viernes, 5 de junio de 2020

Resulta que ahora soy un sangrón


Resulta que ahora soy un pesado, y nunca me lo advirtieron. Ni mis papás, ni mis maestros de religión en la escuela, ni mis catequistas cuando me enseñaron los primeros pasos de la vida cristiana me dijeron que seguir a Jesús te haría un sangrón, un pesado, un odioso. ¿En qué me metieron? Hoy que soy cristiano por libre decisión y por amor al Señor me doy cuenta de que estoy en un lío con mucha gente.

Cuando digo algo en Facebook sobre algún tema de moral sexual, llámese feminismo, aborto o ideología de género, gente comienza a protestar y me llaman homofóbico y propagador de mensajes de odio. Les gusta solamente que mis mensajes les acaricien los oídos, pero cuando expongo la doctrina de Cristo y de la Iglesia sobre algo que tiene que ver con su vida y que no están dispuestos a cambiar, entonces arde Troya y me vuelvo mala sombra, un odioso y un pesado.

San Pablo cuando estuvo en la cárcel después de sufrir persecuciones, escribió a Timoteo (2Tim 3,10-17) y le dijo que ahora él la estaba pasando mal era por su fidelidad a Cristo, y concluyó que "todo el que se proponga vivir piadosamente en Cristo Jesús será perseguido". Fue una advertencia que ya había hecho el mismo Señor cuando le dijo a Pedro: "desde ahora, en este mundo, recibirá el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y campos, en medio de las persecuciones; y en el mundo futuro recibirá la Vida eterna" (Mc 10,30).

Será mejor que los papás y los catequistas, cuando enseñen a los niños el catecismo, les adviertan que seguir a Jesús les traerá persecuciones. Será mejor que no les oculten la realidad como me la ocultaron a mí. No sea que años después, cuando quieran vivir coherentemente su vida cristiana se den cuenta de que también se han convertido en unos antipáticos, en unos impopulares y que, por sus ideas contrarias a la mentalidad mundana, les caigan a muchos como patada de mula.

lunes, 1 de junio de 2020

La escalera


Dejamos la Cuaresma y el tiempo de Pascua. Regresamos al tiempo Ordinario. Esto quiere decir que iremos contemplando la vida de Jesucristo con un orden, con una secuencia. Haremos el recorrido como la Tierra da vueltas al sol. Así nosotros iremos girando en torno al misterio de Cristo con un orden: primero el evangelio de Marcos, luego Mateo y finalmente Lucas.

San Pedro en su segunda carta nos invita a crecer. Así como muchas personas en el mundo se afanan por crecer en educación, en puestos de trabajo, en dinero, fama, poder y placer, así los cristianos estamos llamados a crecer en el conocimiento y en el amor a Jesús. Tampoco nosotros queremos quedarnos atrás en el camino de la santidad. San Pedro nos presenta una escalera por la que hemos de ascender: "poned todo empeño en añadir a vuestra fe la honradez, a la honradez el criterio, al criterio el dominio propio, al dominio propio la constancia, a la constancia la piedad, a la piedad el cariño fraterno, al cariño fraterno el amor". (2Pe 1, 7)

Hoy me pregunto si tengo hambre de crecer en la escucha de la Palabra de Dios, si deseo profundizar en conocimientos sobre Dios y sus cosas, si quiero abandonar algunos peldaños del pasado en los que tuve pactos con el mal, si deseo orar un poco más y mejor o tener alguna virtud que no he cultivado. Subamos por esa escalera con la alegría de que estaremos acumulando esos tesoros que no se oxidan y que nunca mueren.

domingo, 31 de mayo de 2020

El Espíritu Santo y la cura del cuerpo


En este día de Pentecostés el Espíritu Santo se hace presente en la Iglesia no solamente para impulsarla en su misión evangelizadora, sino también para fortalecernos contra la pandemia de Covid-19. "Y con tu poderoso auxilio fortalece la debilidad de nuestro cuerpo", pide la Iglesia al Espíritu en el tradicional himno "Veni Creator Spiritus". Es muy legítimo y necesario, especialmente cuando tenemos tantos infectados y defunciones por coronavirus, pedir al Espíritu que nos cure.

Todos estamos expuestos, unos más y otros menos, a enfermar por Covid. Hay quienes tienen limitaciones físicas congénitas, alteración de órganos o enfermedades hereditarias, lo que los hace más vulnerables al contagio. Otros pueden infectarse por su propia culpa, porque han debilitado su organismo con abuso de alcohol, droga, tabaco, desórdenes en la alimentación o abusos en el campo de la sexualidad.

Hay quienes están propensos al contagio por tener enfermedades que se originan en el alma y que repercuten en el cuerpo. Los miedos, los trastornos derivados de malas relaciones con el padre o la madre, los complejos e inseguridades pueden debilitar nuestros cuerpos. Puede ser que también influya la falta de aceptación de uno mismo, la baja autoestima, la depresión o los odios y rencores viscerales. Y, por extraño que parezca, existen también personas que les gusta estar enfermas, que viven auto compadeciéndose; parece que se fascinan al hablar de dolencias, médicos y medicinas.

Para curarnos y protegernos del Covid es necesario, entonces, colaborar con la acción del Espíritu Santo, sobre todo a través del arrepentimiento de nuestros pactos con el mal y del perdón de nuestros pecados. Muchas personas que llevan una vida de oración y de escucha de la Palabra, que acuden con frecuencia al sacramento de la Eucaristía y la Reconciliación, parecen ser más fuertes ante las enfermedades. Al tener más defensas espirituales, suelen tener mejores defensas físicas. Son como aquella mujer que, al tocar la orla del manto de Jesús con inmensa fe, quedó curada. Así, del contacto frecuente con Jesucristo sigue saliendo esa fuerza que nos cura (Lc 6,19).

Invocar al Espíritu Santo y llevar una vida de oración y de escucha de la Palabra divina no es garantía de inmunidad a las enfermedades. Dios derrota al mal, no eliminándolo con su poder, sino tomándolo sobre sí mismo en Jesucristo. El poder del Espíritu Santo se manifiesta más plenamente cuando nos concede la fuerza de llevar nuestras enfermedades con Cristo, más que al concedernos una curación milagrosa.

Al Señor damos gracias por todas las personas que han enfermado de Covid y se han recuperado. Sin embargo ellas no son más amadas por Dios que aquellas otras que contrajeron la enfermedad y murieron. Todos vamos a morir un día, pero el haber soportado con amor y paciencia este tiempo histórico tan difícil de pandemia que nos tocó vivir, es fruto también del Espíritu Santo, y nos obtendrá méritos ante Dios que perdurarán eternamente.

martes, 26 de mayo de 2020

Cuando escuchas "pasos en la azotea"


A veces tenemos que hacer cambios en la vida y dejar etapas importantes, por ejemplo, cuando te van a cambiar de parroquia o de cargo diocesano. No quiero decir con esto que el obispo me ha llamado para decirme que debo de hacer petacas y dejar la catedral o alguna oficina de la diócesis. San Pablo también sintió que su misión estaba por terminar (Hch 20, 17-27). Había evangelizado en Asia menor y ahora debía ir a Jerusalén movido por el Espíritu. El apóstol hace un balance de cuatro puntos, que bien pueden también ser nuestro balance cuando vemos que se acerca el final de una etapa o cuando escuchamos pasos en la azotea porque Alguien nos llama a la cita con el destino.

Primero, la entrega. Pablo dice que ha servido al Señor con toda humildad, en las penas y las pruebas, y que no se ha ahorrado medio alguno. Su entrega ha sido total. Ha sabido que Dios se le ha entregado totalmente a él, y él se ha donado a Dios sin reservas. El papa Francisco dice que a veces los sacerdotes y consagrados estamos demasiado pendientes de que no nos falten vacaciones y de que tengamos todo. La pregunta es qué tan generosos hemos sido con Dios, y si nos hemos sacrificado por él y por la Iglesia.

Segundo, los destinatarios. San Pablo dice que se ha entregado a judíos y a griegos para que se conviertan a Dios. A veces nos entregamos solamente a los judíos, pero no a los griegos. Tenemos grupos con los que nos sentimos cómodos y dejamos a otros, que son más incómodos, fuera. Ser una Iglesia en salida significa ir al encuentro de todos, tanto en las zonas de confort como en donde soplan tempestades.

Tercero, en lo público y lo privado. El apóstol de los gentiles fue un hombre intrépido y con carácter para dirigirse a las multitudes y hablarles de Jesucristo; al mismo tiempo se dirigió a hombres y mujeres en particular a quienes instruyó privadamente. El evangelizador no es solamente quien toma los micrófonos o se para delante de las cámaras para dirigirse a un gran número de personas, sino el que sabe instruir a sus hijos, dar buenos consejos, consolar a los tristes y orientar a quien ha perdido el rumbo.

Cuarto, docilidad al Espíritu. Este mismo Espíritu es quien ha instruido a Pablo en los misterios del Reino, y quien le ha dicho a dónde debe ir a predicar. Al momento de hacer un balance hemos de examinar nuestra docilidad al Espíritu. Hemos de revisar si nuestras decisiones y nuestra predicación tuvieron su inspiración en la oración y la meditación, que son lugares donde el Espíritu se manifiesta. Sólo en sintonía con Dios podemos llevar una palabra a los corazones.

Dios quiera que cuando me vayan a cambiar de parroquia o de cargo diocesano, o cuando me digan que tengo Covid y sienta que me falta el aire," pueda yo hacer una revisión de vida en estos cuatro rasgos que debe tener un testigo de la gracia divina en el mundo.

lunes, 25 de mayo de 2020

La medicina de Dios para el hombre


El remedio del mal que Dios dio a la humanidad enferma por el pecado es la Redención traída por Jesucristo. Por ella podemos padecer con Cristo para resucitar con Él a una vida nueva. Gracias a esta medicina nos viene la salvación, la santidad y la vida eterna.

viernes, 22 de mayo de 2020

¡Queremos pronto la Eucaristía!


Los seis obispos de Minnesota decidieron desafiar al Estado al infringir la prohibición de celebrar el culto durante la pandemia de Covid-19. Al ver que el gobierno permite que los comercios se abran y que la gente acuda a ellos manteniendo las normas de sana distancia, los prelados consideraron absurdo que las iglesias permanezcan cerradas porque los fieles necesitan la Eucaristía. Así que decidieron reabrir los templos parroquiales a un tercio de su capacidad y conservando las normas higiénicas durante la pandemia.

San Pablo, el gran héroe de Hechos de los Apóstoles, recibió el consuelo y el ánimo de Dios que le habló en sueños, para motivarlo a cumplir con su misión en Corinto. En esa gran ciudad pagana y llena de ídolos, religiones y filosofías, en donde había espacio para todo menos para el amor verdadero y la pureza del corazón, Dios quería plantar una comunidad que proclamara la fe en la resurrección de Jesucristo. Para eso cuenta con Pablo, su apóstol valiente y gran temple.

En esta gran ciudad de Corinto en que todos vivimos, donde hay tanta idolatría, necesitamos que nuestros obispos, con la debida prudencia, no tarden mucho en reabrir los templos. El Covid-19, al ponernos de cara ante la enfermedad y la muerte, ha venido a descubrir nuestros inmensos vacíos y a despertarnos de nuestros sueños de oropel. Necesitamos reavivar las comunidades cristianas que proclaman a Cristo muerto y resucitado. ¡Queremos pronto la Eucaristía! Pidamos a Dios que nuestras tristezas pronto se conviertan en gozo por sentarnos juntos a la mesa para partir y adorar el Pan vivo que alimenta y da la vida eterna.

jueves, 21 de mayo de 2020

Tristeza que se convertirá en alegría


Estamos palpando la enfermedad y la muerte muy de cerca. Ayer justamente, hablaba con una mujer contagiada de Covid que cuida a su hijo enfermo en silla de ruedas y a sus padres que necesitan oxígeno. Toda la familia tiene alguna enfermedad y ella, la que cuida a todos, está a punto de ingresar al hospital. La mujer quería confesarse por video llamada pero, al no poder absolverla por ese medio, la invité a hacer un acto de contrición perfecto pidiendo perdón a Dios.

En el evangelio de San Juan (16, 16-20), Jesús anticipó los desconsuelos de sus amigos: "Os aseguro que lloraréis y os lamentaréis vosotros, mientras el mundo estará alegre". Antes de padecer, él trata de sanar aquellas heridas aún no visibles pero que pronto se abrirán, y de ellas brotará la angustia y el desconsuelo. Sabía el Señor que vendría algo espantoso y nos dice, con realismo, "llorarán". Así inicia su terapia con nosotros.

Sus palabras no se quedaron en la tristeza ni en el dolor: "vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría." Él mismo tendrá que partir al Calvario, pero sabe que no va al absurdo ni al reino de la muerte sin fin. Aunque el camino incluye azotes, clavos y espinas, sabe que va al Padre.

No es fácil entender por qué hay tanto dolor y angustia en tantos hogares. Lo cierto es que más allá del mar de la incertidumbre está la playa del descanso. Detrás de la noche oscura se prepara el más bello amanecer.

miércoles, 20 de mayo de 2020

Verdad, profecía y adoración: obra del Espíritu

Santuario de Lourdes, Francia. Procesión de las antorchas.
Muchas cosas hace el Espíritu Santo en la Iglesia. Hoy aprendemos tres (Jn 16,12-15). Primero, nos guía hasta la verdad completa: "Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena". Aquellos que todo lo quieren ver escrito en versículos de la Biblia se quedan a mitad del camino. Se les olvida que la verdad crece y se desarrolla gracias a la acción del Espíritu que guía a los cristianos no sólo por la Sagrada Escritura sino por la Tradición viva de la Iglesia Católica. Dios va revelando la verdad completa en la Iglesia.

Una segunda enseñanza es que el Espíritu regala profetas para la Iglesia: "hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir." La Iglesia no solamente vive de la Palabra de Dios y de testimonios del pasado. Como organismo vivo, también manifiesta carismas, entre ellos el de la profecía. Con el debido discernimiento y aprobación de los sucesores de los Apóstoles, las apariciones marianas, y los fenómenos místicos extraordinarios como son las visiones, las locuciones y otros portentos –nos guste o no– son expresión del ministerio profético del que habla san Pablo en el Nuevo Testamento. Pero sobre todo el ministerio profético se manifiesta en el discernimiento de los signos de los tiempos que personas santas saben hacer inspiradas por el Espíritu.

Por último, el Espíritu nos hace crecer en adoración al Señor: "Él me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando". Está bien que la Iglesia se preocupe por dar de comer al hambriento y por la promoción de los derechos humanos. También es correcto que nuestra Iglesia proclame una moralidad alta al defender la vida, la familia y la justicia social, pero si los católicos no crecemos en adoración y alabanza nos quedamos incompletos. Estamos llamados a glorificar al Señor, alabar sus maravillas, proclamar su misericordia, elogiar su hermosura y gozarnos en su Palabra. De esa manera se despertará el deseo ardiente de contemplar su rostro en el Cielo.

martes, 19 de mayo de 2020

Era mejor que Jesús se fuera


Dice Jesús: "conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Defensor" (Jn 16, 5-11). Al hablar de esa manera, el Señor nos estaba diciendo que existe un bien mayor para nosotros que su presencia física a nuestro lado. ¿Cuál es ese bien mayor? Ese bien más grande no es su compañía junto a nosotros sino dentro de nosotros; su fuerza, su amor, su perdón, su gracia divina viviendo en nuestras almas. Su misma vida se nos comunica por la presencia del Espíritu Santo.

¿Por qué debió irse para que el Espíritu viniera? Era necesaria su muerte, porque sólo con su muerte podía derribar las murallas de mi egoísmo. El hombre egoísta y soberbio levanta sus paredes creyendo que con ellas construye su fortaleza pero, en realidad, construye su prisión y su propia tumba. Era necesario el amor más grande del mundo, manifestado en la muerte de Cristo, para que se cayeran esas murallas de maldad, como se desplomaron las de Jericó.

Cada vez que hago oración por quienes me atacan o por quienes me caen mal; cada vez que perdono o pido perdón por mis faltas; cada vez que lloro por mis pecados, cada vez que me levanto, es la muerte de Cristo la que ha derribado mis murallas. Y a través de la muerte de Cristo el Señor me entrega el Espíritu, como san Juan lo expresa: "E inclinado la cabeza entregó el Espíritu" (Jn 19, 30)

sábado, 16 de mayo de 2020

Los orígenes del mal


El hombre busca explicaciones sobre la presencia del mal en el mundo. La Revelación de Dios en la Biblia sobre los orígenes del mal arroja la luz más luminosa para entender por qué la humanidad está enferma.

viernes, 15 de mayo de 2020

Elegidos y destinados


"Soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure"
(Jn 15,16).

Elegidos y destinados son dos verbos que se conjugan juntos en la vida de los apóstoles. Somos elegidos para ser destinados a una misión, y somos destinados porque hemos sido previamente elegidos. Jesús no quiere que un verbo sea separado del otro.

Hay sacerdotes que se se sienten elegidos, pero no destinados. Sienten que pertenecen a una élite especial, a una casta sacerdotal con privilegios. Se pavonean de su vocación pero se sienten desligados y lejos del pueblo, maltratan a la gente con toda clase de abusos y se sirven de las ovejas para su propio beneficio económico. No somos elegidos para vanagloriarnos de la elección. El propósito es la misión, el envío que Jesús nos da.

Por otra parte existen personas que se hacen pasar por sacerdotes y que ofrecen toda clase de servicios, especialmente bendiciones, imposición de manos y exorcismos, con el propósito de lucrar con ello. Estos embaucadores no tienen ningún obispo que ejerza su autoridad sobre ellos. Quizá fueron personas que estuvieron en algún seminario y no pudieron continuar su formación porque no fueron considerados aptos para el ministerio. Se sintieron destinados pero no fueron elegidos.

La elección sin misión es elitismo. La misión sin elección es capricho y sectarismo. La clave para la alegría sacerdotal y religiosa es ser elegidos para servir al pueblo, y ser destinados porque confiamos en el discernimiento y en el Espíritu Santo que conduce a la Iglesia para edificar el Reino de Cristo.

jueves, 14 de mayo de 2020

Agradezco a Jesús ser su apóstol

Icono de la amistad, arte copto, siglos VI-VIIl Museo de Louvre

Hoy he recordado mi vocación sacerdotal y mi trayectoria de casi 20 años de sacerdote. La fiesta de san Matías Apóstol, quien fue quien sustituyó a Judas el Iscariote, me ha dado ocasión para agradecer a Dios por vivir, en mi propia persona, el itinerario de Jesús para formar a sus discípulos; itinerario que se expresa en el evangelio de san Juan (15,9-17). Son cinco verbos que el Señor utiliza y que me han acompañado en esta escuela de Jesús.

"Yo los he amado". Todo comenzó por dejarme amar, por recibir el amor de Dios. En él encontré mis descanso. En él hallé el perdón de mis pecados; él me sanó de mis malas inclinaciones; él reconstruyó mi vida. Jesús me aceptó como yo era pero no para dejarme donde estaba, sino para iniciar un camino de transformación. Y me sigue aceptando como soy pero para continuar una reforma de vida.

"Permanezcan en mi amor". Es un verbo clave para mantener mi vida cristiana y mi compromiso sacerdotal. La escucha de su Palabra diaria, la confesión frecuente, el contacto con él por la Liturgia de las Horas, los retiros y ejercicios espirituales, la adoración silenciosa; todo ello han sido medios que la Iglesia me ha dado para permanecer en su amor.

"Si guardáis mis mandamientos". No siempre ha sido fácil amar a Dios y al prójimo, así como tampoco ha sido sencillo sacarme los ojos o arrancarme la mano cuando son ocasión de pecado. ¿Quién dijo que en la vida sacerdotal no tendría personas difíciles a mi alrededor a las que el Señor me manda querer, o que la humildad sería algo fácil de lograr? 

"Soy yo quien los ha elegido". Hoy es una ocasión para dar gracias a Dios por el misterio de la vocación, de la elección para una misión particular que se llama sacerdocio. Y qué belleza es ver cómo Jesús enriquece su Iglesia con tantos trabajadores en la viña del Padre: hermanas religiosas, compañeros sacerdotes, laicos consagrados y familias que se forman, y una multiplicidad de carismas que edifican la Iglesia.

"Para que vayan y den fruto". Una vez elegido, he sido enviado a este lugar concreto donde ahora me encuentro, que es la Catedral. No anhelo haber nacido en otra época ni en otro país; tampoco quiero estar en otra parroquia ni en otro lugar porque es aquí donde el Señor me ha destinado para cumplir mi misión.

Es bueno recordar la escuela de Jesús para formar apóstoles, y dar gracias infinitas por su amor, su elección, su llamado, su envío.

miércoles, 13 de mayo de 2020

El Covid, el cuerpo y el Espíritu Santo

"El Juicio Final" de Miguel Ángel, Capilla Sixtina (detalle)
La pandemia de Covid-19 ha puesto de relieve la fragilidad del cuerpo humano que puede enfermar y llegar a morir por este enemigo invisible. Dolores de cabeza, fiebre muy alta, dificultades para respirar: son algunos de los síntomas que todos tenemos temor de sentir. Entrar en un hospital donde los rostros humanos han sido cubiertos por tapabocas y donde los enfermos están rodeados por la frialdad de las máquinas, con el miedo de morir sin alguien que les tome de la mano y les brinde una sonrisa, y sin saber si volverán a ver a sus seres queridos, es la experiencia más inhumana que hoy se vive en las instituciones sanitarias.

El coronavirus nos ha hecho reflexionar sobre la fragilidad del cuerpo humano y su relación con el alma. En la enseñanza cristiana, el cuerpo no es la cárcel del alma. Alma y cuerpo fueron creados amalgamados y están destinados a estar juntos eternamente, aunque serán separados sólo de manera momentánea entre la muerte corporal y la resurrección de los muertos. Al final de la historia, cuerpo y alma se reunirán nuevamente, para el bien o para el mal.

Escribió el filósofo y poeta católico Charles Péguy: "Así el cuerpo y el alma son como dos manos juntas. Ambos entrarán juntos en la vida eterna. Y serán dos manos juntas. O bien, ambos se hundirán como dos muñecas atadas. Para una cautividad eterna". Nuestra vocación es dar gloria a Dios hoy con el cuerpo terrenal, y mañana en la vida eterna con nuestro cuerpo glorificado.

Hay personas que han contraído el Covid por seguir las apetencias del cuerpo y rebelarse contra el espíritu, en vez de colaborar con él. San Ireneo decía que "no son la carne y la sangre las que están excluidas del reino de Dios, sino sólo quien secunda las malas inclinaciones de la carne y la sangre". Varias personas mayores se quejan de la rebeldía de sus hijos jóvenes ante la pandemia. Los padres hacen todo lo posible por persuadirlos de quedarse en casa, cuidarse y obedecer protocolos, pero los muchachos actúan irresponsablemente para continuar en reuniones con sus amigos y asistir a fiestas. Y de pronto empiezan en ellos los dolores de cabeza, la tos seca y la fiebre. Algunos están gravemente enfermos. Otros han perdido la vida.

Nos preparamos para la solemnidad de Pentecostés, la gran fiesta del Espíritu Santo. Hay que pedir al Espíritu que venga a fortalecer nuestros cuerpos. Es bellísimo ver que muchas personas en nuestra diócesis colaboran con el Espíritu para ayudar a las necesidades del cuerpo durante la epidemia. Ahí están tantos médicos, enfermeras y camilleros cristianos que luchan por salvar vidas; tantos donadores de comestibles y medicinas para surtir nuestros dispensarios parroquiales; tantos fieles católicos que se reúnen en redes sociales para orar por los enfermos, para sostener al personal sanitario y para que termine el confinamiento. Es el Espíritu de Dios que viene también a sostener nuestra carne.

El Gobierno federal ha señalado que a partir del 15 de junio, en algunas regiones de México, se podrán reanudar las actividades religiosas. No obstante el entusiasmo que la noticia ha suscitado, hemos de tomar este anuncio con prudencia y esperar pacientemente las indicaciones de nuestros obispos. Lo cierto es que el Pueblo santo de Dios anhela la Eucaristía, porque es en la Eucaristía donde Jesús "nos da su cuerpo –enseñaba san Juan Crisóstomo– a fin de que, uniéndonos a él, podamos tener parte en el Espíritu Santo". Mientras ese momento se acerca, como miembros de Cristo preparémonos tratando nuestros cuerpos con santidad.

"Permanecer" es la clave para orar y dar frutos


En este último tramo del tiempo de Pascua, la Iglesia nos presenta en los evangelios el discurso, o la conversación de Jesús con sus apóstoles durante la Última Cena. Es la gran homilía del Señor, o su testamento espiritual, lleno de riquísimas enseñanzas.

Hoy, por ejemplo, dice: "permanezcan en mi amor". Si la antigua alianza podía resumirse en aquella frase "Ustedes serán mi pueblo y yo seré vuestro Dios", la Nueva Alianza queda sintetizada en la palabra "permanecer" en la comunión de amor del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Otra enseñanza preciosa es sobre la oración. Dice el Señor "Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará". Orar no es sugestionarme para que Dios me cumpla lo que deseo. Orar no es un ejercicio de programación neurolingüística o cerebral para que se haga lo que yo quiero. Orar es, sobre todo, "permanecer" en la comunión con Dios. Mientras más perfectamente vivo en comunión con Él, su voluntad será la mía y no querré otra cosa que Dios no permita que suceda.

Recuerdo hace años me llamó un amigo angustiado porque su niña había nacido con síndrome down. Estaba disgustado con Dios porque había pedido por la salud de la niña en el nombre de Cristo, y Cristo no le cumplió su deseo. Podemos también disgustarnos con el Señor porque a veces no hace lo que le pedimos. Preguntémonos, más bien, si vivimos en comunión con Él permaneciendo en su amor y en sus mandamientos.

Una última enseñanza que también es bellísima. "Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos." Las vidas que no dan fruto son vidas estériles y eso es lo que hace la vida difícil e insoportable. Cuando nos entregamos a los ídolos del mundo nuestras vidas se vuelven estériles. Una vida que da fruto abundante es la vida transformada por Cristo y que ayuda a los demás a transformar sus vidas. Son vidas plenas, fecundas y felices porque proclaman la hermosura del amor divino.

martes, 12 de mayo de 2020

El Príncipe de este mundo


Durante la gran homilía de Jesús en la Última Cena, que abarca los capítulos del 13 al 17 del evangelio de san Juan, el Señor hace referencia al poder de las tinieblas y lo llama "Príncipe de este mundo". Un príncipe es un gobernante, alguien que tiene poder y señorío en sus tierras. En efecto, el diablo lo tiene. Cuando el Tenebroso llevó a Jesús a lo alto de un monte y le mostró los reinos de la tierra, se los ofreció a cambio de adoración. Eso quiere decir que todo lo que está en el mundo lleva, en mayor o menor medida, la huella del mal.

Es impresionante que los tentáculos del pecado lo penetran todo: el arte, la literatura, el cine, la política, los medios de comunicación, el deporte, la ciencia, la tecnología. No hay adelanto técnico o científico que no empiece ser utilizado para corromper. Todo lo humano y todo lo que hay en el mundo lleva, en alguna medida, el impacto de la inmundicia. La misma Iglesia no está exenta de corrupción.

Sin embargo el mensaje de Jesús está lejos de ser negativo. Todo lo contrario: nos dice que el príncipe del mundo no tiene poder en él, y que no tengamos miedo porque él ha vencido al mundo. "Velen y oren para no caer en tentación", dirá más tarde en Getsemaní. Con esa confianza, adhirámonos a Jesucristo para quedar limpios de toda forma de maldad, y avancemos en el camino, firmes en la fe.