sábado, 29 de diciembre de 2018

La Familia es sagrada, no democrática


Hace unos meses las declaraciones de Olga Sánchez Cordero –la nueva Secretaria de Gobernación– nos dejaron perplejos. Afirmó que había llegado el momento de democratizar a la familia. El término `democratizar´ aplicado al hogar significa que en la forma de conducir la vida familiar todos deben de participar, especialmente los niños. Ellos, durante todos los siglos de historia de la humanidad, han sido relegados a tener que aprender y han sido obligados a obedecer. Eso debe de cambiar porque es injusto, según la funcionaria. Ha llegado el tiempo –dice– en que también los niños sean empoderados y les sean respetados sus derechos, especialmente los sexuales y reproductivos.

A Andrés Manuel López Obrador, a Olga Sánchez Cordero y a los legisladores debemos decirles contundentemente que con nuestras familias no se metan, porque sencillamente la Familia es una realidad sagrada. Esto quiere decir que se trata de una institución natural creada por Dios que antecede al Estado y a las leyes civiles, y que tiene sus leyes y dinámicas propias. Es en la intimidad de la vida familiar donde se vive y se aprende el amor humano y el amor de Dios, donde tiene origen a la vida humana y donde los padres educan a los hijos. Y eso es parecerse mucho a Dios. Por ello ningún gobierno debe manipular o destruir a la Familia natural, sino que debe, por el contrario, defenderla y promoverla.

El nuevo Gobierno de México no tiene ningún derecho a entrometerse entre los muros de los hogares para alterar las leyes naturales que los han regido durante toda la historia: el amor entre el hombre y la mujer, la fecundidad del matrimonio y el derecho y deber de los padres de educar a sus hijos. El sistema educativo escolar debe limitarse solamente a enseñar ciencias humanas y humanísticas a los alumnos, pero en ningún momento debe meterse dentro de los muros de los hogares para manipular sus dinámicas. Hoy el Estado está arrebatando la patria potestad a los padres de familia para imponer el adoctrinamiento ideológico abortista y homosexualista a las nuevas generaciones. Eso es herir de muerte a la familia y secuestrar el futuro de México, que son los niños.

El intento de `democratizar´a la familia es una injerencia del socialismo para crear una sociedad sin clases sociales. Igualando al hombre con la mujer y a los padres con los hijos, aboliendo toda diferencia, se quieren colocar los cimientos de una nueva sociedad de iguales. No hay cosa más antinatural que ello. ¿Son estos los cimientos antropológicos de la cuarta transformación? El Estado debe reconocer la complementariedad de todos los que integramos la sociedad y debe promover la armonía entre todos. Jamás debe buscar dividirnos o confrontarnos en una lucha de mujeres contra hombres e hijos contra padres. El aborto y la eutanasia que el gobierno está proponiendo no es otra cosa sino permitir que madres maten a sus hijos en el vientre, y que hijos maten a sus padres en la ancianidad.

La fiesta de la Sagrada Familia que hoy celebramos nos ayude a tomar conciencia de que a la Familia natural ningún gobierno debe tocarla. Su carácter sagrado ha sido marcado por Dios para bien de todos, y para que toda sociedad tenga futuro. 

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Nace el Salvador, el León de la tribu de Judá

Hay personas que les incomoda la Navidad cristiana. Sus posadas se realizan sólo por seguir una tradición, más cultural que religiosa, pero el tema de Jesucristo nunca se menciona. La cena navideña, para ellos, es sólo una cena de familia con apertura de regalos, música y una buena dosis de vinos y licores. Conozco personas que, envueltas en el ambiente consumista y materialista, gastan grandes cantidades de dinero en regalos para sus seres queridos. De esa manera degradan y trivializan la Navidad.

En algunos lugares decir `Feliz Navidad´ es embarazoso. Prefieren el `happy holidays´ o el `felices fiestas´, y nunca se dice cuál es el motivo de la fiesta. De hecho hay países secularizados donde se busca sustituir la Navidad por las fiestas del solsticio de invierno, como deseando regresar al antiguo paganismo de los romanos que celebraban la fiesta del sol invicto en el mes de diciembre. Este cambio de lenguaje despoja de sentido a la Navidad y también degrada la fiesta.

La fiesta que vamos a celebrar este martes 25 de diciembre es para adorar el misterio de la Encarnación, y después para cantar y bailar en familia de puro gozo espiritual, porque Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros. Las palabras de la Carta a los Hebreos nos introducen en el misterio de Jesús: "Tú no has querido sacrificio ni oblación; en cambio, me has dado un cuerpo. No has mirado con agrado los holocaustos ni los sacrificios expiatorios. Entonces dije: Aquí estoy, yo vengo –como está escrito de mí en el libro de la Ley– para hacer, Dios, tu voluntad".

Navidad es celebrar a Aquél que nace para convertirse en una ofrenda para Dios Padre, en un sacrificio, en un holocausto, es decir, en aquel tipo de sacrificio judío en el que toda la víctima se quemaba en honor a Dios. Así fue la vida de Jesús: holocausto y entrega absoluta. Ese es el sentido de la Navidad. El niño que va a nacer es entrega absoluta y total a la voluntad del Padre, en obediencia a Él y por amor a nuestra salvación.

Este lunes 24 de diciembre muchas familias compartirán juntas la cena de Navidad, y rodearán su celebración de detalles hermosos como acostar al Niño en el pesebre o pedir posada. Recordarán el frío de Belén, la pena de no haber encontrado lugar para María y José en la posada, la incomodidad de la cueva donde nació Jesús, los pañales y la paja. Todos esos detalles son parte del amor de sacrificio de Cristo por nosotros. Todo habla de ofrenda de amor. Ese es el Cristo al que vamos a adorar en el pesebre.

Nacerá quien fue llamado el cachorro de `León de la tribu de Judá´, es decir, el que viene con la fiereza de un león, y al mismo tiempo con la mansedumbre de un cordero, a deshacer las obras del diablo, y arrebatar la presa que el ángel caído había retenido para sí. Esa presa somos nosotros. Jesús nace para devolverle al Padre, por medio de su obediencia amorosa, a aquellos llamados a compartir con él su gloria en el cielo. Esta es la única noticia que puede traer verdadero gozo y alegría a la tierra.

Con estos hechos salvíficos que llevamos los cristianos en lo más profundo del corazón y que celebraremos en la Navidad, ¿cómo podremos saludarnos y decirnos solamente `felices fiestas´? Tampoco es ocasión para desperdiciar la fiesta derrochando dinero y endeudándonos con regalos o excesos. ¡Nace el que es nuestro regalo! ¡Nace nuestro Salvador! Sea el asombro, la gratitud inmensa y el amor lo que inunde nuestros hogares. El amor de Jesús no tiene límites. Bendito sea Él. ¡Feliz Navidad!

jueves, 13 de diciembre de 2018

Podemos rejuvenecer

Existe un antiguo cuento que expresa muy bien lo que significa el Adviento. Describe un pueblo que tenía un castillo y con una vida muy aburrida. Un día el rey informó al pueblo de que habían llegado noticias de que Dios, en persona, vendría a visitar el país y probablemente pasaría por aquel pueblito. El pueblo estalló de entusiasmo. La gente se puso a embellecer su ciudad y nombraron a un noble habitante como el centinela de la llegada de Dios; él debía estar atento, vigilando en una torre, y avisar a todos la llegada del Creador del universo.

El centinela imaginaba las diversas maneras en que Dios podría hacer su entrada al pueblo y permanecía, esperando ese momento, con los ojos muy abiertos. Pasaron los días y las noches, y Dios no llegaba. El pueblo se fue olvidando de esa idea de que Dios vendría. El mismo centinela, que antes pasaba las noches enteras sin dormir, aguardando la llegada de Dios, ahora se entregaba al sueño todas las noches. Era incapaz de vivir concentrado sólo en aquella misteriosa espera. A pesar de que sus esperanzas se fueron debilitando, el centinela decidió seguir viviendo en la torre.

Cuando sintió la muerte cercana por la enfermedad, se dijo: "He pasado toda mi vida esperando a Dios y me voy a morir sin verlo". Entonces escuchó una voz a sus espaldas, que le decía: "¿Es que no me conoces?" El centinela se llenó de inmensa alegría y le dijo: "¿Por qué me hiciste esperar tanto?" “¿Por dónde viniste que yo no me di cuenta?” Y la voz respondió: “Siempre he estado cerca de ti, a tu lado, más aún: dentro de ti. Has necesitado muchos años para darte cuenta. Pero ahora ya lo sabes. Este es mi secreto: yo estoy siempre con los que me esperan y sólo los que me esperan, pueden verme”. El alma del centinela se llenó de un gozo inmenso, y ya casi muerto, como estaba, se quedó mirando, amorosamente, al horizonte.

El Adviento es un tiempo para rejuvenecer, un tiempo para despertar al joven que llevamos dentro y que no debe morir. Hay algo muy noble que llevan los jóvenes en el corazón y que nunca debe perderse. Ese algo son los sueños de grandeza, los grandes ideales que son capaces de inspirar toda una vida. Cuando habitaba en el desierto, Juan el Bautista encendió los sueños de su generación. Les anunciaba a Aquel que iba a venir y que era infinitamente más grande que Juan. La gente que escuchaba al Bautista iba al desierto no a escuchar palabra bonitas, sino a escuchar cuáles eran las exigencias y cómo habría que disponer el corazón para recibir al Mesías.

Cuando éramos jóvenes hubo algún Bautista que despertó nuestros sueños. Quienes entramos en el Seminario teníamos el deseo de ser santos, de conquistar almas para Jesús, quizá de glorificar a Dios con el martirio de una vida inmolada. Los que contrajeron matrimonio recordarán aquellas palabras muy bellas que decían a sus enamorados, los poemas de amor que escribieron y cómo colmaron de detalles su relación de noviazgo. Otros soñaron con estudiar una carrera universitaria y llegar a ser grandes médicos, abogados o ingenieros. Hay quienes la experiencia de su primera Comunión o de su Confirmación les despertó el deseo de una vida entregada a Dios y al servicio de sus hermanos.

Sin embargo el tiempo pasó y nos fuimos acomodando. Nuestro corazón se fue desgastando y los sueños que acariciamos se transformaron en rutina y tibieza. Los sacerdotes y religiosas podemos convivir con el aburguesamiento y hasta con el pecado. Aquellos enamorados en el noviazgo hoy apenas se dirigen la palabra en el matrimonio. Quienes iniciaron su carrera universitaria acabaron por apagar sus sueños. Conocemos a muchos que con enorme ilusión hicieron su Primera Comunión o su Confirmación, pero pasaron los años y hoy son personas que hablan mal de Dios y de la Iglesia. ¿Dónde quedaron aquellos ideales que eran capaces de encauzar toda una vida?

Adviento es una invitación a ponernos en camino, a buscar aquella época en que todavía no estábamos acomodados. Es un tiempo para regresar a aquel tiempo en el que creíamos en la fuerza de un poema, o en el sentido de una marcha de protesta. Es tiempo para recuperar la certeza de que una noche de oración puede cambiar el mundo. Si así lo hacemos, descubriremos que en esos ideales Dios estaba presente . En ellos Él nos estaba llamando, porque en el fondo de nuestros sueños estábamos buscando a Dios. Regresar a recuperarlos es despertar, entonces, el deseo de que Jesús venga a nuestra vida, que venga a mí.

No nos conformemos con vivir como aquel pueblo del viejo cuento, que esperaba a Dios y que terminó por bajarse de la torre para vivir una vida aburrida alrededor de un castillo. El Señor viene, y el Adviento puede ser muy fecundo.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Casita sagrada

Los seres humanos tenemos necesidad de casa y de familia. Nuestra felicidad depende de la experiencia que tengamos en el hogar. Si vivimos rodeados de amor, de perdón, compasión, cariño, de estímulos positivos, tenemos entonces las bases para vivir una vida de alegría y paz. Esto se vive y se aprende en los hogares.

La Virgen de Guadalupe vino a México para ayudarnos a hacer casa. Como mujer experta en las cuestiones familiares, se apareció para traernos a su Hijo Jesús, Salvador de nuestros hogares. Por eso se presentó a Juan Diego como aquella que pedía que se construyera una casita sagrada. En ella quería mostrar todo su amor personal, y quería mostrarlo a Él, al Señor, que es su auxilio, su defensa y su salvación.

Tenemos hambre y sed de hogar, de vivir en una casa donde se sienta la mano De Dios que nos bendice y nos protege. Tenemos sed de habitar en un espacio donde se respete la vida gestada en el vientre materno y donde no exista la muerte; en un lugar donde los ancianos y los enfermos sean cuidados con cariño, donde los jóvenes no conozcan los vicios ni las drogas legales, sino donde desarrollen sus estudios, tengan oportunidades, hagan deporte y practiquen su religión. Tenemos necesidad de casitas sagradas que nos enseñen lo que es la justicia y la caridad con el prójimo que vive fuera de nuestras casas.

Hoy le pedimos a la Virgen de Guadalupe por los hombres de nuestros hogares, para que aprendan a amar y respetar a las mujeres y no tratarlas como objetos de placer. Pedimos que los hombres seamos más hombres, custodios de nuestros hogares, protectores de nuestras mujeres y niños hasta dar la vida por ellos. Que los hombres sepamos ser líderes espirituales de nuestras familias enseñando a los hijos a orar y a amar a la Iglesia; hombres que seamos brújula moral de la sociedad.

Hoy pedimos a la Virgen de Guadalupe que tengamos madres que amen a sus maridos y cuiden a sus hijos enseñándoles a perdonar y a ser servidores unos de otros, que eduquen a sus hijos en la fe y les enseñen a gustar del silencio y la oración.

México necesita nuevamente aprender a poner sus manos juntas, como las de la Virgen; necesita regresar a sus raíces cristianas y a no olvidarse de Dios. De otra manera nuestra tierra será un lugar inhóspito para vivir. Que sintiendo el amor maternal y fuerte de Nuestra Señora de Guadalupe seamos constructores de casitas sagradas, de civilización del amor y de la vida, de familia y de tierra de hermanos.

martes, 4 de diciembre de 2018

AMLO y los rituales prehispánicos

La investidura presidencial había quedado atrás en el palacio de San Lázaro. Ahora Andrés Manuel, el nuevo presidente, sería investido con el bastón de mando labrado en madera que le regalaron los pueblos indígenas. En la ceremonia participaron algunos brujos vestidos de blanco que dirigieron al nuevo mandatario palabras de consagración, tocaron el caracol y le hicieron una limpia.

Circula en redes sociales un video, que se hizo viral, en el que se hace la denuncia de que el presidente López Obrador, al ser partícipe de este ritual, consagró México al demonio. El mandatario se puso de rodillas. Los brujos le entregaron el bastón de mando con listones de colores, símbolo de autoridad, y en la cabeza del bastón se apreciaba la cabeza de Quetzalcóatl, la serpiente emplumada. Además uno de los chamanes invocó a los viejos abuelos guardianes que cuidan el rumbo del universo. Se le entregó al presidente un crucifijo. Por todo ello, concluye la persona que realizó el video, el presidente puso a México en manos de Satanás.

Considero como algo totalmente fuera de lugar afirmar que el presidente, al haber participado en este ritual indígena, haya entregado México al diablo. Es una afirmación que no tiene sentido. En primer lugar fue un gesto de cercanía y de consideración hacia los pueblos indígenas el haber recibido el bastón de mando, una especie de banda presidencial entre las etnias. López Obrador no participó en el ritual como un creyente de las religiones indígenas, sino como un presidente invitado que recibió, de ellos, un regalo. Pudo haber acudido a un templo evangélico a recibir una Biblia, o a una misa para recibir la bendición de los obispos católicos. Por supuesto que esto último hubiera sido lo ideal.

¿Violó AMLO el estado laico por haber participado en este ritual? Tampoco lo creo. Como presidente debe gobernar para todos los mexicanos y para todas las religiones. A todas debe escuchar. Me pregunto ¿qué tal si el tabasqueño hubiera ido el 1 de diciembre a la basílica para encomendarse a la Virgen de Guadalupe? Es muy probable que las pedradas le hubieran llovido. Sin embargo haber asistido a una ceremonia con brujos no suscitó la mínima crítica. Sin importar si se trata de una falsa religión o la religión verdadera, un buen presidente sabe reconocer lo que aportan las religiones institucionales al bien común y mantener el diálogo con ellas.

Los católicos consideramos que las ceremonias prehispánicas con copal, celebradas por chamanes que utilizan caracoles e invocan a espíritus guía, para alejar las llamadas "malas vibras", son ritos sincretistas. Es decir, son acciones de religiosidad que mezclan elementos paganos y cristianos y, por lo tanto, se trata de una fe contaminada con elementos mágicos. Y sí, efectivamente, pueden abrir las puertas para que espíritus malignos –demonios– perturben a las personas que participan en ellas. Sin embargo la acción de estos espíritus malos depende también de las disposiciones interiores que tienen los creyentes de estos rituales. Por ello no considero que López Obrador, en una mera participación externa, pueda quedar perturbado, a menos de que sea un asiduo practicante de la brujería y consulte chamanes para conducir su vida personal.

Lo grave y lo preocupante del presidente Andrés Manuel es que él, junto con su equipo, traigan a México la despenalización del aborto, la eutanasia, la libre experimentación con embriones humanos, la legalización del consumo de drogas, los derechos reproductivos, la agenda LGBT y la ley mordaza contra quienes se opongan a estos desórdenes. Entonces sí los males se multiplicarían porque México habría perdido su rumbo moral, la cultura de la muerte avanzaría implacable destruyendo familias, y el país estaría en manos del príncipe de este mundo.