciar a aquellos cristianos que no comulguen con sus ideas como es, por ejemplo, la ideología de género.

Los islamistas son, ciertamente, más fanáticos que los laicistas. No se tientan el corazón para vengar al Profeta cuando degüellan periodistas frente a las cámaras, cuando fusilan a poblaciones enteras o cuando secuestran niños y jóvenes para entrenarlos para el exterminio de los infieles. Pero los laicistas son también fanáticos y agresivos. En su odio a todo lo religioso no toleran el Crucifijo, ni las campanas de las iglesias, ni que se mencione a Dios en la política, ni tampoco que alguien se oponga a sus ideas sobre la sexualidad, la vida y la familia. Y son tan intolerantes –mucho más de lo que son los cristianos– que son capaces de llevar a los tribunales a quienes pregonen otras ideas que no son las suyas.

Islamismo y laicismo son dos religiones fanáticas y agresivas –es cierto que no para todos sus seguidores– pero sí para una buena parte de ellos. Son fundamentalismos errados. Cuando los laicistas de Occidente defienden el derecho a la blasfemia como parte del derecho a la libertad de expresión, estamos ante alguien tan peligroso como un musulmán enardecido.

Muchos laicistas sostienen la opinión de que las religiones son la causa de todas las guerras. Por ello dicen ellos que es mejor no tener religión. Marx también decía que la religión era el opio del pueblo. Pero esta idea hizo estallar la mayor violencia de todos los tiempos, cuando a nombre del ateísmo se exterminaron cien millones de personas en la antigua URSS. O bien cuando murieron miles de franceses en la guillotina por no comulgar con aquello de ‘liberté, égalité, fraternité”. El ateísmo laicista puede ser tan fanático y violento como el fundamentalismo islámico. Y mucho más virulento que el cristianismo más ortodoxo.

¿Y los cristianos? El discípulo de Jesús vive en medio de los dos fanatismos, aguantando la persecución sangrienta de los musulmanes radicales o soportando las burlas, blasfemias, discriminaciones y acosos de los laicistas ateos. El cristiano nunca responde al mal con la misma moneda; muere perdonando y sabe dar el manto a quien le pide la túnica. Lucha por desterrar el odio, el racismo y la antipatía. De las tres religiones, es la que mejor contribuye al diálogo y a la paz.

lunes, 19 de enero de 2015

Monseñor Romero y el Opus

El proceso de beatificación de monseñor Oscar Romero, arzobispo de El Salvador, asesinado por un disparo mientras celebraba la Misa, ha entrado en su fase final. La Santa Sede ha decretado que el motivo de su muerte fue por odio a la fe, odio contra el amor y la justicia que él predicó. El día de su muerte, el 24 de marzo de 1980, el obispo Romero estuvo en el mar con algunos sacerdotes del Opus Dei. Cada mes solía hacer retiro con el Opus y su director espiritual era Fernando Sáenz Lacalle, sacerdote de la Prelatura, aunque su confesor era un anciano jesuita, el padre Azcue. Diversos grupos ideológicos maquillan a monseñor Romero con tintes de izquierda política y de espiritualidad progresista. Nada más lejano de la realidad, como lo demuestra este retiro de sacerdotes del Opus Dei, al que se mantuvo fiel hasta el mismo día de su muerte.

sábado, 17 de enero de 2015

Domingo, día del Señor

Ellos le contestaron: "¿Dónde vives, Rabí?" Él les dijo: "vengan a ver". ¡Qué magnífica la respuesta de Jesucristo! A Dios no lo podemos conocer por conceptos, por ideas o estudios. A Dios lo conocemos experimentándolo, viviendo con Él. Es necesario, entonces, vivir la vida imitando a Jesús que no vino a ser servido sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos. Salir a compartir el pan con el hambriento, visitar al preso, liberar al cautivo, abrir la vista a un ciego, bajar a un paralítico por el techo para que Jesús lo perdone y lo cure, hacer felices a los demás, es la clave para tener la experiencia del Dios que es amor; es el secreto de una dicha que las diversiones del mundo jamás lograrán proporcionar. ¡Buen domingo!

Ambrosio y Lucrecia: ¿Dónde encuentro el amor?

Ambrosio, últimamente te he visto inquieto. Supe que te fuiste dos días a hacer un retiro espiritual a las montañas con un grupo de personas que practican algunas disciplinas orientales. Dijiste que ese retiro sería para encontrarte a ti mismo. Ambrosio, recuerda que eres católico y que nuestra fe es incompatible con religiones orientales. La manera en que los cristianos nos encontramos a nosotros mismos no es a través de una introspección obsesiva centrada en nuestro yo. Nunca nos encontraremos a nosotros mismos poniendo nuestra mente en blanco, lejos de la civilización como si fuéramos monjes budistas.

La Iglesia Católica enseña que el hombre es la única criatura de la tierra que Dios ha querido por sí misma, y que el hombre se encuentra plenamente a sí mismo cuando se dona a los demás, cuando se preocupa por cuidar a otras personas y se ocupa de que esas personas tengan lo mejor.

¿Recuerdas, Ambrosio, cuando hace algunos años estabas en un grupo de tu parroquia y juntos fueron a una zona muy pobre de la ciudad para llevar despensas? ¿Has tenido la experiencia de haber escuchado a un amigo tuyo que lloraba sus penas durante toda una noche, o has cuidado con dedicación a una persona enferma? Si así fue, seguramente te quedó una gran satisfacción porque supiste ayudar al necesitado brindándole tu amor.

Para eso nos creó Dios. No nos hizo para vivir solos, sino para vivir en familias y comunidades. Nunca encontraremos la felicidad viviendo en nuestros pequeños mundos aislados, gastando todas nuestras energías sólo para satisfacer nuestras necesidades. Nos sentimos plenos cuando unimos nuestras vidas y nuestras necesidades a las de los demás, cuando establecemos relaciones amorosas de interdependencia. Somos felices, querido hijo, cuando nos dedicamos a buscar el bien de los demás y cuando los demás buscan lo mejor para nosotros.

Así nos ama Dios. Antes de que tú vinieras a este mundo, Dios ya sabía quién ibas a ser, y te amó completamente por ti mismo. No te creó para que fueras un estudiante de excelentes calificaciones o para que fueras un gran trabajador. Dios te formó simplemente porque te amó, te sigue amando y porque quiere lo mejor para ti. Con ese amor tendrás que aprender a amar, Ambrosio, si quieres ser feliz. ¿No te parece?

viernes, 16 de enero de 2015

Ambrosio y Lucrecia: Mi pareja, ¿me ama o me utiliza?

Te preguntarás, querida Lucrecia, cómo saber si tu pareja te ama o te utiliza. Debes recordar que traemos esa herida del pecado original que nos hace egoístas. Fue lo que les sucedió a Adán y Eva. Desde la desobediencia a Dios, nuestros padres en el paraíso iniciaron una relación difícil. Ella utilizaba el arma de la seducción; él, el recurso a la violencia y al dominio sobre ella. A partir de ese momento las relaciones entre el hombre y la mujer se hicieron difíciles para las parejas porque se utilizaba a la otra persona sólo para satisfacer deseos egoístas y sin importar lo que pudiera ocurrirle.

Ciertamente no te gustaría a ti, Lucrecia, ser amada de esa manera, utilizada solamente para que tu novio se procurara un placer contigo. Todos queremos sentir que existen otras personas a nuestro alrededor que se preocupan por nosotros y que quieren lo mejor para nosotros. Es doloroso, por eso, descubrir que una persona nos está utilizando para su propio provecho. Muchas parejas de novios que han iniciado relaciones sexuales descubren, con el tiempo, que fueron utilizadas por la propia pareja con fines egoístas de procurarse un placer.

Pregúntate ahora, Lucrecia, si sueles utilizar a tu novio de manera egoísta en tu relación de noviazgo. ¿Por qué sales con ese chico que es tu novio? Quizá lo hagas para explorar la posibilidad de pasar sus vidas juntos. Pero si tu relación con él es sólo porque tiene buen coche y dinero en la bolsa, vas por el camino equivocado. ¿Qué pensarías si tu novio te buscara únicamente por tu atractivo físico, y no porque le importes en serio? Estarías construyendo tu relación de noviazgo sobre arenas movedizas y no sobre cimientos sólidos. Si quieres recibir amor real, tienes que estar dispuesto a darlo.

¿Cómo saber si tu novio, querida Lucrecia, te utiliza o te ama de verdad? Pregúntate simplemente: este hombre, ¿está auténticamente interesado en lo mejor para ti? ¿Este hombre te mira y te trata como imagen y semejanza de Dios? ¿Te trata con dignidad y respeto, o te busca únicamente para disfrutar de tu físico como quien se come una hamburguesa? Porque el amor no solamente es hacer citas amorosas y vivir un romance. No, querida hija. El amor es un compromiso diario con la propia familia, con los amigos y con todas las personas que conocemos en nuestras vidas.

#YoNoSoyCharlie

#YoSoyCharlie‪ es un repudio en las redes sociales a la masacre de 12 periodistas del semanario satírico Charlie Hebdo en París el pasado 7 de enero, y un apoyo a la libertad de expresión. Aunque yo repudio la matanza, prefiero identificarme como #YoNoSoyCharlie. Por la sencilla razón de que en todo periodismo debe existir una mínima ética que Charlie Hebdo estaba muy lejos de tener. Su burla y provocaciones blasfemas de las religiones provocaron la furia de algunos musulmanes que, por vengar al profeta Mahoma, exterminaron, a punta de balazos, al equipo del semanario.

Hace unos días miré, en alguna de las redes sociales, una caricatura publicada en esa revista. No podía creerlo: se trataba de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, las tres Personas divinas teniendo sexo sodomítico. Nunca había visto una blasfemia hacia el cristianismo de tal magnitud. Por un momento me invadió el espíritu de Judas Macabeo, quien con su familia, encabezó la revuelta patriótica y religiosa de los judíos contra los reyes seléucidas de Siria. Pero de inmediato recordé las palabras del Señor a Pedro en el huerto: “Mete la espada en la vaina” y “Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen para que sean hijos de su Padre que está en el cielo”. Tuve, entonces, que hacer un doble esfuerzo para ponerme a rezar por esos pseudo periodistas de la más baja calaña.

Algo que me parece reprobable es que a esos doce periodistas, asesinados por extremistas del islam, la cultura laicista los convierta en héroes de la libertad de expresión. No merecían morir de esa manera, ciertamente, y no me alegro de lo que les ocurrió. Pero creo que más que mártires deben ser tenidos por vergüenza de Francia. Su trabajo como caricaturistas profanadores de lo más sagrado de los pueblos –la religión– contribuía a romper con los vínculos entre las comunidades que forman la sociedad francesa. Sus viñetas carecían de sentido de patria, de comunidad, de construcción de la paz, de democracia, no tenían sentido de nación. Eran anarquistas aunque no rompieran escaparates. Su veneno en los dibujos blasfemos no contribuía a la armonía de la sociedad.

Lo que hicieron los islamistas para vengar al Profeta es, también, repugnante, horroroso. Alguien que mata en el nombre de Dios nunca le hará un favor a Dios. ¡Cuánta razón tenía Benedicto XVI en aquel célebre y controvertido discurso en la Universidad de Ratisbona! En su mensaje, el papa advertía de los peligros de que el islam se transformara en la religión del odio y de la violencia; y pedía a los musulmanes que introdujeran cambios en sus creencias para promover el respeto a la persona humana y el derecho a la libertad religiosa. Hoy el islam se ha convertido en la religión del terror, en la más seria de las amenazas para muchos países.

Algunos periodistas se rasgaron las vestiduras por lo ocurrido en Charlie Hebdo considerando que fue un atentado contra la libertad de expresión. Me pregunto si esos profesionales del dibujo se atreverían a burlarse de esos temas que hoy son un tabú: homosexualidad, lobby gay, aborto, feminismo radical, ideología de género. Difícilmente lo harían por la sencilla razón de que serían atacados duramente por esos lobbies y podrían quedar, como medios de comunicación, descalificados para siempre. ¿Y qué decir de las miles de personas que han muerto masacradas en Siria e Irak por el Estado Islámico? Nada. No hay nada qué decir. Valen más 12 periodistas de la cultura laicista que diez mil cabezas de cristianos.

Yo no soy Charlie. Ni tampoco el Mahoma iracundo. Detesto el uno y el otro. Me declaro simplemente cristiano católico. El extremismo fanático musulmán –Mahoma– debe ser erradicado de Europa y de todo país libre porque se trata de una imposición violenta de un culto y de una cultura de esclavitud y miedo carente de toda libertad religiosa. Pero Charlie también es repugnante. Es el Occidente decadente sin verdad, sin moral, sin rumbo, libertad sin dirección que se burla de todo –hasta de la madre que lo parió– y se destruye a sí mismo. Me parecen ciertas y terribles las palabras escribe Juan Manuel de Prada: “el laicismo es un delirio de la razón que sólo logrará que el islamismo erija su culto impío sobre los escombros de la civilización cristiana”.

sábado, 10 de enero de 2015

El Cristo de los milagros

Me he encontrado con algunos católicos que niegan que Jesús haya hecho milagros. Hablan del Jesús que vivió en la historia como alguien diverso del Jesús que resucitó de entre los muertos. Para ellos existió un Jesús real y después la Iglesia inventó un Cristo de ciencia ficción. Alegan que fueron los primeros cristianos los que al escribir los evangelios, le colgaron los milagros al Señor pero que, en realidad, esos prodigios no existieron. Dicen que para conocer realmente al Jesús real hay que quitarle los milagros, especialmente su divinidad. Entonces sí conoceríamos a Jesús de Nazaret tal cual fue.

Para ellos es absurdo creer en la resurrección y de que Cristo está vivo. Yo me pregunto, ¿cómo se pueden llamar cristianos entonces? Porque sacrificarlo todo por un personaje que solamente vivió en la historia no tiene sentido. Creer, sentir, amar, adorar, seguir y estar dispuesto a dar la vida por Jesús solamente podemos afirmarlo con la convicción de que Él es Dios, que está vivo, presente y operante en el mundo; con la convicción de que con Él vamos al Cielo.

¡Bah! Nada más absurdo que esa postura del Jesús dividido entre aquel que vivió en la historia y aquel Cristo que inventó la comunidad cristiana. Le llaman a éste ‘el Cristo de la fe’. Es más, si esas ideas fueran ciertas, yo dejaría el sacerdocio y me dedicaría mejor a vender paletas o elotes. ¿Para qué ser sacerdote de alguien que fue un simple reformador social? Para eso mejor me inscribo en la política. Es más, si me convenciera que Jesucristo no hizo milagros y que fue sólo un hombre, renunciaría a la fe cristiana y quizá me haría budista o judío. Así de sencillo.

Uno de los testimonios más bellos y convincentes de que Jesucristo, tal y como nos lo describen los evangelios, es el único Cristo real, es el martirio que padecieron miles de cristianos durante los primeros siglos. Ellos estaban dispuestos a confesar su fe y dar su vida por Jesús y por ser fieles a sus enseñanzas. ¿Quién se daría la vida por defender doctrinas de un personaje de ficción? ¿Quién se atrevería a padecer por un Cristo ficticio?

Pero además, si los evangelios narraran hechos fabulosos, ¿por qué contienen relatos que pudieran parecer embarazosos para las primeras comunidades cristianas? Por ejemplo la elección de Judas como apóstol. ¿No es penoso y no desacredita a Jesús el haber elegido a un traidor? O los relatos de la Pasión donde Jesús llora de angustia en Getsemaní, o ese momento en que, pendiendo de la cruz, grita con voz fuerte: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. ¿Y qué pensar de la traición de Pedro a su Maestro y la elección que hizo de él Jesús como la piedra sobre la que edificó su Iglesia? Este tipo de relatos nos habla de que los evangelios narran hechos auténticos, históricos, y no deformaciones de la comunidad cristiana.

¿Qué decir de los milagros de Jesús? ¿Caminó realmente sobre las aguas? ¿Resucitó a Lázaro? ¿Calmó, de verdad, la tempestad? ¿Sació a una multitud con la multiplicación e los panes, o todos estos hechos son meros relatos simbólicos de otras realidades? Estas preguntas nos remiten a una sola: ¿Quién era Jesús? Porque si creemos que era sólo un hombre sabio –repito– renuncio a mi parroquia y abro un puesto de hamburguesas. Pero si Jesús era el Verbo eterno de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad hecha carne y huesos, entonces todos los milagros ocurrieron, tal y como se narran en el Nuevo Testamento.

Que nadie venga con interpretaciones extrañas de los evangelios y quiera quitarle a Jesús su carácter sobrenatural. Sin ciegos que literalmente vieron; sin paralíticos que realmente se levantaron; sin demonios que, en verdad, fueron expulsados y entraron en piaras de cerdos; sin ángeles que abrieron la cárcel a los Apóstoles; sin muertos que efectivamente resucitaron, los relatos de la vida de Jesús no pasan de ser únicamente simples moralejas muy bonitas, y sanseacabó. Se necesitaría estar orate para entregar la vida por un hombre que no es Dios, y que además se atreve a proponer que nos crucifiquemos con él.

domingo, 4 de enero de 2015

País peligroso para los sacerdotes

México es el país hispano más peligrosos para ejercer el ministerio sacerdotal, señala en un informe el Centro Católico Multimedial. Durante los últimos 24 años, fueron cometidos 47 atentados contra miembros de la Iglesia Católica en el país. De 1990 a 2014 perdieron la vida de modo violento un cardenal, 34 sacerdotes, un diácono, tres religiosos, cinco laicos y una periodista católica. Bajo el actual gobierno de Enrique Peña Nieto, van ocho sacerdotes asesinados y dos continúan desaparecidos. La tendencia de atentados contra sacerdotes sigue en alza. “¡Jerusalén, Jerusalén, –decía el Señor– que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como la gallina reúne bajo sus alas a los pollitos, y tú no quisiste! Por eso a ustedes la casa les quedará desierta” (Mt 23,37-38). Guerrero es ya un desierto.

sábado, 3 de enero de 2015

Que no te cuenteen, Jesús existió

En torno a las fiestas de Navidad aparecen artículos en periódicos, incluso programas de televisión, que afirman que Jesús de Nazaret es un personaje de la historia deformado por la Iglesia. Sostienen que Navidad es un cuento de hadas que inventaron los antiguos cristianos como una proyección de los deseos de paz y de ternura del corazón del hombre. Niegan la existencia de ángeles que anunciaron su nacimiento, de magos que fueron a adorarlo, o de un Herodes que quiso matarlo. Evidentemente algunos cristianos, muy piadosos y poco instruidos, se inquietan con dichas afirmaciones.

¿Fue Jesús una realidad? ¿Fue ficción? ¿Creemos en un personaje mitológico, en un mesías inventado para consolar a la humanidad y colmar sus deseos de felicidad? Lo primero que nos queda claro es que ninguna religión en el mundo como el cristianismo se fundamenta en hechos rigurosamente históricos. Mientras que las antiguas religiones basan su fe en mitos y carecen de historia, la religión cristiana se forjó con acontecimientos que realmente ocurrieron.

Tres culturas dan testimonio de la existencia real de Jesús de Nazaret. Vivió en Palestina cuando los emperadores Augusto y Tiberio gobernaban el imperio romano. Nació en el año 748 o 749 de la fundación de Roma y murió el 14 o 15 del mes de Nisán del año 30 de nuestra era, cuando Poncio Pilato era procurador. El historiador romano Tácito habla en sus anales del suplicio de un cierto Christus. Plinio el Joven, otro historiador, lo menciona en una carta a su tío el emperador Trajano en el año 112. También habla de Jesús el historiador judío Flavio Josefo. El Talmud judío se refiere a Jesús como un hereje que extravió al pueblo con sus interpretaciones equivocadas de la Torá. Y el filósofo pagano Celso lo presenta como un peligroso charlatán para la sociedad. Ningún historiador serio hoy se atrevería a negar la existencia de Jesús y de sus discípulos.

Los científicos del siglo XIX estaban tan entusiasmados con el desarrollo de la ciencia, que muchos creían que la fe del pueblo cristiano se apoyaba en mitos y leyendas, y que Jesucristo era una especie de superhéroe como hoy es Batman o Kalimán. Aparecieron a finales de aquel siglo y principios del XX libros que se titulaban “Jesucristo nunca ha existido” y otros del mismo género. Sin embargo aquel desarrollo de la ciencia fue providencial porque la investigación histórica rigurosa ha demostrado que Jesús de Nazaret fue tan real como Platón, Alejandro Magno o Cuauhtémoc.

Hay algo asombroso en Jesús, y es que encarnó con exactitud 18 siglos de profecías que se anunciaron sobre su persona. ¿Será que alguien trató de acomodar todas las profecías que sobre el Mesías se anunciaban en el Antiguo Testamento para encajarlas forzadamente en la persona de Jesucristo? Responde André Leonard: “Puede verse que no se trata de una coherencia artificial que el espíritu humano hubiera podido inventar, y después dominar, como si fuera una ilación lógica que caracteriza a un sistema filosófico bien trabado o a una ideología hábilmente adaptada a la mentalidad ambiental. Es algo muy distinto. Se trata de una coherencia tan compleja, tan contrastada, tan imprevisiblemente vinculada a un gran número de realidades históricas, que es totalmente imposible de construir por un esfuerzo de lógica”.

En la historia de Israel hubo farsantes judíos que dijeron que eran el Mesías. Pero ninguno hubo que quisiera encarnar la figura profética del Siervo sufriente de Yahvé que murió de una manera tan infame y cruel. Solamente en Jesús se cumplió.

Si quienes escriben para desmitificar la persona de Jesús leen más atentamente los cuatro evangelios –únicos documentos confiables que relatan su vida y milagros– se encontrarán con una persona realmente enigmática. Una persona que invita a creer en él y amarlo libremente, pero que no impone a nadie su divinidad. Sólo se deja ver lo suficiente para atraer a los hombres con lazos de amor y para relacionarse con ellos por el don de la fe.

jueves, 1 de enero de 2015

Francisco, un reformador

Algunos grupos católicos dicen que el papa Francisco es un socialista influido por la teología de la liberación y un progresista que quiere relajar la moral de la Iglesia. Nada más falso que eso. El papa Francisco es un reformador, es cierto. Pero es un reformador como otros papas también lo fueron en su tiempo. Como ellos, Francisco propone una reforma espiritual. Lejos de ser una apertura o una relajación de la moral católica, el papa está llamando seriamente a una transformación personal, a hacer de Jesucristo el centro de la propia vida. Este llamado nada tiene que ver con relajar la fe o la moral. Al contrario, es un llamado sumamente exigente que implica salir de un cristianismo cómodo e instalado para ir al encuentro cotidiano con Jesús nuestra Cabeza, y con los pobres, los enfermos, ancianos, migrantes, bebés no nacidos… Cuerpo de Cristo.

Matrimonios más felices

Nunca ha sido grabada en una piedra la fórmula para tener un matrimonio exitoso. Sin embargo un nuevo estudio afirma que las parejas que se brindan a ellas mismas un trato especial, tienen altas posibilidades de tener un matrimonio feliz. Actitud fundamental en el buen trato a la pareja es la gratitud. El aprecio de lo que uno hace por el otro, todos los días, debe expresarse en un ‘gracias’ sincero. Tomarse un breve momento del día para decirse ‘gracias’ por los detalles, por el trato amable, por la ropa limpia o la comida sabrosa ayuda mucho a vivir en una relación satisfactoria. Quienes nunca se dicen ‘gracias’ y se fijan, más bien, en lo negativo del otro, terminan riñiendo más fácilmente. Y si la gratitud no solamente es por las cosas que hace el cónyuge sino por lo que lo define como persona, entonces la relación tenderá a hacerse más sólida, saludable y feliz.

Cristianismo de emociones

Es cierto que los tiempos actuales son de mucho ateísmo e indiferentismo religioso. Hacia las derechas y las izquierdas políticas, en ambientes rurales y urbanos, en el norte y el sur del mundo, hay una crisis de fe. Los católicos solemos culpar al ambiente cultural, social y educativo que respiramos, pero raramente achacamos la responsabilidad a nosotros mismos, los creyentes. Y, sin embargo, la increencia se debe, en gran parte, a la crisis de la comunidad creyente y su incapacidad de expresar públicamente su fe en el mundo. Muchos católicos buscamos experiencias religiosas que tengan sensibilidad y afecto, y no está mal. Sin embargo cuando nos distanciamos de las experiencias que implican responsabilidades, obligaciones y compromisos fuertes, así nuestro catolicismo de emociones y sin una moral vigorosa corre el riesgo de quedarse en un cristianismo de niños, no de adultos.