miércoles, 23 de enero de 2019

Llorar

Hace muchos años, cuando yo era un adolescente, tuve una pequeña crisis existencial. Recuerdo bien –tendría 13 o 14 años– que por primera vez tuve una sensación de desamparo; la soledad y el vacío me sacudieron. No era por cuestiones familiares o afectivas, pues siempre fui afortunado en tener una familia integrada. Por primera vez me asombré seriamente ante el misterio de la vida y me pregunté dónde estaba Dios. Hubo angustia y llanto.

Hace unos días escuché a una mujer cuyo marido fue asesinado, aquí en Ciudad Juárez, por un asalto a su negocio, como ocurre tantas veces en nuestro país. En un abrir y cerrar de ojos la vida de la familia se trastornó brutalmente. Los niños, tan necesitados de la figura del padre, conocieron la orfandad paterna. Con crueldad el misterio de la iniquidad les abría una herida que aún sigue sangrando, sobre todo en un hijo que no quiere saber nada de Dios. Así caminan muchas familias de nuestro país, humilladas y heridas por la violencia.

Sinsabores, decepciones, tragedias, traiciones, miedos, fatigas y luchas nos hacen llorar; todo eso es parte del misterio de la vida. Para mitigar los dolores, algunos toman un camino equivocado y ahogan sus penas en el alcohol o los narcóticos, en el juego, la diversión, el sexo o se hunden en la depresión. Los más prudentes, en cambio, lloran pero con el corazón abierto a Dios, esperando su respuesta y su consuelo. "Dichosos los que lloran –dijo Jesús– porque serán consolados".

Cuatro siglos antes de la llegada del Mesías, los judíos también lloraron cuando regresaron a su tierra, luego de años de destierro en Babilonia. Tenían la tarea inmensa de reconstruir su ciudad pero, sobre todo, la gran tarea de reconstruir su vida interior. Nehemías y Esdras –líder laico y líder sacerdote, respectivamente– se dieron a la tarea de restaurar material y espiritualmente al pueblo de Israel. A aquellos hebreos humillados y humildes, Dios los fue colmando de esperanza.

¿Por dónde deberán caminar las personas que lloran y no encuentran consuelo en los bienes de este mundo? ¿Qué camino seguirá una familia para restaurarse interiormente de la herida por la pérdida de su esposo y padre? ¿Cómo restaurar una sociedad como la de Venezuela, herida por la falta de libertad? ¿Qué sendero debe tomar nuestra sociedad mexicana, golpeada por la violencia y dividida por las discordias políticas? ¿Cómo consolar a los migrantes, tan lacerados por la pobreza y el destierro?

Este domingo la Palabra divina nos dice que el pueblo de Israel se puso a escuchar la voz de su Señor. Los judíos necesitados de esperanza y fortaleza se abrieron a la riqueza de la Palabra del Único que puede alimentar, restaurar, reconstruir, levantar e indicar el camino para vivir dignamente la vida. El pueblo, abierto el corazón a la Palabra, lloraba. Es una escena muy conmovedora de intercambio de sed de consuelo y de amor entre Dios y su pueblo. Los hombres que abren su corazón a Dios y Dios que derrama sobre ellos su misericordia. Hoy nos preguntamos con qué actitud nos acercamos a la Palabra de Dios.

Es impresionante escuchar hoy a Jesús, citando a Isaías, en la sinagoga de Nazaret: "El Espíritu del Señor está sobre mí, él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor... Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír". Era el mismo Verbo eterno del Padre quien, con voz de hombre, hablaba a la humanidad herida.

El mundo nos propone, como fórmula de felicidad la diversión, entretenimiento, placer, vivir por los sentidos y sin mirar al mundo del espíritu. Son pocos los que quieren llorar y muchos prefieren mirar hacia otra parte cuando inevitablemente encuentran enfermedad y dolor. Sin embargo para ser verdaderamente felices primero debemos aprender a llorar. Sólo así, llorando nuestras miserias, Dios nos puede consolar para luego no atrevernos a escapar de situaciones dolorosas y llorar con los que lloran, enjugando sus lágrimas.

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