martes, 4 de septiembre de 2018

El Adversario de Dios

La vida del hombre es un duro combate espritual
En nuestros ambientes de Iglesia me asombra que muchas personas de las generaciones jóvenes, especialmente entre los millenials y la generación Z, estén a favor del aborto. El espíritu del mundo los ha convencido de que la mujer tiene derechos sobre su propio cuerpo, y que cada uno puede hacer de su vida lo que le dé la gana, sin someterse a Dios y a sus mandamientos.

Hoy aparece en el evangelio un hombre que tenía un espíritu impuro y que, a la presencia del Hijo de Dios, grita con fuerza: "¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. Y Jesús lo increpó diciéndole: “Sal de ese hombre”, a lo que el demonio obedeció.

El diablo es habilísimo para ocultarse. Actúa disfrazándose de ángel de luz, y es muy astuto para proponer el mal bajo la apariencia de bien. Propone una felicidad ilusoria y soluciones que parecen benefactoras para la humanidad. Es interesante que la Biblia presente a Satanás como un enorme dragón (Apoc 12, 3), y que san Pedro advierta que se trata de un león rugiente que busca a quién devorar. Jesús también pide sensatez y temor ante quien puede arrojar el alma y el cuerpo al lugar de castigo (Mt 10, 28). Muchísimos cristianos, en cambio, hemos dejado de creer en su existencia o lo hemos reducido a una caricatura inofensiva, inventada por los curas para asustar a la gente. Si esto pensamos, nuestras almas están en grave peligro.

Una persona comprometida seriamente en su vida espiritual no tardará en descubrir la presencia del enemigo de Dios, que buscará todos los medios para apartarlo del camino del bien. Sólo veamos las vidas de los santos para darnos cuenta de la tremenda lucha que ellos tuvieron que emprender contra el tentador.

A veces la prensa nos deja estremecidos cuando nos presenta noticias de la crueldad inaudita que existe entre las bandas del narcotráfico. Con horror vemos la saña con la que se matan entre ellos. Los mueve algo que se llama odio. Odiar es una fuerza destructora que puede nacer y crecer en nuestros corazones. Si lo permitimos, llega a cobrar una fuerza destructora descomunal en las personas, las familias y las sociedades.

Satanás fue la primera criatura que engendró el odio. Fue el ángel rebelde que no se sometió al Creador con humildad, obediencia y respeto. No quiso depender de Dios y, al no poderlo eliminar, se opuso a Dios y por ello pretende destruir toda la obra divina en la historia. Si Dios es amor, según nos enseña san Juan, Satanás y sus ángeles son odio, odio contra Dios y contra la imagen de Dios, que es el hombre.

Es Satanás quien infunde el odio en muchos corazones. Muchos ateos, por ejemplo, lo que no soportan, en realidad, es tener que rendir culto, someterse y depender de Dios. Hacen de su vida un absoluto y es el adversario de Dios, sin que ellos se percaten, quien les comunica su odio.

Jesús vino a deshacer las obras del diablo, y fue Él quien dejó a su vicario, el papa, en la tierra. Las enseñanzas de los papas y la doctrina del Magisterio, tan llenas de sabiduría, son un medio que Dios nos ofrece para deshacer, nosotros también, las obras del diablo. Amemos a los papas, oremos por ellos y leamos sus enseñanzas. Con ellas saldremos de las tinieblas y podremos caminar en lo admirable de la luz divina.