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domingo, 2 de agosto de 2015

De vida o muerte

La bomba atómica de los 60

En 1945 los japoneses comprobaron los devastadores efectos de la bomba atómica sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. Innumerables vidas humanas se perdieron y los gobiernos aprendieron que aquella guerra era una locura mundial. En la década de los años 60 una nueva bomba atómica estalló, esta vez no con energía nuclear sino con energía sexual. Ningún otro evento ha trastornado tanto las relaciones entre los sexos como la Revolución Sexual. Lo asombroso es que, a pesar de sus resultados catastróficos, la mayoría piensa que no se puede vivir de otra manera.

El invento de la píldora anticonceptiva en aquellos años desencadenó el libido de la humanidad, y todos los tabúes fueron cayendo, uno por uno, sobre todo tipo de prácticas de la sexualidad fuera del matrimonio.

Muchos observadores sociales coinciden en que la Revolución Sexual es anarquía sexual. Y que de ahí se nos colaron toda clase de males sociales, incluyendo disparo del divorcio, hijos fuera del matrimonio, abandono y descuido de los niños, incluso un incremento en los desórdenes mentales. “La obsesión sexual –dice Sorokin– nos bombardea continuamente, desde la cuna a la tumba, desde todos los puntos de nuestro espacio, y casi en todo paso de nuestra actividad, sentimiento y pensamiento”.

Hoy se afirma que la Revolución Sexual fue un paso gigante hacia adelante, una liberación para la mujer porque la eximió de la esclavitud de estar pariendo hijos y en cambio le trajo oportunidades de desarrollo profesional. Se proclama que el hombre se vio desobligado de tomar responsabilidad de su compañera sexual y de los hijos que nacieran de esa unión. Se dice que trajo alegría a los hijos por haberles salvado de tener una familia numerosa y por sacarlos de la pobreza con una mejor calidad de vida.

¡Cuántas mentiras nos contaron! Una y otra vez escuchamos aquello de que “la familia pequeña vive mejor”, ¿recuerda usted la frase? Sin embargo nunca nos dijeron que la Revolución Sexual sería una bomba atómica para innumerables varones y mujeres, ni tampoco que el precio más caro lo pagarían los no nacidos, los niños y los jóvenes, es decir, los más débiles de la sociedad. Nunca revelaron que los hombres divorciados serían más propensos a la depresión y al alcoholismo. Tampoco dijeron que las mujeres más depresivas serían las que abortarían o las que tuvieran que criar solas a sus hijos, ni que las mujeres sexualmente liberales serían las que más batallarían para encontrar a un hombre que se acercara a ellas con amor verdadero.

En aquellos años 60, 70 y 80 nadie imaginaba que la promiscuidad sexual entre los jóvenes iría de la mano con la deserción escolar, con la inmadurez, el divorcio, la esterilidad, las enfermedades sexuales, el abuso del alcohol y las drogas. Numerosos autores han demostrado que el alto índice de divorcios y de nacimientos fuera del matrimonio no sólo quebrantan las vidas de las personas, sino que la sociedad debe pagar un alto costo por ello.

Muchas letras de canciones del rock y del rap nos hablan del gran fracaso de la Revolución Sexual; en ellas predominan los temas de hogares rotos, familias disfuncionales, los novios abusivos que tiene mamá, depredadores sexuales y todo el resto de los efectos de la revolución.

Vivimos bajo los trágicos efectos familiares, económicos, sociales y morales de la Revolución Sexual, la bomba atómica de los años 60. A pesar de las evidencias, muchos viven con ojos cerrados, indispuestos a cambiar. Otros, los más perversos, afirman que las consecuencias son buenas y que vamos caminando en la dirección correcta. Pero ante tantos cadáveres a nuestro lado, no podemos sino querer regresar a los tiempos anteriores al desastre.