martes, 31 de julio de 2018

Libros: Historia negra de la medicina

Millones de personas tienen puesta su confianza en la medicina. Somos muchos los que tomamos alguna pastilla todos los días, o recurrimos al farmacéutico cada vez que tenemos algún malestar. Los médicos gozan de gran influencia en las vidas humanas. Cuando nos hacen algún diagnóstico asustador recurrimos a otro doctor para que encienda nuestra esperanza con una segunda opinión, y cuando queda poco por hacer, son muchos los que terminan sus vidas en una cama de hospital, conectados a una tubería y lejos del cariño de sus seres queridos. Así es la confianza que tenemos en los médicos. Podemos decir, por ello, que vivimos en la era de la ‘medicalización'.

Sin embargo detrás de la ciencia médica hay una historia oscura. El libro 'Historia negra de la medicina’ es el tercero de José Alberto Palma, publicado por Ciudadela (Madrid 2016) que, en sus 192 páginas y 16 capítulos, descubre los torpes avances de la medicina, en medio de una tremenda ignorancia de la anatomía, la fisiología humana y la microbiología.

José Alberto Palma es un médico español con especialidad en neurología y doctorado en neurociencias por la Universidad de Navarra. Ganador de varios premios de medicina, publica sus investigaciones en revistas médicas. Ha escrito, además, otros libros divulgativos como 'El médico escéptico' (2010) y 'Cómo tomamos las decisiones' (2012). Actualmente radica en Nueva York, donde es profesor de la Universidad de Nueva York. Su gran afición por la historia de la medicina lo llevó a escribir este libro, de muy accesible lectura, narrado además con amenidad y dosis de buen humor.

Por una parte quienes vivimos en el siglo XXI tenemos la bendición de haber nacido en la era de la medicina moderna donde existen tratamientos efectivos para todo tipo de enfermedades. Sin embargo aquellas personas que estuvieron en el mundo antes de 1900 no fueron tan afortunadas. En su libro, Palma nos revela que, durante la mayor parte de la historia de la humanidad, los médicos hicieron más daño que bien. En el afán de querer ayudar a los seres humanos a remediar sus penurias físicas y mentales, los profesionales de la medicina cometieron toda clase de torpezas con sus pacientes, al grado de que muchas veces acudir al médico era caminar hacia la muerte.

José Alberto Palma
Lobotomías, sangrados, lavativas, pastillas de carne de momia, curación con imanes, orines y toda clase de torturas extremas y remedios repugnantes marcaron la historia de la medicina durante siglos. Hay capítulos del libro en los que el lector tiene la sensación de estar en un museo del horror, como es el que describe los tratamientos para curar la tuberculosis. Para tal propósito se vendían las grasas de los condenados a muerte, o eran frecuentes los secuestros de niños a quienes se les sacaban sus mantecas para comerciar con ellas. En Alemania se vendieron cremas para las arrugas con base de grasa humana proveniente de las placentas de las parturientas.

Pero quienes más sufrieron en la historia fueron, sin duda, los enfermos mentales. A esos pobres se les sometió a toda clase de barbaridades y torturas. En algunos lugares tener síntomas de locura era sinónimo de estar habitado por fuerzas demoníacas ocultas en el cerebro, por lo que había que someter al paciente a una trepanación, que consistía en taladrar el cerebro para liberar a los espíritus malignos. Otros muchos tratamientos salvajes fueron aplicados para remediar la ‘locura’ y se describen en la obra del doctor Palma.

A pesar de que tenemos la fortuna de haber nacido en una época de la historia en la que existe la ciencia médica --con todos sus tratamientos beneficiosos--, nuestro tiempo no está exento de oscuridades, errores, abusos y carencia de ética por parte de los profesionales de la salud. ‘Historia negra de la medicina’ es un libro que recomiendo para quienes quieran descubrir la otra cara de la historia de la ciencia.

martes, 24 de julio de 2018

Humanae Vitae y la señal de Jonás (homilía a los 50 años de la encíclica)

Hace 50 años el mundo esperaba una señal de la Iglesia. Ocho años antes, en 1960 había aparecido la píldora anticonceptiva en el mercado. Las comunidades protestantes, con la Conferencia de Lamberth, se habían abierto oficialmente a practicar la anticoncepción. El mundo católico empezó a reclamar mayor apertura del Magisterio en este tema, y así los papas Juan XXIII y después Pablo VI conformaron la Comisión Pontifica sobre el Control Natal. La mayoría de los miembros de esta comisión sugerían al papa que considerara los métodos artificiales de control natal como moralmente aceptables. La minoría, en cambio, aconsejaba al papa no cambiar la enseñanza tradicional de la Iglesia.

Los escribas y fariseos dijeron a Jesús: “Maestro, te pedimos que nos hagas ver una señal”. Pedían un signo que se adaptase al gusto de ellos para creer en Jesús y adorarlo como Dios. Y Jesús les dio una respuesta que no acabaron de entender: “Esta generación malvada y adúltera reclama un signo, pero no se le dará otro que el del profeta Jonás” (Lc 11, 30). Así el mundo católico, contaminado de las doctrinas del mundo, pedía la señal de la apertura de la Iglesia a la anticoncepción. “Que la Iglesia se adapte a la ciencia y a la modernidad”, era el reclamo generalizado.

Vino la señal de Jonás: Pablo VI publicó el 25 de julio de 1968 la encíclica Humanae Vitae, en la que mantenía la postura de la Iglesia durante dos mil años, que condenaba la anticoncepción. El mundo se rasgó las vestiduras. El escándalo y las críticas hacia el papa no se hicieron esperar. Nadie entendía el signo de Jonás que Dios daba al mundo a través del siervo de sus siervos, el sucesor de san Pedro.

“Porque así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del pez, así estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches”. La gran señal de Dios para el mundo ha sido y siempre será la entrega de su Hijo muerto en la Cruz. “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él tenga vida eterna” (Jn 3,16). Jesucristo muerto y resucitado es el signo supremo de la Revelación del amor de Dios al mundo.

Humanae Vitae no es sino una expresión de ese gran signo de Cristo muerto y resucitado por nuestra salvación. Es una señal de Jonás para la humanidad en nuestros tiempos actuales. La primera gran enseñanza de la encíclica nos describe el amor conyugal, cómo debe ser el amor de los esposos: un amor que es total, humano, fiel y exclusivo, y fecundo. Así es también el amor de Cristo Esposo por su Iglesia esposa.

La segunda enseñanza es la invitación a la apertura de los matrimonios a la fecundidad. ¿Cuántos hijos debe tener cada pareja? La respuesta del Magisterio es “todos los que puedan”, lo que no significa llenarse de hijos irresponsablemente, sino poner en práctica los principios de la procreación responsable. Es decir, los matrimonios están llamados a ser generosos para procrear, pero deben hacerlo en el conocimiento y respeto a los procesos biológicos del cuerpo humano; en el ejercicio de la virtud del dominio sobre los instintos y las pasiones; en la evaluación de las condiciones físicas, psicológicas y sociales para tomar la decisión de procrear o evitar un embarazo; y en el respeto el orden moral objetivo establecido por Dios.

La tercera enseñanza fundamental de Humanae vitae es la descripción de la naturaleza y fin del acto conyugal, el cual tiene dos dimensiones inseparables: unión y procreación. El acto sexual es para unir en amor a los esposos, y para procrear a los hijos. Salvaguardando los dos aspectos es como el acto conyugal se vive en su verdad. Utilizar el acto conyugal de otra manera, dice el papa, es contrario a la voluntad y al plan de Dios. Un matrimonio que vive su vida íntima en el respeto a las verdades de la encíclica, y que sabe tomar su cruz, es reflejo del amor de Cristo por su Esposa, signo y profecía de uno para el otro, y para la comunidad de la Iglesia.

Jesús habla de “esta generación malvada y adúltera” que no entiende los signos de Dios (Lc 11,29). Pablo VI hizo varias profecías que hoy se han ido cumpliendo: la pérdida del respeto a la mujer sin preocuparse de su equilibrio físico y psicológico, considerada como instrumento de goce egoísta; el disparo del adulterio entre esposos; y la intromisión de los gobiernos en la vida matrimonial para hacerles utilizar los métodos anticonceptivos que se consideran más eficaces, hasta llegar a tratar de imponer el aborto legal. Pablo VI no imaginó que llegarían también los años en que, por la puesta en práctica de una mentalidad anticonceptiva, algunos países europeos se convertirían en países de adultos mayores, con serios peligros de ser poblaciones en extinción.

Nosotros no queremos ser parte de la generación malvada y adúltera que denuncia Jesús en el Evangelio. No queremos ser condenados por los hombres de Nínive ni juzgados por la reina del sur (Lc 11, 32). ¡Qué desafío tan grande tenemos, entonces, en nuestra generación! Educarnos y educar en el amor verdadero, en la virtud de la castidad, en la promoción y defensa de la vida humana, convencidos de que el hombre no puede encontrar su felicidad verdadera fuera del respeto a las leyes grabadas por Dios en su naturaleza.

Pidamos al Señor en nuestra oración saber acoger con gratitud, amor y respeto la sabiduría de Humanae Vitae, señal luminosa en la oscuridad de nuestro tiempo.

(Homilía con grupos pro vida, celebrando los 50 años de la Humanae Vitae, parroquia El Señor de la Misericordia)

miércoles, 18 de julio de 2018

La enfermedad de Luis Miguel puede ser la nuestra

Para la buena vida, orden y medida. (Sabiduría popular)
Al cantante Luis Miguel le afecta el tinnitus, un mal de oído que se ocasiona por la exposición prolongada a ruidos muy fuertes. Él mismo ha dicho que desde los nueve años de edad ha estado expuesto a altos niveles de sonido. Debe ser espantoso. Un amigo mío que ha sido DJ también lo padece. Quienes sufren de tinnitus escuchan permanentemente un zumbido o silbido sin una causa externa que lo provoque. Si el silencio es para el ser humano una fuente de equilibrio y de contacto con Dios, vivir en la escucha permanente de ruido debe ser un infierno. Oro por quienes, como Luis Miguel, padecen ese mal auditivo. Creo, sin embargo, que nuestra civilización, marcada por la presencia de ruido constante, de alguna manera nos hace padecer de tinnitus.

A veces la atmósfera del centro histórico de Ciudad Juárez --lugar donde yo habito--, repleta de grupos musicales, bailes, payasos, predicadores evangélicos y música ruidosa para atraer a los clientes a los comercios, me provoca un cierto malestar. Sin embargo entrar en la nave de la catedral y tomar asiento en una de las bancas, cerca de esa puerta misteriosa llamada sagrario, junto a la que arde una lámpara roja, es cruzar el umbral hacia el reino del silencio. Ahí se refugian las personas que, sedientas de serenidad y de paz, buscan el contacto con lo divino. No se trata de escapar del ruido de la calle por algún momento, sino de colocarse ante una presencia silenciosa. Dice Robert Sarah que “el silencio no es una ausencia; al contrario: se trata de la manifestación de una presencia, la presencia más intensa que existe”, presencia que da armonía a la vida.

El hombre más sabio de todos los tiempos, Jesús de Nazaret, vivía una vida plenamente equilibrada. No se dejaba arrastrar por las exigencias de la gente. Muchedumbres lo buscaban para pedirle curación para sus enfermos y exorcismo para los endemoniados, o para ser instruidos por sus enseñanzas. Sin embargo el Maestro sabía distribuir bien su tiempo: encuentros con la gente, descanso con sus apóstoles, compartir la amistad con sus amigos de Betania, formación de sus discípulos, soledad y recogimiento. Impresiona la cantidad de tiempo que dedicaba a orar. Como piadoso israelita, no sólo cumplía con las oraciones que debían hacerse durante el día, sino que dedicaba parte de la noche para estar a solas con el Padre celestial.

Muchas veces nuestras parroquias y comunidades religiosas están marcadas por el ruido de un activismo permanente. Se trabaja mucho, se reza poco. La misma vida del sacerdote o las comunidades religiosas pueden también padecer este mal. Los resultados suelen ser palabras que se lleva el viento, en los casos menos graves. La Eucaristía, que debe estar acompasada de momentos de hondo silencio, puede volverse un rito celebrado mecánicamente que no toca el corazón. “El oficio divino --decía Thomas Merton-- recitado sin recogimiento, sin entusiasmo ni fervor, o de manera irregular y esporádica, entibia el corazón y mata la virginidad de nuestro amor a Dios. Poco a poco nuestro ministerio sacerdotal puede convertirse en el trabajo de un pocero que horada pozos de agua muerta. Viviendo en un mundo de ruido y superficialidad decepcionamos a Dios y no somos capaces de escuchar la tristeza y las quejas de su corazón”.

Pienso que el infierno debe ser un lugar o un estado de permanente ruido ensordecedor donde los condenados y los demonios no encuentran el sosiego, una especie de tinnitus eterno. Muy por encima de esos lúgubres antros donde impera el caos, allá en las alturas del cielo, donde todo lo envuelve la dulce presencia de quien el ojo no vio ni el oído oyó, reina la paz y un silencio gozoso y profundo. Ahí las alabanzas sempiternas de los ángeles y de los santos alternan con densos silencios cargados de belleza y majestad.

¡Qué hermosamente se puede construir la vida buscando espacios de silencio! Levantarse por la mañana y vencer la tentación de consultar las notificaciones del teléfono celular, dar lugar a Dios sin dejarse absorber por la angustia del hacer cosas. Buscar al Señor y estar con Él. Luego, a través de la jornada reconstruir nuestra unión con Dios, que el mundo, con su permanente ruido, quiere destruir. Si cada acción y cada decisión de la vida brota de las regiones profundas del alma donde habita el Señor, nuestro día se convertirá en un himno para alabanza de su gloria, y la vida, puede transformarse en un poema de amor.

domingo, 15 de julio de 2018

Iglesias convertidas en antros o librerías

Selexyz Dominicanen, la iglesia que se convirtió en librería en Maastricht, Países Bajos.
Imaginemos que dentro de 200 años un grupo de visitantes en la Ciudad de México llega al Museo Nacional de Antropología e Historia. El guía muestra a los turistas la sala donde se encuentra, colgado en una pared, el ayate del indio Juan Diego con la imagen de la Virgen de Guadalupe. Explica el guía: “Este ayate, considerado milagroso para muchos católicos durante siglos, fue venerado y traído a este museo hace algunas décadas, cuando cerraron la basílica porque los católicos se fueron extinguiendo. Hoy quedan apenas pocos cientos de católicos que celebran clandestinamente su fe”.

Para los creyentes esto se antoja, al mismo tiempo, imposible y escandaloso. Pero no es algo que no pueda suceder. Recordemos que en la historia del cristianismo desaparecieron regiones enteras del norte de África donde fue removida la cruz para implantar el islam. Hoy en Europa el cristianismo languidece ante un secularismo materialista muy agresivo, donde iglesias han cerrado por falta de fieles y se han convertido en librerías o restaurantes. Duele decirlo: los cristianos de Occidente somos hoy una especie en vías de extinción. Me refiero a los cristianos de verdad creyentes y practicantes, porque los cristianos de cascarón son muchos: dicen creer, pero Dios, en realidad, no tiene la mínima influencia en sus vidas. 

Es impresionante la vivacidad y el compromiso con el que los musulmanes difunden el islam. Sabemos que los misioneros cristianos, durante siglos, difundieron a Cristo en el África formando comunidades. Sin embargo los musulmanes han alcanzado también el continente negro. ¿Cómo lograron difundir el islam, que hoy tiene un número importante de creyentes y fervor religioso? El secreto es muy simple. Cada musulmán se siente misionero y todos comerciantes que llevaban las mercancías del norte al sur del continente africano esparcían, al mismo tiempo, las enseñanzas del Corán.

Esto ha de hacernos reflexionar. ¿Cómo ocurrió que nosotros los cristianos, con el pasar del tiempo, nos hemos convertido en personas cada vez más pasivas, casi hasta llegar a ver a la Iglesia como una institución extraña, a la que se acude a veces como cuando se va a realizar algún trámite a las oficinas públicas, cuando, en realidad, la fe católica es el cimiento de nuestra civilización occidental? Abramos los ojos. Somos cristianos y Jesucristo nos necesita: “Llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros". La experiencia de ser primero llamados antecede a la misión. Dirá el papa Francisco: "La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento”. (Evangelii gaudium 1)

Alguien no puede ser apóstol si primero no es un buen cristiano. La primera cualidad de un apóstol debe ser hablar con convicción. Un católico convencido es un apóstol. La convicción nace y crece en el corazón en la medida en que Jesús se convierte en una presencia viva en la propia vida. “Lo que existía desde el principio, lo que hemos visto y oído, os lo damos a conocer”, dirá san Juan. Es del encuentro con Jesús y de la intimidad con él de donde brota el deseo de darlo a conocer y hacerlo amar. No se trata de dar a conocer un producto comercial. La fe se comunica por contagio. Si Jesús no está vivo en el corazón, no se puede donar a nadie.

Muchos tienen el deseo de ser misioneros en las praderas africanas. Sin embargo las batallas más decisivas por el futuro de la Iglesia están en nuestro mundo Occidental, que ha dado la espalda a Jesús. Aquí se necesita una movilización general que los papas llaman “la nueva evangelización”. En Ciudad Juárez y en México somos testigos de la pérdida del sentido de la vida para tantas personas que viven en el mundo tenebroso del crimen organizado sembrando destrucción y muerte. Vemos a miles de jóvenes que no encuentran sentido para sus vidas, metidos hasta el fondo de la diversión, el alcohol la droga y el sexo.

En los próximos años se plantea el cierre de 14,000
de las 35,000 iglesias protestantes y católicas que hay en Alemania.
¿Podremos permanecer pasivos viendo cómo se destruye nuestra cultura? San Benito Abad no se resignó a contemplar la caída del Imperio Romano. Por inspiración divina fundó una red de monasterios que permitió la difusión posterior del cristianismo en Europa. Nos preguntamos qué podemos hacer nosotros. Hay un apostolado que se llama "de la vida cotidiana", que consiste en vivir la fe con coherencia y serenidad, en el cumplimiento de los deberes en familia y en el trabajo, en el ofrecimiento de la oración, de los sufrimientos y la práctica del amor fraterno. En este ambiente silencioso y discreto es donde Dios realiza, con sus humildes instrumentos, las conquistas más grandes.

Algunos fieles se acercan a su parroquia con la misma frecuencia con la que acuden a las oficinas de gobierno: cuando se nace, cuando se casa y cuando se muere. Otros participan asiduamente en la misa del domingo, pero continúan viendo a su parroquia como algo extraño. Hoy el clima de individualismo y el anonimato que caracteriza a nuestras ciudades han acabado con los vínculos de pertenencia a la comunidad católica.

Hay que hacer una gran obra de reconstrucción de las parroquias. Ellas son el corazón de la comunidad cristiana, de la cual somos miembros. Es necesario pertenecer a una parroquia y ahí alimentar la vida cristiana. Presentémonos al sacerdote de la parroquia y démonos a conocer. Participemos sobre todo en la vida de oración cuyo centro es la Eucaristía. Podemos informarnos de las varias iniciativas y, en la medida de lo posible, donar un poco de nuestro tiempo.

A algunas personas Dios no se limita pidiéndoles el testimonio ordinario de la vida cristiana. No son raros los casos en donde Dios lo pide todo a la persona, todas sus energías, todo su tiempo, toda su vida, como hizo con los apóstoles. Te pide ser un instrumento totalmente disponible en sus manos. Esto ocurre normalmente con la vocación al sacerdocio o a la vida religiosa, pero no sólo ello. A muchos laicos Dios confía una misión especial, pidiéndoles plena disponibilidad para sus planes. Dios necesita apóstoles de este tipo para la gran obra de evangelización en el mundo. Si tienes la certeza de ser llamado, no dudes en decir ‘sí’ y entregarse sin reservas. Nunca te arrepentirás.

jueves, 12 de julio de 2018

Invocar al Ángel Custodio de la ciudad

En este momento en que grupos de poder se están disputando el control de la ciudad para los próximos años, orar invocando al “Ángel de nuestra nación mexicana” y al Ángel Custodio de nuestra ciudad, puede hacer que la situación se resuelva con los menos posibles daños y más beneficios para los juarenses trayendo gracias espirituales y corporales. Los ángeles nos defenderán de tantos peligros para el alma y el cuerpo, y además contendrán a los demonios para evitar que hagan todo el daño que éstos quisieran. También enviarán pensamientos y consejos santos y sabios a quienes hoy se disputan el poder en la ciudad.

Nuestra nación mexicana se encuentra en un momento importante de su historia. Viene un nuevo gobierno y hay disputa por nuevos intereses. Además la violencia y la corrupción han vuelto a cobrar fuerza e innumerables víctimas en los últimos años. Ante esta avalancha de maldad e incertidumbre sentimos que no podemos solos, sino que necesitamos de fuerzas sobrenaturales para poder hacer que nuestra patria, estados y ciudades salgan adelante por caminos de justicia y de paz. Dios en su Providencia, nos ha dejado muchas ayudas espirituales para que se construya en el mundo su reino de santidad y de paz. Una poderosa ayuda es la devoción a los ángeles.

Los católicos creemos en los santos ángeles y los invocamos en nuestras oraciones. Decimos en Misa: “Por eso ruego a Santa María siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a ustedes hermanos ante Dios nuestro Señor”. Las criaturas angélicas colaboran con Dios en el gobierno del mundo y velan por nuestras ciudades. La Sagrada Escritura revela que un ángel hablaba al profeta Daniel del Príncipe o Custodio de Grecia, de Israel -san Miguel Arcángel- y de Persia (Dn 10, 12-13; 20,21). Atenágoras afirmaba que los ángeles son como las providencias particulares que velan sobre cada parte del universo para hacerlas converger hacia la gloria de Dios. Los Santos Padres de la Iglesia estaban convencidos de que cada nación se encuentra protegida por un ángel concreto.

San Francisco de Sales tenía la devoción y la delicadeza de que, cuando llegaba a una ciudad, saludaba al ángel custodio de esa ciudad. Cuando hablaba con algún grupo de personas, miraba por encima a sus oyentes, saludando a sus ángeles de la guarda y pidiéndoles que dispusieran sus corazones para entender y aceptar sus palabras. Así también lo hacía el papa san Juan XXIII cuando fue Delegado Apostólico en Bulgaria y Turquía; en su delicada misión diplomática tenía que tratar asuntos muy complejos con personas difíciles de gobierno, y decía que la invocación a los ángeles custodios de las personas que hablaban con él le daba magníficos resultados.

No vacilemos en orar invocando al Ángel que custodia Ciudad Juárez, y al Ángel Custodio de la nación mexicana en este momento crucial de nuestra historia. Si más personas crecen en su devoción a los ángeles, las grandes ayudas que tendremos de los ejércitos del cielo nos sorprenderán. “Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (Lc 18,8).

martes, 10 de julio de 2018

Libros: “Razones...” de José Luis Martín Descalzo

Buena lectura para este verano. José Luis Martín Descalzo fue un sacerdote español de honda pluma. Lo que comenzó como una serie de artículos circunstanciales publicados en el diario español ABC, se convirtió en una colección de cinco libros donde se plasma la vida interior del escritor y periodista: “Razones para vivir”, “Razones para el amor”, “Razones para la alegría”, “Razones para la esperanza” y “Razones desde la otra orilla”. Cuando en Roma leí el primero de estos libritos de trasfondo muy humano y hondamente cristiano, sabía que tendría que comprar los otros cuatro y leerlos, y así fue. Los devoré. Por supuesto que se pueden adquirir y leer por separado. Las “razones” de Martín Descalzo se convirtieron en un poderoso estimulante para descubrir nuevas dimensiones del milagro de estar vivo y de afrontar la aventura de la vida con coraje, pasión y alegría.

sábado, 7 de julio de 2018

México, el timón hacia la izquierda


Ciudad Juárez se vistió de morena el domingo pasado. Así quedó manifiesto en las casillas electorales. La elección de Andrés Manuel López Obrador y Javier González Mocken es el efecto de un deseo profundo de cambio político y social, luego muchos años de insatisfacción con los partidos que nos gobernaron. El poder que tendrá el nuevo presidente de la república nos hace recordar los años del presidencialismo mexicano de hace unos años, donde el primer mandatario ostentaba un poder absoluto. Con mayoría en las dos cámaras legislativas, López Obrador tendrá un poder omnímodo, con pocas instituciones que le hagan contrapeso. Ante el nuevo panorama político que se abre en México, como católicos hemos de tener, a mi juicio, cuatro actitudes.

La primera es colaborar con todo lo positivo que venga de su gobierno. El presidente electo tiene, en su programa, propuestas interesantes como la de crear cortinas de desarrollo en diversos puntos del territorio nacional para darle oportunidades a las personas y evitar la migración forzada. Crear una sociedad más equitativa y menos corrupta son objetivos a los que los cristianos hemos de dar nuestra colaboración. La manera en cómo lo logrará se lo dejamos a él y a sus colaboradores, y será la sociedad civil --no la Iglesia-- la que se encargue de juzgar sus acciones a través de una prensa libre.

La segunda actitud cristiana es el rechazo a todo lo que sea moralmente inaceptable. El nuevo gobierno introducirá al país a navegar por las aguas de la izquierda política, y ello tiene sus peligros, así como las derechas tienen los suyos. Los gobiernos inspirados originalmente en el marxismo y después en los socialismos derivados de aquel, han sido gobiernos que niegan la Ley de Dios y la sustituyen por sus propias leyes. Cuando el hombre deja de creer en el Dios que se hizo hombre, empieza a creer en el hombre hecho dios.

Hoy, por ejemplo, la lucha de clases que inspiró el marxismo, con el tiempo se ha transformado en lucha de sexos. Impulsada por el feminismo radical y la ideología de género, la izquierda política es fuertemente impulsora de esta agenda en el mundo. De esa manera pretende construir una nueva sociedad combatiendo a la familia tradicional; cambiar la educación por el adoctrinamiento para aceptar la homosexualidad y el aborto libre; transformar la cultura y perseguir a la religión, especialmente a la Iglesia Católica, cuyos valores son, precisamente la familia, la vida y el matrimonio, entre otros.

La oración por el nuevo gobierno debe ser también una actitud permanente del cristiano. Los hombres que dirigen la sociedad no son dioses ni ángeles. Son propensos a cometer errores en sus decisiones, tienen ambiciones internas que deben combatir y muchas tentaciones qué superar. No podemos dejarlos solos. La Iglesia enseña que Dios estableció que el gobierno del mundo fuera a través de jerarquías. Oremos para que estas jerarquías funcionen en armonía con la Sabiduría que viene de lo Alto. No queremos que se corrompan y, en cambio, sirvan para edificar el bien común el cual, finalmente, está ordenado a conseguir la salvación eterna de las almas. Nuestra oración debe acompañar, desde ahora, al próximo gobierno lopezobradorista.

Finalmente, cultivemos un gran amor a nuestra Iglesia Católica y una escucha permanente de sus enseñanzas. En lo que concierne a la fe y a la moral, ella es luz de la Verdad y del bien, presencia segura de Jesucristo en el mundo. Por eso la Iglesia, cuando sea necesario, deberá emitir juicios sobre la moralidad de las acciones del próximo gobierno, así como lo ha hecho con los gobiernos anteriores. Pobre de nuestra sociedad si, entre tantos errores, no existiera la luz del Magisterio de la Iglesia, si en la confusión de tantos caminos perdidos no resonara la voz de la Iglesia, que es la misma voz de Jesucristo.

El pueblo de México eligió a Andrés Manuel López Obrador como su próximo presidente. Lo lamentan muchos de los que no votaron por él. En cambio quienes le dieron su voto tienen gran esperanza. Hay quienes, incluso, lo han convertido en una especie de deidad, en una encarnación de Huitzilopochtli. Evitemos los extremos y con nuestra fe católica por delante, avancemos hacia los tiempos que se aproximan, confiados en Jesús, que con su vara y su cayado nos dan seguridad; y en Santa María de Guadalupe que intercede por sus hijos.

miércoles, 4 de julio de 2018

Jurassic World, el reino caído


He visto en estos días la película “Jurassic World, el reino caído”. Las escenas de acción son realmente espectaculares y el cine despliega toda su magia en esta historia de ficción y acción ubicada en el siglo XXI, donde conviven seres humanos con dinosaurios.

La historia se ubica, primero, en la isla de Nublar (Costa Rica) habitada por los últimos dinosaurios del planeta, donde existe un volcán que está en plena erupción. La pareja de Claire (Bryce Dallas Howard) y Owen (Chris Pratt) tratan de salvar a los dinosaurios de su destrucción. Para llegar a la isla son engañados por otras personas con diversos intereses, quienes llevarán a los dinosaurios al norte de California, donde serán subastados por empresarios multimillonarios que los utilizarán para sus propios fines. La segunda parte de la historia tiene como escenario los bosques californianos donde utilizarán a los monstruos para experimentación genética y fines privados.

La película hace una crítica al capitalismo salvaje (compañías farmacéuticas, industria armamentista) que explota la creación para fines lucrativos y egoístas y que, según la película, está causando cuantiosos daños a los ecosistemas en la Tierra. El hombre debe ser más respetuoso porque fue la última criatura en llegar a la Tierra, y la primera en destruirla. Cuando se deja llevar por el egoísmo explotador en el trato a la naturaleza, ésta, tarde o temprano, se volverá contra el mismo hombre.

Tres observaciones sobre lo que nos enseña la Iglesia en el tema de la ecología nos pueden hacer ver con ojos católicos Jurassic World.

Primero, en la escala del ser, el hombre es un ser infinitamente superior en dignidad a las plantas y animales. El libro del Génesis nos enseña que el ser humano es creado a imagen de Dios, y que toda la creación ha sido dada a él como un don y una responsabilidad de parte del Creador, para que el hombre no la explote irresponsablemente tratándola como una objeto de compraventa, sino que la administre con sabiduría. Por tanto, la creación está al servicio del hombre, quien debe custodiarla. Aunque los dinosaurios hayan llegado primero a la Tierra, el hombre es la culminación de la creación y todo está a su servicio: "Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y esplendor; le diste dominio sobre la obra de tus manos, todo lo pusiste bajo sus pies: rebaños de ovejas y toros y hasta las bestias del campo” (Sal 8, 6-8).

Segundo, las intervenciones del hombre sobre los animales y vegetales que implican mutaciones genéticas, pueden ser legítimas, siempre y cuando estas intervenciones actúen en la naturaleza “para ayudarla a desarrollarse en su línea, la de la creación, la querida por Dios” (Laudato si 132). El papa Francisco reconoce que no es fácil emitir juicios generales sobre la modificación genética de vegetales y animales, ya que los casos pueden ser muy diversos. Se debe escuchar a la biotecnología molecular y a la genética para conocer las implicaciones y riesgos.

Tercero, el papa señala que “es evidente la incoherencia de quien lucha contra el tráfico de animales en riesgo de extinción, pero permanece completamente indiferente ante la trata de personas, se desentiende de los pobres o se empeña en destruir a otro ser humano que le desagrada" (LS 91). Muchas veces somos “candil de la calle y oscuridad de la casa”, y otorgamos más más valor a los seres inferiores que al mismo hombre, creado a imagen de Dios.

"Jurassic World, el reino caído” está en la línea del ecologismo moderado. La disfruté en sistema IMAX, viéndola en tercera dimensión, y --¡lástima!-- sin palomitas. Mi dieta, por ahora, no me lo permite.

lunes, 2 de julio de 2018

Nuestra actitud ante el gobierno electo de México

Porque ellos venden al justo por dinero y al pobre por un par de sandalias; pisotean sobre el polvo de la tierra la cabeza de los débiles y desvían el camino de los humildes; el hijo y el padre tienen relaciones con la misma joven, profanando así mi santo Nombre. (Amós 2, 7)

El profeta Amós ponía sobre aviso al pueblo de Israel: cuidado con olvidar a Dios. Muchas veces lo hizo. Vendió por dinero al pobre y al inocente. Permitió que el que nada tenía se revolcara en el polvo, y torció los procesos de los indigentes. Son palabras duras. Amós nos recuerda lo que Dios hizo por su pueblo, y cómo Israel pervirtió su libertad para olvidarle.

El pueblo de México ha vivido un hartazgo durante los últimos años. La corrupción, la violencia, la impunidad, la migración por falta de oportunidades han estado presentes en la vida de nuestra nación. Todo ello no es sino síntoma de que, por mucho tiempo, hemos olvidado a Dios. Hemos utilizado mal nuestra libertad. Hemos olvidado el precepto del amor. El pueblo de México estaba cansado de esa situación opresora.

Dios no nos hizo libres para que tomemos esos caminos de opresión y de pecado. ¿Se quedaría México ahí para siempre? ¿Sería posible otra realidad? Cansado de su situación, el pueblo mexicano votó el domingo 1 de julio por un nuevo gobierno. El triunfo de la coalición "Juntos Haremos Historia" nos dice que los mexicanos anhelan otra realidad fuera de la opresión de la corrupción y de la falta de oportunidades.

El gobierno electo de Andrés Manuel López Obrador promete la transformación de México, un nuevo hito en la historia del país. Por el respeto a nuestro sistema democrático y a la voluntad popular, hemos de sumarnos a este nuevo proyecto en todo lo que sea un bien para la nación.

Sin embargo, ante el nuevo panorama político, flota en el aire una pregunta: ¿sabremos utilizar nuestra libertad para crear caminos de justicia y de bienestar para todos? Hay que recordar que la libertad verdadera no es independizarnos de Dios y de sus leyes. Al contrario, la ley de Dios es la única que hace al hombre libre, y la que hace posible la convivencia armónica de la sociedad. Emancipándonos de la ley divina sólo seremos prisioneros del mal. Oremos para que el nuevo gobierno elegido por los mexicanos sea promotor de la libertad religiosa y trabaje en armonía con las leyes de Dios, que son leyes inscritas en el corazón del hombre.

“Maestro, te seguiré a donde quiera que vayas” (Mt 8, 19), dijo un escriba a Jesús de Nazaret. “Tú sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos”, respondió el Señor (Mt 8,22). Seguir a Jesús es nuestro camino de libertad. Él nos dirá por dónde deberemos conducirnos, en sus mandamientos y en su caridad. Así seremos libres. Estamos entrando a una nueva etapa en la historia de México, con nuevas fuerzas políticas. Nuestra misión irrenunciable como católicos es seguir a Jesús, sin importar el rumbo político que lleve el país. Quedarnos añorando tiempos pasados es inútil. Son tiempos muertos que ya no existen. Tendremos un nuevo gobierno y con él, no sólo habremos de convivir, sino de cooperar en todo lo que sea un bien para México.

Tengamos muy claro que la mejor contribución que podremos hacer para el bienestar de nuestra sociedad mexicana es la fidelidad a nuestro Maestro y Señor. El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza, ni nosotros tampoco. A veces lo seguiremos por los caminos tranquilos de Galilea, otras veces en la agitada Jerusalén donde se encuentra el Monte Calvario. Izquierdas, centros y derechas, todos los regímenes políticos tienen luces y sombras. A los católicos nos toca acoger toda la luz y combatir las sombras.

En cualquier situación política en que nos encontremos, seamos como Santa Teresa de Calcuta, que vivía contemplando y sirviendo a Jesús. A cada moribundo que encontraba --porque no tenía dónde reclinar la cabeza--, lo acariciaba y lo sostenía en sus brazos. Sirviendo a los pobres materiales y espirituales, encontraremos a Dios y con ello daremos nuestra mejor aportación para que nuestro país sea una casa más digna para todos.