domingo, 30 de noviembre de 2014

Familia pequeña ¿vive mejor?

Los últimos 50 años han sido de difusión masiva para hacer creer que la familia pequeña vive mejor. Europa es un continente donde la mayoría son ancianos y sus sistemas de pensiones de jubilación están colapsando. China, con su poder de consumo de 1300 millones de habitantes impone condiciones a las primeras potencias económicas. Sin embargo las decisiones de muchas personas son guiadas por la idea de que la raza humana está en peligro de entrar en un colapso demográfico. Casi todos los gobiernos de América Latina invierten millones de dólares en programas de control natal, disfrazados de ‘salud sexual y reproductiva’. Muchos matrimonios todavía no entienden que la mejor inversión para ser atendidos efectiva y afectivamente en su vejez, no son las pensiones de jubilación, sino el soporte de sus propios hijos y nietos.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Oh ven, Emmanuel

José Antonio, un niño mexicano de 11 años, se recupera en Albuquerque después de una operación para extraerle un gigantesco tumor del tamaño de una sandía. Como él, millones de seres humanos sufren por los traumas que afligen sus cuerpos, con repercusiones en toda su existencia. Los científicos se esfuerzan por hallar la cura del cáncer, la diabetes o mitigar los dolores que agreden nuestros cuerpos, pero jamás podrán crear para todos una vida que sea inmune.

Nuestro paso por la tierra está también atormentado por dolores sociales. ¿Qué familia, ambiente de trabajo, escuela o parroquia están completamente libres de litigios, frialdades, celos, egoísmos, individualismos, traiciones, sospechas, ingratitudes, groserías y otros males por el estilo? Amores traicionados y divorcios son causa de profundas angustias. O bien, de pronto llega la muerte llevándose aquel amor que se había convertido en un sol para nuestros días.

El abajamiento moral de la sociedad es fuente de preocupaciones y aflicciones. Los hechos ocurridos en el estado de Guerrero con el narcotráfico infiltrado en el gobierno, fosas clandestinas que aparecen en todas partes; la rabia y la confusión que todo ello ha generado; los mega sueldos y bonos navideños de diputados y senadores mientras que el pueblo pobre pasa hambre. La perturbación sacude el corazón del presidente de la república y de muchos mexicanos que ven incierto el futuro del país.

En tantas almas hay carencia de auténtica paz interior. Sumidas en la depresión, en la culpa, se agitan con amargura entre remordimientos de conciencia; corazones alienados de Dios con un sentido de vergüenza y de maldición que pesa sobre ellos. Otros se han visto envueltos en males morales que los hicieron prisioneros sin que ellos apenas se dieran cuenta. Vista desde esta perspectiva de sufrimiento y dolor, con razón decía Albert Camus que “El hombre está obligado a vivir el absurdo de su existencia”.

Está, en fin, aquel que el hombre considera el supremo de los males, la muerte. Este es el momento más dramático. De cara a la muerte el enigma de la condición humana se vuelve supremo. No sólo se aflige el hombre con el pensamiento al acercarse el dolor y la disolución del cuerpo, sino también, y más todavía, por el temor de que todo termine para siempre. Todos los intentos de la técnica, por más útiles que sean, no logran calmar las ansias del hombre de satisfacer aquel deseo de vida ulterior que está dentro de su corazón. ¿Puede el hombre por sí mismo y con sus solas fuerzas, superar esta condición suya de miseria y curar radicalmente sus males? No puede, absolutamente.

 
“Oh ven, oh ven, Rey Emanuel –dice un himno medieval de Adviento–, rescata ya a Israel, que llora en su desolación y espera su liberación. Vendrá, vendrá, Rey Emanuel, Alégrate, oh Israel”. Solamente Dios puede ayudar a la humanidad a salir de su abismo. No basta una vaga fe que crea en la existencia de Dios, en ese Dios infinitamente distante de nuestra vida cotidiana. Sólo porque Él nos lo ha revelado, estamos convencidos del hecho enorme e inimaginable que Dios se hizo hombre para socorrer al hombre, hasta el grado de transformarlo en Dios.

Adviento es el tiempo para abrir este puente entre dos mundos infinitamente distantes, el mundo de Dios y el mundo de los hombres. Es el tiempo para tomar conciencia de esa familiaridad inaudita que nos pone en relación con el Dios hecho hombre.

Dios no viene a abolir nuestros dolores físicos, los males sociales o espirituales de esta peregrinación terrena. Pero sí viene a hacer que esos males que nos afligen no sean para nosotros absurdo y desesperación. De hecho, Dios viene a transformar nuestros sufrimientos en un valor precioso para adquirir los bienes incomparables que Dios nos ofrece.

Adviento viene para hacernos sentir, en la fe, que somos arcilla que se quiere entregar en las manos de un gran artista para convertirse en obra de arte. El hombre hecho de barro, solamente poniéndose en las manos de Dios se convierte en su imagen viviente.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Domingo, día del Señor

¡Qué bello diálogo entre Jesús y las almas! "¿Cuándo, Señor, te vimos hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo, encarcelado?" Y contestó el Señor: "Cada vez que hiciste estas cosas a uno solo de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron". Son palabras bellísimas y terribles al mismo tiempo. Si estas palabras son verdaderas -y lo son- entonces Dios está aquí: está increíblemente cerca de mí. Dios, de hecho, está escondido pero nunca está ausente. Si tomamos en serio las palabras de Jesús, todo se ilumina de amor. Podemos, de verdad, servir a Dios, acariciar a Dios, asistir a Dios, curar a Dios en el hermano y hermana que están junto a mí. (Angelo Comastri). ¡Buen domingo!

sábado, 22 de noviembre de 2014

En el crepúsculo

Al contemplar el panorama del mundo actual es difícil negar que los hombres han dejado de beber en la fuente de la Sabiduría. Un desprecio profundo a la vida se advierte, no sólo en México con la violencia de crueldad inaudita que cunde por nuestro territorio, sino por todo el Occidente. Nunca como hoy las parejas renunciaron al matrimonio y la familia, nunca como hoy se había debatido la legalización de las drogas, el aborto y la eutanasia. Tampoco nunca la libertad religiosa se vio tan amenazada. El mundo vive en el crepúsculo que anuncia la noche.

Hace unos días hizo revuelo la noticia de una mujer norteamericana que planeó su suicidio con la aprobación de las leyes de la eutanasia en Oregon. Ignoro la historia de esa mujer, pero me queda claro que las iniciativas de ley para legalizar la mal llamada ‘muerte digna’ y ‘el derecho a decidir’ sobre la vida no nacida, obedecen a una visión pesimista y deprimente del mundo y de la vida. Una vez que se niega la dependencia de Dios Creador y la existencia del alma espiritual e inmortal, ¿a qué se reduce el hombre?

Los sucesos dramáticos de Ayotzinapa, donde se mezclan malévolamente el dinero y el poder, la anarquía, el narcotráfico, la corrupción y la muerte, son un retrato de la perversión en la que el hombre se precipita cuando se cree dueño del universo. Al final el hombre termina odiándose y despreciando a los demás y a la vida, creyendo que ésta no es otra cosa sino –como decía Sartre– una ‘pasión inútil’.

Hemos visto que en México los jóvenes son las primeras víctimas del narcotráfico. Muchachos de familia disfuncional, criados en las calles, en un ambiente de pobreza, sin educación ni oportunidades, fácilmente son presa de las mafias. Tienen en su vida un lema: “Entre el honor y el dinero, lo segundo es lo primero”. Así, el arte de vivir la vida es para ellos el arte de jugar con la adrenalina y gozar de todo el placer posible. Y luego morir como esos mosquitos que Buda observaba, cuando eran atraídos irresistiblemente por la llama de las velas en las que morían quemados.

Fuera del ambiente del narcotráfico, innumerables vidas se dejan conducir por la misma filosofía del egoísmo más refinado. “Vengan, entonces, y disfrutemos de los bienes presentes, gocemos de las criaturas con el ardor de la juventud. ¡Embriaguémonos con vinos exquisitos y perfumes, que no se nos escape ninguna flor primaveral” (Sab 2,6). Es la filosofía que abunda hoy en el mundo, acompañada no por casualidad, de una sobreabundancia de angustia.

Se habla hoy de los derechos humanos por todas partes. Todos reclaman los suyos y van apareciendo nuevos derechos. Pero debemos hacernos la pregunta: ¿Se puede construir el mundo de los derechos humanos, de la justicia y del respeto, sin el reconocimiento de aquella ley divina que el Creador ha inscrito en el corazón de todo hombre? El discurso de los derechos humanos se vuelve absurdo cuando Dios no habita en los corazones, por la simple razón de que cuando se niega a Dios se termina por despreciar al hombre, como la historia lo ha demostrado ampliamente.

Mientras el crepúsculo cae en la sociedad actual, los hijos de Dios encienden sus lámparas. Ellos alumbran el camino. El testimonio de su fe es el acto de amor más grande que pueden hacer ante esta generación. Nada es más importante para la vida de la sociedad que los auténticos creyentes. Ellos, los discípulos humildes y files de Jesús, esparcidos por todo el mundo, impiden que la sociedad se precipite en la ausencia total de la verdad y el bien.

Cae la noche y los cristianos, encendidos en la caridad, llevan su luz ahí donde la Providencia de Dios los ha colocado. Nutren su lámpara con la oración, la alimentan con la Palabra de Dios, la protegen con las enseñanzas de la Iglesia. Aquellos que la incredulidad dejó ciegos, pronto buscarán la luz e irán detrás de los auténticos creyentes. Dios cuenta con sus hijos para llevar a otros hacia el camino de la salvación. Ellos son, con su fe, el anuncio de la llegada del día donde nunca se pondrá el sol.

viernes, 21 de noviembre de 2014

La Neuvaine

De 1957 a 1966 los polacos hicieron una novena de nueve años de oración intensa pidiendo por la renovación moral de su patria y la consagración a la Madre de Dios. Hoy los franceses se han inspirado y han puesto en marcha una novena de nueve meses en la que los fieles, asociaciones, parroquias, diócesis, comunidades y movimientos harán oración para que toda la nación vuelva los ojos a Cristo a través de su Madre. Cada católico francés al menos ofrecerá un momento de oración diario en el que podrá rezar alguna oración a Nuestra Señora. La iniciativa de esta novena es algo tremendo y tendrá, seguramente, efectos impresionantes para el bien del país. ¿Y México? Ante tanta violencia y muerte que el enemigo infernal ha sembrado por doquiera, ¿no podremos recurrir en una acción extraordinaria, como nación, a la Virgen de Guadalupe pidiendo que contenga la furia del dragón?

En cueros en el Vaticano

El papa Francisco acudirá el próximo martes 25 al Parlamento Europeo. Es la segunda visita de un papa a un europarlamento. Los parlamentarios están contentos con la visita, pero grupos laicistas radicales pretenden boicotear el evento, alegando que no quieren discursos religiosos en un recinto laico. Un grupo de mujeres de FEMEN, enseñando pechos y glúteos con cruces pintadas, se plantaron en la Plaza de San Pedro haciendo su berrinche. Se cree que las protestas vienen por la oposición del papa al aborto, al matrimonio homosexual y la eutanasia. Lo cierto es que esas zorras que se mostraron semidesnudas en el Vaticano y que se dicen promotoras de una sociedad tolerante, deben recordar que están mostrando la intolerancia más irracional al no mostrar respeto a una autoridad moral y religiosa –el papa– reconocida a nivel internacional durante siglos.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Arte como martirio

Entre 1936 y 1939 aconteció la Guerra civil española. Un aspecto desconocido de ese gran conflicto fue el uso del arte moderno como instrumento de tortura. José Milicua, historiador del arte, ha descubierto evidencias de que algunas celdas se construyeron trasponiendo ciertas técnicas del arte moderno a un espacio en tres dimensiones. Las camas tenían un ángulo descendente de 20 grados en las que era imposible dormir, ladrillos que sobresalían del suelo e impedían andar por el suelo y dibujos surrealistas en las paredes, inspirados en obras de Kandinsky o Dalí. Dichos dibujos estaban diseñados para confundir y estresar a los presos. Quedan claras dos cosas: la crueldad inaudita de las mentes perversas de aquellos años, y la deshumanización del arte moderno. Ahora sé por qué me dolía la cabeza siempre que asistía a una exposición de pintura abstracta.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Padres pródigos

Si san Lucas viviera en nuestros tiempos, y se asomara a tantos hogares donde los niños y adolescentes están solos, podría añadir una página a su evangelio en la que narrara la parábola del padre pródigo. Porque si la del hijo pródigo describe el alejamiento de aquel muchacho de la casa paterna, ésta relataría la lejanía de un padre o madre de familia de su hogar y el rechazo a asumir la responsabilidad de haber traído sus hijos al mundo.

Mientras que en el capítulo 15 de su evangelio, san Lucas nos deja ver con cuánto amor esperaba aquel padre a su hijo –quien se había marchado a un país lejano–, en este nuevo capítulo el evangelista bien podría describir a esos niños que ansiosos corren a la puerta de su casa cuando escuchan el mínimo ruido, pensando en que encontrarán a papá o a mamá que están de regreso, después de haberlos abandonado para irse por tanto tiempo a trabajar o a vivir de una manera disoluta. Si por esos pequeños fuera, matarían becerro gordo y harían fiesta porque aquellos padres estaban muertos y han vuelto a la vida, estaban perdidos y ahora los han encontrado.

Cada vez es más frecuente encontrar jóvenes que no tuvieron guía, ni cariño ni consejo, ni disciplina en casa, ni un pecho donde reclinar la cabeza para sentirse seguros en familia. Muchas veces el resentimiento y hasta el odio se va anidando en sus corazones porque se sintieron abandonados cuando más necesitaban de una figura paterna y materna. Tenían una enorme necesidad de amor filial y de alguien más fuerte que ellos para señalarles el sendero del bien y advertirles de los falsos caminos del mal.

Los huérfanos de padres vivos suelen ser personas con agresividad. Su formación para enfrentar la vida la adquirieron en los medios de comunicación, en los amigos de la calle y si tenían un poco más de dinero, con el personal de servicio de la casa. Las personas más allegadas para ellos fueron sus hermanos mayores, la abuela o una tía que les dio consejos. Al rencor acumulado por sus padres ausentes se sumó el tener que aprender a defenderse de los demás en la jungla de la vida. Y claro, años después muchos padres se lamentan de haber estado lejanos de la vida de sus hijos porque éstos no velan por ellos cuando son ancianos. Los padres que no dan suficiente amor a sus hijos serán abandonados por ellos durante su vida de adultos. Es una dolorosa constante que hoy se repite en muchos hogares.

Recuerdo a aquel joven que me contó que él y su padre se habían peleado a golpes. Aunque vivía con su madre y su padre, en realidad era huérfano de padre vivo. Su papá había dejado de ser ‘su padre’ porque se comportaba con él como un amigo más. De tanta confianza que quiso crear con su hijo, el padre hizo su autoridad a un lado y cuando el chico le faltó al respeto, vinieron las discusiones y los golpes.
  
Viene a mi memoria un viejo tío –de feliz memoria– que contaba que se sintió traicionado por sus padres porque durante su infancia y adolescencia le hicieron creer que su familia era rica. Del trabajo y el esfuerzo aprendió nada. Que el niño no se canse ni fatigue, que disfrute al máximo los placeres sanos de la vida, que goce del club campestre, que no conozca carencias, que no vea la pobreza. Mundo de algodones que crea falsas expectativas. Y cuando llegaron las penurias –porque la vida da muchas vueltas– se sintió engañado por sus padres que nunca le enseñaron el valor del sacrificio y la austeridad.

Cada año, durante el catecismo de niños parroquial, un buen número de padres no se quiere involucrar en la formación espiritual de sus hijos. Dejan toda la responsabilidad en las catequistas y sacerdotes. Buscan aquellas parroquias donde se imparte el catecismo tradicional en el que los padres no deben de ir a clases a la iglesia. Y cuando llega el retiro anual de padres y padrinos se evaden o asisten a regañadientes. Dan mucha pena esos niños huérfanos espirituales que no tienen en casa un líder que los conduzca por los caminos de Dios.

Tener un hijo debe ser la mayor alegría; poder abrazar y besar a la carne de tu carne debe ser emocionante. Pero ser padre o madre del alma de un hijo debe traer alegrías mucho más hondas y emociones más duraderas. Lo primero sólo exige tener intimidad con una mujer; lo segundo demanda vivir en el verdadero amor que es renuncia, lágrimas y grandes sacrificios. Esa es la verdadera paternidad.

Castigar la política del aborto

Una encuesta realizada durante el reciente proceso electoral del 4 de noviembre mostró que la clave del aplastante triunfo del partido republicano fue el tema del aborto. Con este resultado electoral, Obama y el partido demócrata no sólo perdieron la mayoría en el Senado, la Cámara de Representantes y algunas gobernaciones importantes sino que su política pro aborto ha sido castigada severamente y se esperan cambios importantes en los próximos años. Desde 1973 Estados Unidos ha rechazado la bendición de Dios matando alrededor de 50 millones de bebés no nacidos. Si la ley del aborto no se revierte, los norteamericanos firmarán su sentencia de muerte. Lo mismo en México: si el Distrito Federal continúa matando niños en el seno materno y el aborto se extiende a otros estados, no podremos esperar sino más violencia y maldición para nuestro país.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Caso Ayotzinapa, nuestro rol como católicos

Qué tal, padre Hayen, formo parte de Pastoral Juvenil de la parroquia de Nuestra Señora del Refugio. Le escribo para que me oriente y me dé su opinión acerca de lo ocurrido con los 43 estudiantes. Como joven y estudiante tengo sentimientos de impotencia y de desconcierto, pero sé que como católico mi posición no debe ser de anarquista ni mucho menos. Y es por eso mi siguiente pregunta: ¿cuál debe ser mi rol como joven católico en esta situación? No es menosprecio, pero en base a opiniones de otras personas, la oración les sienta corta. Le escribe, Julián Velo.

Estimado Julián:
El caso de los 43 estudiantes es una profunda y dolorosa herida que refleja el enorme desprecio que ciertos sectores de nuestro país tienen hacia la vida humana y la dignidad de la persona. Ciertos políticos y personas de las mafias se asocian para satisfacer su hambre de dinero y de poder, a costa de la vida de personas inocentes y a costa del verdadero progreso de México.

Comparto tus sentimientos de impotencia y desconcierto; así nos sentimos millones de mexicanos al ver la rampante corrupción que nos está destruyendo y que en Ayotzinapa ha encontrado su punto más crítico. Como ciudadanos de este país tenemos el derecho –y a veces el deber– de manifestar nuestra inconformidad con las autoridades públicas, pero hemos de hacerlo de manera firme y pacífica. El decepcionante espectáculo de jóvenes anarquistas que destruyen y saquean los bienes públicos y privados nos daña a todos, y sólo aumenta la barbarie y la confusión. A río revuelto ganancia de pescadores.

Como católico debes, en primer lugar, orar por la justicia y la paz en México. En la oración Dios nos aconseja y nos da su Espíritu para guiar nuestras acciones y ahí, en la intimidad con Dios, el corazón se inflama de caridad. Cierto que a veces no basta la oración, pero ésta debe ser siempre el punto de partida de cualquier acción. A Dios rogando y con el mazo dando. Así que si decides manifestar tu inconformidad en marchas, plantones o en cualquier actividad, que tu expresión sea firme, pacífica y que esté inflamada por la caridad, es decir, por el amor a Dios y a tu prójimo. Nunca la anarquía ni la violencia, que ese no es el estilo de Jesús. 


Bendiciones, padre Hayen

domingo, 9 de noviembre de 2014

Domingo día del Señor

"En tres días lo reconstruiré". Jesús hablaba del templo de su cuerpo. Él es la piedra angular del templo de Dios y nosotros los bautizados, las piedras vivas. Habita en el templo y en cada piedra el Espíritu Santo. Cuidar los templos es la enseñanza hoy de la Palabra de Dios. Puedo profanar el templo cuando me comporto o visto indignamente en la iglesia, pero además cuando el pecado me domina y soy presa de la embriaguez, la ira, la avaricia, la fornicación o el adulterio. O bien puedo convertirme en profanador de templos si soy violento en casa, si favorezco el aborto o si destruyo, de alguna manera, a mi hermano donde Dios habita. La presencia real de Jesucristo en la Eucaristía nos ayude a amar nuestras iglesias donde Él se hace presente; nos impulse a buscar la santidad personal porque de su Cuerpo y Sangre nos alimentamos; y nos empuje a reverenciar a nuestros hermanos en el amor y el servicio ya que ellos son tabernáculos de Dios. ¡Buen domingo!

sábado, 8 de noviembre de 2014

La muerte de la señora Maynard

Anunció su suicidio con meses de anticipación y cumplió su palabra. Brittany Maynard, una señora de 29 años de Estados Unidos con cáncer cerebral, ingirió el sábado pasado los fármacos letales que le recetó su médico. Planeó su muerte y, para quedar amparada por la ley, se había mudado de California a Oregon, uno de los pocos estados que permite a las personas elegir su manera de morir.

Los promotores de la cultura de la muerte han tomado el caso para convertir a Brittany Maynard en una heroína de la mal llamada ‘muerte digna’. Mire usted lo que dijo Sean Crowley, portavoz de Compassion & Choices, organización que lucha para que se aprueben leyes a favor de la eutanasia: “Ella murió como quería, en paz, en su habitación, en los brazos de sus seres queridos”. Nos preguntamos, ¿de verdad será tan dulce esta clase de muerte cuando el moribundo sabe que será devorado por la nada en la que creía?

Tendría que ser uno muy ingenuo para creer que alguien ama de verdad a su cónyuge, a su padre o a su madre cuando aprueba su ejecución. Me cuesta imaginar a la señora Maynard despidiéndose dulce y tiernamente de los suyos después de haberse tomado las pastillas. Provocarse la muerte es la máxima falta de respeto a los seres queridos y a uno mismo. Y darle al suicida el veneno es como decirle que su vida no tiene sentido. Aprobar la ejecución de una esposa, más que cercanía y apoyo es una expresión de falta de relaciones de auténtica confianza y solidaridad con ella.

Darnos vida y muerte no nos pertenece. La señora Maynard, hace 29 años, no pidió nacer. De repente abrió los ojos y fue descubriendo que la vida era un regalo. Cuando gozaba de plena salud lo más seguro es que no pensara en el suicidio. Los seres humanos tenemos un instinto de conservación natural de la propia vida y sabemos que nuestra muerte no depende de nosotros, sino del poder de Dios que la dona y la quita. Nacer y morir escapan naturalmente de nuestro control. Es cierto que el morir puede provocarse, pero es algo antinatural y repulsivo para una persona de sano juicio.

Supongamos que la señora Maynard haya sido atea. Como buena no creyente, tuvo que apostar por la inexistencia de Dios. ‘Apostar’ porque ella jamás pudo comprobar con evidencia que Dios no existe. ¡Qué riesgo tan grande tuvo que haber tomado para negar al Creador! Porque en caso de que, efectivamente, Dios no exista, la señora Maynard, al quitarse la vida, nunca lo habrá sabido. Pero si Dios existe, qué peligroso es negar su existencia y suicidarse para ser recibida por Aquel a quien ella dio la espalda con su vida y al momento de su muerte. Por cálculo de probabilidades y riesgos, es más inteligente, definitivamente, creer en Dios que negar su existencia.

La eutanasia de la señora Maynard es reflejo de una mentalidad tremendamente individualista. Como la mujer que va a la abortería con la excusa de que “yo tengo derecho de hacer con mi cuerpo lo que quiero”, y no piensa en ser solidaria con la vida que gesta en su vientre, así el suicida sólo piensa en sí mismo; quiere hacer con su cuerpo lo que le place, y se olvida de que es un ser en relación con los demás. Su decisión de morir afectará profundamente a sus familiares y amigos. Y los demás, al darle apoyo, se olvidan de que toda vida en este mundo –la sana o la enferma– es un don para la humanidad, don que ha sido puesto bajo nuestro cuidado.

Para quien sólo interpreta la vida en clave materialista, la salud ocupará el grado más alto en la jerarquía de valores. Así la existencia se llenará de amores engañosos y dañinos. Y al aparecer una enfermedad degenerativa hará que la vida se vuelva insoportable y pierda su sentido. En cambio, una persona que durante su vida se dedicó a cultivar el amor a Dios, será inmensamente feliz y hallará sentido en todo, aún en el sufrimiento y la enfermedad. La eutanasia es síntoma de un profundo malestar con la vida y de un ínfimo grado de amor a Dios.

Jesús decía: “Si alguno me ama, vendremos a él, y haremos en él nuestra morada”. Muchos mueren con esta misteriosa presencia de la Trinidad dentro de su pecho. Es la gracia más grande, porque morir así es morir con el cielo por dentro y estar preparado para habitar eternamente en el divino océano del amor infinito. Pero provocarse la muerte con la eutanasia es despachar del alma al buen Dios que habría venido gustosamente a habitar en ella y abrir la ventana al espíritu del mal. Quizá el último segundo cambió el destino final de missis Maynard. Quizá. Oremos por ella.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Ante la muerte

Debe ser angustiante llegar a la muerte y saber que ya no tenemos tiempo de hacer penitencia por el perdón de nuestros pecados, de participar en la Eucaristía y el la Confesión, de escuchar la Palabra de Dios, de visitar al Santísimo, de socorrer a los pobres y necesitados, de consolar a los enfermos, de leer salmos y hacer más oración. ¿Quién llegará a la hora final de su vida con la conciencia tranquila, sin remordimientos y con todos sus pecados ya perdonados? ¡Cuánto tiempo perdemos en cosas efímeras y no aferramos lo más importante! Si nos habituamos a encontrar a Jesús en cada acción de la vida. Si cada acto es ofrecido a Él y se vuelve un encuentro con Él, entonces no esperaremos la muerte sino esperaremos a Jesucristo, e iremos serenos y seguros a cruzar el umbral. 

jueves, 6 de noviembre de 2014

Pueblo que mata a sus hijos

A la desaparición de los 43 estudiantes normalistas en Guerrero se añade la aparición, por varias partes, de fosas clandestinas sembradas de cadáveres. ¿Quiénes son? ¿Cuántos hay? ¿Cuántas fosas más encontrarán? Si a eso agregamos los debates entre políticos guerrerenses por la despenalización del aborto, el panorama en aquel estado de la república es macabro. Allá la vida no vale nada. Desde el vientre materno empieza la conjura contra la vida. ¿A la sombra de quién los ciudadanos pueden sentirse seguros? Algunos sacerdotes también han sido perseguidos y desaparecidos. Políticos, narcotráfico, policía… todo es una conspiración que obedece a la lógica del maligno, es decir, la de aquél que es homicida desde el principio. Cuando el hombre se rebela contra Dios todo termina en una lucha fratricida del hombre contra el hombre.

Cristianismo, religión militante

La vida cristiana es un combate contra el demonio, el mundo y las pasiones de la carne. Así lo afirmó el papa Francisco en su homilía, el jueves pasado, en Casa Santa Marta. Señaló que no se puede pensar en una vida cristiana sin resistir las tentaciones, sin luchar contra el diablo, sin vestir esta armadura de Dios... Muchos en la Iglesia hoy defienden un cristianismo abierto y plural, sin verdades dogmáticas bien definidas, sin afirmar que la Iglesia católica es el camino ordinario de la salvación, y así se alían con todo tipo de religiosidad humanista. En esta visión sosa del cristianismo el combate carece de sentido. No hay ningún enemigo a enfrentar, no hay alguien a quién convertir, no hay diferencia entre trigo y cizaña. Es un cristianismo sombrío: la tristeza de vivir en la torre de Babel y renunciar a la emoción de vivir en las filas del Señor de los Ejércitos.

sábado, 1 de noviembre de 2014

En el tren de la vida

Hay una parábola que compara la vida con un tren cargado de viajeros y que corre vertiginosamente hacia su destino. El tren atraviesa valles, cruza ríos, penetra en túneles por las montañas y pasa por las ciudades. Dentro del tren se desarrolla el drama de la humanidad. Viajan en él ricos y pobres, blancos, negros y amarillos, ancianos y niños, hombres y mujeres de toda condición. En su convivencia reina la agitación, el ruido, el movimiento.

Muchos luchan por viajar en los mejores asientos y con frecuencia hay riñas por tener los buenos puestos. No todos logran contemplar y disfrutar el paisaje porque el tren corre demasiado rápido. Hay quienes viajan con lecturas, otros juegan cartas, otros más están distraídos en las pantallas y en sus teléfonos celulares. Los más pudientes prefieren el comedor donde hay platillos refinados o el vagón del bar. Unos ríen a carcajadas y parece que disfrutan el viaje, otros son más taciturnos y gustan pasar el tiempo durmiendo. Los cultos van a la biblioteca y hay salas de cine –muy solicitadas– donde se proyectan toda clase de filmes.

El tren no se detiene. Corre a ritmo vertiginoso y los viajeros no se cuestionan el final de su destino. Pocos son los que están interesados por desentrañar el funcionamiento de aquella maquinaria y por saber quién la puso en marcha. Pero, en general, la gente pasa los días distraídamente. Nadie habla de la estación final porque está prohibido hablar de eso. No sea que unos cuantos pongan a pensar a los demás cosas que nunca piensan. Por eso el tema de la última estación se ha convertido en un tabú.

En el tren hay pasajeros que son discípulos de Jesús de Nazaret, el fascinante y misterioso viajero que hace dos mil años abordó el tren de la humanidad. Él les ha revelado el propósito del viaje, los acompaña veladamente y por eso viven con la esperanza de que, en la última estación, se encontrarán plenamente con él. Mientras ocurre ese momento, los discípulos del nazareno viajan alegres, con la mirada llena de gozo; disfrutan el paisaje y de todo lo bueno que hay en el tren, y se esfuerzan por hacer todo el bien posible a los otros pasajeros. Se reúnen en los vagones para compartir juntos la mesa en la que su Maestro les habla y los alimenta con su Cuerpo. No se aferran ni al ferrocarril ni al paisaje porque saben que todo ello es una vaga sombra de la vida maravillosa que les aguarda cuando el tren se detenga y lo vean a él en la estación final.

Mientras nos queda el buen olor que dejan los que ya se fueron, recordamos aquellas coplas de Jorge Manrique:

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;

allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos,
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.

Este mundo bueno fue
si bien usáramos de él
como debemos,
porque, según nuestra fe,
es para ganar aquél
que atendemos.

Aun aquel hijo de Dios,
para subirnos al cielo
descendió
a nacer acá entre nos,
y a vivir en este suelo
do murió.

El verbo morir

Con el correr de los años nuestra relación con la muerte se va transformando. Recuerdo cuando era niño, la idea de morir me aterraba. Imaginar la muerte de alguno de mis padres llenaba mi alma de angustia. Viene a mi mente la primera vez que miré un cadáver. Había muerto un tío con el que tuve cierta convivencia. Verlo de pronto encerrado en un frío ataúd, con el rostro rígido y un poco desfigurado, me produjo asombro y horror. ¿Por qué tenemos qué morir?, me pregunté muchas veces.

Luego fueron partiendo los abuelos de mis amigos. Hoy quienes se marchan son los padres de mis amigos, y no pasarán muchos años para seamos mis amigos y yo los que tengamos que dejar este mundo y atender, puntuales, nuestra cita con el Señor. Como sacerdote he acompañado a muchas personas en el momento supremo de entregar el alma a Aquel que la creó. He visto, de cerca, el verbo morir. No me impresiona tanto la muerte como la manera en que se muere, porque he visto a algunos partir en dulce paz con una oración en los labios, y a otros cruzar por la misteriosa puerta con huellas de desesperación.

¿Cómo será mi muerte? ¿Cuándo llegará la caída del telón? Quizá llegará de manera natural, como a los ancianos. Esto es mucha gracia porque se puede preparar el viaje. Los órganos se van cansando, los sentidos van perdiendo agudeza. La vista se va enturbiando y se oscurece, el oído se cierra a los sonidos. Tacto y olfato van perdiendo finura. La memoria y la inteligencia se ofuscan poco a poco. Los músculos se atrofian mientras la piel se apergamina y el rostro va perdiendo su expresión. Las relaciones con los demás se limitan y así todo anuncia la tercera llamada, tercera.

Gracia bendita es haber visto la luz y asomarse a tanta maravilla que hay por todas partes. Muchos nunca llegan a contemplarlas. Recuerdo aquella mañana en que acompañé en el hospital a una mujer cuyo bebé murió antes de nacer. Llevaron el ataúd con el feto de nueve meses y aquella madre lo abrazaba llamándolo ‘mi pequeñito’, ‘mi chiquito’, y se despedía de él en medio del llanto. Como él, millones de seres humanos mueren sin haber visto jamás la luz. ¡Misterio insondable de los secretos de Dios que nunca entenderemos y que no nos corresponde escrutar!

Nada me estremece tanto como una muerte violenta. Un hecho inesperado que bruscamente arrebata la vida. Rayos que carbonizan, bañistas engullidos por las aguas, choques en coches, avionazos y trenes descarrilados, explosiones que matan a decenas o ejecuciones a balazos. O también la muerte repentina que, a diferencia de la violenta que es causada por un agente externo, ocurre inesperadamente por un factor interno de la persona que produce la muerte instantánea cuando menos se le espera. Un infarto, un derrame cerebral, un coma diabético, nos pueden arrancar de este mundo en el momento menos esperado.

Pasan los años y reconozco que la muerte ha perdido su aspecto siniestro; ahora es amiga y compañera. Más que aguafiestas es maestra de la vida. De ella emana la luz más grande de verdad sobre el significado de la existencia. Tener que morir nos hace humildes, nos marca un tiempo, una misión. Sólo a la luz de la muerte comprendemos que amar es el único verbo que debemos conjugar. Los demás verbos no tienen importancia. Y amar, sobre todo, a Aquel que viene después. Martín Descalzo lo expresó poéticamente:

“Y entonces vio la luz. La luz que entraba
por todas las ventanas de su vida.
Vio que el dolor precipitó la huida
y entendió que la muerte ya no estaba.

Morir sólo es morir. Morir se acaba.
Morir es una hoguera fugitiva.
Es cruzar una puerta a la deriva
y encontrar lo que tanto se buscaba.

Acabar de llorar y hacer preguntas;
ver al Amor sin enigmas ni espejos;
descansar de vivir en la ternura;
tener la paz, la luz, la casa juntas
y hallar, dejando los dolores lejos,
la Noche-luz tras tanta noche oscura”.