sábado, 28 de febrero de 2015

Silencio y sacrificios

Mientras que en Calcuta hay casas de atención a los moribundos, en las ciudades occidentales muchos jóvenes viven en casas lujosas; ahí muchos no están vivos ni tienen ganas de vivir. (Beata Teresa de Calcuta)

El Miércoles de ceniza en Catedral, además de una gran cantidad de fieles, hubo muchos reporteros que buscaban información sobre la Cuaresma. Al hablar con una periodista le explicaba que los católicos hacemos prácticas penitenciales durante este tiempo para preparar las fiestas de Resurrección. Me interrumpió para hacerme la pregunta: “Y usted, ¿qué le ofreció a Dios?” Por un momento me sentí desconcertado. Aunque sentí que era una pregunta impertinente, luego agradecí a Dios por ella.

“Es cierto –me quedé pensando– ¿Tengo algo para ofrecer al Señor en esta Cuaresma?” Desde pequeño viví estas temporadas de preparación para la Pascua, entre frío y tolvaneras, con algunas mortificaciones y sacrificios. Me enseñaron en casa que los viernes no se comía carne y que debíamos ayunar el Miércoles de ceniza y el Viernes santo, pero que además había que ayudar al prójimo, suprimir los dulces o las idas al cine. Todo por amor a Jesús. Y hoy que soy sacerdote y que estoy al frente de una comunidad parroquial observo mi tendencia a excusarme de esas prácticas devocionales, así como de pagar el diezmo y de la dar de mis recursos personales para la ofrenda del templo.

Es cuando me doy cuenta de que la tibieza ha entrado en mi alma. Sacerdotes y fieles podemos entrar en el pantano de la relajación y ver las prácticas devocionales o deberes con la Iglesia como parte de un pasado piadoso y creer que, ahora que somos cristianos maduros, aquello está superado. Cometemos así un grave error. Jesús fue un piadoso israelita, observante de la ley y amante del desierto, ese lugar al que Jesús marchó impulsado por el Espíritu. Si nosotros quitamos el desierto –el sacrificio, las prácticas de piedad, el silencio orante y la mortificación– nuestra vida espiritual no pasa de la mediocridad y la tristeza termina por apoderarse del alma.

La Organización Mundial de la Salud afirma que la depresión hoy es un severo problema de salud pública. Se calcula que alrededor del 20 por ciento de la población adulta sufre depresión. ¿Por qué será también que en los países de mayor vida cómoda y bienestar material hay más depresión y enfermedades mentales? La expulsión del sacrificio, de la oración, del desierto, de la sobriedad, de la práctica de la caridad, de la búsqueda de Dios han creado sociedades llenas de gente triste.

La Cuaresma es un espolonazo que nos recuerda que la mediocridad es nuestra ruina, y que el hombre nació para escalar hasta las cumbres. Escalar es el secreto de una vida feliz y radiante. Jesús no vivió de otra manera; combatió en el desierto contra la tentación, pasó largos ratos de oración, se puso el delantal para lavar los pies a los hermanos y subió a la cruz. Su vida nos dice que el verdadero bien se conquista con la renuncia y el sacrificio. “El que quiera seguirme niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”.

Sin embargo el camino de la cruz no es andar de tristeza en tristeza, ni de amargura en amargura. Es un camino de alegría. Por eso Jesús llamó ‘dichosos’ y ‘felices’ a los pobres, a los hambrientos, a los mansos, a los que trabajan por la justicia, a los que promueven la paz y a los que lloran. Es paradójico, en el morir a uno mismo está la resurrección y la vida. Con razón escribía Benjamín Jarnés que “El júbilo verdadero sólo se adquiere a costa de un dolor vencido”.

Ir al desierto en nuestro propio hogar, abriendo espacios y tiempos de silencio más prolongados; programar sacrificios que nos hagan crecer en la caridad; imponernos mortificaciones que nos den más libertad de las cosas efímeras y más disponibilidad para acoger a los demás; privilegiar el servicio a los que sufren o hacerle la guerra frontal a ese pecado que nos está haciendo la vida triste y vacía… todo ello prepara, en términos de san Juan de la Cruz, la soledad sonora, la cena que recrea y enamora.

martes, 24 de febrero de 2015

Ensalada mixta

Esta noche cené una ensalada con una combinación de ingredientes que me pareció fantástica. Es una ensalada para desintoxicar el sistema circulatorio. ¿Qué combiné?

1. Hojas de lechuga romana
2. Zanahoria rallada
3. Betabel crudo rallado
4. Jícama picada en tiras largas.
5. Un plátano cortado en rodajas.
6. Una naranja cortada en gajos.

Mezclé todos estos ingredientes en un plato hondo y les puse un aderezo de miel y jugo de limón. Creo que esta noche dormiré ligero.


sábado, 21 de febrero de 2015

Bienvenido monseñor Guadalupe

Hace más de dos mil años unos griegos manifestaron su profundo deseo al apóstol Felipe: “Queremos ver a Jesús” (Jn 12,21). La petición de aquellos hombres es el anhelo de la humanidad sedienta de bien, de verdad, belleza y amor, que en Jesús de Nazaret encuentra colmados todos sus deseos. Hace 355 años que llegó a estas tierras, por petición de un grupo de indígenas mansos y sumanos, fray García de San Francisco. Aquellos indios pedían ser evangelizados; querían, como los antiguos griegos, conocer el rostro del Amor.

Querido monseñor Guadalupe, casi cuatro siglos han pasado desde la primera evangelización de nuestro territorio. Emociona imaginar aquella pequeña iglesia, hecha de palos y lodo, coronada con la santísima cruz, y un convento pajizo desde donde nuestros antepasados empezaron a vislumbrar a Jesús en el año 1659.

Desde entonces, grandes hombres han acompañado las luchas y las esperanzas de los habitantes de esta región, mostrándoles la santa Faz de nuestro Señor. En los momentos dolorosos de hambre, sequía y violencia de estos siglos, en los momentos de pacificación, de prosperidad y de bienestar general, los habitantes de esta región, guiados por sus obispos y sacerdotes, han levantado sus corazones hacia Jesucristo y hacia su Madre, la Virgen, para alabar y dar gracias, para implorar consuelo y caminar con esperanza.

Nos alegra muchísimo recibirlo como el cuarto obispo de Ciudad Juárez. Nuestros corazones se llenan de gratitud al buen Dios por tantos hombres magnánimos cuyos pasos han recorrido nuestro desierto anunciando la Buena Nueva.

Damos gracias por fray García de San Francisco quien fundó nuestra ciudad y muchos otros frailes franciscanos que continuaron su obra; por Juan Rafael Rascón, párroco y diputado del Estado de Chihuahua en 1824; por el padre Ramón Ortiz quien durante 62 años al frente de la Misión de Guadalupe integró la fe católica con el compromiso social; por los padres jesuitas de El paso Texas; por la obra de don Baudelio Pelayo y Brambila; por don Manuel Talamás Camandari, don Juan Sandoval Íñiguez y don Renato Ascencio León, nuestros tres primeros obispos que dejaron una rica herencia espiritual, pastoral y obra social.

La Providencia lo ha puesto ahora a usted, monseñor Guadalupe, bajo los cielos del desierto del norte de Chihuahua para ser el Sucesor de los Apóstoles y primer testigo del Resucitado entre nosotros. Lo recibe una diócesis que usted ya conoce y que lo quiere bien; una Iglesia con sus riquezas y sus límites; con un presbiterio leal a sus obispos y trabajador en sus comunidades; con comunidades religiosas donde el Reino de la gracia se transparenta; con un laicado pujante y comprometido, deseoso de ver a Jesús y que por muchas partes lo hace visible con su testimonio de vida cristiana.

Lo recibe una tierra que ha sufrido durante las últimas décadas por graves rezagos sociales provocados, sobre todo, por la delincuencia organizada, la impunidad y la corrupción. Lo recibe una ciudad con un grave deterioro en la vida de muchas de sus familias causada, sobre todo, por la pobreza y la ausencia de valores morales y espirituales. Lo recibe, sobre todo, una ciudad con hambre y sed de Dios; una tierra sedienta de misericordia y de consuelo; una comunidad cuyas heridas piden ser curadas por el contacto con el Médico divino.

Es usted más que bienvenido, señor obispo José Guadalupe. Lo recibimos como al mismo Jesucristo. Su presencia entre nosotros es el signo más elocuente de que nuestra tierra ya no es tierra desolada. En usted ha llegado el mensajero cuyos pies han recorrido los montes anunciando la era de la paz y de la libertad.

viernes, 13 de febrero de 2015

Sacerdotes para el siglo XXI

Quizá hay fieles que han detectado que su sacerdote sufre por algún motivo. En los últimos años se ha vuelto irritable, es intransigente, le gusta el dinero, se le ve con ciertas amistades particulares o tiene algún vicio oculto que ya se empieza a percibir y que da origen a rumores en la parroquia. Todos hemos conocido sacerdotes felices y también algunos que no son felices. El pueblo de Dios merece, sin duda, sacerdotes felices, hombres íntegros que sean capaces de llevarlos a Dios y acompañarlos en sus batallas.

El sacerdote ha sido, tradicionalmente, el hombre que acompaña al pueblo, que lo educa y pastorea, que ha aprendido muchas cosas en el Seminario y que hace cercano, para la gente, el misterio de Dios. Pero ahora la perspectiva está cambiando. La Iglesia empieza a mirar al sacerdote no sólo como pastor sino como oveja que hay que acompañar y seguir formando para que tenga mejor capacidad de pastorear a su pueblo. Se trata del despertar de un verdadero acompañamiento a los sacerdotes, en diversas áreas de su vida: humana, intelectual, espiritual y pastoral.

¿Por qué se necesita acompañar mejor a los sacerdotes? En primer lugar se necesita fortalecer su identidad como presbíteros. A veces el sacerdote no tiene claro que la ordenación sacerdotal lo transformó en otro Cristo para el mundo, en hombre de Dios y de la Palabra, y así vive sin cultivar vida de oración, o celebra los sacramentos de manera descuidada. Quizá le parezca que su quehacer tiene poca utilidad en la sociedad cuando, en realidad, el sacerdocio es una de las vocaciones que más embellecen la vida comunitaria. ¿Puede aspirarse a algo más grande que ser un mediador entre Dios y los hombres para enseñarles los misterios divinos, santificarlos con los sacramentos y acompañarlos en sus batallas en su camino hacia el Cielo?

No es fácil sembrar el Evangelio en el mundo actual. La cultura se ha vuelto tan compleja que si el sacerdote no continúa cultivando su intelecto, difícilmente dará una buena orientación moral y espiritual en asuntos de bioética y ecología, economía, educación, política y empresa, en asuntos de sexualidad y vida, de matrimonio y familia. Una formación permanente es indispensable para llevar la luz de Dios a los temas que suscitan grandes interrogantes para el hombre de hoy.

La vida del sacerdote está compuesta de un sinnúmero de encuentros diarios. Desde personas que le cuentan problemas graves, gente que se alegra por un ser querido que ha nacido y otros que lloran la pérdida de sus familiares, hasta aquellos que le abren su corazón para exponerle las más oscuras realidades del alma humana o de la vida familiar. Vienen a él personas con asuntos administrativos y problemas legales. ¿Cómo manejar el estrés? ¿Cómo vivir esos encuentros conservando el equilibrio emocional y no desintegrarse? No es raro encontrar hoy sacerdotes jóvenes con graves problemas de salud debido a mala alimentación, descanso insuficiente y vida sedentaria.

Puede ser que haya personas que lamentan que su sacerdote sea un hombre autoritario y déspota, que no sabe llevarse bien con todos, que tiene grupos o personas preferenciales o que vive aislado de sus hermanos sacerdotes. O bien, que no viva el celibato en la alegría de donarse a todos, sin un amor exclusivo hacia una persona.

La inmensa mayoría de los sacerdotes –me atrevo a decirlo– son hombres felices que luchan por vivir su ministerio con fidelidad, sacan tiempo para su formación permanente, cultivan una vida espiritual que es estímulo para los demás, y tienen un auténtico sentido misionero. Es bellísimo encontrarlos pastoreando, con entrega generosa, a los fieles de sus parroquias o en el servicio a la formación de nuevos presbíteros.

Sin embargo es un ministerio que, por su delicadeza y alto grado de responsabilidad, necesita acompañamiento cercano. Yo me alegro sobremanera por este nuevo cuidado que la Iglesia está invirtiendo en el pastoreo de sus pastores. Oremos para que esta iniciativa forme mejores sacerdotes que sean puentes más sólidos, y no obstáculos, en el encuentro de los hombres con Dios.

jueves, 12 de febrero de 2015

Ambrosio y Lucrecia: Hacer el amor

Lucrecia, ya viene el 14 de febrero, día del amor y de la amistad. Seguramente escucharás que algunas de tus amigas se irán con sus novios esa noche para ‘hacer el amor’. No sientas envidia por ellas. Más bien siente un poco de pena porque eso se llama ‘fornicación’ y daña las relaciones de los novios. Tú decidiste permanecer virgen hasta el matrimonio y eres una persona que busca a Dios con sinceridad de corazón. Ambas cosas son estupendas, pero déjame explicarte lo que es, en verdad, hacer el amor.

El sexo es algo maravilloso. No existe una relación física en el mundo comparable, en dignidad, a la unión sexual del hombre y de la mujer. Dios creó ese sistema para que la gente naciera en el mundo. La mayoría de los que poblamos este planeta hemos sido concebidos por la unión sexual de un hombre y una mujer. Sólo unos cuantos fueron concebidos en probetas de laboratorio, pero ellos también están llamados, al igual que todos, a compartir con Dios la vida eterna.

Dios se inventó un sistema llamado ‘familia’. En este sistema los miembros de una familia quieren, por lo general, pasar la vida juntos. Tú habrás seguramente pasado algunos días con tus amigas de vacaciones. ¿Sabes lo que significa pasar la vida junto a alguien? Se necesita mucho amor para eso. Prometer a la otra persona estar el resto de su vida junto a ella es algo para lo que se necesita mucho, pero mucho amor.

Cuando la mujer y el hombre se casan ante Dios sucede algo grandioso. Se trata de un sacramento en el que los dos unen sus vidas para convertirse en una sola carne. Al venir la luna de miel, ellos se entregan sus cuerpos mutuamente para expresar, de manera visible, el amor que se prometieron ante el altar. En la Iglesia se entregaron sus vidas, y en el lecho matrimonial se entregan sus cuerpos como expresión de que se están entregando la totalidad de su ser.

Se trata de un lenguaje de donación y compromiso del uno por el otro. No se entregan en el sexo para tratarse como instrumentos de placer, sino como expresión de genuina preocupación y cuidado por la otra persona, para toda la vida. Y claro, es una experiencia muy placentera. Las nuevas vidas provienen de ese acto de amor. Dios crea a un bebé a su imagen y semejanza a través del sexo, para que el resultado sea una familia.

¿Sueñas con tener una familia algún día, Lucrecia? Prepárate entonces y aprende a expresar tu amor a tu novio, por ahora no con sexo, sino con detalles, en las conversaciones que tengas con él y, sobre todo, con sacrificios que hagan uno por el otro. De esa manera estarás preparándote para donarte a tu esposo, para buscar el verdadero bien de él y de tus hijos.

Sigue cultivando tu relación con Dios y trata de que tu novio también lo haga. Porque el día en que se casen en el Señor, para toda la vida, entonces sí harán verdaderamente el amor. Y eso por la sencilla razón de que llevarán el amor de Dios en sus corazones y se estarán amando, uno al otro, con el mismo amor con que Dios los ama. Por eso para hacer el amor vale la pena esperar hasta el matrimonio, ¿no crees?

viernes, 6 de febrero de 2015

El padre Waldo

Uno de los capítulos más bellos de mi vida sacerdotal acaba de terminar. Del año 2009 a inicios de este 2015 Dios me regaló seis años en los que acompañé de cerca a un hermano sacerdote, cuarenta años mayor que yo. En aquel 2009 llegué como párroco a la Divina Providencia donde servía el padre José Waldo Vega Ortiz como sacerdote adscrito. El padre ya había sido jubilado, por lo que prestaba únicamente servicios sacramentales en la parroquia.

Una larga trayectoria de vida sacerdotal le acompañaba. Había sido párroco en Nuevo Casas Grandes, Nuestra Señora del Sagrado Corazón, Cristo Redentor, La Natividad del Señor y quién sabe en qué otros lugares de la diócesis… Pronto me di cuenta de que trataba con un sacerdote muy puntual, exigente consigo mismo y con los fieles, pulcro en su aseo, ordenado, sobrio, irónico en su sentido del humor, de carácter firme. Con un cúmulo de virtudes lo conocí y también con su explosivo temperamento. Bastaba que algo le irritara y Troya se chamuscaba. Así aprendí a quererlo.

Educado en la vieja guardia donde el cura del pueblo era la autoridad a la que había que obedecer sin chistar –San Buenaventura es su pueblo natal–, el padre Vega se mostraba duro en el confesionario. Su dureza me hacía sufrir un poco. Varias veces, al estar los dos escuchando confesiones en el templo, lo espiaba por el rabillo del ojo para tratar de descubrirle algún ademán brusco con algún penitente. “Misericordia, Dios mío, por tu bondad”, repetía yo en silencio. A veces tuve que pedir a los arrepentidos que solamente aquellos que tuvieran un trato familiar con él se le acercaran para la confesión de sus pecados.

En varias ocasiones salimos a cenar y entre los dos se estableció una cálida relación de confianza. Meses después sus capacidades físicas y mentales habían disminuido considerablemente y tuve que pedirle que me permitiera acompañarlo a celebrar la Eucaristía. Yo predicaría la Palabra de Dios mientras que él presidiría la misa. Pero esta idea no le agradó y prefería sentarse a escuchar, un poco molesto, la santa misa mientras yo hacía toda la celebración. Seguramente no era fácil para él que un párroco, a quien él conoció de niño, viniera a suprimirle la Eucaristía. Sin embargo era una decisión dolorosa y necesaria por el bien de la comunidad. A partir de ese momento su sacerdocio dejó de ejercerse en el altar para vivirse en el lecho de la enfermedad.

Durante más de dos años personas de la Divina Providencia y La Natividad del Señor se hicieron cargo del cuidado del padre Vega. Con delicada caridad lo visitaron y le llevaron alimentación. Dios pagará con un cúmulo de gracias –“porque estuve enfermo y me visitaste”– la generosidad de esas lindas personas. Fue hasta el año 2014 cuando los padres de Catedral decidimos compartir nuestro hogar con él. Nunca olvidaré su llegada. Al no reconocer su casa se puso más furioso que nunca y estuvo echando lumbre durante varias horas. Aquellos ataques de rabia lo dejaban agotado, se quedaba dormido y despertaba sonriente, saludando a todos, como si nada hubiera ocurrido.

Estar al cuidado del padre más longevo de la diócesis –91 eneros– ha sido una experiencia bellísima. Muchas veces hemos comido juntos y he disfrutado sus dichos y ocurrencias; otras veces lo trasladamos a la catedral para revestirlo con estola para la concelebración de la misa. Fueron muchas tardes las que jugamos dominó y otras muchas al juego de la lotería. Nos sentábamos frente a la televisión a ver películas de Cantinflas o de Pedro Infante. Algunas veces me pidió llevarlo al baño y también me tocó rezar con él por las noches el Padrenuestro, el Avemaría y el Dulce Madre.

Sin embargo el padre Vega, en pocos años, dejó de ser aquel sacerdote en plena posesión de sí mismo para regresar nuevamente a la cuna. Continuamente desconocía la casa en que habitábamos; preguntaba muchas veces por su mamá –que si sabía yo dónde se había metido, que si ya estaba acostada, que si cuándo iba a venir a visitarlo–; los días en que lo llevábamos al parque Borunda regresaba feliz asombrado de la belleza de Guadalajara; le gustaba que la casa estuviera llena de chamacos y a veces ‘regresaba’ cansado de celebrar tantas misas en Casas Grandes.

Fueron muchas noches en las que me despertó dando grandes voces a las dos, tres, cuatro de la mañana, como un niño pequeño, reclamando atención. Y al entrar yo soñoliento y un poco asustado a su habitación lo encontraba sentado en su cama, con zapatos y sombrero puesto. “Ya vámonos a casa de mi tía Pepa… ¿dónde está toda la bola de muchachos que andaba por aquí?... ¿Tú sabes dónde quedaron las llaves de la pickup? ¡Qué bonito está Veracruz pero ya me quiero regresar a Juárez!”. Eran sus respuestas. El desgaste de sus neuronas fue progresivo y hoy su mente lleva la corona de espinas de Jesús en su Pasión.

Durante el tiempo en que nuestro Señor nos permitió cuidar al padre Vega he recordado la frase que Jesús dijo a Pedro: “Te aseguro que cuando eras joven, tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras” (Jn 21,18). Es el destino del adulto mayor enfermo.

Hoy que los padres de Catedral hemos tenido que dejar la antigua casa en que vivíamos, el padre José Waldo Vega fue trasladado al Seminario donde descansa acompañado de sus enfermeras, del cuidado de los padres formadores y del cariño de los seminaristas. Dicen que la primera noche fue muy difícil para él porque desconocía la habitación, pero hoy él mismo dice que se encuentra muy a gusto en sus vacaciones y que la está pasando de maravilla mientras que nosotros tenemos que trabajar.

Celebrar misas, bautizar chiquillos, atender funerales, asistir enfermos, impartir charlas espirituales, escuchar confesiones, preparar conferencias, dar dirección espiritual, escribir artículos y pagar las nóminas son las ocupaciones más habituales que tengo como sacerdote. Sin embargo los años que pasé junto al padre Vega los llevo como un tesoro que Dios me regaló. Acompañar a un sacerdote, a otro Cristo en su Vía Dolorosa hacia el monte Calvario, eso no tiene comparación.