miércoles, 12 de septiembre de 2018

El "11 de septiembre" de la Iglesia

La Iglesia está viviendo su 11 de septiembre propio. En esa fecha del año 2001, en Nueva York, perdieron la vida casi tres mil personas por el derrumbe de las torres. Pasaron 17 años y vino para la Iglesia el informe de Pensylvannia en el que reporta que número grande de almas fueron mortalmente heridas por sacerdotes en la Iglesia Católica. Monseñor Gänswein -secretario de Benedicto XVI- ha dicho que es como si todas las iglesias de Pensylvannia hubieran colapsado repentinamente, junto con la Basílica de la Inmaculada Concepción de Washington DC.

La inmensa mayoría de los sacerdotes -quiero creerlo así- entramos un día al Seminario deslumbrados por la persona de Jesucristo. “Tú eres el Mesías”, le dijimos sin titubear. Por eso estábamos ahí, dispuestos a entregar la vida por él. ¿Qué sucedió en el camino? Pudo ser que hayamos tenido la experiencia de Pedro. El apóstol, en el caminar con el Señor, se dio cuenta de que Jesús le invitaba a la renuncia al mundo, a la sobriedad y la castidad, al servicio generoso y al cultivo de las virtudes, al sacrificio y la entrega de la propia vida. Asustado, Pedro trató de disuadir a su Maestro.

“Apártate de mí, Satanás”, le dijo Jesús al que sería la cabeza de los apóstoles, reprimiéndolo. Seguramente el pescador de Galilea jamás olvidó aquella frase. Pedro creía que Jesús era otro tipo de Mesías. Lo confundió con un mesías político y militar, cuando en realidad Jesús venía como el Siervo sufriente de Yahvé. Venía a derrotar a sus enemigos con las armas de la obediencia, el sufrimiento y el servicio. Su dominio era desde la Cruz y no desde las victorias humanas. Cuando como sacerdote olvido la cruz y mis glorias pasan a ser las del mundo: competencia social, parroquias económicamente pudientes, fiestas y banquetes, carrera eclesiástica, puestos de poder en la diócesis... temo haber perdido el rumbo de mi ministerio y temo escuchar al Señor que me reprenda con aquella misma frase que Pedro nunca olvidó.

Mis glorias pueden llegar a ser las construcciones y las mejoras a los templos, la participación en los medios de comunicación social, el haber celebrado los matrimonios de la alta sociedad o la lucha por mejorar el progreso material de las comunidades. Si es así, entonces al final me esperará el cansancio, la incertidumbre, la desilusión, una vida de pecado y quizá la pérdida de la vocación. Escandalizada por la corrupción moral de algunos miembros de las altas jerarquías de la Iglesia, mi madre en estos días me preguntaba cómo era posible que Dios haya llamado a un obispo de tanta importancia como el de Washington y haya caído en tan abominables actos. Le respondí que Dios hace el llamado, pero que la vocación se puede perder, si no se cultiva o se descuida. Le sucedió a Judas y puede suceder a cualquiera que se duerma en el camino.

¿Cuál es la ruta para recuperarnos de este “11 de septiembre” que está haciendo tanto daño a la Iglesia? Sin duda necesita la Iglesia obispos fuertes, valientes, decididos a no tolerar la corrupción en sus diócesis, presbiterios y Seminarios. Sin embargo el trabajo lo hará principalmente el Espíritu de Dios. Hemos de ponernos de rodillas y pedir al Señor que venga a reparar la viña que su diestra plantó y que un día él hizo vigorosa con los testimonios de los santos. Nuestra actividad en la Iglesia debe quedar subordinada al cultivo de una fe profunda y a la búsqueda de la santidad personal y comunitaria, desde una visión de eternidad, viviendo no para nosotros mismos, sino para Aquél que murió y resucitó por nosotros.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

Disparos contra el Santo Padre

Hace unos días, apenas concluía el Encuentro Mundial de las Familias en Dublín, el papa Francisco sufrió un atentado moral. Carlo María Viganó, ex nuncio apostólico en Estados Unidos, en una carta-testimonio de once páginas, denunció al Santo Padre por haber encubierto las perversiones del cardenal McCarrick, quien fuera arzobispo de Washington. Pasados unos días, Viganó volvió a arrojar otro dardo contra al pontífice, esta vez sacando a luz una reunión privada que el papa habría tenido, durante su viaje a Estados Unidos, con una mujer activista anti-gay, y que a su tiempo no se hizo pública.

El ex nuncio Viganó tuvo buena puntería. Supo lanzar las acusaciones al papa en el momento preciso, justo al terminar el Encuentro de las Familias en Irlanda y después de que se hiciera público el informe de Pennsylvania, en el que se denunciaron a alrededor de 300 sacerdotes por abuso sexual en los últimos 70 años. Era el momento justo para provocar una perfecta tormenta mediática. El efecto fue una división en la Iglesia, principalmente en Estados Unidos, con clérigos y laicos a favor y en contra de Francisco, a quien Viganó pedía la renuncia como obispo de Roma. Y es que sectores muy conservadores de la Iglesia estadounidense tienen gran desprecio por nuestro papa actual y quieren verlo fuera del Vaticano, como es la agencia de católica de noticias Life Site News, que constantemente difama al papa.

En el arte de corregir al hermano que supuestamente ha fallado, Monseñor Viganó tomó un camino diverso al de Jesucristo. Se le olvidó que la corrección fraterna es el camino del cristiano para hacer una denuncia contra una persona de la comunidad. Hizo pública su carta y provocó una escisión gravísima en la Iglesia. “Si tu hermano peca, primero ve y corrígelo a solas”, dice el Señor. Si no te hace caso, entonces hazte acompañar de algunos de la comunidad para que hablen con la persona. Si ni así te hace caso, entonces díselo a la comunidad (Mt 18, 15-20). Este no fue el camino de Viganó para corregir al sucesor de Pedro. 

Con sus cartas acusadoras, el ex nuncio ha escandalizado a muchos en la Iglesia, incluyendo a los pequeños de fe sencilla. Ignoro si midió las consecuencias, pero con seguridad perturbó a muchísimas almas, tentándolas a abandonar su fe católica. Santo Tomás de Aquino enseña que el pecado de escándalo consiste en provocar la ruina espiritual de otras personas.

Los abusos sexuales de menores por algunos sacerdotes son, sin lugar a duda, actos mucho más abominables, perversos y escandalosos que las cartas del ex nuncio Carlo María Viganó, lo que exige al papa y a toda la Iglesia erradicar las causas de manera inmediata. Sin embargo, así como los sacerdotes abusadores dejaron entrar al diablo en sus corazones para hacer el daño que hicieron a sus víctimas, también me parece oler, entre los escritos de Viganó, el azufre del Tentador. Diablo significa ‘acusador’ o ‘calumniador’. Satanás es el nos acusa día y noche delante del trono de Dios, pero además es quien provoca divisiones en la Iglesia, el que nos hace entrar en guerra unos contra otros. ¿No ha sido este el efecto de las acusaciones del ex nuncio?

Los acusadores de Francisco quieren que el papa se defienda, que hable, que discuta y que diga lo que piensa. Quieren que siga la tormenta con gran estruendo en los medios para que, presionado, al fin abandone el papado. Sin embargo el Santo Padre ha tomado el camino más sabio y prudente en este momento, que es el camino del silencio. Lo dijo a los periodistas en en avión que lo traía desde Irlanda: “Lean ustedes atentamente el comunicado y hagan ustedes su propio juicio. Yo no diré una palabra sobre esto, creo que el comunicado habla por sí mismo y ustedes tienen la capacidad periodística suficiente para sacar sus conclusiones”. Y en su homilía del lunes 3 de septiembre expresó: “La verdad es suave, la verdad es silenciosa; con las personas que buscan solamente el escándalo, que buscan solamente la división, el único camino a seguir es el del silencio y la oración”.

El papado siempre será el blanco de ataque preferido de los dardos mortíferos del Engañador, porque sabe que una vez herido el pastor las ovejas se dispersan. Como muchas conferencias episcopales y movimientos laicales de todo el mundo han manifestado su adhesión al papa Francisco en medio de las acusaciones del ex nuncio, así nosotros le brindamos nuestro apoyo incondicional y, sobre todo, nuestra oración. Mientras que la Iglesia se mantenga firme en la fe de Pedro -roca visible de la unidad de la Iglesia- podremos navegar serenos en el mar tempestuoso de la historia. 

martes, 4 de septiembre de 2018

El Adversario de Dios

La vida del hombre es un duro combate espritual
En nuestros ambientes de Iglesia me asombra que muchas personas de las generaciones jóvenes, especialmente entre los millenials y la generación Z, estén a favor del aborto. El espíritu del mundo los ha convencido de que la mujer tiene derechos sobre su propio cuerpo, y que cada uno puede hacer de su vida lo que le dé la gana, sin someterse a Dios y a sus mandamientos.

Hoy aparece en el evangelio un hombre que tenía un espíritu impuro y que, a la presencia del Hijo de Dios, grita con fuerza: "¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. Y Jesús lo increpó diciéndole: “Sal de ese hombre”, a lo que el demonio obedeció.

El diablo es habilísimo para ocultarse. Actúa disfrazándose de ángel de luz, y es muy astuto para proponer el mal bajo la apariencia de bien. Propone una felicidad ilusoria y soluciones que parecen benefactoras para la humanidad. Es interesante que la Biblia presente a Satanás como un enorme dragón (Apoc 12, 3), y que san Pedro advierta que se trata de un león rugiente que busca a quién devorar. Jesús también pide sensatez y temor ante quien puede arrojar el alma y el cuerpo al lugar de castigo (Mt 10, 28). Muchísimos cristianos, en cambio, hemos dejado de creer en su existencia o lo hemos reducido a una caricatura inofensiva, inventada por los curas para asustar a la gente. Si esto pensamos, nuestras almas están en grave peligro.

Una persona comprometida seriamente en su vida espiritual no tardará en descubrir la presencia del enemigo de Dios, que buscará todos los medios para apartarlo del camino del bien. Sólo veamos las vidas de los santos para darnos cuenta de la tremenda lucha que ellos tuvieron que emprender contra el tentador.

A veces la prensa nos deja estremecidos cuando nos presenta noticias de la crueldad inaudita que existe entre las bandas del narcotráfico. Con horror vemos la saña con la que se matan entre ellos. Los mueve algo que se llama odio. Odiar es una fuerza destructora que puede nacer y crecer en nuestros corazones. Si lo permitimos, llega a cobrar una fuerza destructora descomunal en las personas, las familias y las sociedades.

Satanás fue la primera criatura que engendró el odio. Fue el ángel rebelde que no se sometió al Creador con humildad, obediencia y respeto. No quiso depender de Dios y, al no poderlo eliminar, se opuso a Dios y por ello pretende destruir toda la obra divina en la historia. Si Dios es amor, según nos enseña san Juan, Satanás y sus ángeles son odio, odio contra Dios y contra la imagen de Dios, que es el hombre.

Es Satanás quien infunde el odio en muchos corazones. Muchos ateos, por ejemplo, lo que no soportan, en realidad, es tener que rendir culto, someterse y depender de Dios. Hacen de su vida un absoluto y es el adversario de Dios, sin que ellos se percaten, quien les comunica su odio.

Jesús vino a deshacer las obras del diablo, y fue Él quien dejó a su vicario, el papa, en la tierra. Las enseñanzas de los papas y la doctrina del Magisterio, tan llenas de sabiduría, son un medio que Dios nos ofrece para deshacer, nosotros también, las obras del diablo. Amemos a los papas, oremos por ellos y leamos sus enseñanzas. Con ellas saldremos de las tinieblas y podremos caminar en lo admirable de la luz divina.

viernes, 31 de agosto de 2018

La Pasión de Cristo en un taxi

Don Juan era taxista en Ciudad Juárez. Había vivido del volante durante más de cuarenta años. A las siete de la noche iniciaba sus operaciones en el centro de la ciudad y siempre regresaba a su casa a las dos de la madrugada. Aquella tarde Martha, su esposa, lo despidió, como siempre, después de haber cenado, con un beso y una bendición. Pero Juan no regresó. Eran las cuatro de la mañana cuando su mujer se levantó preocupada. “Seguramente habrá tenido algún problema con el taxi”, pensó. El paso de las horas se fue convirtiendo en una angustiosa espera, hasta que dos días después recibió una llamada telefónica que le heló la sangre. Juan había sido encontrado muerto y decapitado.

Martha aún no se puede recuperar después del golpe que recibió. Sus ojos, cansados de llorar, reflejan tristeza. Sin embargo no es un dolor que la aplasta. Ella, como católica, se ha acercado más a la Iglesia donde encuentra consuelo, y piensa con frecuencia en aquel hombre llamado Jesús de Nazaret que murió otorgando el perdón a los que lo crucificaban: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Gracias a esas palabras hoy ella ha recobrado la serenidad y pide a Dios por la conversión de los asesinos de su esposo.

¿Habrá muerto Juan en amistad con Dios? Por un tiempo esa pregunta atormentaba el corazón de Marta. Y la misma pregunta está también en el corazón de aquellos que han visto a sus familiares morir repentinamente. “Me duele y me inquieta pensar –se lamentan muchos– que no se haya arrepentido, y que su alma se haya perdido para siempre”. Pero Marta tiene mucha esperanza. Aunque Juan no iba tan seguido a la iglesia, ella recuerda a san Dimas, el malhechor que, en el último minuto de su vida, miró las llagas de Jesús y lo amó infinitamente: “Acuérdate de mí, Señor, cuando estés en tu reino”. Y la respuesta del Señor la llena de esperanza: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Marta nunca ha trabajado. El taxi daba el ingreso suficiente para ella y para su esposo. Hoy que se quedó sin el ingreso de Juan, se ha ido a vivir a casa de Armando, el menor de sus hijos. Como la Virgen María, que al perder a Jesús empezó a vivir para los discípulos de su Hijo, hoy la única razón de la vida de Marta son sus hijos y nietos. “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, fueron las palabras del Crucificado que, como heredad, nos dejaba a María como Madre nuestra. Su Corazón inmaculado es refugio y consuelo para todos, especialmente para aquellos que, como Martha, se han sumergido en el mar del sufrimiento. La unión con la Virgen nos permite transfigurar el dolor en servicio amoroso.

El crimen de Juan el taxista es uno de los miles de asesinatos que oscurecen nuestro mundo. Los jóvenes inmersos en el infierno de las drogas, el mundo tenebroso del narcotráfico, la trata de mujeres y niños que son nuevas formas de esclavitud, la explotación a los migrantes, la pornografía, los abortos, adulterios y tantas formas que toma el pecado, hacen que las tinieblas recubran la faz de la tierra en pleno día. Terrible fue la oscuridad que envolvía el alma de Jesús en aquel Viernes Santo, y que lo empujaron a gritar: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Su clamor se prolonga misteriosamente hoy en tantas formas en que se pisotea la dignidad humana.

A raíz de la muerte de Juan, Martha se ha acercado mucho más Dios. En el Calvario ha podido contemplar más de cerca al Crucificado. Ahí, junto a la Cruz, puede escuchar dos palabras del Redentor: “Tengo sed”. ¿Sed de qué? A Marta le parece increíble que sea sed de su amor. ¿De ella, criatura insignificante y pecadora, tiene sed Dios? Estas palabras la asombran. Pero también la han llevado a comprender que hoy, tantas personas que sirven en la Iglesia, que viven en oración y que hacen el bien a tantos pobres, abandonados, tristes y cautivos, en realidad están calmando la sed de Jesús. Poco a poco ha comprendido que los retiros de evangelización, la Confesión, las horas santas, las Eucaristías, las devociones y las obras de misericordia son el esfuerzo de la Iglesia Esposa por llevar un refrigerio a Jesús, por aliviar su sed de almas.

“Todo está cumplido”, exclamó el Crucifijo. La obra de la redención, que el Padre le había encomendado, estaba concluida. Una sola gota de su Sangre bastó para salvar a la humanidad. Sin embargo la Pasión de Cristo hoy se sigue viviendo en sus miembros, en Juan el taxista, en Marta, en sus hijos, en ti, en mí y en tantos que lo crucifican o sufren en nuestro entorno. “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”, decimos como Él. A Él nos abandonamos pidiendo que nos proteja a la sombra de su cruz.  

(Artículo publicado el 13 de abril de 2014)

jueves, 30 de agosto de 2018

Santa Rosa y la crisis de la Iglesia

La vida de santa Rosa de Lima ilumina la crisis que se vive hoy en la Iglesia, en torno a los escándalos de abusos sexuales de una parte del clero. Santa Rosa encontró la perla preciosa del Reino de Jesucristo y el tesoro escondido del amor de Dios. Desde niña quiso consagrarse a Jesús, cuando ante aquella imagen de la Virgen sintió que el Niño le decía: “conságrame todo tu amor”. Rosa renunció al matrimonio con un joven de familia rica, y lo hizo por entregarse con amor exclusivo a su Señor.

La suya fue una vocación muy especial para la Iglesia. Inspirada por los escritos y la vida de santa Catalina de Siena, Rosa se entregó a la meditación y al estudio, a la oración y a la penitencia, encerrada en su casa. Sólo salía para asistir a la santa Misa y a visitar a los enfermos. Mortificó su orgullo y amor propio, vivió en ayuno casi continuo, comiendo lo mínimo para no desfallecer. Se mortificaba bebiendo muy poco, durmiendo en tablas y teniendo un palo por almohada. Es difícil pensar en penitencias más fuertes.

Las personas a las que Dios llama para consagrarse a Él con un amor exclusivo son los sacerdotes, los religiosos y laicos consagrados. Cuando Dios llama es para que el elegido se entregue con amor absoluto a Jesucristo y una pasión grande por su reino. Dándole el don del celibato, Dios libera el corazón de su elegido y lo inflama en el amor a Dios y a sus hermanos. El celibato es un medio para que sacerdotes y consagrados se dediquen con entusiasmo y alegría al servicio de Dios y del apostolado. Para ello tendrán que practicar la mortificación y habrán de disciplinarse en la guarda de sus sentidos.

La crisis sacerdotal que hoy ha desatado un terremoto en la Iglesia es una crisis de celibato. Los abusos sexuales de una parte del clero se debe, mayormente, a la homosexualidad y no a la pederastia. Una persona que tiene una homosexualidad fuertemente arraigada se vuelve incapaz de donarse para el Reino de Dios al estilo de Jesucristo como lo hizo santa Rosa de Lima. Es importante, entonces, trabajar en las vocaciones para que éstas no se perviertan, sino que sean expresión de una entrega apasionada y alegre al servicio de Dios y de la Iglesia. El Pueblo de Dios merece sacerdotes que sean auténticos esposos de la Iglesia y verdaderos padres espirituales de las comunidades cristianas. Que la vida de santa Rosa nos inspire a dar todo por Jesús, negándonos a nosotros mismos, para que se embellezca la Iglesia que Jesús compró con su sangre.

miércoles, 29 de agosto de 2018

Orar y llorar por la Iglesia

Estamos viviendo un momento particularmente doloroso en la vida de la Iglesia. Los escándalos en las cúpulas de la Jerarquía, especialmente en Estados Unidos; un lobby gay al interno del clero; la carta de Carlo María Viganó, el ex Nuncio Apostólico en Estados Unidos en la que acusa al papa de encubrir al arzobispo McCarrick de sus abusos sexuales; grupos de clérigos y laicos que se han manifestado abiertamente contra el papa Francisco pidiendo su renuncia. Por si fuera poco, un Encuentro Mundial de las Familias en el que se invita al sacerdote James Martin a impartir una conferencia sobre por qué y cómo debemos acoger a las personas LGBT y a sus familias en las parroquias. La confusión es terrible. No son mentira aquellas palabras de Pablo VI: “Se diría que a través de alguna grieta ha entrado, el humo de Satanás en el templo de Dios. Hay dudas, incertidumbre, problemática, inquietud, insatisfacción, confrontación”.

Hemos de preguntarnos qué es la Iglesia para nosotros. Muchos católicos la podemos ver como una institución de prestigio y poder. Así nos equivocamos rotundamente. Viene a mi mente una anécdota que me hace comprender una de las raíces de los escándalos de los sacerdotes abusadores de menores. Cuando yo estaba en el Seminario, un muchacho que era seminarista me abordó un día y empezó a contarme que había tenido relaciones sexuales con otro chico. Comprendí inmediatamente que su pretensión era hacerme caer en su juego para ver si yo tenía sus mismas tendencias y así poder entablar una relación. Se equivocó conmigo. Le pregunté por qué quería ser sacerdote. Recuerdo su triste respuesta: “Porque el sacerdote es un puesto de prestigio social y de poder”. Gracias a Dios el padre rector del Seminario ya sabía de las mañas de este muchacho y, al poco tiempo, fue expulsado del Seminario.

¿Qué hubiera sido de su vida si ese chico fuera ordenado sacerdote? ¿Qué daño podría hacer a otras personas y a las comunidades cristianas a las que hubiera sido asignado? Hoy la Iglesia de Estados Unidos, principalmente, está pagando un precio demasiado caro en víctimas de abusos, en desprestigio, desconfianza y pérdida de credibilidad, además de mucho dinero, por tolerar actividades homosexuales dentro de sus Seminarios, y por haber permitido que esos muchachos llegaran a la ordenación sacerdotal.

En los Seminarios en los que yo recibí la formación para el sacerdocio, que fueron el Seminario de Monterrey y el Colegio Internacional Maria Mater Ecclesiae en Roma, encontré ambientes saludables y no viciados. Puedo decir con toda sinceridad que la mayoría de los seminaristas, sobre todo en Roma, eran personas con buenas virtudes humanas y morales, y seriamente comprometidas en su santificación personal y en su entrega a su vocación sacerdotal. Hoy muchos de ellos son sacerdotes apasionados por su ministerio sirviendo en sus diócesis, algunos son obispos y algunos ya murieron.

Si creemos que la Iglesia es una institución de prestigio y poder, o una especie de organización no gubernamental que realiza grandes obras de caridad, una gran fundación cultural con bellas obras de arte, o una especie de compañía teatral que monta ceremonias litúrgicas muy hermosas, estamos perdidos y no tenemos nada que hacer aquí. Si así pensamos, es mejor que nos vayamos todos, y que el último apague la luz y cierre la puerta. En cambio, si para nosotros la Iglesia es el lugar del encuentro con Jesucristo, y un Jesucristo que está vivo para darnos su gracia y cambiarnos la vida, para hacernos morir a nuestros egoísmos y transformarnos en santos, entonces sí vale la pena estar en la Iglesia y gastar la vida por ella.

Aunque me duela verla manchada por mis propios pecados y los de mis hermanos sacerdotes, tengo la confianza de que Dios está haciendo una gran obra de purificación dentro de la Iglesia. Nos está empujando a decidirnos por la santidad. De alguna manera está permitiendo que Satanás nos zarandee como el trigo, pero Jesús está rogando por nosotros, para que no nos falte la fe (Lc 22, 31-32). Hoy nos toca sufrir y orar con la Iglesia porque queremos ver su belleza y su bien espiritual, belleza que ha quedado ofuscada por el pecado de sus miembros.

Así como Mónica derramó lágrimas de amor y de dolor por la conversión de su hijo Agustín --dos santos a quienes hemos celebrado en estos días-- también nosotros hemos de convertir nuestro corazón en un altar, esperando entre el amor y el dolor, el advenimiento de una primavera eclesial de santidad. Oremos, más que nunca, por la Iglesia y por el Santo Padre. En este momento de oscuridad recordemos las palabras de san Bernardo sobre la Virgen María: "En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir los sufragios de su intercesión, no te desvíes de los ejemplos de su virtud”. Acogiéndonos a ella, nadie se extraviará, y llegaremos al puerto.

lunes, 27 de agosto de 2018

Exorcismo silencioso

Los padecimientos de esta vida presente no son nada en comparación con la gloria futura que se ha de revelar en nosotros. (Rom 8,18)
La mujer llegó puntual a la cita, entró y se sentó. No dijo ni una sola palabra. Sólo comenzó a gesticular, como queriendo romper en llanto pero silenciosamente. Pasaron varios minutos mientras yo estaba sentado frente a ella. Comprendí lo que sucedía porque ya conocía su caso. Las últimas ocasiones que me visitó había tenido la misma reacción, pero en esta ocasión era más evidente que los espíritus malignos se manifestaban en ella frente a la presencia del sacerdote.

Empecé a orar en lo secreto del corazón. Invoqué al Señor y a la Virgen santa. Imploré a san Miguel Arcángel, así como al ángel custodio de la mujer y al mío. Ella quiso devolver el estómago y tuve que acercarle un bote de basura al que solamente arrojó espuma blanca. Tomé mi ritual de exorcismos menores y comencé a hacer las oraciones en silencio, concentradamente.

Los espíritus inmundos se manifestaron de manera más fuerte. Al imponer mi mano sobre su cabeza, éstos la arrojaron al suelo. En tanto, yo seguía concentrado en la oración de liberación, de manera callada. De la garganta de la mujer comenzaron a salir alaridos, entre convulsiones y retorcimientos, como si se tratara de un animal llevado al matadero. No, ella no estaba loca. Desde hace meses sufría perturbaciones espirituales que se fueron haciendo más fuertes y frecuentes.

Casos como estos deben darse a conocer en la Iglesia, por dos razones: necesitamos comprender que hay una buena cantidad de personas que sufren este tipo de acosos del Maligno, y que necesitan nuestra comprensión y apoyo en la oración. El segundo motivo es que hemos de tomar conciencia de que en esta vida estamos marcados por la lucha espiritual constante contra el enemigo de Dios.

Demonio o demonios, nos preguntamos. En el Nuevo Testamento los nombres más usados para designar a los espíritus malignos son ‘Demonio’ (45 veces), Satán (15 veces) y diablo (13 veces). Con el nombre de ‘demonio’ el Nuevo Testamento llama a los ángeles malvados. En algunos casos los demonios son llamados espíritus ‘inmundos’, ‘impuros’ o ‘malignos’. También el Nuevo Testamento distingue entre Satanás y los demonios. Satanás parece causar casi exclusivamente el mal moral, ejerciendo su seducción hacia el pecado. Los demonios, en cambio, parecen ser causantes de opresiones físicas.

Enseña Giorgio Gozzelino que existe una especie de unidad y de pluralidad en el mundo demoníaco. Beelzebul se identifica con Satanás, a quien se llama príncipe o jefe de los demonios. El Maligno es uno y también son muchos. Por eso cuando el demonio es obligado por Jesús a revelar su nombre, él dice ‘legión’, porque ‘somos muchos’. El demonio es uno y es muchos, por ello se puede hablar de él tanto en singular como el plural.

Volviendo al caso de la señora que me visitó, ella dice tener varios demonios que la perturban. Después de que se tranquilizó, pidió el sacramento de la Confesión. Al imponer la mano para impartir la absolución, nuevamente se manifestaron los espíritus, haciéndola retorcerse y llenándola de náuseas. La cité nuevamente, dentro de poco tiempo, para volver a orar por ella.

Estamos viviendo en tiempos donde las infestaciones diabólicas y las posesiones han aumentado dramáticamente. El alejamiento de Dios y el no tener ninguna vida espiritual han dejado indefensas a muchas personas. El Maligno ha cobrado una fuerza muy grande porque las almas están más débiles que nunca debido a la abundancia del pecado, y más expuestas a vivir atrapadas en espiritualidades esotéricas. Pecado y esoterismo son la combinación perfecta para vivir atrapados en las redes del Maligno.

La misión salvífica de Jesucristo no se entiende fuera de la lucha contra Satanás y los ángeles rebeldes. Dice el Señor: “Pero si por el Espíritu de Dios expulso yo a los demonios, es que ha llegado a ustedes el reino de Dios” (Lc 11,20). Califica además su misión como un exorcismo que nadie puede detener: “Vayan a decir a ese zorro --Herodes--: yo expulso a los demonios y llevo a cabo curaciones hoy y mañana, y al tercer día soy consumado” (Lc 13, 32). Al mismo tiempo, el Señor señala el poder que confiere a su Iglesia sobre los demonios como una de las características de la misión de los discípulos que continúan la obra de Jesús: "Entonces llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros” (Mc 6,7).

Aunque la vida cristiana consiste, principalmente, en que vivamos en comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, el combate espiritual contra el Maligno no puede ser descuidado. Oremos por quienes viven entre perturbaciones graves causadas por el príncipe de este mundo, con la certeza de que, si la lucha de Jesús contra el Enemigo continúa hoy en sus miembros, su Victoria será también la nuestra.

miércoles, 22 de agosto de 2018

El mundo quiere que la Iglesia calle

Estamos en tiempos de guerra espiritual, sin duda. La controversia en torno al tema de la legalización del aborto en Argentina dividió profundamente a la sociedad de aquel país, aunque la mayoría del pueblo siempre se mostró a favor del respeto a la vida. Sin embargo aquellos que apoyan el aborto legal, especialmente los grupos feministas radicales, descargaron toda su furia contra la Iglesia Católica, como si el aborto fuera un asunto religioso, cuando en realidad es un tema de ética natural. Como repudio al catolicismo por su postura a favor de la vida, cientos de argentinos decidieron apostatar de la Iglesia, exigiendo a sus parroquias borrar sus nombres de los libros del bautismo. Su argumento era que la Iglesia ya no los representaba, como si la Iglesia fuera un partido político o una organización no gubernamental.

No son tiempos fáciles. A la Iglesia se le trata de callar por todos los medios, avergonzarla hasta el extremo, especialmente con el tema de los sacerdotes abusadores sexuales. Según esta lógica, la Iglesia no debería abrir la boca en temas de moral de la sexualidad y de la vida, cuando ella misma tiene su casa llena de basura. El informe del fiscal de Pennsylvania ha comunicado que durante 70 años, 300 sacerdotes abusaron sexualmente de menores en seis diócesis de ese estado. Esto quiere decir que cada año hubo, en promedio, menos de un sacerdote por diócesis que cometió un delito sexual. Por esos casos que merecen todo nuestro repudio y vergüenza, se enloda hoy al sacerdocio. Aunque el diablo se ensañe hoy desde fuera contra la Iglesia, pero principalmente desde dentro, debido al pecado de algunos sacerdotes, estoy convencido de que Dios quiere purificar a su Iglesia de los que somos malos ministros de Dios.

A pesar de todo, los sacerdotes no podemos ni debemos callarnos en esta guerra espiritual contra la vida. Si otros cometieron delitos, hemos de orar por ellos y, principalmente, por las víctimas, pero nunca jamás hemos de avergonzarnos del don que hemos recibido por manos del obispo, ni mucho menos dejar de enseñar lo que la Iglesia Católica enseña sobre temas de moral sexual y de la vida: que el aborto es el asesinato de un ser humano inocente, que la fornicación, el adulterio, la contracepción, la masturbación y relaciones homosexuales son un pecado grave; pero, sobre todo, que la formación en la virtud de la castidad dentro y fuera del matrimonio es la mejor capacitación para aprender a amar verdaderamente. Estas son las verdades que el mundo de hoy quiere que la Iglesia calle.

Es absurdo esperar que el mundo aplauda el Evangelio. La relación entre Jesús de Nazaret y las personas que escucharon su palabra no siempre fueron fáciles. Mientras que el Señor realizaba milagros y predicaba verdades que consolaban a las almas, la gente se entusiasmaba por su persona y lo aclamaban diciendo ‘hossana’. Pero cuando su doctrina se hizo exigente, la murmuración y el rechazo fueron abriéndose paso hasta gritar ‘crucifícalo’. No solamente repudiaron a Jesús los jefes del pueblo, sino también sectores amplios de la opinión pública, y hasta algunos de sus discípulos. Al final, Jesús se quedó solo con la Virgen María y algunas pocas mujeres.

Cientos de personas en Argentina y España han manifestado su apostasía de la Iglesia Católica. En México la sociedad también ha comenzado a manifestar su profunda división en el tema del aborto y de la familia. Es en este ambiente donde el Señor nos pregunta: “¿También ustedes quieren irse?” (Jn 6, 69). Tiempos difíciles, sin duda, estamos viviendo. Son tiempos para definir la propia postura.

sábado, 18 de agosto de 2018

Libros: Behold the man

He terminado de leer 'Behold the man’ ('Miren al hombre'), libro de Harold Burke-Sivers en el que nos ofrece una amplia visión de la espiritualidad católica para el varón. Es un trabajo bastante original, en el que el autor explora diversos temas que inspiran a los hombres a desarrollar sus virtudes masculinas en el seguimiento de Jesucristo, el varón perfecto.

Tradicionalmente la espiritualidad católica se ha enfocado en temas como la paternidad y la sexualidad para que los hombres casados vivan en el plan de Dios. 'Behold the man' va mucho más allá de estos tópicos. Explora las raíces bíblicas de la espiritualidad masculina, las relaciones de alianza, el pecado y el perdón, la verdad y la libertad, la teología del cuerpo, el trabajo y el revestirse con la armadura espiritual de Dios. El libro no está dirigido exclusivamente a hombres casados, sino también a solteros y a sacerdotes, ofreciéndoles sólidos fundamentos para potenciar una masculinidad católica.

El libro de Burke-Sivers, escrito en lengua inglesa, tiene como fuentes principales de inspiración la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, desde el Catecismo de la Iglesia y, sobre todo, las enseñanzas de san Juan Pablo II, así como una abundante bibliografía de autores católicos. Es un libro de 252 páginas publicado por Ignatius Press, en San Francisco en 2015.

Harold Burke-Sivers es un diácono casado y padre de cuatro hijos. Lo conocen como ‘el Diácono dinámico’ y hoy es uno de los oradores más populares de la Iglesia de Estados Unidos. Tiene estudios de licenciatura de la Universidad de Notre Dame, y una maestría en estudios teológicos de la Universidad de Dallas. Es conductor del programa radial 'Living stones’ de Master Dei Radio, y también es anfitrión de muchas series populares de la cadena televisiva EWTN.

Burke-Sivers nos explica cómo hoy muchos hombres, de toda clase y condición, viven una disolución de su identidad católica. Sumergidos en la pornografía, atrapados por los videojuegos; inmersos en una cultura donde los escándalos por abuso sexual han enlodado el sacerdocio y la Iglesia; en una época en la que busca redefinirse el concepto de matrimonio; en tiempos en que las masas viven en el ateísmo; y en una época marcada por lo que el papa Benedicto XVI llama 'la dictadura del relativismo', todo ello ha apartado nuestra conciencia de Dios y de las verdades objetivas de la fe cristiana, afectando muy negativamente la auténtica masculinidad católica.

Mientras que hoy los varones sufrimos devaluación y empequeñecimiento por una cultura que nos aplasta y bloquea nuestras potencialidades, 'Behold the man’ se encarga de abrirnos los ojos para que descubramos el papel que, como varones católicos, hemos de ejercer, y nos ofrece consejos prácticos para la vida interior. De esa manera podremos transformarnos en auténticos líderes espirituales, principalmente en la familia, el trabajo y la parroquia.

viernes, 17 de agosto de 2018

"¿Señora, le ligamos las trompas?" “No gracias” (Comentario a la Palabra: Mt 19,3-12)

“Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne”. Me decía un feligrés que, después del nacimiento de su tercer hijo, el ginecólogo le preguntó a la parturienta que si quería que le ligaran las trompas de Falopio mediante una pequeña intervención quirúrgica. “Por su puesto que no --dijo la señora--, es algo que debo consultar con mi marido”. El médico se molestó mucho con la paciente y le dijo que era ella quien debía tomar la decisión, sin tener que consultarlo con su marido, ya que ella era dueña de su cuerpo. La recién parida, convencida, no permitió la castración, pues estaba convencida de que su cuerpo no era totalmente suyo, sino que también pertenecía a su esposo. Eran ellos, por el sacramento del matrimonio, una sola carne.

En su diálogo con los fariseos, Jesús enseña que marido y mujer con una sola persona conyugal, que el divorcio no existe en el plan de Dios y que, tanto los casados como los célibes por amor al Reino de los cielos, deben tener como ideal la santidad de aquel ‘principio’ cuando Dios creó al hombre y a la mujer en estado de santidad originaria. Una sola carne significa elegir el tesoro más precioso de nuestra vida que es nuestra alianza con Dios, y que se expresa "en la carne", es decir, en una vida entregada al cónyuge y a las relaciones familiares.

No permitamos que la mentalidad mundana nos envuelva. El divorcio, la contracepción, la esterilización y el aborto son males que hoy han infectado al mundo y quieren también contaminar a la Iglesia. Quienes queremos ser libres hemos de permanecer unidos a Jesús y fieles a su Palabra que se nos transmite a través de su Cuerpo Místico. Pidamos al Señor permanecer en su amor, ya que es Él quien nos ha elegido.

miércoles, 15 de agosto de 2018

Crisis espiritual en la Iglesia


Al despedir a un grupo de seminaristas que partía hacia Roma para iniciar sus estudios teológicos, un viejo sacerdote de una diócesis de Estados Unidos comentaba: “Pobres muchachos, iniciaron su vocación enamorados de Dios y terminarán más enamorados de la Iglesia”. Esta frase no significa que no debamos amar a la Iglesia. Al contrario, el amor a Dios debe hacernos amar al Cuerpo Místico de Cristo con enorme caridad.

Lo que la frase ha querido expresar es una verdad dolorosa que se constata en el camino vocacional de algunos de nosotros, seminaristas y sacerdotes. Ingresamos al Seminario o nos ordenaron sacerdotes con el auténtico deseo de seguir a Jesús para ser ministros santos al servicio del Pueblo de Dios, pero con el paso del tiempo ese ideal se nos fue extinguiendo; nos quedamos con las formas y perdimos el fondo. Nos volvimos más funcionarios de una institución, que hombres de Dios y testigos del Resucitado.

El papa Francisco ha diagnosticado que existe en la Iglesia una enfermedad espiritual llamada ‘mundanidad espiritual’. Ésta, que “se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia, es buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal” (EG 93). Este mal es evidente cuando vemos el sacerdocio como un lugar de estatus social, al grado de llegar a avergonzarnos de la pobreza familiar y social de los propios orígenes. O bien, se manifiesta en el interés por saber quiénes ocupan los episcopados y puestos en las curias, en el servilismo a los obispos, en la fijación por los títulos y nombramientos, como si lo importante en la Iglesia fuera hacer carrera.

La mundanidad espiritual también aparece cuando se diluye nuestra identidad católica al ajustarnos a los criterios del mundo, cada vez más alejados del pensamiento de Jesús y de la Iglesia. Como ejemplo de fidelidad a Dios y resistencia a los criterios de este mundo, el papa Francisco en una de sus homilías, hablaba de Eleazar, cuya historia aparece en el segundo libro de los Macabeos. Eleazar, a sus 90 años, no cedió a comer carne de cerdo como le pedían sus ‘amigos mundanos’, quienes querían salvarle la vida. El anciano no quiso ser apóstata y adoptar el pensamiento único. Supo mantener su dignidad con nobleza y coherencia de vida, lo que lo llevó al martirio.

Señalaba el papa Francisco que la mundanidad espiritual puede llevarnos a vivir una doble vida. Esto es, quizá, lo más trágico de una persona que ha consagrado su vida a Dios, pero que se perdió en los criterios de la mundanidad espiritual. En estos días ha sido muy vergonzoso saber que una de las figuras más grandes en la Iglesia de Estados Unidos, el cardenal Theodore McCarrick, acaba de ser destituido de sus cargos eclesiales, expulsado del Colegio Cardenalicio y enviado a una casa para vivir en oración y penitencia, mientras espera su juicio canónico.

El que fuera obispo emérito de Washington ha sido acusado de abuso sexual de adolescentes durante sus primeros años como sacerdote. La noticia ha convulsionado a la Iglesia de Estados Unidos, que apenas estaba saliendo de una profunda crisis debida al mismo problema de los abusos. Hoy los laicos han perdido toda su confianza en los obispos. Muchos de estos creen que todavía vivimos en la época en que lo que decían era incuestionable y todos les creían. Hoy deben ganar la confianza de los fieles con acciones firmes, vida coherente y lenguaje claro.

¡Cuánto daño llega a hacer la mundanidad espiritual! Podemos aparentar que vivimos una vida cristiana y, al mismo tiempo, llegar a tener una vida oculta, lejos de Dios. Es la carcoma que destruye nuestra identidad cristiana, y es el peor daño que puede afectar a los laicos y, sobre todo, al clero. Oremos por los sacerdotes, para que, a pesar de nuestra pobreza y pequeñez, podamos reflejar al Buen Pastor, sobre todo con una vida humilde y santa.

Nuestros obispos, como principales guardianes de la salud espiritual de la porción del Pueblo de Dios a ellos encomendada, tienen la grave responsabilidad para detectar y corregir los síntomas; su falta de firmeza suele ser causa de graves daños. Oremos por ellos y por nuestros seminarios, donde al virus de la mundanidad le gusta incubarse. Si no se extirpa a tiempo, los daños a la fe del pueblo serán incalculables.