jueves, 17 de diciembre de 2015

Visita papal, con fe o sin fe

Varias veces al día recibo mensajes por Whatsapp o Facebook de personas que me solicitan pases de entrada a la misa que el papa Francisco celebrará en Ciudad Juárez. Amistades que estaban congeladas por el paso del tiempo de pronto me llaman por teléfono y en un minuto se descongelan –como en horno de microondas– con la intención de obtener de mí un pase para entrar a la misa del papa. Incluso hay quien me ofreció un ‘jugoso’ donativo a cambio de sus pases.

Yo les respondo simplemente que los pases serán repartidos en las parroquias y que tendrán prioridad los servidores de nuestras comunidades, y que venderlos o canjearlos por donativos es incurrir en un pecado que se llama simonía (compra venta de lo espiritual con bienes materiales). Los apunto en mi lista y les digo que rueguen al Señor de la Misericordia, al Dios de todo consuelo, que los pases alcancen para todos.

¿Qué se esconde detrás del deseo de ver al papa? ¿Qué es lo que moverá a muchos a desplazarse desde otros puntos geográficos de México y Estados Unidos para vitorear al sucesor de san Pedro y escuchar atentamente su palabra? No hay otra respuesta sino sólo la fe. Los católicos y muchos cristianos creemos que Francisco ha sido el hombre puesto por Jesucristo para estar al frente de la barca de la Iglesia. Lejos estamos de ver en el papa a una estrella del rock o a una especie de faraón egipcio al que hay que rendirle pleitesía. El papado es una institución divina, y no importa si quien ocupa la sede de Pedro es italiano, argentino o japonés; lo importante es que se trata de aquel que representa a Cristo en la tierra.

Me atrevo a decir que todas esas personas que quieren ver al papa y estar cerca de él son hombres, mujeres o niños con un corazón muy abierto, capaces de descubrir en el Santo Padre la presencia de Jesús. La mayoría son personas receptivas para el encuentro con Dios, dispuestas a encontrarse con el Amor y a dejarse transformar por él, como aquellos griegos que le dijeron a Felipe “Queremos ver a Jesús” (Jn 12,21). En su encíclica Lumen Fidei decía el mismo Francisco: “Quien ha sido transformado de este modo adquiere una nueva forma de ver, la fe se convierte en luz para sus ojos”.

Hay personas que no pueden ver en el papa algo más que la figura de un líder espiritual. La visión de la fe católica sobre el papa es incomprensible para el mundo laicista, para los cristianos protestantes y para quienes profesan religiones no cristianas. En los periódicos, sobre todo, previo a la visita papal, están publicándose artículos que hablan del papa argentino como figura política y de la Iglesia como una gran organización humanitaria, impregnada de un ambiente de politiquería. Esta visión deforme no capta el sentido profundo que tiene la visita del pontífice en nuestra ciudad, y aún menos permite participar de la alegría espiritual que supone la presencia de Francisco entre nosotros.

El católico iluminado por la fe descubre su identidad más honda, no en una credencial de elector o en un pasaporte internacional, sino en su bautismo. Enseña Francisco en Lumen Fidei que “los creyentes forman un solo Cuerpo en Cristo… Y como Cristo abraza en sí a todos los creyentes, que forman su cuerpo, el cristiano se comprende a sí mismo dentro de ese cuerpo, en relación originaria con Cristo y con los hermanos en la fe” (LF 22).

Aquellos que se entusiasman por la visita del Santo Padre a México y buscan afanosamente su boleto para la misa papal saben que Cristo es la roca de la fe, pero que Francisco es el sucesor de aquel a quien el Señor dejó como la roca visible de la unidad de su Iglesia: “Jesús lo miró y le dijo: "Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas", que traducido significa Pedro”, es decir, roca (Jn 1,42). Por eso anhelan asistir a esa misa, no sólo para ver y escuchar al sucesor del pescador de Galilea, sino para hacer su profesión de fe y decir “Creo”.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Efectos espirituales de la visita papal

Ayer el mismo papa Francisco anunció su viaje a México, y nuestro obispo José Guadalupe hizo oficial la visita del Santo Padre a Ciudad Juárez. ¡Qué alegría más grande! A la mayoría de los juarenses el corazón se nos llena de júbilo por esta visita del pastor universal de la Iglesia Católica. Vienen bendiciones por todos lados. Veamos algunas en el orden del espíritu.

El Santo Padre viene a México en un contexto en que los mexicanos pasamos por una severa crisis espiritual y moral. Como una señal de esa crisis, recordemos que hace unos meses algunos obispos y un cardenal hicieron un exorcismo al país en la catedral de San Luis Potosí. Saben los obispos que las cosas en México son muy preocupantes. Vivimos en medio de una alarmante corrupción que es como un cáncer que todo lo va destruyendo y que impide avanzar hacia una verdadera justicia y paz social. Millones de personas viven en la extrema pobreza y existe una pérdida de respeto a la vida y a la dignidad del ser humano. La vida familiar se ha degradado progresivamente y se quiere construir una civilización en donde al bien se le llame mal y, al mal, bien.

En ese contexto de grave crisis espiritual en el país viene el papa Francisco en calidad de misionero de justicia y de paz. Viene, como sucesor de san Pedro, a confirmarnos en la fe católica, a despertar nuestra esperanza sobrenatural y a avivar nuestra caridad. Su llegada será anuncio del Dios misericordioso, del Dios que se compadece de las miserias de los hombres para acercarlos a su amor y hacerles ver que sus vidas son valiosas e importantes para Él. Viene a anunciarnos que existe una nueva manera de vivir en donde el desarrollo del hombre, creado a imagen de Dios, en todas sus dimensiones, es el que debe estar en el centro de la vida social. Vendrá a darnos luces que nos alumbren para superar la gravedad de las crisis de nuestros tiempos y para exorcizar los demonios que nos invaden.

En México el papa Francisco traerá un enorme consuelo de parte de Dios para los indígenas, para los pobres. Y en Ciudad Juárez hará cercana la misericordia de Dios para los migrantes y los familiares de las víctimas de la violencia. En años pasados miles de familias quedaron sin padre o perdieron un hijo; niños quedaron huérfanos y todos lloramos un día a algún familiar, amigo o conocido que murió asesinado. Francisco será un signo muy elocuente de la presencia de Dios que ha venido a consolar a su pueblo. “Como un hombre es consolado por su madre, así yo los consolaré a ustedes, y ustedes serán consolados en Jerusalén. Al ver esto, se llenarán de gozo y sus huesos florecerán como la hierba” (Is 66, 13-14).

Nos equivocamos quienes pensamos que el papa solamente vendrá para consolar a su pueblo. El papa viene a motivar a la acción, personal y social. Francisco vive una espiritualidad que parte del encuentro con Jesucristo para hacerse vida y compromiso con las miserias de la humanidad. Es el papa de la misericordia y de las periferias existenciales. Nos señala caminos por los que nos cuesta viajar. Vendrá a invitarnos a ser portadores de la misericordia de Dios para los demás. ¿Estamos dispuestos a dejarnos interpelar por él y convertirnos en verdaderos cristianos comprometidos con el bien de su ciudad y de su país? Si así lo pensamos, entonces la visita papal a México y a Ciudad Juárez no se limitará a bellos sentimientos, sino que tendrá efectos maravillosos de compromiso y así los frutos permanecerán a través del tiempo, y para la vida eterna.

viernes, 4 de diciembre de 2015

Orgullo juarense

A propósito de este 8 de diciembre en que Ciudad Juárez celebra su aniversario de fundación, en los últimos meses los juarenses hemos sentido que Dios derrama sus bendiciones desde el cielo sobre nuestra ciudad. Los años duros de la violencia callejera quedaron atrás y hemos podido retomar las calles y lugares públicos. Apareció en la cancha del estadio Benito Juárez el equipo de futbol ‘Bravos’, quienes en su primera temporada se subieron a los cuernos de la luna de la liga de ascenso, despertando y alegrando la afición futbolera en la frontera.

Diversas campañas se realizan para hacernos sentir que ser de Ciudad Juárez es un orgullo y que nuestra ciudad, tan humillada en el pasado, ahora se está poniendo de pie con récords de pleno empleo y de franca recuperación económica. Las remodelaciones al centro histórico son un indicador de que se quiere dignificar la ciudad embelleciéndola, para consolidar nuestra identidad de juarenses. La Fiesta Juárez este año superó el medio millón de visitantes y, para rematar, se ve muy probable que el avión de Alitalia aterrice en el aeropuerto Abraham González trayendo al papa Francisco a nuestra desértica tierra. ¿Qué más bendición podemos pedir?

No me cabe la menor duda de que los ojos de Dios están mirando amorosamente a nuestra ciudad y que su mano se levanta para bendecirnos. Sin embargo la euforia y la embriaguez nunca han sido las actitudes del hombre sabio y prudente. San Ignacio de Loyola –tan experto en discernir los espíritus– aconsejaba buscar la moderación, el justo medio, y enseñaba que la vida atraviesa por momentos de consolación y otros de desolación. Decía que en esas etapas de desolación es conveniente recordar los consuelos recibidos de Dios en el pasado para alegrarnos por ellos y no dejarnos abatir. Y que en los períodos de consolación hemos de hacer memoria de nuestras penas para no caer en arrebatos y delirios que nos hagan perder el piso.

Recuerdo a un viejo conocido que triunfó en los negocios a punta de picar piedra y sudar copiosamente. Conoció la pobreza al grado de no tener zapatos para ir a la escuela. De ser un don nadie llegó, con sus habilidades, a escalar por la hiedra social hasta ser un hombre envidiado por sus compañeros y familiares. Se procuró una casa grande y bonita en uno de los mejores fraccionamientos de la ciudad, pero la fortuna y el poder lo marearon. Olvidó sus raíces, aquellas penurias por las que pasó su familia y se llenó se orgullo. Poco a poco el desenfreno empezó a apoderarse de su alma, cambió a su esposa por otras amantes que terminaron por sacarle los ojos, cuales pérfidas Dalilas al incauto Sansón. Y después de perder a su familia se precipitó nuevamente en aquella pobreza de la que salió y de la que se había avergonzado.

Celebremos los éxitos y las bendiciones que se han derramado hoy sobre nuestra ciudad, con un corazón agradecido a Dios y con sapiente moderación. Recordemos que mientras haya matrimonios que se rompen, familias desunidas, pobreza extrema, abuso infantil, desapariciones, migrantes, violencia dentro de los muros domésticos, drogadicción, narcotráfico, alcoholismo y corrupción –y mira que todo eso sigue presente en Ciudad Juárez– no podemos sentirnos tranquilos. Al contrario, los dones que vienen del Señor son siempre nuevas responsabilidades para seguir trabajando en vistas a crear una ciudad digna para todos. Felicidades a todos los juarenses –nativos y adoptivos– en el 356 aniversario de nuestra ciudad. La Virgen de Guadalupe, patrona de estas tierras, interceda por nuestra casa común, sus familias, su gobierno y la Iglesia.

sábado, 28 de noviembre de 2015

La Iglesia vive de limosnas

Hace unos días agudicé mis oídos y escuché proclamar, a uno de esos predicadores protestantes de la plaza frente a Catedral, que la Iglesia Católica es tan rica, que posee más dinero –¡ja!– que Estados Unidos y que la Unión Europea juntos. No le di importancia porque sé que en muchas comunidades no católicas se azuza frecuentemente el odio hacia la Iglesia Católica tildándola como la Babilonia ramera. Pero días después vi, por televisión, a un conocido periodista local que aseguraba que el Vaticano –¡oh! ¡oh!– era de los estados más ricos del mundo. Eso sí me preocupó.

Vayamos primero con las propiedades de la Iglesia. ¿Las tiene? Sí, y muchas: templos, hospitales, dispensarios, orfanatos, escuelas, seminarios y otros edificios que utiliza para el culto y la evangelización por toda la geografía mundial. Los ha acumulado a lo largo de los siglos y sirven únicamente para que la Iglesia cumpla su misión de evangelizar y dar culto a Dios. Pero estas propiedades inmuebles, más que ser una fuente de beneficios económicos, son origen de muchos gastos que precisa la predicación del Evangelio y las obras de caridad. Hay que sudar para darles mantenimiento.

La Iglesia Católica tiene también miles de obras de arte y templos majestuosos que son expresión de la fe y del amor a Dios del pueblo creyente, y que los siglos han acumulado. A esas producciones artísticas no se les puede sacar ningún aprovechamiento mercantil. Es imposible vender la Piedad de Miguel Ángel o el retablo de los reyes de la catedral de México para dar el dinero a los pobres. Se trata de patrimonio cultural de la humanidad al que ni siquiera precio se le puede poner. Si un político decidiera desmantelar y vender el monumento a Benito Juárez de nuestra ciudad para pagar deudas del gobierno, el pueblo seguramente protestaría. Es a través de las obras de caridad y de promoción humana –¡y vaya que son innumerables!– como la Iglesia brinda ayuda a los pobres, y no desmantelando sus cúpulas o vendiendo sus imágenes sagradas.

¿Qué decir de los adornos de las iglesias con oro y materiales preciosos muy costosos? Si la misma gente gasta su dinero en joyas, casas y vestidos, ¿les prohibiremos que regalen algo valioso para el culto a Dios o para una imagen que aman y veneran? Por no ser rica, la Iglesia no está pidiendo constantemente dinero a los fieles para cambiar las sillas de las catedrales, sus cúpulas o los tapices, o su mobiliario. Las instituciones civiles y las empresas sí gastan constantemente en remodelaciones, pero no la Iglesia que, más bien, debe administrar este patrimonio histórico según su economía se lo permite.

Sobre los sueldos en la Iglesia, hay que señalar que la Iglesia paga poco. Nadie se hará rico trabajando para la Iglesia Católica. Los sacerdotes ganamos un sueldo de 6 mil 500 pesos mensuales y algunas propinas voluntarias que nos dan los fieles por algún servicio extraordinario que les prestamos. Las personas que trabajan en el Vaticano son, en su gran mayoría, solteras, por la sencilla razón de que los sueldos que paga la Santa Sede no alcanzan para mantener familias completas.

La Iglesia vive de las limosnas y los diezmos. Una tercera parte de las parroquias de Ciudad Juárez recibe subsidios de comunidades parroquiales con más pingüe situación económica. Es decir, una gran cantidad de parroquias locales no pueden obtener los suficientes recursos de manera propia para sufragar los gastos de su operación, y viven de las limosnas de otras comunidades.

La mayoría de los católicos no aporta su diezmo. Sólo una pequeña parte de la grey cumple con este deber de sostener a su Iglesia diocesana. El año pasado se obtuvieron 10 millones de pesos en diezmos de toda la diócesis, mientras que el presupuesto del Municipio de Ciudad Juárez fue de 3,482 millones de pesos para el 2015. Nuestra partida anual es sólo el 0.28 por ciento comparado con el de las arcas municipales. Por otra parte, el presupuesto del Vaticano es ridículo también –menos del 5 por ciento– confrontado con el de las grandes empresas internacionales. En realidad la Iglesia Católica vive de la limosna, de las migajas que caen de las mesas de sus fieles. Por ningún lado se ve, pues, esa mítica Iglesia millonaria y opulenta.

¿Qué decir de los sacerdotes que se dan una vida de ricos? Los hay. Casos, por ejemplo, en los que se aprovechan de la economía de su parroquia y así se vuelven motivo de escándalo para los fieles. Pero esto no es la norma sino la excepción. La inmensa mayoría de los sacerdotes viven austera y sencillamente.

De una Iglesia rica líbrenos Dios. Ya no sería la Providencia la que la sostendría. Y se alejaría de ser la Iglesia de Jesucristo.

viernes, 27 de noviembre de 2015

Vendrá el hombre de las llaves

La inmensa mayoría de los católicos mexicanos no puede ir a Roma para ver al papa. Será Roma, entonces, la que venga a ellos a través de Francisco, su obispo. No seremos parte de esos más de diez millones de personas que anualmente visitan la Basílica de san Pedro, y que van de todos los rincones de la tierra. No iremos a detenernos frente al altar mayor de la imponente basílica vaticana para rezar el Credo, como buenos peregrinos, y recibir la bendición del Santo Padre.

Será el mismo papa quien venga a nosotros para bendecirnos y confirmarnos en la fe católica. Como el humilde pescador de Galilea confesó un día en Cesarea de Filipo: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”, también nosotros haremos nuestra confesión, frente al Santo Padre, muy probablemente, en nuestra tierra fronteriza. Esperamos que el mismo papa lo confirme el próximo 12 de diciembre, en Roma, durante la misa que celebrará en honor a la Virgen de Guadalupe.

¿Quién es el hombre de sotana blanca que vendrá a visitarnos a México? Para los católicos la figura del papa es de derecho divino, es decir, fue instituida por Jesucristo. Es una función que el Señor encomendó directamente a Pedro, el primero entre los Apóstoles, y que se transmitió a sus sucesores (Mt 16,13-20). Lo llamamos cabeza del colegio episcopal porque recibió de Jesús la misión de presidir, junto con los sucesores de los Apóstoles, el gobierno y la enseñanza a todos los cristianos. También lo llamamos vicario de Cristo porque ejerce su potestad en el nombre del Señor. Lo llamamos, además, pastor de la Iglesia universal porque tiene poder de primacía sobre todos los miembros del pueblo de Dios (Jn 21,15-17).

El papa Francisco vendrá a México para confirmarnos en nuestra fe católica. “Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Pedro y sus sucesores los papas, han recibido de Cristo dar unidad y firmeza a la sociedad sobrenatural –espiritual y visible– fundada por él para santificar a los hombres y glorificar a Dios. Jesucristo es la piedra angular de todo el edificio, y Pedro es el fundamento visible de la unidad de la Iglesia.

El hombre que vendrá desde Roma en febrero es a quien Jesús prometió y entregó las llaves del Reino de los cielos. Por lo tanto, es el administrador del reino de Cristo en la tierra. Bíblicamente las llaves son símbolo de autoridad del funcionario encargado del palacio real. Nadie puede acceder al rey sino pasando por aquel que abre y cierra las puertas de la morada real. Ya lo había profetizado Isaías: “En tus hombros le pondré las llaves de la casa de David; nadie podrá cerrar lo que él abra ni abrir lo que él cierre” (Is 22,22). Y Apocalipsis dice: “Esto dice el que es santo y verdadero, el que tiene la llave de David que abre y nadie cierra, y cierra y nadie abre” (Ap 3,7).

Al asumir el pontificado, Francisco rechazó la cruz pectoral pontificia de oro que utilizaron sus predecesores; en cambio eligió llevar en el pecho una cruz con la imagen de Jesús, el buen pastor, que lleva sobre sus hombros a la oveja perdida. Algunas interpretaciones, para desprestigiar al papa y confundir a los católicos, dijeron que se trataba de un esqueleto o del dios egipcio Osiris, un símbolo masónico. Eso es absolutamente falso. Fijémonos bien: en la cruz del papa, además del pastor con la oveja, aparece un rebaño detrás del pastor –las 99 ovejas en casa– y el Espíritu Santo en forma de paloma. Ello nos recuerda que Jesús dijo a Pedro: “No tengas miedo. Desde ahora vas a ser pescador de hombres”. Y nos recuerda también el inmenso amor que el papa Francisco ha mostrado al ir hacia los últimos, a los pobres y pecadores para invitarlos a recibir la misericordia de Dios.

Francisco, Dios mediante, estará entre los mexicanos y muy probablemente, entre los juarenses. Vendría a buscar a los pobres, a pastorear y a consolar aquellas regiones de México que han sido severamente golpeadas por la violencia y la injusticia: San Cristóbal de las Casas representando a los más pobres y a los indígenas; Morelia representando a los más golpeados por la violencia y la anarquía; y Ciudad Juárez representando a los grandes flujos de inmigrantes que buscan llegar más allá de las fronteras del norte.

Viviremos, con la gracia de Dios y si el papa así lo confirma, días de intensa emoción. Habremos de unir esfuerzos, Iglesia, gobierno y sociedad civil, para recibir al hombre de las llaves, al pastor universal. Roma estará entre nosotros.

sábado, 14 de noviembre de 2015

Ante los terribles hechos en París

Anoche nos dormimos con un gran pesar en el corazón por lo ocurrido en París. Imágenes dantescas de destrucción y con cadáveres por doquier aparecieron hoy en los periódicos. Podemos imaginar la pesadilla que muchos hermanos franceses están viviendo, sobre todo aquellos que perdieron algún familiar durante esos actos terroristas.

La situación tan compleja que se vive en Europa y en Medio Oriente, sobre todo con los conflictos en Siria e Irak y con la expansión del violento Estado Islámico es reflejo de la precariedad de nuestra condición humana. Somos nosotros los seres humanos quienes con nuestro egoísmo hemos convertido el mundo en un lugar difícil para vivir. Las injusticias políticas, la venta de armas, la violencia, la saña y la crueldad, la intolerancia hacia otras religiones, la emigración forzada… todo ello es fruto amargo de de la crisis espiritual que se vive en nuestras sociedades y que hunde sus raíces en el pecado. ¡Cuánta desolación sigue causando el poder del mal!

El texto del Evangelio de la parábola de la viuda (Lc 18, 1-8) nos da un poco de luz en medio de nuestras tinieblas. La mujer viuda representa nuestra humanidad que vive en la precariedad, en la soledad y el abandono. Se trata de un caso desesperado porque hay un juez injusto que no teme a Dios ni respeta a los hombres. La única solución en el drama la tiene el juez, que termina por atender las peticiones de la mujer viuda para quitársela de encima. Así es nuestra humanidad lejos del Señor, un caso desesperado y sin solución.

Sin embargo el objetivo de Jesús al presentar esa parábola es hacernos tomar conciencia de la necesidad que tenemos de acudir, no a jueces humanos limitados, sino al Divino Juez, a Dios nuestro Padre, que es el único que puede sacar a la humanidad de los atolladeros en que se mete. Insiste el Señor en que cuando las injusticias humanas están a la orden del día y los caminos se vuelven laberintos sin salida, podemos hacer algo que puede cambiar el rumbo: orar.

En esta hora de desconcierto y de dolor por lo ocurrido en Francia, podemos hacer análisis de por qué ocurrieron los hechos; podemos buscar culpables en el mundo de la política; podemos condenar a los extremistas del islam; podemos hacer marchas y plantones contra Francois Hollande; podemos... Sin embargo Jesús nos dice: "Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré". Nos recuerda el Señor con esas palabras que reposemos un momento en el corazón de Dios porque Él es medicina que cura nuestras heridas. Es Dios quien nos consuela, nos revitaliza, nos da fuerza y paz en medio de la oscuridad.

No culpemos a Dios por estos hechos. Él nos creó libres y nosotros, usando nuestra libertad, podemos crear la civilización del amor o la civilización del egoísmo. Él ya hizo bastante por nosotros enviando al mundo a su Hijo Unigénito Jesucristo para revelarnos su amor y las claves para construir un mundo de bien. El camino hacia la paz verdadera -no la que da el mundo- es recuperar nuestra relación con Jesús y con su Iglesia. Si todos oramos todos los días un poco, estaremos acercándonos al paraíso, aquí en la tierra, y allá en el Cielo.















La oración cambia al mundo

Dicen las encuestas que la gente dedica poco tiempo a la oración. Yo lo lamento muchísimo porque el mundo, si la gente orara, sería un lugar mucho mejor para vivir. Tendríamos también personas más serenas, con más paz interior y las familias no padecerían de tantos dolores de cabeza. Me atrevo a decir que si el mundo marcha muy mal es porque el mundo ora poco o, de plano, no ora. 

Los sacerdotes nos damos cuenta de que hay cristianos que se acercan a la Iglesia cuando el agua les llega a los aparejos. Entonces comienzan a rezar para pedirle a Dios que los saque de su problema y, al ver que el cielo no se abre, caen en el desánimo y abandonan la plegaria. En casos extremos llegan a afirmar que orar es una actividad completamente inútil y que Dios debe ser, seguramente, un personaje mitológico lejano al mundo en que vivimos.

Hay personas no creyentes que se burlan de la oración. Dicen que se trata de una sugestión mental con efectos consolatorios, un hablar con gnomos o hadas imaginarias para tratar de cambiar la marcha del mundo. Y se ríen de nosotros los creyentes llamándonos pobres ilusos, ingenuos o bobos.

Sin embargo somos nosotros, los creyentes, quienes en realidad podemos sonreír ante la necedad de aquellos que solamente confían en sus fuerzas para cambiar el mundo. Ellos creen que con marchas, plantones y protestas cambiará el estado de las cosas. Les encantan los discursos de lucha de clases. Todo lo condenan. Viven enojados. Adoran a la diosa razón, a la ciencia y al compromiso social como la panacea universal para solucionar los problemas de la humanidad.

Somos nosotros los creyentes quienes podemos aportar más que ellos para que el mundo sea más feliz y haya más optimismo. ¿Acaso son más eficaces los lamentos y los discursos amargos para avanzar hacia una sociedad que viva en armonía? ¿No son ellos, los que teórica o prácticamente han declarado la muerte de Dios, quienes con sus teorías están volteando la sociedad al revés?

Para los no creyentes rezar no cambiará el mundo. Pero nosotros estamos convencidos de que sí puede hacerlo, por la sencilla razón de que la oración es fuerza para que nuestra pobre humanidad se levante de sus miserias y vaya por el camino del bien. Aguiló lo dice: “Un rezo no va a imponer nuestros anhelos a la realidad, pero puede que, al conjuro de esas palabras, nuestra pobre naturaleza humana, desvalida y apabullada, ascienda sobre el barro de sus debilidades y halle una luz que le infunda fortaleza y convicciones”.

El mal es una amenaza constante para la vida humana y social, y aquel que no ora, pronto se verá envuelto por alguna forma de maldad. Sólo la oración nos ayuda a contrarrestar estas fuerzas malignas que acechan las almas que habitan el mundo.

Muchos consideran inútil orar porque, argumentan, no hay respuestas de parte del Cielo; dicen que a nadie escuchan y que es como dirigirse al vacío. Dice Aguiló que “Nadie profano en la música consideraría inútil un piano por el simple hecho de haber obtenido una penosa melodía al teclearlo al azar. El problema no es que la oración sea inútil, sino que hay que aprender a hacer oración”.

Una persona que lleva una vida organizada de oración es alguien que no sólo encuentra esperanza y consuelo para superar sus problemas personales, sino que toma la fuerza y la inspiración para mejorar el entorno de su comunidad. La falsa oración busca fugarse del mundo para encerrarse en un mundo espiritual desencarnado del nuestro. La verdadera oración es contemplación de Aquél que se hizo hombre y que, con su palabra, nos anima y nos inspira para construir un mundo mejor. Y nos libra de la frustración de no ver los resultados de nuestros esfuerzos porque estos dependen de Dios, no de nosotros. A nosotros nos toca, como enseñaba san Benito, orar y trabajar, con la promesa de que nos acercamos a la vida futura, a un país mejor que el nuestro.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Dejarlos partir

Arthur Schnitzler publicó en 1864 una novela corta llamada ‘Morir’. En ella describe la historia de un hombre de mediana edad llamado Félix, a quien un médico le diagnosticó una grave enfermedad pulmonar comunicándole que no podrá vivir un año más. Félix entró en una grave crisis. Su esposa, viendo cómo su marido lloraba revolviendo sus cabellos, trataba en vano de consolarlo.

Aquel hombre empezó a imaginar que su esposa sería viuda y que quizá volvería a enamorarse de otro hombre. “En un año todo habrá terminado… Dentro de un año yaceré rígido, quizá incluso descompuesto… Y tú, tú te verás igual que ahora”. Félix hacía estas reflexiones en voz alta y Marie se ponía a llorar desconsoladamente. “¿Por qué piensa Félix de esa manera? ¿Acaso no confía en mí?”. Y un día, mientras escuchaba uno de esos dramáticos monólogos de su marido, le dijo: “He vivido contigo, moriré contigo”.

La impotencia rodeaba la vida de Félix. Sabía que su esposa no podría morir con él, porque la muerte es un evento personalísimo. Morimos solos. Se sentía un condenado a muerte. Si al menos aquel médico no hubiera dado la fecha de la ejecución su vida sería más tranquila y sus días transcurrirían con más dignidad, pero saber que le quedaba menos de un año de vida le había hecho miserables sus días. No quedaba mucho tiempo para que se cumpliera la sentencia de muerte.

Un día navegaban en una barca alrededor de un lago y él susurró entre dientes: “Si me quieres, muere conmigo, ahora”. Ella dormía y no lo escuchó. Pero este deseo fue cobrando fuerza en el interior de Félix. Y aunque él no se atrevía a manifestarlo, en su interior repetía: “Si me amas, de verdad, entonces no me sobrevivas”. Marie, que sabía interpretar los pensamientos de su marido, presentía que su esposo tenía el deseo de matarla; entonces comenzó a sentir rencor contra él y mucho miedo.

Al presentir que la muerte se aproximaba, Félix le hizo una extraña pregunta a su mujer: “¿Estás preparada, Marie?”. Ella sintió terror mientras él la sujetaba con fuerza. “¿Recuerdas aquella promesa que me hiciste: ‘He vivido contigo, moriré contigo’? Tenemos que irnos, Marie. Se nos ha acabado el tiempo… ¡Marie! ¡Marie! No quiero morir solo”. Entonces quiso estrangularla. Como un poseído murmuraba mientras buscaba su cuello: “¡Juntos! ¡Juntos!”. Ella corrió hacia la puerta y Félix quiso saltar de la cama, pero las fuerzas lo abandonaron. Y mientras ella estaba fuera, lejos de él, pidiendo auxilio, murió Félix… solo.

Observa Juan Jesús Priego que hay una pregunta que flota en todo el relato: ¿Hay que morirse con los muertos? ¿Es una exigencia del amor morirse con el ser amado? Porque hoy una gran cantidad de personas, en un afán por no querer dejar partir a sus seres queridos difuntos, buscan retenerlos. A veces llegan dolientes a la parroquia solicitando una misa de difuntos con cenizas presentes. Y me desconcierto cuando me dicen que la persona falleció hace uno o más años. “¡Quédate conmigo, no te vayas… ¡Juntos! ¡Juntos!”, parecen decir al muerto.

Retener las cenizas de un difunto en un armario o en un pedestal en la sala de la casa me parece –lo digo sinceramente– tan inapropiado y desagradable como conservar el ataúd con el cuerpo presente, por años y años, en una de las habitaciones del hogar. Esos difuntos, ¿no se sentirán que los queremos, de alguna manera, ‘estrangular’ con nuestro deseo de retenerlos en la tierra y no dejarlos seguir su camino al más allá?

Hoy estamos vivos, respiramos, hablamos, cantamos, trabajamos, amamos. Un día estaremos muertos. Nos enterrarán y reposaremos en la tierra, en el agujero de un tranquilo cementerio en el que los días transcurrirán serenos mientras que nuestro cuerpo se irá descomponiendo. Quizá una funeraria acelerará el proceso de putrefacción corporal mediante las altas temperaturas de un horno crematorio para después ser entregados, en cenizas, a nuestros seres queridos.

Dios les conceda a nuestros familiares, que tanto amamos, la sabiduría de depositarnos en un camposanto o en las criptas de una iglesia, que son lugares bendecidos y apropiados para la oración por los difuntos. Que no nos aferremos tanto a nuestros seres queridos al grado de quererlos estrangular para llevarlos con nosotros, y que ellos no se apeguen tanto a nosotros que nos quieran retener, por años y años, en un closet o encima de un piano. Que nos dejen partir y –eso sí– que nos recuerden en sus oraciones, especialmente en la Eucaristía, para que un día estemos juntos, otra vez, en aquel misterioso lugar donde Dios enjugará las lágrimas de sus hijos.

viernes, 30 de octubre de 2015

El cielo, nuestro deseo más profundo

La historia de la humanidad es incomprensible sin la noción del cielo. El hombre de todos los tiempos ha soñado con vivir en el paraíso. Religiosos y ateos por igual. Los que creemos en Dios aspiramos un día a la felicidad perfecta más allá de este mundo. Los ateos, por otra parte, aspiran a crear una especie de paraíso social en la tierra, donde el hombre pueda encontrar la satisfacción de todas sus necesidades materiales. Se trata, sobre todo por la experiencia histórica los últimos siglos, de un falso paraíso.

Carlos Marx decía que la religión era el opio del pueblo. El hombre, por pensar en el cielo, se olvidaba de construir la justicia en la tierra. Por eso había que sacudirse de las religiones. Su visión de la vida arrastró a millones de personas a rechazar a Dios para aspirar a la dictadura del proletariado, una especie de cielo en la tierra que se conseguiría con la abolición de todas las clases sociales. Lo único que resultó fue una Babilonia luciferina que terminó en el año 1989 cuando cayó el último ladrillo del Muro de Berlín.

Existe un deseo del corazón del hombre que no se puede suprimir. Anhelamos una condición de vida donde toda lágrima sea enjugada, y donde no exista más la muerte, ni el lamento, ni las fatigas y luchas cotidianas. El cielo se puede comprender solamente en referencia a la aspiración del hombre a la felicidad. Y la felicidad no es otra cosa, enseña san Agustín, que poseer la Verdad, y poseer la Verdad es poseer a Dios.

La posesión plena de Dios es imposible en la tierra. La experiencia nos dice que en esta vida estamos sujetos a innumerables males, de los cuales la muerte los resume todos. La vida se entreteje de pequeñas y auténticas alegrías, pero todas estas están muy lejos de poder colmar el hambre infinita de belleza, de verdad y de amor que existe en el corazón humano.

Es grandiosa la visión del cristianismo sobre el deseo de felicidad en el hombre. La historia sagrada se abre, en el Génesis, con la imagen del paraíso, y se cierra con una maravillosa visión de los cielos nuevos y la tierra nueva en el Apocalipsis. La Revelación nos enseña que al inicio el hombre era perfectamente feliz, y que al final de la historia Dios ha preparado un destino de gloria para la nueva humanidad. Y este deseo que llevamos en el alma de alcanzar el paraíso perdido es una guía que Dios ha puesto en nuestra peregrinación de la tierra hacia el cielo.

¿Hemos entonces de olvidarnos de nuestras responsabilidades en la tierra por refugiarnos en el paraíso que todavía no podemos alcanzar? Esa tentación sería dar la razón a Marx y convertir nuestra fe católica en opio del pueblo. Al contrario, los verdaderos cristianos son personas que por amar a Dios sobre todas las cosas, se dedican a amarlo apasionadamente en sus hermanos y trabajan intensamente para dejar un mundo mejor para todos.

Hoy que la Iglesia celebra la solemnidad de Todos los Santos creo que los mejores ejemplares de la raza humana han sido ellos, esas personas que pasaron por este mundo viviendo sus vidas como resucitados. Esos que bebieron de las fuentes de la Palabra de Dios y de la Eucaristía pero, al mismo tiempo, fueron ejemplares en sus trabajos, sostén moral para sus familias; los que prefirieron la pobreza a vivir en la deshonra de la riqueza mal ganada. Aquellos esposos ejemplares que supieron perdonarse una y otra vez como Jesús los perdonó a ellos; o los jóvenes que, no obstante sus debilidades, supieron levantarse siempre de sus caídas. Las personas que se dedicaron a rezar y a hacer sus quehaceres domésticos con amor y que atendieron sus obras de apostolado de manera callada y anónima, con los ojos llenos de gozo por llevar el amor de Jesús a los pobres.

Son ellos quienes sostienen al mundo, como los justos que detuvieron la mano del Señor para castigar a Sodoma. Por ellos hemos de sentirnos orgullosos de pertenecer a la raza humana; y gracias a ellos podemos creer que el cielo no es una realidad que sólo se alcanza cuando nos dormimos en la muerte, sino que desde hoy puede empezar a correr por nuestras venas como un plus de vida. Son ellos quienes son profecía de los habitantes de aquella ciudad santa del Apocalipsis donde todo lo antiguo habrá terminado y donde sólo el Amor existirá para siempre.

sábado, 24 de octubre de 2015

El infierno y Halloween

“¡Niños, vengan para acá, que les voy a contar una historia de la Biblia para que entiendan por qué hay gente que se disfraza en este día!”. Los niños, con sus disfraces y listos para salir a pedir Halloween en las casas vecinas, se sentaron alrededor de su madre que les empezó a dar una explicación”. Abrió la Sagrada Escritura en el capítulo 12 del Apocalipsis y les leyó el texto que narra el épico combate que se entabló en el cielo.

Los niños se interesaron y pidieron a su mamá que les hablara más de los ángeles. Y ella, como pudo, les reveló que los ángeles no tienen cuerpo, pero sí tienen una inteligencia muy superior a la nuestra. Les dijo que pudieron prever las consecuencias de su oposición a Dios, y que un solo pecado de indocilidad, que cometieron con absoluta libertad, les trajo como consecuencia la privación eterna de la presencia de Dios. “Es importante –les dijo– que aprendamos a amar a Dios sobre todas las cosas y vivamos en sus mandamientos, para que un día podamos ir al cielo y no al infierno”.

“¿Entonces Halloween es como recordar que existe el infierno?”, inquirieron los pequeños. “Correcto –continuó la madre–, aunque hoy es una celebración comercial de los Estados Unidos; sin embargo en sus orígenes, los católicos irlandeses recordaban a las almas condenadas en el infierno, y golpeaban sus ollas y cazuelas para que, con el ruido, esas almas no vinieran a perturbar las fiestas de los santos del cielo y de los fieles difuntos en el purgatorio que celebramos en la Iglesia”.

“¿Qué significa Halloween?”, preguntaron los chiquillos. La madre respondió: “All Hallows Eve”, que quiere decir víspera de todos los santos. Les recuerdo que mañana es primero de noviembre y los católicos celebramos la Solemnidad de Todos los Santos y, pasado mañana, recordaremos a nuestros difuntos. Fíjense, niños, cómo aquellos irlandeses, del 31 de octubre al 2 de noviembre, recordaban a todos los muertos: a los condenados, a los que están en el cielo y a los que todavía no llegan al cielo, pero que ya están salvados y pasan por el purgatorio”.

Dijo un niño: “yo quería disfrazarme de diablo, pero ya no quiero porque no deseo parecerme a uno de esos ángeles que se rebelaron contra Dios y que están en el infierno; yo quiero ir al cielo”. “Por eso, queridos niños –dijo la madre– sus disfraces son de otras cosas. Tú, Uriel, qué bien te ves de torero; tú Andrea, de avestruz te ves linda; y tú, Robertito, ¿cómo se te ocurrió disfrazarte de Julión Álvarez?”.

Hasta aquí la conversación de la madre con sus hijos en torno al tema de Halloween. Pienso que aquellos antiguos católicos irlandeses dieron en el clavo para hacernos reflexionar sobre el infierno como un posible destino para el alma después de la muerte. Lo que los norteamericanos le agregaron después –monstruos, calabazas, fantasmas y brujas– fue como un escape para evadir algo ten serio como el tema de la condenación eterna. Me convenzo una vez más que ciertas culturas no soportan los temas serios que tiene el drama de la vida, y los banalizan convirtiéndolos en una jugosa oportunidad económica. Y así la Navidad fue convertida en una especie de cuento de hadas de Disney, el Viernes santo en algo que tenía que ser borrado por ser demasiado horroroso, la Pascua en la fiesta de la coneja y los huevos de chocolate. Lo mismo sucedió con Halloween, con Todos los Santos y el día de los muertos. ¿Pensar en el infierno, el cielo y el purgatorio? Líbrenos Dios, que la vida no hay que tomarla tan en serio. Mejor está eso de que comamos y bebamos que mañana moriremos.

Ni me disfrazaré, ni iré a fiestas de brujas ni pediré dulces en la noche de Halloween. Pero respeto las tradiciones de mis vecinos norteamericanos, y de aquellos que, por vivir en la frontera, se divierten sanamente siguiendo esas costumbres. Nadie peca por hacerlo, y nadie dará culto al diablo, a menos de que participe directamente en uno de esos aquelarres brujeriles que realizan una minoría de candidatos al infierno. Lo que sí haré ese día es aderezar mi predicación con un poco de infierno y me prepararé con una buena confesión para la grandiosa celebración de Todos los Santos al día siguiente. Esa sí que me llena de alegría.
Los niños, llenos de asombro, imaginaron a san Miguel Arcángel y a sus ángeles luchando contra el Dragón y los suyos; y se dieron cuenta de que fue precipitada la antigua Serpiente sobre la tierra con todos los ángeles insurrectos. La madre, emocionada por ese texto misterioso y lleno de luz, les dijo a los niños que después de aquel combate angélico fue creado ese estado terrible que llamamos infierno, no por culpa de Dios, sino de los mismos ángeles que se levantaron, blasfemos, contra los designios divinos.


El huracán y el poder de la oración

 Patricia ha sido el huracán más poderoso de la historia, con rachas de vientos superiores a los 400 kilómetros por hora. Katrina, que en el año 2005 destruyó la ciudad de Nueva Orleans y que cobró la vida de 1836 personas y dejó a más de 700 desaparecidas, era de menor tamaño y fuerza que Patricia. 

Ante la llegada de este fenómeno considerado extremadamente peligroso, muchas personas en México hicieron campañas de oración a través de las redes sociales. En las parroquias y templos se ofreció la Eucaristía pidiendo al buen Dios que protegiera a los mexicanos. Se rezaron miles de rosarios. Y el Dios poderoso, el que descuaja los cedros y hace saltar al Líbano como a un novillo, le quitó fuerza a la tempestad transformándola en tormenta tropical; apaciguó la tormenta en suave brisa y enmudecieron las olas del mar (Sal 106).

Decía san Josemaría Escrivá que “la oración debe ser constante, de la mañana a la noche y de la noche a la mañana. Cuando todo sale con facilidad: ¡gracias, Dios mío! Cuando llega un momento difícil: ¡Señor, no me abandones! Y ese Dios, manso y humilde de corazón, no olvidará nuestros ruegos, ni permanecerá indiferente, porque Él ha afirmado: pedid y se os dará, buscar y encontraréis, llamad y se os abrirá (Lc 11,9). Hoy no queda sino agradecer y alabar al buen Dios porque se inclina ante nuestras miserias y nos colma de gracia y de ternura.

jueves, 15 de octubre de 2015

El conejo de Playboy

No es que el famoso conejo en perfil con corbatín se haya vuelto pudoroso. La revista Playboy dejará de mostrar imágenes de mujeres desnudas a partir de marzo del año próximo sólo por motivos económicos. El fácil acceso a cualquiera de las cientos de millones de páginas pornográficas en Internet ha hecho que las conejitas de Hugh Hefner, fundador de la revista, estén pasadas de moda y atraigan a pocos.

Playboy nació antes de la revolución sexual de los años 60. En 1953 la revista publicó su primer número y desde entonces su tiraje fue en aumento hasta superar los 5 millones de ejemplares mensuales en los años 70. Hoy apenas tiene un tiraje de 800 mil. Para los que crecimos en aquellos años la revista solía ser prohibida y, por lo mismo, atractiva. Muchos, para no ser descubiertos, la hojeaban cubriéndola con una revista de Mecánica Popular.

Las conejitas de Playboy se convirtieron en un anzuelo para llevar a millones de personas hacia la adicción sexual, un problema que hoy tiene consecuencias personales, familiares y sociales trágicas. Sacerdotes y psicólogos hemos palpado el sufrimiento, la depresión y la ansiedad que genera la adicción sexual en muchas personas, sobre todo en varones. Algunos han sido despedidos de su trabajo por visitar páginas pornográficas en horas laborales. Pero la consecuencia más dramática se vive al interno del matrimonio y la familia donde las rupturas por este motivo se han multiplicado.

Uno de los mayores sufrimientos de la adicción al sexo es la pérdida de la intimidad. El sexo fue creado por Dios para ayudar a crear una comunión de personas, es decir, una verdadera intimidad de corazones. El adicto no puede lograrla porque en su obsesión no hay lugar para la otra persona. Sólo piensa en sí mismo y utiliza a su pareja para una mera autosatisfacción. Por eso la primera persona en vivir las consecuencias es, muchas veces, el propio cónyuge. Quizá en su infancia, un adicto al sexo nunca tuvo relaciones de verdadera comunión interpersonal, por lo que quiere, a través del sexo, colmar un vacío interior imposible de llenar.

Una persona que padecía de esta adicción me contaba que estaba llegando al punto de ver imágenes pornográficas frente a sus hijos, mientras éstos dormían. Es decir, la obsesión lo cegaba hasta el punto de no medir las consecuencias de que los niños pudieran ver a su padre, con el consecuente daño psicológico para ellos. Por eso los adictos necesitan ser ayudados, y evitar que dañen a terceras personas, sobre todo dentro de sus propios hogares.

Playboy, me atrevo a decirlo, ha traído una alegría efímera para muchos de sus aficionados, que luego se convirtió en tristeza, y hasta en angustia. Si la revista los fue llevando hacia la adicción sexual, entonces sus experiencias en este terreno muy probablemente les trajeron una sensación de culpabilidad y de vacío. Muchos adictos se han sentido abandonados por Dios; otros han querido salir de ese abismo pero no han podido ni saben cómo hacerlo, se sienten sucios y no saben a dónde recurrir. Su conducta incontrolable les está haciendo viviendo una desesperante experiencia de naufragio existencial.

En el nivel espiritual los daños son tremendos para las personas adictas al sexo. Ellos se sienten sucios ante la presencia de Dios y se creen indignos de recibir su perdón y su amor. Ni siquiera se atreven a ponerse a orar para pedir ayuda al Cielo. Están tan ensimismados en sus pecados que han perdido confianza en la misericordia del Señor. Lo más terrible es la pérdida de la esperanza en la salvación porque ello lleva considerar el suicidio como una puerta de escape.

A pesar de todo ese sufrimiento, para estas personas hay esperanza, mucha esperanza. Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá (Mt 7,7). El rey David, luego de su pecado de obsesión sexual con Betsabé oró pidiendo la pureza del corazón: Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme (Sal 51). Y si Jesucristo resucitó a Lázaro de entre los muertos, seguramente no dejará perecer en las aguas de la angustia a muchos que comenzaron a introducirse en el mar oscuro de la sexoadicción por hojear un día, posiblemente, una ejemplar de Playboy.

El sínodo, lo bueno y lo malo

El Sínodo de la Familia que se realiza en Roma es de un tremendo interés, mucho más positivo que negativo. Primero lo negativo. Este interés lo ha generado, por una parte, un pequeño grupo de cardenales encabezados por el alemán Walter Kasper y el belga Godfried Danneels. Se trata de una pequeña minoría de obispos, sobre todo europeos, que se han visto presionados enormemente por la cultura secular de sus países. En muchas de las instituciones católicas de sus diócesis participan personas no creyentes o católicos que han dejado de ‘sentir con la Iglesia’, y que así han creado una atmósfera de presión para que la Iglesia cambie sus posturas sobre la indisolubilidad del matrimonio y su relación con la Comunión eucarística. Quieren que la Iglesia no siga más la lógica de Dios sino la lógica del mundo.

 La postura rebelde de este grupo de cardenales a la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia no debe de preocuparnos. En todos los sínodos participan algunos obispos disidentes que llevan sus tema a la agenda de la reunión. El italiano Bruno Forte, por ejemplo, insiste que la postura de la Iglesia debe ser más blanda hacia las parejas homosexuales, aunque jamás habla de una sacramentalidad de estas uniones. Otros llevarán a los sínodos temas como el matrimonio de los sacerdotes o el uso de anticonceptivos pidiendo que la Iglesia modifique su postura. Pero insisto en que ello no debe de ser motivo de nuestra preocupación.

Recordemos que los sínodos son solamente reuniones de un grupo de obispos con el papa con el propósito de aconsejarlo sobre cierto tema, como es el de la Familia en esta ocasión. Los sínodos jamás pueden modificar la doctrina de la Iglesia. Son solamente reuniones consultivas, no deliberativas. Generalmente el papa, tiempo después del sínodo, publica una exhortación apostólica. Lo que diga esa exhortación firmada por el Santo Padre sí tiene carácter de Magisterio de la Iglesia. Así que las posturas disidentes no nos preocupan. La doctrina de la Iglesia viene de Jesucristo y no puede ser transformada, ni siquiera por el mismo sucesor de san Pedro.

Vayamos a lo tremendamente positivo del sínodo. ¿Cuál es, entonces, el verdadero interés de este sínodo? Para entenderlo, el papa Francisco ha comparado nuestra generación con los modernos centros comerciales actuales. Antiguamente, decía, la gente compraba y vendía en las tiendas de barrio; había confianza, se fiaba la mercancía. La gente se conocía, las familias eran fuertes, y sólidas las relaciones interpersonales. La sociedad y la Iglesia apoyaban mutuamente al matrimonio y a la familia natural.

Hoy las compras –volviendo a la analogía– se realizan en los ambientes fríos de los ‘shopping malls’ donde no hay fiado, ni confianza y se compra mucho por la moda. Así se han vuelto nuestras relaciones familiares: las personas se casan y se descasan por moda, la cultura del consumismo también nos afecta. Usamos y tiramos al cónyuge y hasta los hijos con mucha facilidad. La consecuencia es una sociedad que genera una soledad aterradora y personas cubiertas de llagas emocionales.

Los jóvenes difícilmente están dispuestos a tomar un compromiso para toda la vida. En una sociedad tecnologizada y consumista, los muchachos crecen con la mentalidad del ‘descarte’ de las personas. Sin embargo sueñan con la grandeza de una familia. ¿Cómo ayudarles a descubrir la belleza de su vocación? ¿Cómo animarlos, levantarlos, curarlos de sus heridas? En otro tema, la preparación para el sacramento del matrimonio comparada con la del sacerdocio, es ridícula. Son cuatro domingos los que dura un seminario que los preparará para una difícil empresa que dura toda la vida. ¿Cómo mejorar y hacer más seria esta preparación de los novios para casarse? Otro desafío es el de muchas familias que asisten sólo a la Eucaristía dominical, hasta ahí llega su vida cristiana. ¿Cómo darles un acompañamiento más profundo que les ayude a unirse y a superar las heridas de la vida conyugal?

El Sínodo de la Familia no se reducirá a discusiones estériles sobre puntos de doctrina. El gran desafío del sínodo es brindar iniciativas valientes y propuestas pastorales creativas a los cristianos que vivimos un cambio de época, para formar a las familias que vivan el plan de Dios.

jueves, 8 de octubre de 2015

La poderosa hormona del amor

En las clases de educación sexual en las escuelas, los profesores hablan del funcionamiento de los aparatos reproductivos del hombre y la mujer, de cómo funciona el sexo y la manera del protegerse para tener ‘sexo seguro’. Sin embargo es muy raro que se hable de cómo el sexo afecta a las personas a nivel emocional.

Los jóvenes que durante su noviazgo sostienen relaciones sexuales, sienten que entre ellos se ha establecido un lazo emocional muy fuerte. Incluso los adolescentes que empiezan a tener relaciones de noviazgo y se dan sus primeros besos en la boca, suelen sentirse perdidamente enamorados de su pareja, al grado de sentir que esa persona es la que la da todo el sentido a la vida. Hay adolescentes que han hecho verdaderas locuras cuando el noviazgo se viene abajo.

Si los besos atan emocionalmente a las personas, la actividad sexual produce una atadura emocional mucho más fuerte. Una atadura extremadamente poderosa que se debe, en parte, a una hormona llamada oxitocina que produce el cerebro durante la actividad sexual.

Las mujeres producen esta hormona también durante el período de lactancia, lo que establece una relación emocional muy fuerte con el bebé que amamantan. Y así como hay un vínculo entre la madre y su hijo, así también hay un vínculo emocional en la actividad sexual que se debe a la oxitocina. El vínculo no tiene lógica, pero es muy difícil de romper. Incluso puede permanecer durante toda la vida; hay personas que, aunque hayan contraído matrimonio y lleven años de casados, jamás olvidarán a su primera novia o novio.

Dios creó este vínculo durante el sexo por una razón obvia: ayudar a las personas casadas a permanecer unidas. ¿Qué sucede cuando alguien no está casado y mantiene actividad sexual? El vínculo, como ya vimos, también se forma. El corazón no tiene manera de saber si alguien está casado o permanece soltero. El corazón sólo sabe que, durante el sexo, debe de crear el vínculo. Y lo hace.

Algunos dicen que harán todo lo posible por ser fuertes y que no permitirán que se produzca ese enlace emocional. Pero esto es prácticamente imposible. Es como querer que la sangre comience a circular por las venas en sentido contrario. El enlace emocional es algo que no se puede controlar del manera consciente. Ocurre en lo profundo de nuestra psique y no nos percatamos conscientemente de que ocurre. “Todo empezó como una aventura sexual y ahora me doy cuenta de que te necesito”, llegan a decir algunos.

Aunque el vínculo afecta más a las mujeres, los varones también son afectados, y suelen experimentar una devastación interior cuando se rompen las relaciones sexuales o el matrimonio mismo.

El vínculo ocurre en intimidad sexual aunque no se llegue a consumar el acto. Es un nudo emocional fuerte, no tanto como el que se crea cuando hay relación sexual completa. Sin embargo es suficientemente poderoso para complicar o dañar gravemente una relación de noviazgo.

Los inicios de la vinculación pueden aparecer antes. Muchas personas solteras empezaron a salir con sus parejas y después de un tiempo de noviazgo creyeron que no eran el uno para el otro. Pero cuando se dieron su primer beso apasionado cambiaron su manera de pensar y se vincularon más con la otra persona.

Por supuesto que la hormona del amor, la oxitocina, no determina que dos personas estén ligadas para simpre; pero sí condiciona fuertemente la relación. Quedará siempre la libertad y la fuerza de la voluntad para poder romper con relaciones inconvenientes.

El sexo prematrimonial tiene consecuencias. Cuando las personas son inmaduras y no están capacitadas en ese momento para el matrimonio, y se atan emocionalmente a través del sexo, las secuelas suelen ser desastrosas a través de daños emocionales o de matrimonios forzados por un embarazo inesperado. Únicamente los noviazgos libres de relaciones sexuales permiten madurar el amor y elegir con libertad a la persona con la que habrán de vincularse para toda la vida.

lunes, 5 de octubre de 2015

La Familia no se reinventará

Si un mensaje nos queda claro después del Encuentro Mundial de las Familias que concluyó el domingo pasado, es que la Familia es una realidad natural que existe antes que los sistemas políticos y los estados. Es una realidad que tiene una naturaleza y que necesita ser fortalecida, no reinventada. Este será también el mensaje que resonará en el Sínodo de los obispos que hoy, 4 de octubre, comienza en Roma. Es absurdo creer que este Sínodo traerá una redefinición del Matrimonio o de la Familia. Lo que esperamos es una nueva propuesta de nueva evangelización para las familias.

A propósito de que la Familia es una institución natural, el papa Francisco durante su viaje a Estados Unidos, en sus diversos discursos citó repetidas veces textos de su encíclica ‘Laudato si’, sobre la creación. Es un documento que hay que comprenderlo en su contexto más profundo. Porque hay católicos que únicamente leen el documento tratando de entender los argumentos del papa sobre el calentamiento global. De esa manera se quedan en la superficie de la encíclica. ‘Laudato si’ tiene implicaciones más hondas. Es una encíclica en total armonía con el Magisterio de los papas predecesores de Francisco.

Meditando sobre la encíclica, el obispo de Filadelfia Charles Chaput observa que la Naturaleza, incluida la naturaleza humana, es un regalo de Dios. Somos administradores del mundo que habitamos. La Creación, desde los océanos y los bosques hasta nuestra sexualidad, no es simple materia que nos pertenece como si fuera una cosa que pudiéramos manipular con la tecnología. Cuando el Santo Padre habla del abuso del hombre de su propio ambiente, no sólo se refiere a los residuos químicos que arrojamos en el aire, sino también a los químicos venenosos que nos metemos en el cuerpo para suprimir la fertilidad natural. ‘Laudato si’ es una defensa de la naturaleza que incluye el matrimonio, la familia, la sexualidad, además claro, toda la creación.

Los intentos de la cultura contemporánea por reinventar a la Familia vienen, en gran parte, del individualismo exacerbado que promueven los medios de comunicación y el dinamismo de la sociedad de consumo. Vivimos en un sistema basado en los derechos y la dignidad humana. Sin embargo hoy los derechos humanos son exaltados por encima de los derechos de las comunidades. Se llega incluso a la perversión de los derechos inventando derechos que no existen. Es el egoísmo llevado al extremo. Como individuos no nos damos cuenta de que tenemos obligaciones con otros miembros de la familia, con nuestros vecinos y con Dios. Y mientras más nos centremos en nosotros mismos, más se romperán los lazos con otras personas y el mundo será más fragmentado.

De hoy 4 de octubre y hasta el día 25, los católicos hemos de orar por el Papa Francisco y por los obispos participantes en el sínodo, pidiendo para ellos una asistencia especial del Espíritu Santo. No faltarán medios de comunicación que levanten especulaciones sobre choques entre cardenales y polémicas sobre temas concretos como la Comunión a los divorciados vueltos a casar y la pastoral de personas homosexuales. Aunque seguramente se dará una palabra sobre esos temas, el sínodo no debe concentrarse en ellos. Si así lo hiciera, sería un sínodo de muy pocos frutos. La propuesta debe ser mucho más amplia, que contemple un nuevo anuncio de la grandeza de la Familia como Dios la ha pensado y cómo podemos evangelizarla en las complejas situaciones de los inicios del siglo XXI. Sigamos muy de cerca las ponencias de estos encuentros.

Francisco ante el Nuevo Orden Mundial

La semana pasada el papa Francisco terminó su visita apostólica a los Estados Unidos. Sin duda que se trató de un viaje interesantísimo, no sólo por la presencia del Santo Padre en el Congreso Mundial de las Familias, sino por su intervención en las Naciones Unidas, el Congreso, la Casa Blanca y algunos otros lugares como la Zona Cero de Nueva York, Harlem y la plaza de la Independencia en Filadelfia.

El espectro de la iglesia norteamericana suele ser radical en sus posturas. Los católicos suelen ser extremistas, desde aquellos muy conservadores y hasta los más liberales. Unos y otros aplauden o critican a los papas. Los conservadores halagan las posturas más enérgicas del Santo Padre en temas como el matrimonio y el aborto, pero suelen desaprobar al papa cuando habla de ecología y de temas sociales. Los liberales, por otra parte, aplauden cuando el obispo de Roma se acerca a los pobres, pero les desagrada cuando aborda la defensa del no nacido y del matrimonio natural.

En su viaje por Estados Unidos el papa Francisco dejó claro que él no pertenece a las categorías de izquierdas o derechas. Esas son posturas de ambientes políticos que no tienen cabida en la Iglesia. En la Iglesia, o somos todos coherentes con las enseñanzas de Jesús y del Magisterio, o nos salimos de la comunión eclesial. Francisco es simplemente católico; alguien fiel a las enseñanzas de la Iglesia y con una coherencia de vida cristiana que a todos nos conmueve. En su discurso en la ONU, dejó muy clara la postura de la Iglesia sobre algunos temas, en continuidad con Benedicto XVI, Juan Pablo II y Pablo VI que también hablaron ante esa asamblea.

Francisco expuso lo que Benedicto XVI llamó ‘los principios innegociables’ para todo católico. “La casa común de todos los hombres –expresó– debe continuar levantándose sobre una recta comprensión de la fraternidad universal y sobre el respeto de la sacralidad de cada vida humana, de cada hombre y cada mujer; de los pobres, de los ancianos, de los niños, de los enfermos, de los no nacidos, de los desocupados, de los abandonados, de los que se juzgan descartables porque no se los considera más que números de una u otra estadística”.

Al abordar el tema de la pobreza denunció “un afán egoísta e ilimitado de poder y de bienestar material” que genera la exclusión de “los débiles y con menos habilidades”. Y destacó que no se pueden imponer políticas de desarrollo pasando por encima del derecho que tienen los padres y la Iglesia para educar a los hijos. Al hablar de la guerra, hizo hincapié de que ésta es la negación de todos los derechos y una dramática agresión al ambiente; será necesario entonces continuar con la tarea de evitar las guerras si se quiere un desarrollo humano integral.

La ONU es la organización promotora de un nuevo orden mundial, lo sabemos. Este nuevo orden que se quiere imponer niega que exista la naturaleza humana y ello afecta, principalmente, a la familia. El papa fue muy claro y dijo que es necesario respetar la ley moral natural, de lo contrario todo estará permitido. Y recordó que “inscrita en la propia naturaleza humana” se encuentra “la distinción natural entre hombre y mujer”.

Vale la pena destacar su discurso en defensa de la libertad religiosa en la plaza de la Independencia en Filadelfia donde subrayó que las religiones no son una subcultura sin derecho a voz ni voto en la plaza pública, sino una parte de la cultura de cualquier pueblo y nación. Y sobre la globalización señaló que ésta es algo bueno cuando respeta las diferencias culturales, y muy peligrosa cuando quiere uniformar a todos aboliendo las diferencias religiosas y culturales. Y esta es justa la tendencia de muchos líderes mundiales: globalizar el mundo aboliendo las religiones e imponiendo una nueva para todos.

El papa Francisco llegó al corazón del pueblo norteamericano, aunque pisó callos, sobre todo a los hombres de la vida pública. Sus discursos fueron incómodos para las izquierdas y las derechas políticas, pero perfectamente coherentes con las enseñanzas de los papas predecesores.

sábado, 26 de septiembre de 2015

A nadie tengas envidia

La envidia dentro de nuestras comunidades parroquiales es uno de los obstáculos más serios que impiden a los nuevos conversos integrarse en el servicio de la comunidad. Un día un joven salido de la cárcel daba su testimonio de conversión a un grupo de personas en una parroquia; lo hizo con mucha convicción y con mucha humildad. Al final, una señora se acercó al párroco y le dijo: “¿Cómo es que ahora un delincuente viene a darnos lecciones a nosotros?” El sacerdote, recordando la parábola del publicano y el fariseo, le contestó: “Señora, usted olvida que en el cielo hay fiesta por un pecador que se arrepiente; usted olvida de que aquellos que están en la Iglesia tienen el deber de buscar y de acoger a aquellos que desean entrar movidos por la gracia de Dios”.

Lo mismo suele ocurrir cuando una mujer tocada por el amor divino, pero que ha sido madre en su soltería o divorciada, y que ahora quiere integrarse a algún ministerio parroquial, recibe los dardos venenosos de la crítica de sus compañeros de grupo. O bien aquellas personas que llevan años y años anquilosadas en grupos y movimientos, y que no permiten que nuevos miembros introduzcan la frescura de nuevas ideas porque ‘no saben hacer las cosas’; personas de la vieja guardia de la parroquia que se sienten los custodios de la tradición y la costumbre, y disparan saetas incendiarias contra el nuevo párroco que se atreve a mover algunas piezas de la organización parroquial. Tristes personas son estas, que ni entran al reino de Dios y que impiden el acceso a otros. Creen que las parroquias son museos de santos cuando, en realidad, deben de ser gimnasios de pecadores que luchan por su santidad.

Los sacerdotes también solemos enfermar del gusano de la envidia, sobre todo con nuestros mismos hermanos en el sacerdocio. Se manifiesta, sobre todo, cuando hay cambios de párroco. Llega el nuevo sacerdote y la comunidad lo recibe con entusiasmo y alegría. Y aquel que se fue de la parroquia vive muy pendiente de lo que sucede en su antigua comunidad. Que si el nuevo párroco hizo, deshizo, cambió o no cambió las cosas… sus ojos están muy fijos en él. Esto se agrava cuando personas de la comunidad, con grado de maestría y doctorado en ‘chismeología’, se encargan de llevarle las últimas noticias de su sucesor, calentándole la cabeza y dejándolo hecho un manojo de preocupaciones. ¡Oh cuánto daño espiritual hacen a los sacerdotes y a las parroquias estos emisarios pregoneros del desastre!

Nuestras envidias pueden extenderse más allá de las fronteras de la Iglesia. Muchas religiones hacen el bien. Grupos cristianos no católicos tienen grandes obras de caridad, y aunque la Iglesia Católica despliega, ciertamente, enormes obras de misericordia por todo el mundo, podemos ser tentados a mantenernos en el orgullo de nuestras seguridades, envidiosos y despectivos con aquellos que no piensan como nosotros. El apóstol san Juan vio a un hombre que no pertenecía al grupo de los discípulos de Jesús, que oraba en el nombre de Jesús y que hacía milagros. Juan se escandalizó de este hecho y fue a presentar su queja con Jesús. Bella respuesta le dio el Señor: “No, Juan, no te escandalices. Haz de saber que Dios ama a cada persona, y si tu amas a Dios, debes tener un gran corazón como el suyo”.

A quienes tenemos la costumbre de juzgar las obras humanitarias y la filantropía como sólo laicas y, por lo tanto, inútiles para la salvación, Dios nos dice que bajemos de nuestra arrogancia. Más que juzgar a estas obras hechas por personas no creyentes, aprendamos a descubrir en ellas al Dios invisible que se vale también de los incrédulos, para hacerse presente en el mundo. Y alegrémonos por ello. En la cultura secular existen muchas personas buenas de corazón, generosas y dispuestas a la caridad que no frecuentan la Iglesia. ¿No será que somos nosotros quienes no les hablamos de Jesucristo? ¿O será que ellos no frecuentan la Iglesia porque les hemos dado un mal ejemplo que los llevó a vivir en la lejanía de la fe?

Que nuestras parroquias sean verdaderos gimnasios de caridad y de humildad, donde se viva la vida cristiana y donde no permitamos que el cáncer del chisme, del cotilleo y la crítica carcoman la obra de Dios.

sábado, 19 de septiembre de 2015

Los travestis de Dios

Jesús dijo a Simón: "¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies;
en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. (Lc 7,44)


Mónica Astorga es una religiosa carmelita descalza que acompaña en Argentina a un grupo de travestis y transexuales. Gracias a la ayuda de la religiosa, los travestis han dejado la prostitución y las adicciones para iniciar su recuperación e inserción social. Fue un travesti llamado Romina quien tocó a las puertas del monasterio carmelita para dar su diezmo. Ahí conoció a sor Mónica, quien la invitó a rezar. De esa manera el travesti abrió su corazón y mostró los dolores y traumas de su vida.

Romina comenzó a invitar a otros travestis a acudir a orar con la religiosa. Ella les preguntó en una ocasión cuáles eran sus sueños. Dijeron que querían ser peluqueras, cocineras o abrir su propio negocio. Uno de ellos dijo que deseaba conseguir una cama limpia para morir porque sabía que el promedio de vida de los travestis es de 40 años.

“Si uno quiere ser el primero, que sea el último y el servidor de todos”, dice Jesús en el evangelio. Su propuesta es revolucionaria. Tan revolucionaria que una monja de clausura se ha puesto a servir a un grupo social –los travestis–, que la sociedad y muchos católicos vemos como gente perdida. Lo increíble es que millones de cristianos a través de los siglos hayan aprobado estas palabras de Jesús y se hayan puesto a servir a los más pobres. Eso sólo puede hacerlo Dios.

Pero eso no le ha importado a sor Mónica, quien contactó a Cáritas y al obispo de su diócesis. Empezó así un proyecto de peluquería y una cooperativa de costura. Más tarde se rehabilitó una casa que hoy les sirve como hospedería de otros travestis de la calle y lugar de reunión. Tienen reuniones periódicas de oración. Cuenta la monja: “Verlas rezar y pedirle al Señor paz, alegría y más cosas sólo puede entenderse viéndolo. Te das cuenta que tratas con seres humanos, no con animales, como muchas veces se los trata. Para mí es muy edificante verlos rezar, y creo que el nivel de oración de ellas no se compara con el mío”.

¿Alienta sor Mónica la prostitución de esas personas? Hay católicos que se indignan por el trabajo apostólico de la religiosa. Sin embargo ella confiesa: “Yo hago esto desde la fe. Trato de meter a Dios en sus vidas, que se sientan amadas por Dios. Les ayudo a que se sientan amadas por Jesús, que lo vean como un amigo, que las quiere como son… A mí me han dicho por qué había de meter travestis en la Iglesia, pero la Iglesia es para todos. ¿Jesús, con quién estuvo? ¡Con pecadores! Lo que me importa es que vivan dignamente, que no tengan necesidad de pasar las noches con frío, con temperaturas bajo cero. Lo que ofrezco es un espacio para rezar, para encontrar una salida laboral, y lo demás es juicio de Dios, que sé que es muy misericordioso”.

La religiosa argentina asegura que el mismo papa Francisco le escribió una carta en la que le pedía que no abandonara ese apostolado ‘de puntera’ que le puso el Señor, y le ofreció acompañarla en lo que necesite. También el papa les dijo que no las juzgaba, que las quería y que superan que Jesús y María las quieren mucho.

Hay personas que buscan a Dios en los libros, con el intelecto. Quieren demostraciones racionales, analíticas de la existencia divina. Ellos podrán aproximarse, si acaso, a un concepto frío de la existencia de Dios. Pero Dios va mucho más allá de esa lógica porque Dios es amor. Y es amor humilde. La humildad no permite mirar a nadie desde lo alto hacia lo bajo. Así es Dios, así es Jesús, Dios hecho hombre. En la escena de la Última Cena, mientras lavaba los pies a sus apóstoles, Jesucristo les miraba desde lo bajo hacia lo alto. Con razón dice Comastri que “El hombre busca a Dios en la luna mientras que Dios está lavándole los pies”.

Así sucede con sor Mónica quien decidió lavar los pies a los travestis. Ella se conmueve ante el fervor de sus oraciones, o cuando los ve tomar tragos de agua bendita para que Dios les dé la fortaleza para derrotar al diablo, para vencer la tentación de venderse en la calle. Necesitamos toda una vida para entender el amor y la humildad. Esta es la vida cristiana.

jueves, 17 de septiembre de 2015

De los puertos a la escuelas

Antes de la revolución sexual de los años 60, las enfermedades venéreas se contraían, en su mayoría, a través del contacto con prostitutas. Los marineros quedaban infectados en puertos de tierras lejanas, y esas enfermedades eran curadas con antibióticos. No se daba tanta importancia a estos males sexuales. La situación ha cambiado mucho. Hoy las enfermedades ya no se contraen con prostitutas en los desembarcaderos, sino que se están contagiando en los salones de clase de nuestras escuelas.

‘Tengo 24 recién cumplidos –escribe un chico en un foro de infectados de VIH– y hace 3 días me he realizado la prueba, y el jueves me entregan los resultados. Soy consiente que, como muchos, he tenido una vida sexual desordenada. Estoy preocupado, asustado, no sé qué pensar”. En Estados Unidos se calcula que 54 mil personas contraen diariamente una enfermedad de transmisión sexual. Muchas de ellas son incurables y algunas, letales. Lo peor es que una de cada dos personas llega a los 25 años de edad habiendo contraído una enfermedad. Sí, así de terrible. La mitad de la población joven sexualmente activa llega a los 25 años con una enfermedad de transmisión sexual en su historial.

Una gran cantidad de jóvenes inician su vida sexual a edad temprana, y muchos de ellos llegan al matrimonio habiendo tenido varias parejas sexuales. La sociedad en que vivimos, a través de la publicidad, los medios y la educación, presiona a jóvenes y adolescentes a experimentar con el sexo, sin advertirles que las consecuencias serán altamente perjudiciales para ellos. Una de las consecuencias más obvias son las enfermedades de transmisión sexual.

Cuando yo era joven, había seis o siete de estas enfermedades. Hoy existen alrededor de treinta. El sida, por ejemplo, es una enfermedad a la que todos tienen miedo. Es la peor de todas. El sida es causado por el virus de inmunodeficiencia humana, y se transmite a través de los fluidos del cuerpo, principalmente semen y sangre. Millones de personas han muerto por esta enfermedad y el 40 % de los nuevos infectados son jóvenes entre 15 y 24 años.

El herpes es, relativamente, una nueva enfermedad. Del herpes no se ha hablado tanto en los medios como del sida. Sin embargo quienes la padecen jamás la olvidarán. El herpes es doloroso y es incurable. Se manifiesta por ampollas en todas las partes sensibles e íntimas del cuerpo. Es extremadamente contagiosa y se transmite por contacto sexual con una persona infectada. Está creciendo de manera alarmante.

El virus del papiloma humano causa verrugas genitales. Eso ya es grave daño, pero hay más. Se ha demostrado que muchas de estas verrugas son causa de cáncer que ataca directamente el sistema reproductivo. En muchos casos es fatal, sobre todo para las mujeres. En la Universidad de California de Berkeley un estudio arrojó que 46 % de las mujeres están infectadas con este virus.

La clamidia es una infección bacterial, y es curable. Sin embargo, los síntomas con frecuencia no se detectan. Muchas mujeres no saben que están infectadas con esta enfermedad que les puede dañar permanentemente su sistema reproductivo. Una infección de clamidia deja a la mujer con 25 % de probabilidad de esterilidad permanente; dos infecciones la deja con 50 %; tres, con el 75 %; y cuatro infecciones hacen a una mujer permanentemente estéril. La mujer puede ser tratada de esta enfermedad, pero el hombre, que es quien infecta, no.

Estas son las enfermedades sexuales que hoy están truncando los anhelos más grandes de la juventud, como es el formar una familia. Muchos no podrán debido a la esterilidad o a la muerte por cáncer que pueden dejar una de estas infecciones. Lo increíble es que entre los jóvenes el mal uso del sexo, creado por Dios para unir a los matrimonios y trasmitir la vida, se ha vuelto vehículo para desunir a las parejas –una gran cantidad de personas divorciadas experimentaron sexo prematrimonial y terminaron rompiendo– y para transmitir la enfermedad y la muerte.

Cualquier persona sexualmente activa y que haya tenido varias parejas debe hacerse exámenes para detectar algunas de estas enfermedades. Y quienes queremos una sociedad más sana hemos de promover la castidad hasta el matrimonio y la fidelidad conyugal hasta la muerte.