viernes, 30 de octubre de 2015

El cielo, nuestro deseo más profundo

La historia de la humanidad es incomprensible sin la noción del cielo. El hombre de todos los tiempos ha soñado con vivir en el paraíso. Religiosos y ateos por igual. Los que creemos en Dios aspiramos un día a la felicidad perfecta más allá de este mundo. Los ateos, por otra parte, aspiran a crear una especie de paraíso social en la tierra, donde el hombre pueda encontrar la satisfacción de todas sus necesidades materiales. Se trata, sobre todo por la experiencia histórica los últimos siglos, de un falso paraíso.

Carlos Marx decía que la religión era el opio del pueblo. El hombre, por pensar en el cielo, se olvidaba de construir la justicia en la tierra. Por eso había que sacudirse de las religiones. Su visión de la vida arrastró a millones de personas a rechazar a Dios para aspirar a la dictadura del proletariado, una especie de cielo en la tierra que se conseguiría con la abolición de todas las clases sociales. Lo único que resultó fue una Babilonia luciferina que terminó en el año 1989 cuando cayó el último ladrillo del Muro de Berlín.

Existe un deseo del corazón del hombre que no se puede suprimir. Anhelamos una condición de vida donde toda lágrima sea enjugada, y donde no exista más la muerte, ni el lamento, ni las fatigas y luchas cotidianas. El cielo se puede comprender solamente en referencia a la aspiración del hombre a la felicidad. Y la felicidad no es otra cosa, enseña san Agustín, que poseer la Verdad, y poseer la Verdad es poseer a Dios.

La posesión plena de Dios es imposible en la tierra. La experiencia nos dice que en esta vida estamos sujetos a innumerables males, de los cuales la muerte los resume todos. La vida se entreteje de pequeñas y auténticas alegrías, pero todas estas están muy lejos de poder colmar el hambre infinita de belleza, de verdad y de amor que existe en el corazón humano.

Es grandiosa la visión del cristianismo sobre el deseo de felicidad en el hombre. La historia sagrada se abre, en el Génesis, con la imagen del paraíso, y se cierra con una maravillosa visión de los cielos nuevos y la tierra nueva en el Apocalipsis. La Revelación nos enseña que al inicio el hombre era perfectamente feliz, y que al final de la historia Dios ha preparado un destino de gloria para la nueva humanidad. Y este deseo que llevamos en el alma de alcanzar el paraíso perdido es una guía que Dios ha puesto en nuestra peregrinación de la tierra hacia el cielo.

¿Hemos entonces de olvidarnos de nuestras responsabilidades en la tierra por refugiarnos en el paraíso que todavía no podemos alcanzar? Esa tentación sería dar la razón a Marx y convertir nuestra fe católica en opio del pueblo. Al contrario, los verdaderos cristianos son personas que por amar a Dios sobre todas las cosas, se dedican a amarlo apasionadamente en sus hermanos y trabajan intensamente para dejar un mundo mejor para todos.

Hoy que la Iglesia celebra la solemnidad de Todos los Santos creo que los mejores ejemplares de la raza humana han sido ellos, esas personas que pasaron por este mundo viviendo sus vidas como resucitados. Esos que bebieron de las fuentes de la Palabra de Dios y de la Eucaristía pero, al mismo tiempo, fueron ejemplares en sus trabajos, sostén moral para sus familias; los que prefirieron la pobreza a vivir en la deshonra de la riqueza mal ganada. Aquellos esposos ejemplares que supieron perdonarse una y otra vez como Jesús los perdonó a ellos; o los jóvenes que, no obstante sus debilidades, supieron levantarse siempre de sus caídas. Las personas que se dedicaron a rezar y a hacer sus quehaceres domésticos con amor y que atendieron sus obras de apostolado de manera callada y anónima, con los ojos llenos de gozo por llevar el amor de Jesús a los pobres.

Son ellos quienes sostienen al mundo, como los justos que detuvieron la mano del Señor para castigar a Sodoma. Por ellos hemos de sentirnos orgullosos de pertenecer a la raza humana; y gracias a ellos podemos creer que el cielo no es una realidad que sólo se alcanza cuando nos dormimos en la muerte, sino que desde hoy puede empezar a correr por nuestras venas como un plus de vida. Son ellos quienes son profecía de los habitantes de aquella ciudad santa del Apocalipsis donde todo lo antiguo habrá terminado y donde sólo el Amor existirá para siempre.

sábado, 24 de octubre de 2015

El infierno y Halloween

“¡Niños, vengan para acá, que les voy a contar una historia de la Biblia para que entiendan por qué hay gente que se disfraza en este día!”. Los niños, con sus disfraces y listos para salir a pedir Halloween en las casas vecinas, se sentaron alrededor de su madre que les empezó a dar una explicación”. Abrió la Sagrada Escritura en el capítulo 12 del Apocalipsis y les leyó el texto que narra el épico combate que se entabló en el cielo.

Los niños se interesaron y pidieron a su mamá que les hablara más de los ángeles. Y ella, como pudo, les reveló que los ángeles no tienen cuerpo, pero sí tienen una inteligencia muy superior a la nuestra. Les dijo que pudieron prever las consecuencias de su oposición a Dios, y que un solo pecado de indocilidad, que cometieron con absoluta libertad, les trajo como consecuencia la privación eterna de la presencia de Dios. “Es importante –les dijo– que aprendamos a amar a Dios sobre todas las cosas y vivamos en sus mandamientos, para que un día podamos ir al cielo y no al infierno”.

“¿Entonces Halloween es como recordar que existe el infierno?”, inquirieron los pequeños. “Correcto –continuó la madre–, aunque hoy es una celebración comercial de los Estados Unidos; sin embargo en sus orígenes, los católicos irlandeses recordaban a las almas condenadas en el infierno, y golpeaban sus ollas y cazuelas para que, con el ruido, esas almas no vinieran a perturbar las fiestas de los santos del cielo y de los fieles difuntos en el purgatorio que celebramos en la Iglesia”.

“¿Qué significa Halloween?”, preguntaron los chiquillos. La madre respondió: “All Hallows Eve”, que quiere decir víspera de todos los santos. Les recuerdo que mañana es primero de noviembre y los católicos celebramos la Solemnidad de Todos los Santos y, pasado mañana, recordaremos a nuestros difuntos. Fíjense, niños, cómo aquellos irlandeses, del 31 de octubre al 2 de noviembre, recordaban a todos los muertos: a los condenados, a los que están en el cielo y a los que todavía no llegan al cielo, pero que ya están salvados y pasan por el purgatorio”.

Dijo un niño: “yo quería disfrazarme de diablo, pero ya no quiero porque no deseo parecerme a uno de esos ángeles que se rebelaron contra Dios y que están en el infierno; yo quiero ir al cielo”. “Por eso, queridos niños –dijo la madre– sus disfraces son de otras cosas. Tú, Uriel, qué bien te ves de torero; tú Andrea, de avestruz te ves linda; y tú, Robertito, ¿cómo se te ocurrió disfrazarte de Julión Álvarez?”.

Hasta aquí la conversación de la madre con sus hijos en torno al tema de Halloween. Pienso que aquellos antiguos católicos irlandeses dieron en el clavo para hacernos reflexionar sobre el infierno como un posible destino para el alma después de la muerte. Lo que los norteamericanos le agregaron después –monstruos, calabazas, fantasmas y brujas– fue como un escape para evadir algo ten serio como el tema de la condenación eterna. Me convenzo una vez más que ciertas culturas no soportan los temas serios que tiene el drama de la vida, y los banalizan convirtiéndolos en una jugosa oportunidad económica. Y así la Navidad fue convertida en una especie de cuento de hadas de Disney, el Viernes santo en algo que tenía que ser borrado por ser demasiado horroroso, la Pascua en la fiesta de la coneja y los huevos de chocolate. Lo mismo sucedió con Halloween, con Todos los Santos y el día de los muertos. ¿Pensar en el infierno, el cielo y el purgatorio? Líbrenos Dios, que la vida no hay que tomarla tan en serio. Mejor está eso de que comamos y bebamos que mañana moriremos.

Ni me disfrazaré, ni iré a fiestas de brujas ni pediré dulces en la noche de Halloween. Pero respeto las tradiciones de mis vecinos norteamericanos, y de aquellos que, por vivir en la frontera, se divierten sanamente siguiendo esas costumbres. Nadie peca por hacerlo, y nadie dará culto al diablo, a menos de que participe directamente en uno de esos aquelarres brujeriles que realizan una minoría de candidatos al infierno. Lo que sí haré ese día es aderezar mi predicación con un poco de infierno y me prepararé con una buena confesión para la grandiosa celebración de Todos los Santos al día siguiente. Esa sí que me llena de alegría.
Los niños, llenos de asombro, imaginaron a san Miguel Arcángel y a sus ángeles luchando contra el Dragón y los suyos; y se dieron cuenta de que fue precipitada la antigua Serpiente sobre la tierra con todos los ángeles insurrectos. La madre, emocionada por ese texto misterioso y lleno de luz, les dijo a los niños que después de aquel combate angélico fue creado ese estado terrible que llamamos infierno, no por culpa de Dios, sino de los mismos ángeles que se levantaron, blasfemos, contra los designios divinos.


El huracán y el poder de la oración

 Patricia ha sido el huracán más poderoso de la historia, con rachas de vientos superiores a los 400 kilómetros por hora. Katrina, que en el año 2005 destruyó la ciudad de Nueva Orleans y que cobró la vida de 1836 personas y dejó a más de 700 desaparecidas, era de menor tamaño y fuerza que Patricia. 

Ante la llegada de este fenómeno considerado extremadamente peligroso, muchas personas en México hicieron campañas de oración a través de las redes sociales. En las parroquias y templos se ofreció la Eucaristía pidiendo al buen Dios que protegiera a los mexicanos. Se rezaron miles de rosarios. Y el Dios poderoso, el que descuaja los cedros y hace saltar al Líbano como a un novillo, le quitó fuerza a la tempestad transformándola en tormenta tropical; apaciguó la tormenta en suave brisa y enmudecieron las olas del mar (Sal 106).

Decía san Josemaría Escrivá que “la oración debe ser constante, de la mañana a la noche y de la noche a la mañana. Cuando todo sale con facilidad: ¡gracias, Dios mío! Cuando llega un momento difícil: ¡Señor, no me abandones! Y ese Dios, manso y humilde de corazón, no olvidará nuestros ruegos, ni permanecerá indiferente, porque Él ha afirmado: pedid y se os dará, buscar y encontraréis, llamad y se os abrirá (Lc 11,9). Hoy no queda sino agradecer y alabar al buen Dios porque se inclina ante nuestras miserias y nos colma de gracia y de ternura.

jueves, 15 de octubre de 2015

El conejo de Playboy

No es que el famoso conejo en perfil con corbatín se haya vuelto pudoroso. La revista Playboy dejará de mostrar imágenes de mujeres desnudas a partir de marzo del año próximo sólo por motivos económicos. El fácil acceso a cualquiera de las cientos de millones de páginas pornográficas en Internet ha hecho que las conejitas de Hugh Hefner, fundador de la revista, estén pasadas de moda y atraigan a pocos.

Playboy nació antes de la revolución sexual de los años 60. En 1953 la revista publicó su primer número y desde entonces su tiraje fue en aumento hasta superar los 5 millones de ejemplares mensuales en los años 70. Hoy apenas tiene un tiraje de 800 mil. Para los que crecimos en aquellos años la revista solía ser prohibida y, por lo mismo, atractiva. Muchos, para no ser descubiertos, la hojeaban cubriéndola con una revista de Mecánica Popular.

Las conejitas de Playboy se convirtieron en un anzuelo para llevar a millones de personas hacia la adicción sexual, un problema que hoy tiene consecuencias personales, familiares y sociales trágicas. Sacerdotes y psicólogos hemos palpado el sufrimiento, la depresión y la ansiedad que genera la adicción sexual en muchas personas, sobre todo en varones. Algunos han sido despedidos de su trabajo por visitar páginas pornográficas en horas laborales. Pero la consecuencia más dramática se vive al interno del matrimonio y la familia donde las rupturas por este motivo se han multiplicado.

Uno de los mayores sufrimientos de la adicción al sexo es la pérdida de la intimidad. El sexo fue creado por Dios para ayudar a crear una comunión de personas, es decir, una verdadera intimidad de corazones. El adicto no puede lograrla porque en su obsesión no hay lugar para la otra persona. Sólo piensa en sí mismo y utiliza a su pareja para una mera autosatisfacción. Por eso la primera persona en vivir las consecuencias es, muchas veces, el propio cónyuge. Quizá en su infancia, un adicto al sexo nunca tuvo relaciones de verdadera comunión interpersonal, por lo que quiere, a través del sexo, colmar un vacío interior imposible de llenar.

Una persona que padecía de esta adicción me contaba que estaba llegando al punto de ver imágenes pornográficas frente a sus hijos, mientras éstos dormían. Es decir, la obsesión lo cegaba hasta el punto de no medir las consecuencias de que los niños pudieran ver a su padre, con el consecuente daño psicológico para ellos. Por eso los adictos necesitan ser ayudados, y evitar que dañen a terceras personas, sobre todo dentro de sus propios hogares.

Playboy, me atrevo a decirlo, ha traído una alegría efímera para muchos de sus aficionados, que luego se convirtió en tristeza, y hasta en angustia. Si la revista los fue llevando hacia la adicción sexual, entonces sus experiencias en este terreno muy probablemente les trajeron una sensación de culpabilidad y de vacío. Muchos adictos se han sentido abandonados por Dios; otros han querido salir de ese abismo pero no han podido ni saben cómo hacerlo, se sienten sucios y no saben a dónde recurrir. Su conducta incontrolable les está haciendo viviendo una desesperante experiencia de naufragio existencial.

En el nivel espiritual los daños son tremendos para las personas adictas al sexo. Ellos se sienten sucios ante la presencia de Dios y se creen indignos de recibir su perdón y su amor. Ni siquiera se atreven a ponerse a orar para pedir ayuda al Cielo. Están tan ensimismados en sus pecados que han perdido confianza en la misericordia del Señor. Lo más terrible es la pérdida de la esperanza en la salvación porque ello lleva considerar el suicidio como una puerta de escape.

A pesar de todo ese sufrimiento, para estas personas hay esperanza, mucha esperanza. Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá (Mt 7,7). El rey David, luego de su pecado de obsesión sexual con Betsabé oró pidiendo la pureza del corazón: Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme (Sal 51). Y si Jesucristo resucitó a Lázaro de entre los muertos, seguramente no dejará perecer en las aguas de la angustia a muchos que comenzaron a introducirse en el mar oscuro de la sexoadicción por hojear un día, posiblemente, una ejemplar de Playboy.

El sínodo, lo bueno y lo malo

El Sínodo de la Familia que se realiza en Roma es de un tremendo interés, mucho más positivo que negativo. Primero lo negativo. Este interés lo ha generado, por una parte, un pequeño grupo de cardenales encabezados por el alemán Walter Kasper y el belga Godfried Danneels. Se trata de una pequeña minoría de obispos, sobre todo europeos, que se han visto presionados enormemente por la cultura secular de sus países. En muchas de las instituciones católicas de sus diócesis participan personas no creyentes o católicos que han dejado de ‘sentir con la Iglesia’, y que así han creado una atmósfera de presión para que la Iglesia cambie sus posturas sobre la indisolubilidad del matrimonio y su relación con la Comunión eucarística. Quieren que la Iglesia no siga más la lógica de Dios sino la lógica del mundo.

 La postura rebelde de este grupo de cardenales a la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia no debe de preocuparnos. En todos los sínodos participan algunos obispos disidentes que llevan sus tema a la agenda de la reunión. El italiano Bruno Forte, por ejemplo, insiste que la postura de la Iglesia debe ser más blanda hacia las parejas homosexuales, aunque jamás habla de una sacramentalidad de estas uniones. Otros llevarán a los sínodos temas como el matrimonio de los sacerdotes o el uso de anticonceptivos pidiendo que la Iglesia modifique su postura. Pero insisto en que ello no debe de ser motivo de nuestra preocupación.

Recordemos que los sínodos son solamente reuniones de un grupo de obispos con el papa con el propósito de aconsejarlo sobre cierto tema, como es el de la Familia en esta ocasión. Los sínodos jamás pueden modificar la doctrina de la Iglesia. Son solamente reuniones consultivas, no deliberativas. Generalmente el papa, tiempo después del sínodo, publica una exhortación apostólica. Lo que diga esa exhortación firmada por el Santo Padre sí tiene carácter de Magisterio de la Iglesia. Así que las posturas disidentes no nos preocupan. La doctrina de la Iglesia viene de Jesucristo y no puede ser transformada, ni siquiera por el mismo sucesor de san Pedro.

Vayamos a lo tremendamente positivo del sínodo. ¿Cuál es, entonces, el verdadero interés de este sínodo? Para entenderlo, el papa Francisco ha comparado nuestra generación con los modernos centros comerciales actuales. Antiguamente, decía, la gente compraba y vendía en las tiendas de barrio; había confianza, se fiaba la mercancía. La gente se conocía, las familias eran fuertes, y sólidas las relaciones interpersonales. La sociedad y la Iglesia apoyaban mutuamente al matrimonio y a la familia natural.

Hoy las compras –volviendo a la analogía– se realizan en los ambientes fríos de los ‘shopping malls’ donde no hay fiado, ni confianza y se compra mucho por la moda. Así se han vuelto nuestras relaciones familiares: las personas se casan y se descasan por moda, la cultura del consumismo también nos afecta. Usamos y tiramos al cónyuge y hasta los hijos con mucha facilidad. La consecuencia es una sociedad que genera una soledad aterradora y personas cubiertas de llagas emocionales.

Los jóvenes difícilmente están dispuestos a tomar un compromiso para toda la vida. En una sociedad tecnologizada y consumista, los muchachos crecen con la mentalidad del ‘descarte’ de las personas. Sin embargo sueñan con la grandeza de una familia. ¿Cómo ayudarles a descubrir la belleza de su vocación? ¿Cómo animarlos, levantarlos, curarlos de sus heridas? En otro tema, la preparación para el sacramento del matrimonio comparada con la del sacerdocio, es ridícula. Son cuatro domingos los que dura un seminario que los preparará para una difícil empresa que dura toda la vida. ¿Cómo mejorar y hacer más seria esta preparación de los novios para casarse? Otro desafío es el de muchas familias que asisten sólo a la Eucaristía dominical, hasta ahí llega su vida cristiana. ¿Cómo darles un acompañamiento más profundo que les ayude a unirse y a superar las heridas de la vida conyugal?

El Sínodo de la Familia no se reducirá a discusiones estériles sobre puntos de doctrina. El gran desafío del sínodo es brindar iniciativas valientes y propuestas pastorales creativas a los cristianos que vivimos un cambio de época, para formar a las familias que vivan el plan de Dios.

jueves, 8 de octubre de 2015

La poderosa hormona del amor

En las clases de educación sexual en las escuelas, los profesores hablan del funcionamiento de los aparatos reproductivos del hombre y la mujer, de cómo funciona el sexo y la manera del protegerse para tener ‘sexo seguro’. Sin embargo es muy raro que se hable de cómo el sexo afecta a las personas a nivel emocional.

Los jóvenes que durante su noviazgo sostienen relaciones sexuales, sienten que entre ellos se ha establecido un lazo emocional muy fuerte. Incluso los adolescentes que empiezan a tener relaciones de noviazgo y se dan sus primeros besos en la boca, suelen sentirse perdidamente enamorados de su pareja, al grado de sentir que esa persona es la que la da todo el sentido a la vida. Hay adolescentes que han hecho verdaderas locuras cuando el noviazgo se viene abajo.

Si los besos atan emocionalmente a las personas, la actividad sexual produce una atadura emocional mucho más fuerte. Una atadura extremadamente poderosa que se debe, en parte, a una hormona llamada oxitocina que produce el cerebro durante la actividad sexual.

Las mujeres producen esta hormona también durante el período de lactancia, lo que establece una relación emocional muy fuerte con el bebé que amamantan. Y así como hay un vínculo entre la madre y su hijo, así también hay un vínculo emocional en la actividad sexual que se debe a la oxitocina. El vínculo no tiene lógica, pero es muy difícil de romper. Incluso puede permanecer durante toda la vida; hay personas que, aunque hayan contraído matrimonio y lleven años de casados, jamás olvidarán a su primera novia o novio.

Dios creó este vínculo durante el sexo por una razón obvia: ayudar a las personas casadas a permanecer unidas. ¿Qué sucede cuando alguien no está casado y mantiene actividad sexual? El vínculo, como ya vimos, también se forma. El corazón no tiene manera de saber si alguien está casado o permanece soltero. El corazón sólo sabe que, durante el sexo, debe de crear el vínculo. Y lo hace.

Algunos dicen que harán todo lo posible por ser fuertes y que no permitirán que se produzca ese enlace emocional. Pero esto es prácticamente imposible. Es como querer que la sangre comience a circular por las venas en sentido contrario. El enlace emocional es algo que no se puede controlar del manera consciente. Ocurre en lo profundo de nuestra psique y no nos percatamos conscientemente de que ocurre. “Todo empezó como una aventura sexual y ahora me doy cuenta de que te necesito”, llegan a decir algunos.

Aunque el vínculo afecta más a las mujeres, los varones también son afectados, y suelen experimentar una devastación interior cuando se rompen las relaciones sexuales o el matrimonio mismo.

El vínculo ocurre en intimidad sexual aunque no se llegue a consumar el acto. Es un nudo emocional fuerte, no tanto como el que se crea cuando hay relación sexual completa. Sin embargo es suficientemente poderoso para complicar o dañar gravemente una relación de noviazgo.

Los inicios de la vinculación pueden aparecer antes. Muchas personas solteras empezaron a salir con sus parejas y después de un tiempo de noviazgo creyeron que no eran el uno para el otro. Pero cuando se dieron su primer beso apasionado cambiaron su manera de pensar y se vincularon más con la otra persona.

Por supuesto que la hormona del amor, la oxitocina, no determina que dos personas estén ligadas para simpre; pero sí condiciona fuertemente la relación. Quedará siempre la libertad y la fuerza de la voluntad para poder romper con relaciones inconvenientes.

El sexo prematrimonial tiene consecuencias. Cuando las personas son inmaduras y no están capacitadas en ese momento para el matrimonio, y se atan emocionalmente a través del sexo, las secuelas suelen ser desastrosas a través de daños emocionales o de matrimonios forzados por un embarazo inesperado. Únicamente los noviazgos libres de relaciones sexuales permiten madurar el amor y elegir con libertad a la persona con la que habrán de vincularse para toda la vida.

lunes, 5 de octubre de 2015

La Familia no se reinventará

Si un mensaje nos queda claro después del Encuentro Mundial de las Familias que concluyó el domingo pasado, es que la Familia es una realidad natural que existe antes que los sistemas políticos y los estados. Es una realidad que tiene una naturaleza y que necesita ser fortalecida, no reinventada. Este será también el mensaje que resonará en el Sínodo de los obispos que hoy, 4 de octubre, comienza en Roma. Es absurdo creer que este Sínodo traerá una redefinición del Matrimonio o de la Familia. Lo que esperamos es una nueva propuesta de nueva evangelización para las familias.

A propósito de que la Familia es una institución natural, el papa Francisco durante su viaje a Estados Unidos, en sus diversos discursos citó repetidas veces textos de su encíclica ‘Laudato si’, sobre la creación. Es un documento que hay que comprenderlo en su contexto más profundo. Porque hay católicos que únicamente leen el documento tratando de entender los argumentos del papa sobre el calentamiento global. De esa manera se quedan en la superficie de la encíclica. ‘Laudato si’ tiene implicaciones más hondas. Es una encíclica en total armonía con el Magisterio de los papas predecesores de Francisco.

Meditando sobre la encíclica, el obispo de Filadelfia Charles Chaput observa que la Naturaleza, incluida la naturaleza humana, es un regalo de Dios. Somos administradores del mundo que habitamos. La Creación, desde los océanos y los bosques hasta nuestra sexualidad, no es simple materia que nos pertenece como si fuera una cosa que pudiéramos manipular con la tecnología. Cuando el Santo Padre habla del abuso del hombre de su propio ambiente, no sólo se refiere a los residuos químicos que arrojamos en el aire, sino también a los químicos venenosos que nos metemos en el cuerpo para suprimir la fertilidad natural. ‘Laudato si’ es una defensa de la naturaleza que incluye el matrimonio, la familia, la sexualidad, además claro, toda la creación.

Los intentos de la cultura contemporánea por reinventar a la Familia vienen, en gran parte, del individualismo exacerbado que promueven los medios de comunicación y el dinamismo de la sociedad de consumo. Vivimos en un sistema basado en los derechos y la dignidad humana. Sin embargo hoy los derechos humanos son exaltados por encima de los derechos de las comunidades. Se llega incluso a la perversión de los derechos inventando derechos que no existen. Es el egoísmo llevado al extremo. Como individuos no nos damos cuenta de que tenemos obligaciones con otros miembros de la familia, con nuestros vecinos y con Dios. Y mientras más nos centremos en nosotros mismos, más se romperán los lazos con otras personas y el mundo será más fragmentado.

De hoy 4 de octubre y hasta el día 25, los católicos hemos de orar por el Papa Francisco y por los obispos participantes en el sínodo, pidiendo para ellos una asistencia especial del Espíritu Santo. No faltarán medios de comunicación que levanten especulaciones sobre choques entre cardenales y polémicas sobre temas concretos como la Comunión a los divorciados vueltos a casar y la pastoral de personas homosexuales. Aunque seguramente se dará una palabra sobre esos temas, el sínodo no debe concentrarse en ellos. Si así lo hiciera, sería un sínodo de muy pocos frutos. La propuesta debe ser mucho más amplia, que contemple un nuevo anuncio de la grandeza de la Familia como Dios la ha pensado y cómo podemos evangelizarla en las complejas situaciones de los inicios del siglo XXI. Sigamos muy de cerca las ponencias de estos encuentros.

Francisco ante el Nuevo Orden Mundial

La semana pasada el papa Francisco terminó su visita apostólica a los Estados Unidos. Sin duda que se trató de un viaje interesantísimo, no sólo por la presencia del Santo Padre en el Congreso Mundial de las Familias, sino por su intervención en las Naciones Unidas, el Congreso, la Casa Blanca y algunos otros lugares como la Zona Cero de Nueva York, Harlem y la plaza de la Independencia en Filadelfia.

El espectro de la iglesia norteamericana suele ser radical en sus posturas. Los católicos suelen ser extremistas, desde aquellos muy conservadores y hasta los más liberales. Unos y otros aplauden o critican a los papas. Los conservadores halagan las posturas más enérgicas del Santo Padre en temas como el matrimonio y el aborto, pero suelen desaprobar al papa cuando habla de ecología y de temas sociales. Los liberales, por otra parte, aplauden cuando el obispo de Roma se acerca a los pobres, pero les desagrada cuando aborda la defensa del no nacido y del matrimonio natural.

En su viaje por Estados Unidos el papa Francisco dejó claro que él no pertenece a las categorías de izquierdas o derechas. Esas son posturas de ambientes políticos que no tienen cabida en la Iglesia. En la Iglesia, o somos todos coherentes con las enseñanzas de Jesús y del Magisterio, o nos salimos de la comunión eclesial. Francisco es simplemente católico; alguien fiel a las enseñanzas de la Iglesia y con una coherencia de vida cristiana que a todos nos conmueve. En su discurso en la ONU, dejó muy clara la postura de la Iglesia sobre algunos temas, en continuidad con Benedicto XVI, Juan Pablo II y Pablo VI que también hablaron ante esa asamblea.

Francisco expuso lo que Benedicto XVI llamó ‘los principios innegociables’ para todo católico. “La casa común de todos los hombres –expresó– debe continuar levantándose sobre una recta comprensión de la fraternidad universal y sobre el respeto de la sacralidad de cada vida humana, de cada hombre y cada mujer; de los pobres, de los ancianos, de los niños, de los enfermos, de los no nacidos, de los desocupados, de los abandonados, de los que se juzgan descartables porque no se los considera más que números de una u otra estadística”.

Al abordar el tema de la pobreza denunció “un afán egoísta e ilimitado de poder y de bienestar material” que genera la exclusión de “los débiles y con menos habilidades”. Y destacó que no se pueden imponer políticas de desarrollo pasando por encima del derecho que tienen los padres y la Iglesia para educar a los hijos. Al hablar de la guerra, hizo hincapié de que ésta es la negación de todos los derechos y una dramática agresión al ambiente; será necesario entonces continuar con la tarea de evitar las guerras si se quiere un desarrollo humano integral.

La ONU es la organización promotora de un nuevo orden mundial, lo sabemos. Este nuevo orden que se quiere imponer niega que exista la naturaleza humana y ello afecta, principalmente, a la familia. El papa fue muy claro y dijo que es necesario respetar la ley moral natural, de lo contrario todo estará permitido. Y recordó que “inscrita en la propia naturaleza humana” se encuentra “la distinción natural entre hombre y mujer”.

Vale la pena destacar su discurso en defensa de la libertad religiosa en la plaza de la Independencia en Filadelfia donde subrayó que las religiones no son una subcultura sin derecho a voz ni voto en la plaza pública, sino una parte de la cultura de cualquier pueblo y nación. Y sobre la globalización señaló que ésta es algo bueno cuando respeta las diferencias culturales, y muy peligrosa cuando quiere uniformar a todos aboliendo las diferencias religiosas y culturales. Y esta es justa la tendencia de muchos líderes mundiales: globalizar el mundo aboliendo las religiones e imponiendo una nueva para todos.

El papa Francisco llegó al corazón del pueblo norteamericano, aunque pisó callos, sobre todo a los hombres de la vida pública. Sus discursos fueron incómodos para las izquierdas y las derechas políticas, pero perfectamente coherentes con las enseñanzas de los papas predecesores.