miércoles, 13 de diciembre de 2017

Trigo y Cizaña

Kate del Castillo en pelletier
La actriz mexicana Kate del Castillo posó sin ropa frente a las cámaras para apoyar una campaña que pretende evitar el uso de pieles de animales en la industria de la moda. Es la sexta campaña de este tipo en la que participa la señora Del Castillo, aunque es la primera vez que lo hace completamente ‘en pelletier’ con el lema “Prefiero estar desnuda que vestir pieles”.

Es lamentable la postura ideológica de la actriz. Millones de personas influenciadas por la industria del entretenimiento fundada por Walt Disney han crecido creyendo que los animales, como el ratón miguelito y el pato donald, al cobrar vida como si fueran seres humanos, tienen sentimientos como el hombre. La realidad es otra. Vivimos en un mundo donde en el reino animal impera la ley del más fuerte: comer y no ser comido. Los animales están al servicio de la humanidad para proporcionarle alimento y vestido. El neomarxismo, al haberse visto fracasado en la economía, ahora busca imponer, en la cultura, la absurda ideología igualitaria entre hombres y animales. Me pregunto, si un día un hijo pequeño de Kate del Castillo se llenara de piojos, ¿los mataría su mamá con un buen champú, o se los quitaría pidiéndoles permiso y cuidando de no hacerles daño para respetarles sus derechos? El animalismo es una absurda ideología.

Donald Trump enciende la mecha
Jerusalén es una ciudad muy especial. En ella conviven tensamente judíos, musulmanes y cristianos. Sobre la explanada del Muro de las Lamentaciones está la Mezquita de la Roca, y a unos metros se ubica la Basílica del Santo Sepulcro. Para mantener un clima de paz en los lugares sagrados se debe de respetar el famoso ‘status quo’, es decir, dejar las cosas como están. Nada se puede invadir, nada se puede tocar, nada se puede mover. Sin embargo la misma ciudad ha tenido un status quo muy particular a nivel internacional.

Luego de la creación del Estado de Israel en 1947 con Tel Aviv como capital, la ONU acordó que Jerusalén tenía que permanecer al margen del Estado Judío. Los israelitas no respetaron este acuerdo y así tomaron el control de la ciudad, dando origen a feroces guerras con los palestinos árabes. Para no calentar más el conflicto, el resto de los gobiernos del mundo decidieron mantener sus embajadas en Tel Aviv. En 1995 el Congreso de Estados Unidos, bajo el gobierno de Clinton, reconoció a Jerusalén como la capital de Israel, pero esta decisión se fue prorrogando para no romper el status quo de la ciudad. Ahora Trump ha querido hacer efectiva la decisión del gobierno de Clinton, lo que ha desencadenado levantamientos palestinos. Para los cristianos lo mejor es lo que pide el papa: respetar el status quo de Jerusalén declarado por la ONU, y así la ciudad sagrada siga siendo, para las tres grandes religiones, lo que su nombre significa: ciudad de la paz.

Adviento, tiempo de silencio
Con su ambiente de ruido, de compras, de gastos, de publicidad y la superficialidad de muchas ‘posadas' que nada tienen que ver con lo cristiano, el comercio nos hace creer que ha comenzado la fiesta. Así el Adviento -tiempo de silencio para preparar la venida de Jesús al corazón- lo vivimos llenos de barullo interior, con el riesgo de llegar a la celebración de la Navidad con el alma vacía. Esto ocurre a laicos y a sacerdotes.

Enseñaba Thomas Merton -monje trapense muerto en 1968-: “Si bien es cierto que tenemos que saber soportar el ruido y proteger extraordinariamente nuestra vida interior en medio de la agitación, no es menos cierto que no conviene resignarse a vivir en una comunidad constantemente agobiada por la actividad e inundada por el ruido de las máquinas, de la publicidad, de la radio y de la televisión, que no paran de hablar. ¿Qué hay que hacer? Quienes aman a Dios tienen que procurar preservar o crear una atmósfera en la que poder encontrarle. En los hogares cristianos debe haber sosiego, porque tanto sus cuerpos como sus almas son templos de Dios”. Quien quiera vivir una Navidad espiritual, bella y profunda, rebélese contra la dictadura del ruido y prepare al Señor, en la quietud de los templos o en la propia habitación, un pesebre silencioso para poder acogerle.